Una cita con la Selva de Doramas, en palabras de Viera y Clavijo

Hace varios siglos existía en la isla de Gran Canaria (Canarias) un gran bosque de laurisilva que se hizo célebre por albergar a Doramas, el gran guanarteme aborigen que hizo frente a los conquistadores, y por la exuberancia natural que en él se concentraba.

Hoy apenas nos quedan vestigios de aquella emblemática Selva de Doramas, que ha visto cómo los procesos continuados de deforestación la han ido menguando poco a poco.

Gracias al historiador y escritor canario José de Viera y Clavijo (1731-1813), conocemos algo más de lo que fue aquel bello y rico paraje natural, tal y como lo contemplaron hace unos 250 años sus ojos curiosos e ilustrados.

“Está situada esta célebre montaña de Doramas, llamada vulgarmente Oramas, en el término de Teror, distante poco más de cuatro leguas de la ciudad de Las Palmas. Su extensión es de casi seis millas. Muéstrase allí la naturaleza en toda su simplicidad, pero nunca tan rica, tan risueña ni tan agradable. Ésta parece su obra más exquisita por la diversidad y espesura de árboles robustos siempre verdes, descollados, rectos fértiles y frondosos. Jamás ha penetrado el sol el laberinto de sus ramas ni las yedras, hibalveras y zarzas se han desprendido de sus troncos. La gran copia de aguas claras y sumamente frías que en arroyos muy caudalosos cortan y bañan el terreno por diferentes parajes, especialmente en las que dicen madres de Moya, conservan un suelo siempre entapizado de hierbas medicinales y olorosas. El canto de los pájaros y el continuado vuelo de las aves que allí habitan en infinitas tropas dan un aspecto delicioso a toda la selva. Entre ella una imaginación poética y se verán por todas partes náyades, dríades, etc. Los paseos dilatados y planos parecen un esmero del arte y agradan más porque no lo son”.

Para leer más:

José de Viera y Clavijo: Historia General de las Islas Canarias. Nivaria Ediciones, La Laguna, 2016. (Libro Segundo, capítulo 22: Descripción de la montaña de Doramas).

La felicidad humana en palabras de Tomás Moro

Entre las grandes aportaciones de Tomás Moro (1478-1535) se encuentran sus reflexiones sobre el complejo concepto de felicidad. El legado del pensador inglés pervive cinco siglos después, del que destaca su célebre obra Utopía.

Los habitantes de la república imaginaria que creó Tomás Moro viven en armonía porque han conseguido saber cuáles son las cosas que contribuyen a la felicidad humana.  En primer término, los utopienses se inclinan a pensar que el deleite del placer es lo que define la felicidad. Opinan que lo razonable es que los seres humanos busquen disfrutar de los placeres de la vida y eviten soportar el dolor “del que no esperas ningún fruto”.

Por placer entienden “todo movimiento y estado del cuerpo o del espíritu cuya vivencia en conformidad con la naturaleza deleita”. Pero, además, los habitantes de la república de Utopía han conseguido identificar qué placeres son los que conducen a la buena vida:

“Ahora bien, no piensan que la felicidad está en todo placer, sino en el bueno y honesto. Hacia él, como hacia el sumo bien, es arrastrada nuestra naturaleza por la virtud, única a la que la opinión contraria atribuye la felicidad.”

Para aprehender la felicidad humana hay que saber diferenciar los placeres verdaderos de los placeres adulterados, entre los que se encuentran la vanidad y la codicia:

“Qué decir de quienes acumulan riquezas para disfrutar no con el empleo de ese caudal sino con su sola contemplación?; ¿catan acaso el verdadero o son más bien burlados por un falso placer?”

En Utopía los placeres verdaderos que definen la felicidad pueden ser diversos, pudiéndose distinguir dos grandes categorías: los placeres del cuerpo y los placeres del espíritu.

En la categoría de los placeres del cuerpo figuran los que bañan los sentidos, como cuando recuperamos, con la comida y la bebida, el calor natural que hemos consumido, y la conservación de una buena salud, entendiendo en este caso el placer como ausencia del dolor de las enfermedades que no sufrimos.

Dentro de la categoría de los placeres del espíritu, Tomás Moro incluye los placeres de la inteligencia, la contemplación de la verdad, los buenos recuerdos y la segura esperanza:

“Al espíritu le adjudican el conocimiento y aquella dulzura que naciere de la contemplación de la verdad, a lo que se añade la grata memoria de una vida bien llevada y la esperanza sin vacilaciones en el bien futuro”.

Entre todos los placeres que comprenden la felicidad humana los utopienses conceden un mayor valor a los placeres del espíritu:

“Acogen, por tanto, en primer término los placeres del espíritu (pues los tienen por los primeros y principales de todos), la mayoría de los cuales creen que dimanan del ejercicio de las virtudes y de la conciencia de una vida buena”.

Para lograr la felicidad, estos placeres verdaderos del espíritu se complementan con la conservación de una salud buena y el cultivo de tres dones especiales que nos regala la naturaleza:

“La belleza, en cambio, la fortaleza, la agilidad, los cultivan gustosamente cual dones propios y agradables de la naturaleza. Hasta aquellos placeres que se perciben por los oídos, los ojos y las narices, que la naturaleza quiso fueran propios y peculiares del hombre (pues ningún otro género de animales admira la belleza y pulcritud del mundo, o se conmueve por la gracia de los olores si no es para la discriminación de alimento, ni distingue las distancias cónsonas y discordes entre sí de los sonidos), incluso éstos, digo, los persiguen como una especie de condimentos de la vida”.

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Crecimiento o desarrollo: no es lo mismo

Cuando nos referimos al progreso de las sociedades no es poco frecuente leer y escuchar cómo se emplean de forma arbitraria los conceptos de desarrollo y crecimiento, a los que, en ocasiones, se les puede añadir el calificativo de sostenible.

Con el término crecimiento impera la lógica que defiende que el objetivo prioritario de toda sociedad es el crecimiento continuo de la producción de bienes y servicios, requisito para la creación de empleo y la satisfacción de las necesidades materiales de la población. En consecuencia, se relega a un segundo plano otros objetivos que pasan a ser subsidiarios: protección medioambiental, distribución de la renta, calidad de vida…. Bajo el paradigma del crecimiento, aún hegemónico, se concluye, por tanto, que sin crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) no puede existir progreso.

Por su parte, con el concepto de desarrollo el foco se fija en la calidad. El crecimiento del PIB no es garantía de progreso social, no nos conduce per se hacia una sociedad sin desempleo, saludable, equitativa, con calidad de vida y en armonía con el medio ambiente, que le da cobijo y sustento. Bien al contrario, la producción continuada de bienes, de todo tipo, se topa con serios límites y costes, tanto medioambientales como sociales.

Consciente o inconscientemente, se confunden dos ideas, dos visiones del progreso social bien diferentes. Porque crecer no es lo mismo que desarrollarse, como bien sintetizaron en el año 1992 los autores de Más allá de los límites del crecimiento:

“Ateniéndonos a la distinción del diccionario… Crecer significa incrementar el tamaño por la asimilación o acumulación de materiales. Desarrollar significa expandir o lograr la realización de potenciales de algo; alcanzar un estado de mayor completud, tamaño o mejoría. Cuando algo crece, se hace cuantitativamente más grande; cuando se desarrolla, se hace cualitativamente mejor o, al menos, diferente. El crecimiento cuantitativo y la mejoría cualitativa siguen leyes distintas. Nuestro planeta se desarrolla a lo largo del tiempo sin crecer. Nuestra economía, un subsistema de la tierra finita y sin crecimiento, debe eventualmente adaptarse a un patrón o modelo de desarrollo similar”.

Para leer más:

Donella H. Meadows, Denis L. Meadows, Jorgen Randers: Más allá de los límites del crecimiento. El País Aguilar, Madrid, 1992.

Una cita con la ciudad utopiense de Tomás Moro

Torre de Londres (Inglaterra), donde fue preso y decapitado Tomás Moro en 1535.

En su célebre obra Utopía, el pensador inglés Tomás Moro (1478-1535) describe una república insular ideal en la que sus habitantes eran felices ya que respiraban “un grado de civilización y humanismo que supera ahora casi al resto de los mortales”.

En la república de Utopía existen, junto con su capital Amauroto, un total de 54 ciudades, “todas espaciosas y magníficas”. En ellas sus habitantes gozan de un estilo de vida que, al no propiciar la codicia y la soberbia, impide que existan la pobreza y la inequidad.

“Toda ciudad está dividida en cuatro partes iguales. En el centro de cada una de las partes hay un mercado para todo. Se depositan allí, en casas especiales, los productos de cada familia, y se reparte cada especie por separado en almacenes. A ellos acude el padre de familia a buscar lo que él y los suyos necesitan, y sin dinero, sin ninguna compensación en absoluto, retira lo que buscare. ¿Por qué se le habrá de negar nada, si sobra de todo y no reina temor alguno de que alguien quiera recabar más de lo que es preciso? Pues, ¿por qué razón pensar que pedirá cosas innecesarias quien tiene por cierto que nunca le ha de faltar nada? Efectivamente, lo que vuelve ávido y rapaz es, en el reino todo de los vivientes, el temor a la privación, o, en el hombre, la sola soberbia, que tiene a gloria el sobrepujar a los demás en la ostentación de lo superfluo, tipo este de vicio que no tiene absolutamente ninguna cabida en las instituciones de los utopienses”.

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

La paloma de María Zambrano

La escritora María Zambrano (1904-1991), en su obra filosófico-poética Claros del bosque, se inspira en la naturaleza animal para expresar con acierto sus pensamientos acerca de conceptos tan abstractos como el ser y el alma.

Para la filósofa Zambrano el ser permanece escondido y obliga a que nos preguntemos a nosotros mismos acerca de él. Por el contrario, el alma tiende a salir, a moverse libremente, como lo hace una paloma.

“De condición alada y dada a partir, se conduce como una paloma. Vuelve siempre, hasta que un día se va llevándose al ser donde estuvo alojada. Y así se sigue ante este suceso a la espera de que vuelva o de que se haya posado en algún lugar de donde no tenga ya que partir, hecha al fin una con el ser que se llevó consigo. Y que este irse haya sido para ella la vuelta definitiva al lugar de su origen, hacia el que se andaba escapando tan tenazmente. Obstinada la paloma, ¿cómo se la podría convencer de nada? Parece saber algo que no comunica, que, siendo tan afín con la palabra, nunca dice. No puede decirse ella así misma. Cuando falta, todo puede seguir lo mismo en el ser abandonado. Mas el ser que la ha perdido se queda quieto, fijo, en prisión. Y ningún signo que de ella no venga le sirve para orientarse. Ya que lo propio de la prisión es que priva, al que en ella cae, de toda orientación”.

Para leer más:

María Zambrano: Claros del bosque. Alianza Editorial, Madrid, 2019.

Gusano o araña: la naturaleza en la fábula de Tomás de Iriarte

En 1782 el escritor ilustrado Tomás de Iriarte (1750-1791), originario de las Islas Canarias, publicó sus célebres Fábulas literarias. Son relatos en verso con los que el autor hace de los animales los protagonistas humanizados de su obra, para crear una literatura con mensaje moralista y educador.

Entre dichas fábulas se encuentra El Gusano de seda y la Araña. Con esta breve fábula Tomás de Iriarte nos invita a aprender de las enseñanzas de la naturaleza, en concreto a través del diálogo que entablan dos pequeños animales que laboran, a su modo, sus particulares hilos:

   Trabajando un Gusano su capullo,
la Araña, que tejía a toda prisa,
de esta suerte le habló con falsa risa,
muy propia de su orgullo:
-¿Qué dice de mi tela el seor Gusano?
Esta mañana la empecé temprano,
y ya estará acabada a mediodía.
¡Mire qué sutil es, mire qué bella!…
El Gusano con sorna respondía:
-¡Usted tiene razón, así sale ella!

Y, como toda fábula, la del gusano de seda y la araña no está exenta de su propia moraleja:

Se ha de considerar la calidad de la obra,
y no el tiempo que se ha tardado en hacerla.

Para leer más:

Tomás de Iriarte: Fabulas literarias. Espasa, Madrid, 2011.

El dinero: dos citas con Tomás Moro

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El pensador inglés Tomás Moro (1478-1535)  reflexionó, esu célebre obra Utopía, sobre cómo debería ser la organización de la sociedad para que sus habitantes vivieran felices. Uno de los requisitos que habría que reunir toda sociedad para ser feliz es la limitación del uso del dinero.

Según Moro, los hechos demuestran que la tenencia del dinero lo que promueve no es precisamente el humanismo y el cultivo de las virtudes, sino que, por el contrario, propicia la extensión de la codicia y otros males sociales.

“…estos hombres funestísimos, que lo que sería suficiente para todos se lo reparten todo entre ellos con insaciable codicia, ¡qué lejos están de la felicidad de la república de los utopienses! De la cual, al haber abolido enteramente, junto con su uso, toda codicia por el dinero, ¡qué mole de molestias tan grande se ha cercenado!, ¡qué semillero tan grande de crímenes se ha arrancado de raíz! Porque, ¿quién no sabe que los fraudes, los robos, las rapiñas, las riñas, los tumultos, las disensiones, las sediciones, las muertes, las traiciones, los envenenamientos, refrendados más que refrenados por los castigos cotidianos, desaparecerían al mismo tiempo que se acabase con el dinero? A más de esto, perecerían en el mismo instante que el dinero el miedo, la preocupación, los cuidados, las fatigas, las vigilias. Más aún, la pobreza misma, única que parece necesitar de los dineros, disminuiría también al punto si se aboliese el dinero por completo.”

Por eso, en la república de Utopía, donde sus ciudadanos viven felices, no existe el dinero; sólo aquel estrictamente necesario para sufragar los gastos del ejército en caso de agresión externa.

“Efectivamente, puesto que ellos no utilizan dinero sino que lo reservan para aquella eventualidad que igual que puede presentarse puede no ocurrir nunca, emplean mientras el oro y la plata (de los que aquél se hace) de manera que nadie los estime más de lo que merece su naturaleza, la cual ¿quién no ve lo muy inferior que es al hierro? Porque sin ése, a fe que los mortales no pueden vivir más que sin el fuego y el agua, mientras que al oro y a la plata no les ha dado la naturaleza uso alguno del que no podamos prescindir fácilmente, si no fuera que la necedad de los hombres ha puesto precio a lo raro. Muy al contrario, como madre indulgentísima ha dejado al descubierto todo lo mejor, como el aire, el agua, y la tierra misma, y ha apartado a lo más recóndito las cosas vanas y que no sirven para nada”.

Porque “donde todos miden todo con el dinero, apenas si es posible obrar justa o provechosamente…”

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Una cita con el desarrollo sostenible y la voz de Greta Thunberg

Isla de S. Miguel, Azores

Con 16 años, la activista sueca contra el cambio climático Greta Thunberg pronunció un discurso ante el Consejo Económico y Social de la Unión Europea durante el evento “Civil Society for rEUnaissance” (Bruselas, 21 de febrero de 2019).

Sus palabras fueron una llamada a la responsabilidad para garantizar el cumplimiento del Acuerdo de París de 2015, una exhortación a los dirigentes políticos para que hagan sus deberes en defensa del desarrollo sostenible, tal como se recoge en el siguiente extracto:

“Una vez que uno ha hecho sus deberes, se da cuenta de que necesitamos una nueva política, necesitamos una nueva economía en la que todo se base en el presupuesto de carbono, que es extremadamente limitado y disminuye rápidamente.

Pero eso no es suficiente. Necesitamos una forma de pensar completamente nueva. El sistema político que ustedes han creado se basa en la competencia. Engañan cuando pueden, porque lo único que importa es ganar, obtener el poder. Eso debe terminar, debemos dejar de competir unos contra otros, necesitamos cooperar y trabajar juntos, y compartir de forma justa los recursos del planeta. Necesitamos empezar a vivir dentro de los límites del planeta, centrarnos en la equidad y retroceder algunos pasos por el bien de todas las especies vivas. Necesitamos proteger la biosfera, el aire, los océanos, el suelo, los bosques”.

Para leer más:

Greta Thunberg: “You’re acting like spoiled irresponsible children”

Greta Thunberg: Cambiemos el mundo. Penguin, Barcelona, 2019.

Una cita con el huerto de Miró

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El artista español Joan Miró (1893-1983), uno de los máximos representantes del surrealismo, concebía el arte como una forma de horticultura. Dotado de una gran creatividad, inteligencia, sensibilidad e intuición, Miró dio vida a su universo artístico como lo haría un artesano, o un hortelano que cultiva su huerto. Así, fertilizaba Miró sus múltiples semillas artísticas en el taller:

“Considero que mi taller es como un huerto. Por allí hay alcachofas. Por aquí, patatas. Hay que podar las hojas para que los frutos se desarrollen. Llega un momento en que hace falta cortar.

Trabajo como un hortelano o como un viñatero. Las cosas llegan lentamente. Mi vocabulario de formas, por ejemplo, no lo he descubierto de una vez. Se formó casi a mis pesar.

Las cosas siguen su curso natural. Crecen, maduran. Hace falta injertar. Hay que regar, como se hace con las lechugas. Así maduran en mi espíritu. Por ello trabajo siempre en muchísimas cosas a la vez. E incluso en dominios diferentes: pintura, grabado, litografía, escultura, cerámica”.

Para leer más:

Joan Miró: Yo trabajo como un hortelano. Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2018.

Una cita con el desarrollo sostenible y la niña Severn Suzuki

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En 1992 se celebró en Río de Janeiro la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (también conocida como Cumbre de la Tierra), que marcó un hito histórico porque el concepto de desarrollo sostenible va a tomar una proyección internacional hasta entonces desconocida.

Durante la celebración de la Cumbre de la Tierra, el día 11 de junio una niña canadiense de doce años, llamada Severn Cullis-Suzuki, toma la palabra en representación de ECO, una organización infantil por el medio ambiente. 

Con el discurso de Severn Suzuki se alza la voz de los niños, de las generaciones futuras, de los animales y de los ecosistemas que se vez cada vez más amenazados.

“Al venir aquí hoy no escondo mis intenciones: estoy luchando por mi futuro. Perder mi futuro no es como perder unas elecciones o perder puntos en bolsa.

He venido a hablar por todas las generaciones venideras.

He venido a hablar en nombre de todos los niños que pasan hambre en el mundo y cuyo llanto no oye nadie.

He venido a hablar por los incontables animales que están muriendo por todo el planeta, porque ya no tienen adónde ir”.

(…)

“Todo esto ocurre ante nuestros ojos y, sin embargo, seguimos actuando como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y todas las soluciones.

Yo soy solo una niña y no tengo todas las soluciones, pero ¡quiero que vean que ustedes tampoco! No saben arreglar los agujeros de nuestra capa de ozono. No saben hacer que los salmones remonten un arroyo muerto. No saben devolver a la vida a un animal extinto. Y no pueden recuperar los bosques que crecían donde ahora hay desiertos.

Si no saben arreglarlo, por favor, ¡dejen de estropearlo!”.

(…)

“Yo soy solo una niña, pero sé que si todo el dinero que se gasta en guerras se gastara en buscar soluciones medioambientales, en poner fin a la pobreza y en lograr acuerdos, ¡la Tierra sería un lugar maravilloso!”.

Para leer más:

Severn Cullis-Suzuki: Hagan que sus acciones reflejen sus palabras. Akiara, Barcelona, 2019.