
Cuando la necesidad vital de alojamiento no se ve satisfecha con los medios materiales básicos, el ser humano ha recurrido a la imaginación para hacer frente a su demanda de cobijo.
Así, podemos llegar a atestiguar, en parajes como los insulares, cómo en ocasiones la cruda austeridad convive con la pura naturaleza.
Traemos hasta aquí las palabras del escritor Pedro Lezcano (1920-2002) que, con su artículo literario La chabola, nos relata el caso de Juan el Chinchorrero y su familia. Juan vive junto con María, sus hijos y la abuela Juanitita en una paupérrima choza hecha a base de tablas, planchas y piedras que consiguieron armar sobre la arena de una playa.
“Cuando anochece igual que hoy sobre la playa, después de haber sacado la red, toda la arena queda sembrada de estrellas marinas color sangre, que durante la noche conservan su brillo y, como sus hermanas celestes, palidecerán quemadas por el sol de la mañana.
La chabola de Juan el Chinchorrero está enclavada sobre la arena, en medio de las estrellas. Una sola pared de piedra seca sostiene la armazón; las otras tres paredes las componen multicolores hojalatas y tablas de cajones en las que aún pueden leerse impresas misteriosas palabras en múltiples idiomas. Por eso Juan, que tiene buen humor y sabe leer periódicos, suele llamar la ONU a su chabola”.
Para leer más:
Lezcano, Pedro: Narraciones. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2016.
