El valle, en el verso de Fernando González

El acceso a la Naturaleza, en sus múltiples formas, es una fuente potencial de placer. La simple contemplación de la belleza natural, la escucha atenta del cantar de las aves o el transitar activo por un bosque son acciones que se han llegado a demostrar beneficiosas para el bienestar humano. Así nos lo han hecho saber también las palabras sentidas de los grandes literatos a lo largo de los siglos.

Las virtudes de un valle, con sus colores y aromas, donde vegetación, manantiales y pájaros pueden dejar su impronta, son capaces de despertar ricas emociones. Traemos hasta aquí el ejemplo vívido de la obra poética del escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, que desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular. Se trata de En el valle, poema con el que su autor nos transmite el placer que siente cada día cuando recorre el valle donde habita para buscar encantos que le emocionen.

“Entre el verdor del valle se divisa
mi casa, blanca como una paloma…
Crece a su alrededor la hierbaluisa
que llena el valle con su dulce aroma…

Y cual bravos gigantes se levantan
cubiertos de verdor, enhiestos pinos,
-donde las aves sus amores cantan-
dando sombra y frescor a los caminos…

Todas las tardes de placer henchido
recorro el valle plácido y florido,
buscando en sus encantos emociones;

Y el puro manantial de su belleza
me ofrece la gentil Naturaleza,
oculto entre sus valles floraciones…”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

La primavera: una cita con Antón Chéjov

La Naturaleza es capaz de atrapar los sentidos del ser humano para conducirlo a un estado único de bienestar. Solo debemos corresponderla con la mente y el alma abiertas para valorar adecuadamente sus riquezas. Los genuinos valores de la Naturaleza son intangibles y diversos, con sus cuatro estaciones que demandan su particular atención.

Traemos hasta aquí un pasaje del cuento “En la primavera” del literato ruso Antón Chéjov (1860-1904). La maestría de este célebre escritor nos invita, con este relato, a sentir con plenitud las bondades de una estación que encarna el despertar de la vida.

“Aún no se ha derretido la nieve en la tierra y ya la primavera pide entrada en el alma. Si alguna vez ha estado usted convaleciente de una grave enfermedad, seguramente conoce ese estado de beatitud que nos hace sonreír prendidos en vagos presentimientos. Un estado semejante experimenta ahora, sin duda, la Naturaleza. La tierra está fría, los pies chapotean sobre la mezcla de nieve y barro, y, sin embargo… ¡qué alegre, dulce y acogedor es todo en torno nuestro!… ¡Tan límpida y transparente es la atmósfera, que cuando se asciende al palomar o al campanario cree uno abarcar de punta a cabo el universo entero!… El sol brilla esplendoroso y sus rayos rientes se bañan jugando en los charcos junto a los gorriones. El río, ennegrecido e inflado, se ha despertado ya, y si no hoy, mañana seguramente empezará a alborotar; los árboles, aunque todavía desnudos, viven y respiran…

En época semejante es sumamente grato empujar con una pala o con una escoba el agua sucia hacia la cuneta, dejar correr por ella pequeños barquitos o romper el terco hielo con los tacones. También es grato hacer volar a los palomos hasta lo más alto del cielo, o trepar a los árboles y colocar en ellos casitas para los pájaros. ¡Sí!… ¡Es todo tan grato en esta feliz estación del año!… ¡Particularmente si es usted joven y amante de la Naturaleza!”

Para leer más:

Anton Chejov: Cuentos completos. Aguilar, Madrid, 1965.

Felicidad, poder y riqueza: una cita con Francesco Petrarca

No es una concepción moderna, si bien se encuentra muy arraigada en nuestra sociedad actual, la que equipara la felicidad con la posesión de riqueza y poder.

En el siglo XIV, Francesco Petrarca (1304-1374), poeta y precursor del pensamiento humanista, escribió De remediis utriusque fortune. Con esta obra Petrarca propone diferentes remedios para aliviar los efectos de la mala fortuna, y también otros que nos ayuden a desengañarnos y a frenar la soberbia del alma cuando la suerte es favorable.

Entre sus recomendaciones contra la buena suerte, el filósofo y poeta nos advierte de la engañosa felicidad que puede suponer basarla en la persecución de acumular riquezas y concentrar todo el poder.

“¿Crees quizá que puede hacerte feliz el ser pontífice o emperador, tener todo el poder o las riquezas? Te engañas. Estas cosas no dan la felicidad ni la desdicha, sino que atrapan y ponen a prueba a los hombres, y si para algo valieran, antes los harían desventurados que felices, pues están llenas de peligros en los que se hunde la raíz de todas la miseras”.

Para leer más:

Francesco Petrarca: Remedios para la vida. Acantilado, Barcelona, 2023.

Una cita con el valle imaginario de Alfonso García-Ramos

En el universo de la literatura podemos visitar lugares naturales imaginarios que nos transporten a la vivencia verosímil de la contemplación de paisajes únicos.

Con la novela Guad, el escritor español Alfonso García-Ramos (1930-1980), originario de las Islas Canarias, nos introduce en el valle imaginario de Tenesora. En este rincón de la isla de Tenerife sus necesitados habitantes se ven atados a la incansable lucha contra la piedra para la obtención de agua, con la esperanza de que los saque de la pobreza. Pero este lugar también presenta una belleza natural especial.

“Parecía que el valle se había puesto su mejor traje para darle la despedida. El cielo estaba terso y limpio como una concha nacarada que iba del rosa al malva. En lo alto, casi alcanzando la primera estrella, el Teide surgía y desaparecía tras el cendal de nubecillas. Y cada vez el soberbio volcán lucía un color diferente. Ora era el cobre bruñido y destellante, más cegador y limpio que el propio sol que ya caía sobre el mar, ora llameantes escarlatas, e imprecisos malvas que se iban apagando y confundiendo con el gris ceniza del cielo para en los postreros minutos, en esa mágica frontera del día con la noche, volver a esplender con una fantasmal luz plateada. Y abajo el mar, olas rojas pespunteadas de blanca fosforescencia, suaves, jadeantes, acunando las barquillas que con las velas desplegadas ponían proa al horizonte. El blanco caserío, los huertos yermos, los abruptos riscachos de medianías, parecían invadidos de contagiosas ternuras. Seguía la sequedad del aire, huérfano de una mala acequia donde descansar de su avidez por el agua, pero desde la cumbre caían las brisas del anochecer, impregnadas con el perfume del pinar, de la tierra y vegetal.”

Para leer más:

Alfonso García-Ramos: Guad. Baile del Sol Ediciones, Tegueste, 2020.

La casa pequeña y la felicidad: una cita con Francesco Petrarca

Siendo un bien fundamental para el bienestar humano, el acceso a una vivienda digna constituye un derecho reconocido en las Constituciones de muchos Estados y, desde 1948, en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Así todo, el tamaño de la vivienda no siempre guarda una relación directa con la calidad de vida o la felicidad de las personas, como nos recuerdan los textos de autores clásicos.

En el siglo XIV, Francesco Petrarca (1304-1374), poeta y precursor del pensamiento humanista, escribió De remediis utriusque fortune. Con esta obra Petrarca propone diferentes remedios para aliviar los efectos de la mala fortuna, y también otros que nos ayuden a desengañarnos y a frenar la soberbia del alma cuando la suerte es favorable.

Entre sus recomendaciones contra la mala suerte, el filósofo y poeta nos advierte de la engañosa infelicidad que puede suponer el vivir en una casa pequeña frente a los grandiosos palacios que poseen los ricos.

“El modesto palacio de Evandro recibió al gran Alcides. César, el que sería señor del mundo, nació en una pequeña casa. Rómulo y Remo, fundadores de tan gran ciudad, se criaron en la choza de un pastor. Catón no habitó nunca grandes mansiones Diógenes vivió en un tonel movedizo e Hilario en una cueva diminuta. Otros muchos santos varones vivieron bajo tierra en cuevas y grutas; muchos grandes filósofos, en una breve porción de huerto, y muchos ilustres capitanes durmieron al raso en míseras tiendas. En cambio, Cayo y Nerón moraban en magníficos palacios. Decide ahora con cuál de ellos prefieres vivir”.

Para leer más:

Francesco Petrarca: Remedios para la vida. Acantilado, Barcelona, 2023.

La pequeña huerta de Wangari Maathai

Wangari Maathai (1940-2011), conocida como La Mujer Árbol, fue una keniana que luchó por la defensa del medio ambiente y los derechos humanos. Fundadora del Movimiento Cinturón Verde, en 2004 recibió el Premio Nobel de la Paz por su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz.

Nació en el seno de una familia humilde de la tribu kikuyu en la aldea de Ihithe, cuando Kenia era colonia británica. Allí, aprendió, desde su temprana niñez, a amar la naturaleza y las plantas. En la pequeña parcela donde se inició como agricultora precoz de la mano de su madre, experimentó con asombro el germinar de las semillas y el brotar de las plantas, cuyos frutos y flores invitaban a contemplar la llegada de pájaros, mariposas y abejas.

«Mi madre me cedió un pedazo de tierra de unos cinco metros cuadrados y me instruyó en la plantación y el cuidado de los cultivos. En la estación de lluvias, siempre me decía» No holgazanees cuando llueve. Aprovecha para plantar algo». Y así lo hacía. Cuando llegaba la lluvia, plantaba boniatos, judías, maíz y mijo. Como mi parcela era tan pequeña y yo plantaba al inicio del ciclo de cultivo, pasaba mucho tiempo contemplando el germinar de las semillas. A veces, la impaciencia me hacía desenterrarlas para ver en qué fase estaban. ‘No, no y no -decía entonces mi madre-. No saques las semillas de la tierra. Debes dejar que hagan su trabajo a solas. Pronto asomarán los brotes’. Y para mi sorpresa así sucedía.

Al principio el maíz produce unas borlas, lo cual me parecía milagroso. ‘¿Pero de dónde sale esto?’, solía preguntarme. Después se formaban las mazorcas y con ellas llegaban también los pájaros. Me gustaba mirar los pájaros mientras intentaban comerse mi maíz, ¡aunque en ocasiones tenía que cubrir las mazorcas para impedir que se lo terminaran! Cuando mis judías daban su flor, llegaban las abejas y las mariposas. Y como mis plantas eran las primeras en brotar, eran también las primeras en recibir la visita de esos insectos. Recuerdo que entonces corría entusiasmada a contarle a mi madre lo que sucedía en mi pequeña huerta y, aunque ella no sabía nada sobre la polinización, me decía que la presencia de mariposas y abejas indicaba que mis plantas estaban creciendo como debían y que pronto darían su fruto».

Para leer más:

Wangari Maathai: Con la cabeza bien alta. Editorial Lumen, Barcelona, 2007.

El canto al bosque de Tomás Morales

Los bosques como ecosistemas cumplen funciones de transcendental importancia para la existencia de los seres vivos en el planeta Tierra. Más allá de esta funcionalidad ecológica, los bosques también han sido durante siglos fuente de inspiración creativa que ha permitido al ser humano expresar sus emociones y sentimientos más hondos a través de las diferentes disciplinas artísticas.

Desde el campo de la literatura, traemos hasta aquí los versos del escritor español Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias, contenidos en las tres primeras estrofas de su poema “Tarde en la selva”.

El poeta Tomás Morales, representante principal del movimiento modernista hispánico, nos sumerge con su alegoría al bosque en un mar de emociones y sentimientos. En aquella tarde de otoño, cuando reina la soledad de la naturaleza, se impone la activación de los sentidos para percibir la fragancia de las plantas, el sonido rítmico del agua, el abanico de colores que propician los rayos del sol…

“Tarde en la selva. Agreste soledad del paisaje,
decoración del rayo de sol entre el ramaje
y lento silabeo del agua cantarina,
madre de la armoniosa tristeza campesina.

¡Tarde en la selva! Tarde de otoño en la espesura
del boscaje, en el triunfo de la arboleda oscura,
bajo la advocación de las copas sonoras
y el plácido consorcio de las dormidas horas...

¡Oh paz! ¡Oh último ensueño crepuscular del día!
El ambiente era todo fragancia; atardecía,
y la lumbre solar, en fastuosas tramas,
quemaba en las florestas su penacho de llamas.
Todo el bosque era un hálito de aromas peculiares;
las hojas despertaban sus ritmos seculares
y, bajo ellas, soñando y a su divino amparo,
la música frescura del riachuelo claro,
que el salto de la roca transformaba en torrente.
(Caballera brumosa donde, divinamente,
ilustró el arco iris, con siete resplandores,
la fugaz maravilla de sus siete colores.).”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

El frondoso huerto de la isla de los feacios, en palabras de Homero

Durante el largo viaje y azaroso regreso a su patria, la anhelada Ítaca, Ulises deja el islote de Ogigia y alcanza la isla de los feacios. Allí, en la fértil Esqueria, sus habitantes viven “apartados en medio del mar y sus olas inmensas, al extremo del mundo sin mezcla con otros humanos”.

El exhausto Ulises, con la ayuda de Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, y la diosa Atenea, consigue llegar hasta la casa real. Es un palacio que cuenta con un placentero huerto, de gran belleza y frondosidad. Con las siguientes palabras nos lo describe Homero en la célebre Odisea, invitándonos a soñar en un lugar donde reina la felicidad:

“Por de fuera del patio se extiende un gran huerto, cercadas en redor por un fuerte vallado sus cuatro fanegas; unos árboles crecen allá corpulentos, frondoso: hay higueras que dan higos dulces, cuajados, y olivos. En sus ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo del poniente germinan los unos, maduran los otros: a la poma sucede la poma, la pera a la pera, el racimo se deja un racimo y el higo otro higo.

Tiene Alcínoo allí mismo plantada una ubérrima viña y a su lado se ve un secadero en abierta explanada donde da recio el sol; de las uvas vendimian las unas mientras pisan las otras; no lejos se ven las agraces que la flor han perdido hace poco o que pintan apenas. Por los bordes del huerto ordenados arriates producen mil especies de plantas en vivo verdor todo el año. Hay por dentro dos fuentes: esparce sus chorros la una a través del jardín y la otra por bajo del patio lleva el agua a la excelsa mansión donde el pueblo la toma. Tales son los gloriosos presentes que el cielo da a Alcínoo.”

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

El mar, en el verso de Fernando González

El escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, nos ha dejado un legado poético, de múltiple adscripción estética, que hasta fechas recientes ha atravesado un relativo olvido. Este “exquisito poeta”, en palabras de Azorín, desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular.

Antes de partir hacia Madrid en 1922, el joven poeta publica su primer libro, Las canciones del alba (1918), en el que incluye un poema dedicado al mar, el océano Atlántico que baña su espíritu y tanto añorará durante su estancia en aquella populosa ciudad. Se trata de Canción del mar, con la que su autor nos transmite el placer que siente al escuchar la belleza que irradian las fuerzas sonoras de las olas.

“Oh, mar poderoso, de fuerzas potentes y enormes empujes
que has visto los siglos pasar para siempre con la loca violencia.
¡Oh, tú que sostienes eterno combate, y, sonoro, crujes
contra los peñascos que, débiles, quieren domar tu potencia!

¡Oh, titán que llevas sobre tus costados mil embarcaciones!
¡Ante tu presencia reviven historias de tiempos pasados!
¡Hoy, sobre las aguas que un día surcaron civilizaciones,
se hunden, en la lucha de vida o de muerte, los acorazados!

El bravo marino del puño de acero y el brazo desnudo,
te envía en su canto de frágiles notas, su ardiente saludo,
que vibra entre el trueno tremendo que lanza, soberbio, el turbión.

¡Yo también te envío mi canto gallardo de versos sonoros!
¡Oh mar, más preciado, por tu omnipotencia, que regios tesoros,
yo estoy en tu orilla oyendo, extasiado, tu enorme canción!”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

Una cita con Gulliver en la isla de Liliput

La contemplación de la naturaleza es también fuente de felicidad.

Un ejemplo de esta sensación de bienestar nos lo sugiere el escritor dublinés Jonathan Swift (1667-1745) en un pasaje de su obra Los viajes de Gulliver (1726), publicada hace tres siglos.

En la célebre isla literaria de Liliput, nuestro protagonista Gulliver, ya libre de ataduras, consigue ponerse de pie, y su primera impresión es de felicidad al observar su derredor. Allí, gracias a su intacta capacidad de asombro, siente en toda su amplitud la felicidad que le produce la sola contemplación de la naturaleza que le rodea.

«Cuando pude verme de pie, eché una ojeada a mi alrededor, y debo de confesar que nunca he contemplado un panorama más encantador. La campiña de los aledaños tenía el aspecto de un jardín interminable, y los campos con sus cercas en forma de cuadrados de unos trece metros de largo semejaban otros tantos lechos de flores. Estos campos se intercalaban entre bosques de una media aranzada, cuyos más corpulentos árboles, según calculé, aparentaban más de dos metros de altura. A mano izquierda divisé la ciudad, que parecía pintada en el escenario de un teatro».

Jonathan Swift: Los viajes de Gulliver. Alianza Editorial, Madrid, 2023.