La ciudad: una cita con Max-Neef

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El economista chileno Manfred Max-Neef (1932-2019) abogó por una nueva economía, divergente del pensamiento económico hegemónico. Sus reflexiones lo han llevado a recuperar casi del olvido los escritos de Aristóteles para recordarnos que la economía tiene que ver centralmente con la felicidad de las personas. Por tal motivo descarta la idea de que el bienestar en una ciudad esté correlacionado positivamente con el tamaño poblacional.

La ciudad si excede su tamaño óptimo, en aras de la eficiencia económica, incurre en el riesgo de ser “deshumanizadora”, ya que el gigantismo generaría “deseconomías de dimensiones incontrolables”, en palabras del economista chileno.

El modelo de ciudad que nos propone Max-Neef debería cumplir al menos cuatro funciones principales:

“Quisiera proponer, basándome en evidencia cultural e histórica autorizada, que hay por lo menos cuatro funciones que se espera que cumpla una ciudad: debe proporcionar a sus habitantes sociabilidad, bienestar, seguridad y cultura. Tales funciones solo pueden realizarse si la comunicación humana entre los ciudadanos es satisfactoria y auténtica y si la participación es completa, responsable y eficaz”.

Para leer más:

Manfred Max-Neef: Economía herética. Icaria, Barcelona, 2017.

La isla de Lanzarote: una cita con Ángel Guerra

Lanzarote (Islas Canarias, España), tierra natal de Ángel Guerra

El escritor Ángel Guerra (1874-1950), en su corto relato de 1903 titulado Caminante, nos acerca a las inquietudes y añoranzas que invaden al protagonista, un caminante, acaso el propio autor.

Desconoce el caminante el porvenir al que le conducirán sus próximos pasos, pero, como bien refleja el siguiente fragmento, permanece en él, imborrable, la querencia por su patria nativa:

“Mi patria queda a la espalda de mi ruta, en lueñes tierras. Es un país de sol. Todo es luz allá, y cuando la noche cierra, aún es día en los ojos de sus mujeres. Las fuentes tienen alma. Sale el agua de las rocas gota a gota, como si un corazón hinchado de amor dentro de las piedras la llorara; igual que por mis párpados cerrados de ciego rezúmanse ahora, recordándola, las lágrimas.

Cielo y tierra, enamorados, eternamente mirándose, juegan a novios. Cuando él riñe, celoso y retira el sol, ella se torna triste y es penar verla. Mas, arrepentido, llora, y la amada le devuelve el llanto ¡en flores!

Así es el bello país donde naciera. Queda muy lejos, después de esas llanuras y más allá de aquellos montes. Si arribas algún día a él dobla la rodilla al verlo. Quizás para no mirar a otros, conservando dentro la imagen del mío, mis ojos cegaron para siempre”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

Los signos de la naturaleza en palabras de María Zambrano

La escritora María Zambrano (1904-1991), en su obra filosófico-poética Claros del bosque, nos invita a reflexionar sobre nuestra condición natural primigenia. Somos seres vivientes que no hemos de olvidar la naturaleza de la que formamos parte.

Fuimos en un principio habitantes de un universo donde reinaba todo lo viviente. Sin embargo, hoy, con frecuencia, no prestamos todos nuestros sentidos a los signos naturales de belleza, paz y armonía que nos envía el universo, porque preferimos enfocarnos en otras pretensiones…

“… hay que sorprenderse así mismo en el asombro ante la evidencia del signo natural: la figura impresa en las alas de una mariposa, en la hoja de una planta, en el caparazón de un insecto, y aun en la piel de ese algo que se arrastra entre todos los seres de la vida, ya que todo lo viviente aquí, de algún modo, se arrastra o es arrastrado por la vida. Signos que no pueden constituir señales, ni avisos. Y que si nos remitimos a ese aviso del puro sentir que vive envuelto en el olvido en todo hombre, se nos aparecen figuras y signos impresos desde muy lejos, y desde muy próximos; signos del universo.

Mirados tan sólo desde este sentir, estos signos nos conducen, nos reconducen más bien, a una paz singular, a una calma que proviene de haber hecho en ese instante las paces con el universo, y que nos restituye a nuestra primaria condición de ser habitantes de un universo que nos ofrece su presencia tímidamente ahora, como un recuerdo de algo que ya ha pasado; el lugar donde se vivió sin pretensiones de poseer”.

Para leer más:

María Zambrano: Claros del bosque. Alianza Editorial, Madrid, 2019.

La lluvia: una cita con Ángel Guerra

Isla de La Graciosa (Canarias, España).

El agua es un bien especialmente preciado en aquellos hábitats donde la geografía impone su cruda aridez. La llegada de las lluvias puede cambiarlo todo, porque con ellas la vida tendría otro sustento, a la vez que invitarían a disfrutar de otros colores y olores.

El escritor Ángel Guerra (1874-1950), en su relato de 1907 titulado Al jallo, desarrolla la acción de sus personajes en la pequeña isla de La Graciosa (Canarias, España). Se trata de un territorio insular árido y sediento. De sus páginas extraemos el siguiente fragmento con el novelista concede a la lluvia el máximo protagonismo.

“Bien vendría la lluvia que se anunciaba. Fecundaría la tierra, daría pastos en abundancia y pronto llegarían los pastores al frente de sus rebaños. Además, la islilla perdería su aspecto desolado, de color rojizo la tierra, verdeando hermosamente transformada. Sobre todo, ¡con qué fruición todos olfateaban el vaho de la tierra mojada! Acostumbrados a la sedienta sequedad de los campos, durante años y años, no ya el esplendor de la hierba verdeante y fresca, sino el perfume acre y húmedo de la tierra que la lluvia refrescara, daba a sus rostros un viso de alegría y a sus espíritus un ímpetu de contento instintivo e inexplicable”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

La Laguna de Janubio en palabras de Agustín Espinosa

Existe en la isla canaria de Lanzarote un pequeño lago costero de origen volcánico, conocido con el nombre de Laguna de Janubio, que ha despertado la atención tanto de científicos como de literatos.

Esta laguna, relacionada con la formación de las mayores salinas artesanales de las Islas Canarias, ha sido declarada espacio natural protegido bajo la figura de “sitio de interés científico”. Constituye un importante lugar de refugio y nidificación de aves migratorias, lo que ha permitido que sea incluido en la red de zonas de especial protección para las aves (ZEPA) de la Unión Europea.

Pero la laguna y salinas de Janubio ofrecen, además de un incuestionable valor científico, biológico y geológico, una belleza y armonía singulares que han inspirado la creatividad de los literatos. En 1929 el escritor Agustín Espinosa (1897-1939) describió este paraje isleño con las siguientes palabras:

“El lago de Janubio es el sentimiento marino de Lanzarote hecho realidad. Un pedazo de azul robado al Océano. La respuesta tímida de la isla al abrazo redondo del mar.

El lago de Janubio tiene una vía ancha hacia el Océano. Tiene patos chilladores. Tiene, además -a su espalda- salinas. Por la vía ancha hacia el Océano, entra la sal nueva que necesita el lago de Janubio, para tener salinas a su espalda. Por la vía ancha hacia el Océano, entran también esos pescados de nombres tan diversos -herreras, roncadores, galanas, zaifíos, catalinetas, lebranchos, longorones- que necesita el lago de Janubio, para tener patos -patos chilladores- en su casa.

Esto podía bastarle al lago de Janubio: sus salinas, como una ordenación -filosófica, pictórica, fonéticamente- de cadinas rubias tras su sultán, sus patos, que imitan el claxon sobre los crepúsculos y se miran en el espejo salado a la hora de comer.

Pero el lago de Janubio ha querido tener también su fiesta de magia. Aliado con el viento, obtener el espectáculo perenne que únicamente esa alianza podía traerle.

Ha llamado al viento y le ha dicho:

-Sobre mi panza, sobre la panza redonda del mar, sabes mover, deliciosamente, barquitos de una sola vela, barquitos de dos velas, barquitos, tal vez, hasta de veinte velas. Sobre la panza morena de la Isla, sabes mover las teclas largas de los molinos. Probablemente, sabrás hacer otras muchas cosas admirables. Pero yo te invito a que ensayes conmigo el juego de manos más estupendo que nunca hayas podido pensarte. Se trata, sólo, de que aprendas a cazar mis espumas. Aprésalas como puedas. Llévalas donde quieras. Hacia el Norte, hacia el Sur, hacia el Este, hacia el Oeste. Que los hombres de la Isla las vean. Tal vez no hayan visto nunca nada semejante. Creerán que son pájaros blancos. Tú les dirás que son pájaros blancos, hijos del pato más albo y de la ola más salada del lago”.

Para leer más:

Agustín Espinosa: Lancelot 28º-7º (Guía integral de una isla atlántica). Ediciones Alfa, Madrid, 1929.

La belleza de las palmeras, en palabras de Sabino Berthelot

El sabio botánico francés Sabino Berthelot (1794-1880), gran estudioso de la flora de las Islas Canarias, describió como pocos la belleza y armonía que transmiten las palmeras a los ojos de todo aquel que las observe con cierta sensibilidad.

Para Berthelot, como escribió en su obra Árboles y bosques, las palmas, entre las que se encuentra la palmera canaria (Phoenix canariensis), si son observadas aisladamente, son los monumentos más majestuosos del reino vegetal. Admiradas en floresta las palmas ofrecen un cuadro pictórico difícilmente superable por cualquier obra artística creada por el hombre.

“Entre los vegetales que la naturaleza ha repartido sobre la superficie del globo, no hay ninguno cuyo aspecto sea tan majestuoso como las Palmas. Procuremos pintar estos bellos árboles que por la elegante simplicidad de su porte, la distribución y la forma de su follaje, componen un grupo enteramente distinto en la Flora del mundo actual. Las Palmas generalmente no tienen ramas y sus tallos terminan en un solo haz de largas hojas. Observada aisladamente, la Palma se eleva sobre la tierra como un monumento del reino orgánico, y sin duda a su vista fue como el hombre tuvo la primera idea de la columna; tomados en masa, estos grandes árboles no son menos imponentes. Una floresta de Palmas ofrece un cuadro que la pintura no podría reproducir y que no puede describirse sino imperfectamente; al penetrar bajo su sombra, se siente uno transportado de admiración; haces de hojas que se despliegan en garbas a una altura de sesenta y hasta más de cien pies sobre el suelo, forman por su aproximación una inmensa bóveda de verdor sostenida por una multitud de troncos rectos y esbeltos. Hay armonía en esta disposición, y a pesar de todos los recursos del arte y de todos los esfuerzos del genio, los edificios construidos por la mano del hombre no pueden igualar a estas grandes obras de la creación.”

Para leer más:

Sabino Berthelot: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

El célebre árbol de la isla de El Hierro en el poema de Viana

Lugar donde habitó el mítico árbol de la Isla de El Hierro.

En la pequeña Isla de El Hierro, en el archipiélago atlántico de las Islas Canarias, existió un árbol mítico al que sus antiguos habitantes, los bimbaches, veneraban con el nombre de Garoé. El secreto de este árbol santo procede de su capacidad para abastecer de agua a los isleños, gracias a que destilaba gotas de agua de las nubes y nieblas.

Se cuenta que transcurría el año 1610 cuando un fuerte huracán hizo desaparecer el árbol santo. Unos años antes el poeta Antonio de Viana (1578-¿1650?) escribió su obra Antigüedades de las Islas Afortunadas, dedicando las siguientes estrofas al célebre árbol herreño:

   “Asimismo confirma esta sentencia
Capraria, o Hero, que ahora llaman Hierro,
que el nombre de Capraria significa,
en su lengua, grandeza, y Hero, fuente,
de que le dieron título a la isla,
por la gran maravilla de aquel árbol
que mana el agua que les da sustento.
    Parece más del cielo providencia
que efecto de Natura este misterio.
Tendrá la isla en torno veinte millas
sin fuente caudalosa, arroyo o ríos
de que puedan gozar sus naturales;
mas, por remedio de esta grande falta,
permite el hacedor de cielo y tierra,
que en un inútil cerro, cuyo asiento
está sitiado en medio de la isla,
haya un árbol tan fértil y vicioso,
que de las puntas de sus verdes ramas,
pimpollos, hojas y cogollos tiernos,
destila siempre líquidos humores,
y, como perlas o celeste aljófar,
claros rocíos de abundantes aguas
que por los gajos van incorporándose
al tronco, llegan en corriente arroyo,
y transparentes, bulliciosas riegan
todo el contorno de la tierra dura.
   No le ofenden del tiempo las ruinas,
ni se agosta, marchita, ni consume;
no muda hojas, ni renuevos cría,
que siempre está en un ser, que fuera improprio
a la virtud que es natural mudarse.
   Llámase til el árbol, y otros muchos
hay, pero no de tanto bien dotados;
y aunque todos esotros son estériles,
de pocas ramas, cual cipreses altos,
éste, como frutífero, parece
que por mayor grandeza del misterio
es más vicioso, fértil y copado.
    Decían los antiguos naturales
que alguna nube en sus espesas ramas
destilaba las gotas que resuda;
mas engañóse la opinión gentílica,
que, si en filosofía ha de fundarse,
se ve que la virtud que tiene oculta
atrae por su raíz del centro estítico
al húmido elemento, como suele
mover la piedra imán al tosco hierro.
   Tan suaves, templadas, transparentes
y saludables son aquestas aguas,
que satisfacen al humano gusto,
la sed mitigan, y al deseo incitan,
y así, no solamente suplen faltas,
sino que son sus obras sobras siempre.
Provéese de allí toda la isla,
y para así hacerlo, se recoge
el agua en una alberca al pie del árbol,
de donde la reparten con buen orden;
pero los naturales, conociendo
de aqueste buen concierto, con industria,
en el lugar do agora está la alberca,
la entretenían en un grande médano
de muy menuda, blanca y limpia arena;
y para poder dársela al ganado,
o proveerse fácilmente, hacían
fuente pequeña o grande, a su propósito,
abriendo hoyos en la arena móvil”.

Para leer más:

Antonio de Viana: Antigüedades de las Islas Afortunadas. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1991.

La Isla de Tenerife, en palabras de Antonio de Viana

El archipiélago de Canarias ha recibido desde tiempos antiguos el sobrenombre de Islas Afortunadas, en boca de sabios, viajeros y navegantes. De estas ínsulas atlánticas, Tenerife es la de mayor superficie, encontrándose coronada por el magnífico volcán del Teide.

Nació en Tenerife el poeta Antonio de Viana (1578-1650?), célebre por su obra Antigüedades de las Islas Afortunadas. Traemos hasta aquí los siguientes endecasílabos de este poema épico con los que Viana encumbra de forma literaria la isla que lo vio nacer hace más de cinco siglos:

   “Yace en medio de todas, como a donde
consiste la virtud, la gran Nivaria,
famosa Tenerife, que en ser fértil,
más bien poblada y de mayor riqueza,
a esotras seis con gran ventaja excede:
es mi querida y venturosa patria,
y de ella como hijo agradecido,
más largamente, antigüedad, grandezas,
conquista y maravillas raras canto.
   Tiene entre lo más alto de sus cumbres,
un soberbio pirámide, un gran monte,
Teida famoso, cuyo excelso pico
pasa a las altas nubes, y aun parece
que quiere competir con las estrellas;
puede cantarse dél lo que de Olimpo:
que si escribieren con cenizas débiles
en él, no borrará el aire las letras,
que excede a su región la cumbre altísima”.

Y continúa el poeta Viana con su descripción del pico del Teide, al que denomina Teida:

   “Al fin es de seis millas el circuito
del Teida, y doce o más, tiene de altura;
suele vestirse blanca y pura nieve,
y entre ella exhala humo espeso y llamas
por crietas que descienden al abismo,
manando verdinegra piedra azufre”.

Para leer más:

Antonio de Viana: Antigüedades de las Islas Afortunadas. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1991.

El pino de Canarias, en palabras de Sabino Berthelot

El ilustre naturalista francés Sabino Berthelot (1794-1880) dedicó buena parte de su vida a estudiar la riqueza vegetal de las Islas Canarias. Este archipiélago atlántico atesora una gran biodiversidad de plantas, muchas de ellas endémicas como el pinus canariensis.

Traemos hasta aquí un fragmento de su obra Árboles y bosques, con el que Berthelot consigue describirnos de forma vívida el hábitat del pino canario, ejemplar emblemático de estas Islas que también despierta en el naturalista sentidas emociones.

“Al hablar de esta bella especie de árbol de la alta cima (Pinus Canariensis), mis recuerdos me conducen naturalmente a este archipiélago perdido en el seno de los mares, rincón del mundo que ha sido llamado Islas Afortunadas. Es aquí donde he pasado los más hermosos años de mi vida. Poniendo de su parte algo de poesía, como a los campos Elíseos de los griegos, hay que atravesar capas de lava, una región de fuego, para llegar hasta los verdes bosques, mansión de paz y de felicidad.

Por encima de las selvas de laureles, que con su bella sombra forman espesuras de verdor de una frescura tan agradable, muéstranse las montañas cubiertas de pinos robustos, cuyas raíces penetrando a través de las rocas, van a buscar la humedad en las profundidades del suelo. Preséntanse por todas las partes señales de antiguas revoluciones geológicas sobre esta tierra trastornada por los volcanes; a cada paso, grandes grietas, torrentes de lavas apagadas, barrancos profundos e inmensos montones de escorias. El pino de Canarias, sin embargo, crece en medio de estas quebradas; complácese en sus escabrosidades y detiene con frecuencia en su caída los fragmentos de roca que se desprenden de la montaña. Habitante privilegiado de las altas regiones, este árbol poderoso domina como soberano las mesetas superiores y cubre las pendientes escarpadas de los valles de la segunda zona forestal.

Cuando en medio de estos verdes montes, donde reina la calma y el silencio, admiraba yo aquel suelo en desorden y aquella fuerza de vegetación, desaparecía de mi vista la monotonía de la región de los pinos; pues la robustez de aquellos árboles, la nobleza de su porte, se identificaban tan bien con el aspecto austero y grandioso de los sitios, que aún allí se echaba de ver la armonía”.

Para leer más:

Sabino Berthelot: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

Las Islas Canarias, en palabras de Antonio de Viana

Antonio de Viana (1578-1650?) fue, además de renombrado médico, un ilustre escritor, cuya obra, escasa pero singular, ocupa un lugar destacado en la literatura de las Islas Canarias. A ellas dedicó, en su juventud, un extenso poema épico con el que canta, en sus primeras páginas, los valores naturales de este archipiélago atlántico que lo vio nacer.

   “En el océano mar, término Adlántico,
yacen en medio de las ondas varias,
a quien resisten firmes y altas rocas
de pardas peñas y arenosas playas,
las islas: son Canaria, Tenerife,
Palma, Gomera, Hierro, Lanzarote,
Fuerteventura, tan cercanas de África,
que ochenta leguas distan de su costa,
y de Cádiz doscientas y cincuenta.
Nordeste, en ellas, Sudueste, Oeste,
y Leste, vientos favorables, soplan”.

Y continúa Viana, en el mismo Canto I de su obra Antigüedades de las Islas Canarias, describiendo, bajo su mirada poética, cómo era la naturaleza de las Islas Canarias de hace más de cuatro siglos:

   “Por sus aires volaban varias aves
de música sonora, y muchedumbre
de aquellos vocingleros pajaruelos
que por canarios los celebra el mundo.
Producen sus espesos y altos montes
álamos, cedros lauros y cipreses,
palmas, lignaloeles, robres, pinos,
lentiscos, barbusanos, palos blancos,
viñátigos y tiles, hayas, brezos,
acebuches, tabaibas y cardones,
granados, escobones, los dragos
cuya resina os sangre es utilísima.
   Tienen grandes arroyos de aguas claras,
con cuyo riego yerbas olorosas
brotan, y esparcen matizadas flores
el poleo vicioso, el blando heno,
el fresco trébol, toronjil, azandar,
el hinojo entallado y el mastranto.
Sube la yedra, y el jazmín se enreda,
y se entreteje la violeta, y hacen
un bello tornasol con alhelíes
en los espesos y frondosos árboles.
   Llamáronlas los Campos Elíseos,
diciendo que el terreno Paraíso,
del ímpetu del golfo y mar cubierto,
entre ellas tiene su glorioso sitio”.

Para leer más:

Antonio de Viana: Antigüedades de las Islas Afortunadas. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1991.