El paisaje volcánico de Islandia en palabras de Julio Verne

Islandia

El escritor francés Julio Verne (1828-1905) es el autor de la conocida obra Viaje al centro de la Tierra, publicada en 1864. En esta novela de aventuras sus tres principales protagonistas tienen un objetivo común: alcanzar el interior de la Tierra. Siguiendo las indicaciones de un antiguo manuscrito inician su viaje hacia las profundidades en tierras islandesas.

Antes de llegar a la base del volcán Sneffels, en cuyo cráter encontrarían el camino hacia el corazón terrestre, el profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans atraviesan durante varios días los paisajes desérticos de Islandia.

“No se veía ni un árbol, no había más que algunos álamos enanos, semejantes a malezas. Ni aparecían tampoco más animales que algunos caballos que, abandonados por su amo que no podía alimentarlos, andaban errantes por las tristes llanuras. De cuando en cuando un halcón se cernía entre las nubes cenicientas y huía hacia las comarcas del sur…”

Dos días más tarde el paisaje volcánico adquiere mayor protagonismo.

“El 19 de junio, un terreno de lava que tenía alrededor de una milla, se extendió bajo nuestros pies. Esta disposición del terreno se llama hraun en el país. La lava arrugada en la superficie afecta formas de cable, ya prolongadas, ya arrolladas sobre sí mismas. Un inmenso rastro de cenizas bajaba de las montañas vecinas, volcanes actualmente apagados, pero cuyas reliquias atestiguaban la violencia pasada. Trepaban a trechos, como reptiles, algunos torbellinos de humo de manantiales calientes”.

Para leer más:

Verne, J.: Viaje al centro de la Tierra. RBA, Madrid, 2021.

Charles Dickens y la ciudad desigual

Con el siguiente fragmento extraído del relato Tascas (1835) el escritor británico Charles Dickens (1812-1870) nos revela la desigualdad urbana en toda su crudeza. Es la realidad social de la ciudad de Londres de la primera mitad del siglo XIX, que aún nos sigue recordando que el desarrollo desigual podemos encontrarlo en muchas de nuestras urbes de siglo XXI.

“La mugrienta y mísera apariencia de esta parte de Londres apenas puede ser imaginada por aquellos (y de esos hay muchos) que no la han visitado. En espantosas casas con ventanas rotas cubiertas de harapos y papel, cada habitación muestra una familia diferente y, en muchos caos, dos y hasta tres. Fruteros y fabricantes de chucherías en los sótanos, barberos y vendedores de arenques en las estancias delanteras, zapateros remendones en la parte de atrás, un pajarero en el primer piso, tres familias en el segundo, inanición en los áticos, irlandeses en la entrada, un “musico” en la cocina exterior y una señora de la limpieza con cinco críos hambrientos en la trasera; suciedad por todas partes; un sumidero delante de la casa y una cloaca detrás; ropas tendidas a secar y orinales que se vacían desde las ventanas; chicas de catorce o quince años, con el cabello apelmazado, caminan descalzas y cubiertas casi únicamente con capotes blancos; chicos de todas las edades con abrigos de todas las tallas o ninguno en absoluto; hombres y mujeres con todo tipo de ropas escasas y sucias, haraganeando, regañando, bebiendo, fumando, riñendo, peleando e insultándose.

Doble usted la esquina. ¡Menudo cambio! Todo es luz y resplandor. Un murmullo vocinglero sale de esa espléndida tasca que forma el inicio de las dos calles de enfrente, y el alegre edificio con su pretil fantásticamente ornamentado, su reloj iluminado, su ventanal de cristal esmerilado rodeado por rosetas de estuco y su exceso de lámparas de gas con quemadores ricamente dorados, resulta del todo deslumbrante cuando se compara con la oscuridad y la inmundicia que acabamos de dejar atrás”.

Para leer más:

Dickens, Charles: Relatos londinenses. Gadir Editorial, Madrid, 2018.

Galdós y el árbol de la conciencia

La importancia de la conciencia, esa facultad eminentemente humana que nos permite tener conocimiento de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, fue ilustrada de forma literaria por el escritor español Benito Pérez Galdós (1843-1920).

En boca de Máximo, el protagonista de la novela El amigo Manso (1882), Galdós equipara la conciencia a un fructífero y generoso árbol que facilita que la vida en sociedad conserve su sentido.

“La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la compara a un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya fragancia trasciende a todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida poma del egoísmo, sino un rico manjar que se reparte a todo el que tiene hambre.

Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un principio de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal del individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto si no existiese el principio reconstructivo y vigilante de la conciencia…”.

Para leer más:

Pérez Galdós, Benito: El amigo Manso. Cabildo Insular de Gran Canaria, 2007.

Charles Dickens: un día en la vida de Londres

El escritor británico Charles Dickens (1812-1870) describe como pocos, de forma magistral, la vida en una gran ciudad, el Londres del siglo XIX, que conoció muy bien.

El siguiente fragmento extraído del relato El corazón de Londres (1841) recoge un día cualquiera en la ciudad de Londres. La pluma de Dickens, como podemos advertir, atestigua de forma realista que entre las grandezas de la gran urbe existen también barrios donde prevalecen el hambre y la miseria.

“El día empieza a romper, y enseguida llegan el zumbido y el ruido de la vida. Aquellos que han pasado la noche en portales y frías piedras se arrastran para mendigar; los que han dormido en camas salen también en pos de sus ocupaciones y el bullicio se pone en marcha. La niebla del sueño se disipa lentamente y Londres brilla despierta. Las calles están llenas de carruajes y gente alegremente vestida. Las cárceles están llenas también, hasta arriba; tampoco a los asilos o a los hospitales les queda mucho espacio libre.

Los tribunales están atestados. Las tabernas reciben en este momento a sus parroquianos, y cada puesto de comercio tiene delante su tropel. Cada uno de estos lugares es un mundo y tiene sus propios habitantes; cada uno es distinto y casi inconsciente de la existencia de cualquier otro. Hay unas pocas personas acomodadas que recuerdan haber oído decir que hombres y mujeres -miles, creen recordar- se levantan en Londres cada día, sin saber dónde reposarán sus cabezas por la noche; y que hay barrios de la ciudad donde siempre hay miseria y hambre. No se lo acaban de creer: puede que tenga algo de cierto, pero es, sin duda, una exageración. Así, cada uno de estos mil mundos sigue adelante, concentrado en sí mismo, hasta que llega de nuevo la noche, primero con sus luces y placeres, y sus calles bulliciosas; después, con su culpa y oscuridad”.

Para leer más:

Dickens, Charles: Relatos londinenses. Gadir Editorial, Madrid, 2018.

Julio Verne: una cita con la naturaleza pétrea

Islandia

En su célebre Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne (1828-1905) nos describe cómo era la naturaleza de Islandia por la que transitaron durante varios días los tres aventureros de la novela, el profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans, antes de sumergirse en las profundidades del volcán Sneffels.

Llegados a Stapi, aparece la naturaleza pétrea dominada por el basalto, cuya disposición regular confiere al paisaje una belleza solo equiparable a las más excelsas construcciones de la Edad Antigua.

“Sabido es que el basalto es una roca oscura de origen ígneo. Sorprenden por su disposición las formas regulares que afecta. La Naturaleza en su formación procede geométricamente y trabaja a la manera humana, como si manejase el cartabón, el compás y el nivel. En todas sus demás edificaciones desenvuelve su arte con grandes moles echadas sin orden, con sus conos apenas esbozados, con sus pirámides imperfectas, con la extraña sucesión de sus líneas. En basalto, queriendo dar ejemplo de regularidad, y precediendo a los arquitectos de las primeras edades, ha creado un orden severo, que no han sobrepujado jamás los esplendores de Babilonia, ni las maravillas de Grecia.

Había oído hablar muchas veces de la Calzada de los Gigantes en Irlanda, y de la Gruta de Fingal en una de las Hébridas; pero el espectáculo de una construcción basáltica no se había ofrecido aún a mis miradas.

En Stapi este fenómeno aparecía con toda su belleza”

Para leer más:

Verne, J.: Viaje al centro de la Tierra. RBA, Madrid, 2021.

La casa-paraíso: una cita con Millares Cubas

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Si existe la casa ideal, nuestra condición primigenia nos revela que, de una forma u otra, en ella ha de estar presente la Naturaleza. Así lo han percibido escritores como Luis (1861-1925) y Agustín (1863-1935) Millares Cubas.

Estos dos hermanos, que solían firmar conjuntamente su obra literaria, publican en 1894 la colección de cuentos De la tierra canaria. Escenas y paisajes. Traemos hasta aquí el siguiente fragmento del cuento Germinal, donde un viejo caserón se ejemplifica como el paraíso habitable porque en él los sentidos quedan atrapados por la naturaleza que desborda.

“Ahora abierto estaba, y a la verdad que, por estarlo, ganaba mucho el viejo caserón, pues por la ancha abertura descubríase un patio inmenso, donde el verde de las plantas y el oro de la luz se combinaban de tan extraño modo, con tonos tan brillantes y matices tan varios, y era tanto el ramaje y tan espeso y tanto el perfume de jazmines y heliotropos, y tanta luz había en las copas y tanta sombra en los troncos, y tantos trinos de pájaros en el aire que, por aquel bosque, parecía divisarse el paraíso”.

Para leer más:

Millares Cubas, Luis y Agustín: Antología de cuentos de la tierra. Islas Canarias, Viceconsejería de cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1990.

El bosque imaginado por Julio Verne

La inagotable imaginación de Julio Verne (1828-1905) nos lleva a introducirnos en un bosque muy especial. Se trata de la floresta que se encuentran el profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans, los tres principales protagonistas de la novela Viaje al centro de la Tierra.

En aquel mundo subterráneo, que durante dos meses habían recorrido los tres aventureros, existía una densa bóveda que hacía las veces de cielo. En lugar del foco solar, una luz difusa alumbraba por igual todas las superficies, de modo que los objetos carecían de sombras y vívidos colores. Y, sin embargo, allá abajo, a más de 30 leguas de profundidad, reinaba un frondoso y primigenio bosque.

“Contemplábamos la vegetación de la época terciaria en toda su magnificencia. Grandes palmeras, especies actualmente extinguidas, soberbios guanos, pinos, tejos, cipreses, hayas representaban dignamente la familia de las coníferas, y se unían entre sí por medio de una red de inextricables bejucos. Un tapiz de musgos y de hepáticas cubría muellemente la tierra. Algunos arroyos murmuraban bajo aquellas sombras poco dignas de este nombre, porque en realidad no había ninguna sombra. En las márgenes crecían helechos arborescentes parecidos a los de los invernáculos del Globo habitado. Pero aquellos árboles, aquellos arbustos, aquellas plantas, privados del vivificador influjo del sol, carecían de color. Todo se confundía en una tinta uniforme, pardusca y como agostada. Las hojas estaban desprovistas de su verdor, y las mismas flores, tan numerosas en aquella época terciaria que las vio nacer, entonces pálidas y sin perfume, parecían hechas de un papel que la acción de la atmósfera había descolorido.

Mi tío Lidenbrock se aventuró bajo aquellos gigantescos vegetales. Yo lo seguí, sin tenerlas todas conmigo. Puesto que la Naturaleza había hecho allí los gastos de una alimentación vegetal, ¿por qué no había de contener aquel suelo terribles mamíferos? En los anchos claros que dejaban los árboles derribados y carcomidos por el tiempo veía leguminosas, aceríneas, rubiáceas y otros mil arbustos comestibles, codiciados de los rumiantes de todos los periodos. Después aparecían, confundidos y mezclados, los árboles de las más distantes comarcas de la superficie del Globo, la encina que se levantaba al lado de la palmera, el eucalipto australiano que se apoyaba en el abeto de Noruega, el abedul del norte que confundía sus ramas con las del kauris zelandés; era capaz tan heterogéneo conjunto de confundir a los más ingeniosos clasificadores de la botánica terrestre”.

Para leer más:

Verne, J.: Viaje al centro de la Tierra. RBA, Madrid, 2021.

Ramón y Cajal: las cuatro fuentes del bienestar

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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus grandes aportaciones a la ciencia. Pero el médico e investigador español, como persona sabia y humanista que fue, no solo se preocupó de la salud física de las personas sino también de su bienestar.

Como recoge el siguiente fragmento de su libro autobiográfico Mi infancia y juventud, para Cajal la calidad de vida de los seres humanos no solo depende del médico que cure nuestras dolencias sino también de “otros médicos”, cuya valiosa pócima podemos encontrar en la Naturaleza.

“Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones del dolor, nos libran de nuestras ideas, a veces más virulentas que el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

El viento: una cita con Ángel Guerra

Esa fuerza de la naturaleza que es el viento irrumpe y se desvanece, no sin antes dejar sus huellas sobre la corteza terrestre.

El escritor Ángel Guerra (1874-1950), en su relato de 1912 titulado A merced del viento, nos invita a sentir, en clave literaria, los pasos que imprime el viento cuando encuentra su hábitat en una tierra insular como Lanzarote (Canarias).

“Quieto el aire, pesaba soñoliento sobre la tierra. Ni una ráfaga movía las arenas inmóviles en sueño de siesta. El viento se había quedado muy lejos, allá por la costa, hinchando y espumeando el mar, vencido por el sol. Ya vendría por la noche a correr loco por la llanura, con furia devastadora, revolviendo las arenas, azotando los desgreñados arbustos, sepultándolos, rodando los médanos. Al pie mismo de la costa, al término de aquella tierra baja, donde el ignoto mar sudaba espumas en la lucha, el viento acechaba la marcha del sol, como galán que intenta burlar un tálamo, y cuando la luz del atardecer se desvanecía con una tristeza de colores en el cielo, entraba por el llano desierto a galope sin fin”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

Ramón y Cajal: el amor a los animales

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El médico y científico Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus valiosas aportaciones a la ciencia. El investigador español fue, además, una persona sabia y humanista, y también un gran amante de la naturaleza.

Como naturalista declarado, Cajal encontró en los animales, singularmente en los pájaros, una de sus pasiones, como recoge el siguiente fragmento de su obra autobiográfica Mi infancia y juventud:

“Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé, haciéndolos servir de juguete, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (besque o liga, lienas con hoyos hondos, la red, etc.). Cuando había reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los soltaba o los devolvía, todavía pequeñuelos o implumes, a sus nidos y a las caricias maternales. En esos caprichos no entraba para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir al maravilloso proceso de la incubación y a la eclosión de los polluelos; seguir paso a paso la metamorfosis del recién nacido, sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y, finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las anchuras del espacio”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.