Felicidad, poder y riqueza: una cita con Francesco Petrarca

No es una concepción moderna, si bien se encuentra muy arraigada en nuestra sociedad actual, la que equipara la felicidad con la posesión de riqueza y poder.

En el siglo XIV, Francesco Petrarca (1304-1374), poeta y precursor del pensamiento humanista, escribió De remediis utriusque fortune. Con esta obra Petrarca propone diferentes remedios para aliviar los efectos de la mala fortuna, y también otros que nos ayuden a desengañarnos y a frenar la soberbia del alma cuando la suerte es favorable.

Entre sus recomendaciones contra la buena suerte, el filósofo y poeta nos advierte de la engañosa felicidad que puede suponer basarla en la persecución de acumular riquezas y concentrar todo el poder.

“¿Crees quizá que puede hacerte feliz el ser pontífice o emperador, tener todo el poder o las riquezas? Te engañas. Estas cosas no dan la felicidad ni la desdicha, sino que atrapan y ponen a prueba a los hombres, y si para algo valieran, antes los harían desventurados que felices, pues están llenas de peligros en los que se hunde la raíz de todas la miseras”.

Para leer más:

Francesco Petrarca: Remedios para la vida. Acantilado, Barcelona, 2023.

Una cita con el valle imaginario de Alfonso García-Ramos

En el universo de la literatura podemos visitar lugares naturales imaginarios que nos transporten a la vivencia verosímil de la contemplación de paisajes únicos.

Con la novela Guad, el escritor español Alfonso García-Ramos (1930-1980), originario de las Islas Canarias, nos introduce en el valle imaginario de Tenesora. En este rincón de la isla de Tenerife sus necesitados habitantes se ven atados a la incansable lucha contra la piedra para la obtención de agua, con la esperanza de que los saque de la pobreza. Pero este lugar también presenta una belleza natural especial.

“Parecía que el valle se había puesto su mejor traje para darle la despedida. El cielo estaba terso y limpio como una concha nacarada que iba del rosa al malva. En lo alto, casi alcanzando la primera estrella, el Teide surgía y desaparecía tras el cendal de nubecillas. Y cada vez el soberbio volcán lucía un color diferente. Ora era el cobre bruñido y destellante, más cegador y limpio que el propio sol que ya caía sobre el mar, ora llameantes escarlatas, e imprecisos malvas que se iban apagando y confundiendo con el gris ceniza del cielo para en los postreros minutos, en esa mágica frontera del día con la noche, volver a esplender con una fantasmal luz plateada. Y abajo el mar, olas rojas pespunteadas de blanca fosforescencia, suaves, jadeantes, acunando las barquillas que con las velas desplegadas ponían proa al horizonte. El blanco caserío, los huertos yermos, los abruptos riscachos de medianías, parecían invadidos de contagiosas ternuras. Seguía la sequedad del aire, huérfano de una mala acequia donde descansar de su avidez por el agua, pero desde la cumbre caían las brisas del anochecer, impregnadas con el perfume del pinar, de la tierra y vegetal.”

Para leer más:

Alfonso García-Ramos: Guad. Baile del Sol Ediciones, Tegueste, 2020.

La casa pequeña y la felicidad: una cita con Francesco Petrarca

Siendo un bien fundamental para el bienestar humano, el acceso a una vivienda digna constituye un derecho reconocido en las Constituciones de muchos Estados y, desde 1948, en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Así todo, el tamaño de la vivienda no siempre guarda una relación directa con la calidad de vida o la felicidad de las personas, como nos recuerdan los textos de autores clásicos.

En el siglo XIV, Francesco Petrarca (1304-1374), poeta y precursor del pensamiento humanista, escribió De remediis utriusque fortune. Con esta obra Petrarca propone diferentes remedios para aliviar los efectos de la mala fortuna, y también otros que nos ayuden a desengañarnos y a frenar la soberbia del alma cuando la suerte es favorable.

Entre sus recomendaciones contra la mala suerte, el filósofo y poeta nos advierte de la engañosa infelicidad que puede suponer el vivir en una casa pequeña frente a los grandiosos palacios que poseen los ricos.

“El modesto palacio de Evandro recibió al gran Alcides. César, el que sería señor del mundo, nació en una pequeña casa. Rómulo y Remo, fundadores de tan gran ciudad, se criaron en la choza de un pastor. Catón no habitó nunca grandes mansiones Diógenes vivió en un tonel movedizo e Hilario en una cueva diminuta. Otros muchos santos varones vivieron bajo tierra en cuevas y grutas; muchos grandes filósofos, en una breve porción de huerto, y muchos ilustres capitanes durmieron al raso en míseras tiendas. En cambio, Cayo y Nerón moraban en magníficos palacios. Decide ahora con cuál de ellos prefieres vivir”.

Para leer más:

Francesco Petrarca: Remedios para la vida. Acantilado, Barcelona, 2023.

La pequeña huerta de Wangari Maathai

Wangari Maathai (1940-2011), conocida como La Mujer Árbol, fue una keniana que luchó por la defensa del medio ambiente y los derechos humanos. Fundadora del Movimiento Cinturón Verde, en 2004 recibió el Premio Nobel de la Paz por su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz.

Nació en el seno de una familia humilde de la tribu kikuyu en la aldea de Ihithe, cuando Kenia era colonia británica. Allí, aprendió, desde su temprana niñez, a amar la naturaleza y las plantas. En la pequeña parcela donde se inició como agricultora precoz de la mano de su madre, experimentó con asombro el germinar de las semillas y el brotar de las plantas, cuyos frutos y flores invitaban a contemplar la llegada de pájaros, mariposas y abejas.

«Mi madre me cedió un pedazo de tierra de unos cinco metros cuadrados y me instruyó en la plantación y el cuidado de los cultivos. En la estación de lluvias, siempre me decía» No holgazanees cuando llueve. Aprovecha para plantar algo». Y así lo hacía. Cuando llegaba la lluvia, plantaba boniatos, judías, maíz y mijo. Como mi parcela era tan pequeña y yo plantaba al inicio del ciclo de cultivo, pasaba mucho tiempo contemplando el germinar de las semillas. A veces, la impaciencia me hacía desenterrarlas para ver en qué fase estaban. ‘No, no y no -decía entonces mi madre-. No saques las semillas de la tierra. Debes dejar que hagan su trabajo a solas. Pronto asomarán los brotes’. Y para mi sorpresa así sucedía.

Al principio el maíz produce unas borlas, lo cual me parecía milagroso. ‘¿Pero de dónde sale esto?’, solía preguntarme. Después se formaban las mazorcas y con ellas llegaban también los pájaros. Me gustaba mirar los pájaros mientras intentaban comerse mi maíz, ¡aunque en ocasiones tenía que cubrir las mazorcas para impedir que se lo terminaran! Cuando mis judías daban su flor, llegaban las abejas y las mariposas. Y como mis plantas eran las primeras en brotar, eran también las primeras en recibir la visita de esos insectos. Recuerdo que entonces corría entusiasmada a contarle a mi madre lo que sucedía en mi pequeña huerta y, aunque ella no sabía nada sobre la polinización, me decía que la presencia de mariposas y abejas indicaba que mis plantas estaban creciendo como debían y que pronto darían su fruto».

Para leer más:

Wangari Maathai: Con la cabeza bien alta. Editorial Lumen, Barcelona, 2007.

El canto al bosque de Tomás Morales

Los bosques como ecosistemas cumplen funciones de transcendental importancia para la existencia de los seres vivos en el planeta Tierra. Más allá de esta funcionalidad ecológica, los bosques también han sido durante siglos fuente de inspiración creativa que ha permitido al ser humano expresar sus emociones y sentimientos más hondos a través de las diferentes disciplinas artísticas.

Desde el campo de la literatura, traemos hasta aquí los versos del escritor español Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias, contenidos en las tres primeras estrofas de su poema “Tarde en la selva”.

El poeta Tomás Morales, representante principal del movimiento modernista hispánico, nos sumerge con su alegoría al bosque en un mar de emociones y sentimientos. En aquella tarde de otoño, cuando reina la soledad de la naturaleza, se impone la activación de los sentidos para percibir la fragancia de las plantas, el sonido rítmico del agua, el abanico de colores que propician los rayos del sol…

“Tarde en la selva. Agreste soledad del paisaje,
decoración del rayo de sol entre el ramaje
y lento silabeo del agua cantarina,
madre de la armoniosa tristeza campesina.

¡Tarde en la selva! Tarde de otoño en la espesura
del boscaje, en el triunfo de la arboleda oscura,
bajo la advocación de las copas sonoras
y el plácido consorcio de las dormidas horas...

¡Oh paz! ¡Oh último ensueño crepuscular del día!
El ambiente era todo fragancia; atardecía,
y la lumbre solar, en fastuosas tramas,
quemaba en las florestas su penacho de llamas.
Todo el bosque era un hálito de aromas peculiares;
las hojas despertaban sus ritmos seculares
y, bajo ellas, soñando y a su divino amparo,
la música frescura del riachuelo claro,
que el salto de la roca transformaba en torrente.
(Caballera brumosa donde, divinamente,
ilustró el arco iris, con siete resplandores,
la fugaz maravilla de sus siete colores.).”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

El frondoso huerto de la isla de los feacios, en palabras de Homero

Durante el largo viaje y azaroso regreso a su patria, la anhelada Ítaca, Ulises deja el islote de Ogigia y alcanza la isla de los feacios. Allí, en la fértil Esqueria, sus habitantes viven “apartados en medio del mar y sus olas inmensas, al extremo del mundo sin mezcla con otros humanos”.

El exhausto Ulises, con la ayuda de Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, y la diosa Atenea, consigue llegar hasta la casa real. Es un palacio que cuenta con un placentero huerto, de gran belleza y frondosidad. Con las siguientes palabras nos lo describe Homero en la célebre Odisea, invitándonos a soñar en un lugar donde reina la felicidad:

“Por de fuera del patio se extiende un gran huerto, cercadas en redor por un fuerte vallado sus cuatro fanegas; unos árboles crecen allá corpulentos, frondoso: hay higueras que dan higos dulces, cuajados, y olivos. En sus ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo del poniente germinan los unos, maduran los otros: a la poma sucede la poma, la pera a la pera, el racimo se deja un racimo y el higo otro higo.

Tiene Alcínoo allí mismo plantada una ubérrima viña y a su lado se ve un secadero en abierta explanada donde da recio el sol; de las uvas vendimian las unas mientras pisan las otras; no lejos se ven las agraces que la flor han perdido hace poco o que pintan apenas. Por los bordes del huerto ordenados arriates producen mil especies de plantas en vivo verdor todo el año. Hay por dentro dos fuentes: esparce sus chorros la una a través del jardín y la otra por bajo del patio lleva el agua a la excelsa mansión donde el pueblo la toma. Tales son los gloriosos presentes que el cielo da a Alcínoo.”

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

El mar, en el verso de Fernando González

El escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, nos ha dejado un legado poético, de múltiple adscripción estética, que hasta fechas recientes ha atravesado un relativo olvido. Este “exquisito poeta”, en palabras de Azorín, desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular.

Antes de partir hacia Madrid en 1922, el joven poeta publica su primer libro, Las canciones del alba (1918), en el que incluye un poema dedicado al mar, el océano Atlántico que baña su espíritu y tanto añorará durante su estancia en aquella populosa ciudad. Se trata de Canción del mar, con la que su autor nos transmite el placer que siente al escuchar la belleza que irradian las fuerzas sonoras de las olas.

“Oh, mar poderoso, de fuerzas potentes y enormes empujes
que has visto los siglos pasar para siempre con la loca violencia.
¡Oh, tú que sostienes eterno combate, y, sonoro, crujes
contra los peñascos que, débiles, quieren domar tu potencia!

¡Oh, titán que llevas sobre tus costados mil embarcaciones!
¡Ante tu presencia reviven historias de tiempos pasados!
¡Hoy, sobre las aguas que un día surcaron civilizaciones,
se hunden, en la lucha de vida o de muerte, los acorazados!

El bravo marino del puño de acero y el brazo desnudo,
te envía en su canto de frágiles notas, su ardiente saludo,
que vibra entre el trueno tremendo que lanza, soberbio, el turbión.

¡Yo también te envío mi canto gallardo de versos sonoros!
¡Oh mar, más preciado, por tu omnipotencia, que regios tesoros,
yo estoy en tu orilla oyendo, extasiado, tu enorme canción!”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

Una cita con Gulliver en la isla de Liliput

La contemplación de la naturaleza es también fuente de felicidad.

Un ejemplo de esta sensación de bienestar nos lo sugiere el escritor dublinés Jonathan Swift (1667-1745) en un pasaje de su obra Los viajes de Gulliver (1726), publicada hace tres siglos.

En la célebre isla literaria de Liliput, nuestro protagonista Gulliver, ya libre de ataduras, consigue ponerse de pie, y su primera impresión es de felicidad al observar su derredor. Allí, gracias a su intacta capacidad de asombro, siente en toda su amplitud la felicidad que le produce la sola contemplación de la naturaleza que le rodea.

«Cuando pude verme de pie, eché una ojeada a mi alrededor, y debo de confesar que nunca he contemplado un panorama más encantador. La campiña de los aledaños tenía el aspecto de un jardín interminable, y los campos con sus cercas en forma de cuadrados de unos trece metros de largo semejaban otros tantos lechos de flores. Estos campos se intercalaban entre bosques de una media aranzada, cuyos más corpulentos árboles, según calculé, aparentaban más de dos metros de altura. A mano izquierda divisé la ciudad, que parecía pintada en el escenario de un teatro».

Jonathan Swift: Los viajes de Gulliver. Alianza Editorial, Madrid, 2023.

La relación con el dinero: una cita con Benito Pérez Galdós

Desde viejos tiempos la posesión de dinero se nos ha presentado como un afán muy propio de la condición humana. Sin él la vida en sociedad se vuelve más compleja y reduce el abanico de posibilidades de sus habitantes. El dinero es básicamente un medio para procurarnos la satisfacción de aquellas necesidades materiales que contribuyen a nuestro bienestar. Sin embargo, con excesiva frecuencia, los seres humanos nos deslumbramos por su engañosa omnipotencia para terminar considerándolo como un fin en sí mismo que nos lleva a mantener con él relaciones insanas, alejadas de la virtud.

Para ilustrar esta idea, traemos hasta aquí un pasaje de la novela El doctor Centeno, del escritor español Benito Pérez Galdós (1843-1920), en el que este célebre autor nos relata un caso muy peculiar: la particular relación que Alejandro Miquis, el coprotagonista de la novela, mantiene con el dinero. Se trata de un personaje, desbordado de ideales y ciego a las exigencias del mundo real, que en un momento dado se ve deslumbrado por la posesión de dinero, contradiciendo las directrices de su conciencia ética. Alejandro Miquis persigue, pero mal gestiona “esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa nonada omnipotente que llaman dinero”, en palabras de Galdós.

“Poseer dinero era para él como la razón del vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de ello se asemejaba a un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero que nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer, pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar a los labios el auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan a la mano…! ¡Oh!, esto era superior a su conciencia de hombre, a su respeto de hijo. En el estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir a los verdaderos hombres, a los que están provistos de aquel jugo vital. Hemos de remontarnos a la época del pastoreo para imaginar al hombre indiferente a las ideas de tuyo y mío, y considerarlo como tal hombre a pesar de la mutilación de esa víscera que se llama bolsillo.”

Para leer más:

Benito Pérez Galdós: El doctor Centeno. Tormento. La de Bringas. Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2007.

Los intereses públicos y privados en el progreso humano: una cita con José Luis Sampedro

En el quehacer habitual de toda sociedad intervienen para su sostenimiento y progreso múltiples agentes que, desempeñando funciones distintas, defienden objetivos dispares. En el camino hacia el desarrollo sostenible es esencial tener presente, además, que no se trata de un proceso armónico, sino que conlleva, con frecuencia, el encuentro de intereses que están en constante conflicto.

La primera gran diferenciación de intereses a considerar, como nos recuerda el economista español José Luis Sampedro (1917-2013) en su obra El mercado y la globalización (2002), es que en un sistema de mercado confluyen el poder de las empresas privadas y el del Estado. Las primeras priorizan el objetivo del máximo beneficio monetario, mientras que los poderes públicos, en aras del interés común, tienen como función principal velar por la defensa de todas las dimensiones, en muchos casos intangibles (educación, sanidad, medio ambiente, cohesión social…), que procuran el objetivo de progreso humano.

«Ante el enorme poder de las empresas y los grupos económicos en el sistema de mercado es preciso recordar que el interés privado y el interés público no tienen siempre los mismos objetivos, aunque coincidan en parte. Las empresas persiguen una prosperidad reflejada en las máximas ganancias posibles, mientras que el interés común busca fines más variados a los que muchas veces hay que sacrificar el beneficio económico; fines tales como la salud pública, la mejora de la sociedad mediante la educación, el respeto a la naturaleza, la observancia de ciertos valores inmateriales, el cultivo de actividades estéticas, la cohesión social y, sobre todo, el acatamiento de unas normas éticas de convivencia, entre otras manifestaciones del progreso humano».

Para leer más:

Sampedro, José Luis: El mercado y la globalización. Ediciones Destino, Madrid, 2003.