Pino Betancor: la tierra es nuestro hogar

La escritora española Pino Betancor (1928-2003), con su poemario Dejad crecer la hierba (2002), nos legó una sentida llamada para que el ser humano procure un mundo justo y en paz, donde no existan las guerras que amenazan la vida en la tierra que nos acoge.

A la par sus versos, dirigidos en particular a los niños, los futuros guardianes del mundo de mañana, se convierten en una abierta invitación para que no nos distanciemos del medio natural y seamos capaces de convivir armoniosamente con él. Como expresan los siguientes versos seleccionados, su poesía es un auténtico canto de amor a la Tierra:

Dejad que crezca el árbol,
que siga siendo
la casa de las aves
susurrante verdor
de los caminos.

Dejad crecer la hierba,
que los campos no dejen
de ser mares de espigas,
alfombras de olivos verde-gris,
tapices de rosados almendros.

Dejad crecer la hierba…!

Que el agua saltarina de los ríos
vuelva a ser lecho puro
donde vivan los peces,
líquida agua marina
entre los labios.

Dejad crecer la hierba…!

En este mundo nuestro,
planeta azul y verde,
pudiera de repente apagarse la vida.

Pudiera ser tan solo
un cascarón vacío,
convertido en ceniza,
polvo y muerte.

La tierra es nuestro hogar,
y es para todos.

Los pueblos son estancias
de un único edificio
que debéis preservar de la ruina.

 

Para leer más:

Betancor, Pino: Nada más que esa luz. Ediciones La Palma, Madrid, 2016.

La economía con ética de Amartya Sen

A pesar de ser una ciencia social la economía es percibida comúnmente como una disciplina (pre)destinada a un único propósito: elegir aquellos medios y técnicas que posibiliten emplear más eficientemente los recursos para obtener el máximo beneficio de los individuos.

Sin embargo, economistas como Amartya Sen, galardonado con el conocido como Premio Nobel de Economía en 1998, han dedicado gran parte de su vida a redescubrir y profundizar en las relaciones que existen entre ética y economía.

Así, como ejemplo de su vasta obra, en su libro Sobre ética y economía Sen nos recuerda que la economía desde sus orígenes, desde la época de Aristóteles, queda conectada con la ética en tanto que persigue fines humanos.

En palabras de Amartya Sen “la economía se interesa por las personas reales”, de modo que es ineludible que los economistas se hagan la pregunta socrática: “¿Cómo hay que vivir?”, pregunta que también es una motivación central para la ética.

Sin embargo, según este autor, aun reconociendo los logros del enfoque técnico, “la naturaleza de la economía moderna se ha visto empobrecida sustancialmente por el distanciamiento que existe entre la economía y la ética”. De hecho, Sen defiende que “la economía, tal y como ha evolucionado, puede hacerse más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las consideraciones éticas que conforman el comportamiento y el juicio humanos”.

La teoría económica convencional sienta sus bases en el supuesto de que el individuo para su toma de decisiones presenta siempre un comportamiento racional, entendido, básicamente, como la maximización del propio interés. Pero para Sen esta interpretación egoísta de la racionalidad es muy limitada: “¿Por qué debe ser únicamente racional perseguir el propio interés excluyendo todo lo demás?”. La evidencia empírica nos ha demostrado que otras motivaciones diferentes del interés egoísta del individuo, como el deber, la lealtad y la buena voluntad, han conducido al éxito de algunas economías de libre mercado, como es el caso de Japón.

En suma, en sintonía con los escritos de Adam Smith, de finales del siglo XVIII, posteriormente malinterpretados por los economistas modernos, Amartya Sen defiende que la economía, sin dejar de lado la motivación de la maximización del propio interés, no ha de olvidar otras cualidades como la humanidad, la justicia, la generosidad, la bondad y el espíritu público.

Para leer más:

Sen, A.: Sobre ética y economía. Alianza editorial, Madrid, 2020.

Pedro Lezcano: una cita con la economía vista por un no economista

¿Cómo se concibe la economía desde fuera de la disciplina?

Para responder a esta pregunta, traemos hasta aquí las palabras del escritor Pedro Lezcano (1920-2002) que, como tantos otros pensadores y literatos, ven a esta ciencia social ajena, paradójicamente, a los intereses de la sociedad.

Ello es así porque, en realidad, sigue prevaleciendo la visión de la economía basada en el supremo poder del mercado y el dinero. Cabe recordar que, evidentemente, esta interpretación hoy dominante de la economía no siempre ha sido así. Es más, si nos remontamos a sus orígenes, ya desde Aristóteles, como nos recuerdan economistas como Amartya Sen y Manfred Max-Neef, la economía tenía una concepción bien diferente, más próxima a la ética y a la acción pública que procura el bien común.

Acaso la principal virtud de acercarnos a conocer puntos de vista foráneos, como el de Pedro Lezcano, sea disponer de la objetividad que nos brinda la mirada exterior, desde la distancia disciplinaria, a la vez que nos permite relativizar y curarnos de posibles excesos de corporativismo.

“La economía es por definición apolítica y amoral. El mundo de los números ignora virtudes cardinales y decálogos éticos. La bondad se llama beneficio; el bien último se llama superávit, la felicidad compartida se llama dividendo. No podemos pedir peras al olmo ni santidad a los negocios. El dinero, pese a cuños nacionales, es un ente apátrida o plurinacional, desligado del bien y del mal. Emigra, según norma zoológica, allí donde mejor se reproduce. Todas aquellas cosas que puedan comprarse o venderse -ya sean armas, alimentos o vidas humanas- tienen en su lenguaje un solo nombre: mercadería”.

Para leer más:

Lezcano, Pedro: Mis islas y los días. Centro de la Cultura Popular Canaria, Santa Cruz de Tenerife, 2003.

El cocodrilo, en el verso de Pino Betancor

Con el poema El viejo cocodrilo (2001), la escritora española Pino Betancor (1928-2003) dedicó su pluma en verso a un animal salvaje que vive en los grandes ríos verdes de nuestro planeta. Hasta que un día la mano utilitaria del hombre lo caza y le cambia su destino…

Hace cien años fue
un animal salvaje.
Los grandes ríos verdes
le lamieron la piel
y la selva encendida

puso su luz en ella.
Un día le cazaron,
y con su piel hicieron
un gran bolso de viaje.
Subió a los grandes barcos,

recorrió los andenes,
conoció mil países
aquel lujoso bolso.
Su oscura piel brillante
ocultaba el pasado

del animal salvaje
a quien todos temían.
El animal que supo
de lluvias torrenciales
y amaneceres rojos.

Cuando me lo entregaron
ya era un pequeño bolso
para ir al teatro,
o llevar a una cena.
Su destino ya no era

los lejanos viajes fabulosos
Ahora que el mundo es otro,
que mi alma viajera se ha perdido
y oscurece en mi vida
lentamente.

Ahora casi nunca lo saco del armario,
al viejo cocodrilo.

Para leer más:

Betancor, Pino: Nada más que esa luz. Ediciones La Palma, Madrid, 2016.

Los ríos en la memoria del economista Amartya Sen

Bengala, la India.

El economista indio Amartya Sen nos cuenta en su libro de memorias Un hogar en el mundo cómo, tras el transcurrir de las décadas, le ha marcado para siempre el viaje que hiciera con su familia, siendo un niño, por el Padma y otros ríos de la India. 

Los días en barco que pasó por aquella red fluvial de Bengala atraparon su curiosidad infantil a la vez que le despertaron la emoción por un mundo natural que hasta entonces desconocía.

“Cuando estaba a punto de cumplir nueve años, mi padre me contó que estaba haciendo los arreglos para que pasáramos un mes de las vacaciones de verano en una casa flotante (con un pequeño motor) y recorriéramos una red fluvial. Pensé que se acercaba uno de los grandes acontecimientos de mi vida, y efectivamente así fue. Los días que pasamos en aquel barco que se movía lentamente fueron tan emocionantes como había esperado. Primero recorrimos el Padma, y después otros ríos, como el cautivadoramente manso Dhaleshwari y el magnífico Meghna. Todo era impresionante. Las plantas no solo se encontraban en los márgenes del río, sino también bajo la superficie del agua, eran lo más extraño que había visto en mi vida. Los pájaros que volaban en círculos sobre nuestra cabeza o se posaban en el barco me llamaban poderosamente la atención y podía alardear delante de Manju, que entonces tenía cinco años, de identificar a algunos por sus nombres. El sonido constante del agua se extendía a nuestro alrededor, completamente distinto al de nuestro tranquilo jardín de Daca. En los días ventosos, las olas rompían ruidosamente en los flancos del barco.

Entre los peces había especies que nunca había visto, y mi padre, que al parecer sabía todo sobre el tema, trataba de ayudarme a distinguir sus rasgos. También había pequeños delfines de río que se alimentaban de otros peces -en bengalí, el nombre es shushuk (el nombre científico: Platanista gangetica)-, eran negros y brillantes, subían a la superficie para respirar y después hacían largas inmersiones. Disfrutajba de su dinamismo y elegancia de lejos, no me animaba a acercarme por miedo a que confundieran los dedos de mis pies con algún pez desconocido”.

Para leer más:

Sen, A.: Un hogar en el mundo. Memorias. Ed. Taurus, Barcelona, 2021.

El valor de una casa: una cita con Dulce María Loynaz

La escritora cubana Dulce María Loynaz (1902-1997) nos recuerda a través de su verso cuán valioso es poder disponer de una casa. El ser humano encuentra en la vivienda su mejor cobijo y descanso, además de ser el lugar donde pasará buena parte de su vida y la de su familia. Por eso debería ser difícil tarea poner precio a la casa que atesora nuestro tiempo, nuestras vivencias, nuestros recuerdos, nuestra memoria.

Con el poema Últimos días de una casa, del que traemos hasta aquí unas estrofas, Dulce María Loynaz consigue hacernos reflexionar sobre el valor de aquellos otros elementos no físicos de una casa, que por ser intangibles no son menos importantes:

“Que pase una la vida
guareciendo los sueños de esos hombres,
prestándoles calor, aliento, abrigo;
que sea una la piedra de fundar
posteridad, familia,
y de verla crecer y levantarla,
y ser al mismo tiempo
cimiento, pedestal, arca de alianza...
Y luego no ser más
que un cascarón vacío que se deja,
una ropa sin cuerpo, que se cae...

No he de caerme, no, que soy fuerte.
En vano me embistieron los ciclones
y me ha roído el tiempo hueso y carne,
y la humedad me ha abierto úlceras verdes.
Con un poco de cal yo me compongo:
con un poco de cal y de ternura...

De eso mismo sería,
de mis adoleceres y remedios,
de lo que hablaba mi señor la tarde
última con aquellos otros
que me medían muros, huerto, patio
y hasta el solar de paz en que me asiento.

Y sin embargo, mal sabor de boca
me dejaron los hombres medidores,
y la mujer que vino luego
poniendo precio a mi cancela;
a ella le hubiera preguntado
cuánto valían sus riñones y su lengua".

Para leer más:

Dulce María Loynaz: Últimos días de una casa. Ediciones Torremozas, Madrid, 2019.

Una cita con Sabino Berthelot y los montes canarios

El ilustre naturalista francés Sabino Berthelot (1794-1880) fue un apasionado estudioso de la naturaleza de las Islas Canarias, a la que dedicó buena parte de su vida. Como botánico y buen observador nos dejó escritas no solo unas rigurosas descripciones de la riqueza vegetal de este archipiélago atlántico sino también unos textos llenos de sensibilidad literaria con los que llegamos a percibir de forma vívida el amor a unos bosques para los que reclamaba su imprescindible protección.

El siguiente pasaje, extraído de su obra Árboles y bosques, nos invita a adentrarnos en esa foresta única que atesoran los montes canarios:

“Por sus caracteres propios, los montes canarios, compuestos de árboles siempre verdes, no tienen casi nada de común con los de nuestros climas de Europa; ellos revisten los declives de las montañas y los precipicios de los grandes barrancos que los atraviesan hasta una elevación media. Cuando se llega a esta región nemoral se experimenta un sentimiento de bienestar y de admiración indecible; la espesura del ramaje en algunos sitios no serviría de obstáculo al deseo de verlo todo y de procurarse nuevos goces. Se vaga largo tiempo bajo estos macizos de follaje y entre esas tribus de árboles y de plantas que se oprimen y se confunden. Los musgos revisten los troncos y las ramas a la manera de un forro de terciopelo; el aspecto de los helechos que cubren el suelo, sus variadas formas, el precioso desarrollo de sus frondas, todo os sorprende y os encanta; pero cuando al llegar a la orilla del monte se sale de debajo de estas grandes arboledas y se descubre súbitamente al resplandor del sol los valles de la costa, el mar y su bello horizonte, no hay cuadro que pueda representar un golpe de vista semejante”.

Para leer más:

Berthelot, S.: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

La casa y el hombre: una cita con Dulce María Loynaz

El ser humano necesita un hogar donde que vivir, un lugar en el que cobijarse, al igual que requiere alimentarse y proveerse de vestido. Pero la casa no es solo cobijo y resguardo de las inclemencias del tiempo y otras adversidades externas. En la casa el hombre pasa buena parte del tiempo, experimenta grandes y pequeños momentos, imprime su huella personal, construye el pensamiento y la memoria que dan forma a su mundo más íntimo.

Con el poema Últimos días de una casa, la escritora cubana Dulce María Loynaz (1902-1997) fue capaz de transmitirnos como pocos esa relación profunda que el ser humano alcanza a entrelazar con la casa que habita. La originalidad de la escritora descansa, además, en que no es el hombre el que expresa esa comunión, sino que es la propia casa la que habla, la que siente, como fiel y paciente testigo de esa estrecha convivencia.

Traemos hasta aquí el siguiente extracto de su poema publicado por primera vez en 1958:

“Nadie puede decir
que he sido yo una casa silenciosa;
por el contrario, a muchos muchas veces
rasgué la seda pálida del sueño
-el nocturno capullo en que se envuelven-,
con mi piano crecido en la alta noche,
las risas y los cantos de los jóvenes
y aquella efervescencia de la vida
que ha borbotado siempre en mis ventanas
como en los ojos de las mujeres enamoradas.

No me han faltado, claro está, días en blanco.
Sí; días sin palabras que decir
en que hasta el leve roce de una hoja
pudo sonar mil veces aumentado
con una resonancia de tambores.
Pero el silencio era distinto entonces:
era un silencio con sabor humano.

Quiero decir que provenía de “ellos”,
los que dentro de mí partían el pan;
de ellos o de algo suyo, como la propia ausencia,
una ausencia cargada de regresos,
porque pese a sus pies, yendo y viniendo,
yo los sentía siempre
unidos a mí por alguna
cuerda invisible,
íntimamente maternal, nutricia.

Y es que el hombre, aunque no lo sepa,
unido está a su casa poco menos
que el molusco a su concha.
No se quiebra esa unión sin que algo muera
en la casa, en el hombre… O en los dos”.

Para leer más:

Dulce María Loynaz: Últimos días de una casa. Ediciones Torremozas, Madrid, 2019.

El «malvivir» de la sociedad moderna: una cita con Aldous Huxley

En la novela La isla, Aldous Huxley (1894-1963) nos presenta la realidad utópica del pequeño Estado insular de Pala, donde el Gobierno prioriza la calidad de vida de sus habitantes. Entre otros rasgos de la sociedad de la isla, la salud es una cuestión primordial, de modo que consiguen registrar unas tasas muy reducidas de neurosis y enfermedades cardiovasculares.

De esta situación es testigo excepcional Will Farnaby, el protagonista principal de la obra, un periodista que logra llegar hasta Pala y conocer en primera persona cómo viven sus habitantes.

Con el diálogo que entabla el doctor Robert con Will, al que explica las diferencias de los dos estilos de desarrollo, la literatura de Aldous Huxley nos devuelve una realidad verosímil: el objetivo ciego de la comodidad material en la sociedad occidental puede traernos consecuencias perniciosas.

“Los intelectuales de Occidente son todos aficionados a la silla. Por eso la mayoría de ustedes son tan repulsivamente malsanos. En el pasado hasta un duque tenía que caminar mucho; hasta un usurero, hasta un metafísico. Y cuando no usaban las piernas sacudían sobre el caballo. En tanto que ahora, desde el magnate hasta su mecanógrafa, desde el positivista lógico hasta el pensador positivo, se pasan las nueve décimas partes del tiempo envueltos en espuma de goma. Asientos esponjosos para traseros esponjosos… en casa, en la oficina, en los automóviles y en los bares, en los aviones, los trenes y los autobuses. Nada de mover las piernas, nada de luchar contra la distancia y la gravedad… Nada más que ascensores y aviones y automóviles, nada más que espuma de goma y una eternidad de estar sentados. La fuerza vital que solía encontrar su salida a través de los músculos desnudos se vuelve contra las vísceras y el sistema nervioso, y los destruye lentamente”.

Y continúa interpelando Will Farnaby al doctor Robert:

“-¿De modo que ustedes se dedican a cavar y remover la tierra como una forma de terapéutica?

-Como una prevención… para que la terapéutica resulte innecesaria. En Pala incluso los profesores, incluso los funcionarios del gobierno se dedican durante dos horas diarias a cavar y remover la tierra.

-¿Cómo parte de sus obligaciones?

-Y como parte de su placer.”

Para leer más:

Huxley, A.: La isla. Edhasa, Barcelona, 2009.

El influjo de la Naturaleza: una cita con Claudio de la Torre

Con frecuencia el hombre moderno, en su apremiante quehacer de todos los días, se desliga, física y mentalmente, del medio natural. Consciente o inconscientemente lo ignora, lo elude, lo minusvalora o incluso lo degrada.

Sin embargo, cuando el ser humano es capaz de abrir todos sus sentidos a su entorno para disfrutar de la contemplación de la Naturaleza, algo empieza a cambiar en él. En ese momento el valor de lo natural (la belleza de un paisaje, la forma de una planta, el vuelo de un ave, el rumor del mar…) consigue penetrar en el espíritu de las personas.

Esto es lo que le sucedió al señor Alegre, el protagonista de la novela del escritor español Claudio de la Torre (1895-1973), titulada En la vida del señor Alegre, que fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura en 1923.

«Nunca le pareció tan bello el largo paseo de las Delicias como en aquella tarde de junio, luminosa y templada, que siguió a la famosa noche de Antequera. Se dejaba arrastrar en su carruaje, casi recostado en su fondo mullido, contemplando la increíble transparencia de la hora, que fijaba y descubría ya, como un calco invisible, un lucero pequeñito, humedecido aún por las brumas diluidas de una nube. También los horizontes lucían más distantes sobre el campo abierto y llano, erizado tímidamente en la lejanía por los triángulos agudos de las colinas. El sol derramaba sobre los campos, sobre el paseo, sobre los chalets de la vereda sus aguas de oro viejo, entonando el paisaje entero, revistiéndolo de una alegre dignidad que iba a refugiarse, como en un guiño del paisaje, en los cristales cerrados de los hoteles, en las altas veletas bruñidas que agudizaban los torreones. Sobre las veletas, los aguiluchos se detenían, diminutos y atónitos, sin atreverse a acometer aquel incendio. Abajo, los árboles del paseo abrasaban sus ramas, voluptuosamente inmóviles, curadas ya por el fuego lejano. Todo parecía estacionarse, como por magia creadora, sin previa preparación visible, en un constante equilibrio de la tierra y el cielo, que serenaba, armoniosamente, el alma de Bright, como un inmenso crepúsculo. Bright no descubría, ni tan siquiera adivinaba, el influjo que el descanso de la Naturaleza ejercía siempre en su espíritu».

Para leer más:

De la Torre, C.: En la vida del señor Alegre. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2015.