Las Islas Canarias, en palabras de Antonio de Viana

Antonio de Viana (1578-1650?) fue, además de renombrado médico, un ilustre escritor, cuya obra, escasa pero singular, ocupa un lugar destacado en la literatura de las Islas Canarias. A ellas dedicó, en su juventud, un extenso poema épico con el que canta, en sus primeras páginas, los valores naturales de este archipiélago atlántico que lo vio nacer.

   “En el océano mar, término Adlántico,
yacen en medio de las ondas varias,
a quien resisten firmes y altas rocas
de pardas peñas y arenosas playas,
las islas: son Canaria, Tenerife,
Palma, Gomera, Hierro, Lanzarote,
Fuerteventura, tan cercanas de África,
que ochenta leguas distan de su costa,
y de Cádiz doscientas y cincuenta.
Nordeste, en ellas, Sudueste, Oeste,
y Leste, vientos favorables, soplan”.

Y continúa Viana, en el mismo Canto I de su obra Antigüedades de las Islas Canarias, describiendo, bajo su mirada poética, cómo era la naturaleza de las Islas Canarias de hace más de cuatro siglos:

   “Por sus aires volaban varias aves
de música sonora, y muchedumbre
de aquellos vocingleros pajaruelos
que por canarios los celebra el mundo.
Producen sus espesos y altos montes
álamos, cedros lauros y cipreses,
palmas, lignaloeles, robres, pinos,
lentiscos, barbusanos, palos blancos,
viñátigos y tiles, hayas, brezos,
acebuches, tabaibas y cardones,
granados, escobones, los dragos
cuya resina os sangre es utilísima.
   Tienen grandes arroyos de aguas claras,
con cuyo riego yerbas olorosas
brotan, y esparcen matizadas flores
el poleo vicioso, el blando heno,
el fresco trébol, toronjil, azandar,
el hinojo entallado y el mastranto.
Sube la yedra, y el jazmín se enreda,
y se entreteje la violeta, y hacen
un bello tornasol con alhelíes
en los espesos y frondosos árboles.
   Llamáronlas los Campos Elíseos,
diciendo que el terreno Paraíso,
del ímpetu del golfo y mar cubierto,
entre ellas tiene su glorioso sitio”.

Para leer más:

Antonio de Viana: Antigüedades de las Islas Afortunadas. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1991.

Una cita con Sabino Berthelot y la Caldera de Taburiente

Caldera de Taburiente, La Palma, Islas Canarias.

La Caldera de Taburiente de la Isla de La Palma (Canarias) es un espacio natural único que alcanzó su máxima protección en 1954, cuando fue declarado Parque Nacional de España. Este inmenso circo de origen erosivo, que se asemeja a un enorme cráter volcánico, alcanza unos desniveles próximos a los 2.000 m. Sus valores naturales, geológicos y arqueológicos han sido estudiados y admirados por científicos, artistas y naturalistas.

Sabino Berthelot (1794-1880), el ilustre naturalista francés que amó las Islas Canarias, a cuyo estudio dedicó buena parte de su vida, nos dejó escritas sus impresiones personales sobre la riqueza vegetal que hospedaba la Caldera de Taburiente tras visitar la isla palmera en 1829:

“Pero principalmente en la famosa Caldera es donde hemos encontrado en 1829 los más bellos árboles de las Canarias: en presencia de esos vegetales seculares ocultos en las profundidades de aquel vallejo volcánico, da uno por bien empleadas las fatigas y los peligros que ha sido necesario vencer para llegar a este antiguo cráter. Sorprendidos desde luego con la mescolanza de aquella vegetación salvaje que ha echado raíces sobre aquellas rocas basálticas, no lo fuimos menos al aspecto de un gran almácigo cuyo tronco tenía más de siete pies de diámetro, y de un pino de igual dimensión, confundido entre los laureles, hayas y brezos. En los bordes de torrente que atraviesa la Caldera, admiraba yo otro pino cuyas robustas ramas sombreaban un espacio inmenso y formaban una bóveda de verdura que hubiera podido guarnecer a un gran rebaño. Este árbol imponente era quizá contemporáneo de las últimas revoluciones que habían trastornado todo este recinto. Enfrente se elevaban rocas amenazadoras, montañas sobre montañas, y precipicios que desde las crestas culminantes de la isla caían a pico en el fondo del abismo. La vegetación de este sitio singular, compuesta de las especies más discordantes, guarnecía los primeros asientos de las escarpas; las palmas de dátiles crecían al lado de los pinos, y las plantas del litoral venían a confundirse con las de la región alta. Por su carácter grandioso, la flora de la Caldera lleva en sí un sello particular; sus bellezas principales consiste en lo gigantesco de las formas, en las extravagante distribución de sus producciones, y más todavía en los contrastes que resultan del desorden de esta reunión de árboles y plantas diversas en un espacio que apenas mide un cuarto de legua en contorno”.

Para leer más:

Sabino Berthelot: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

El canto del canario: releyendo la fábula de Tomás de Iriarte

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En 1782 el escritor ilustrado Tomás de Iriarte (1750-1791), originario de las Islas Canarias, publicó sus célebres Fábulas literarias. Son relatos en verso con los que Iriarte, convirtiendo a los animales en los protagonistas humanizados de su obra, aporta al mundo una literatura con mensaje moralista y educador.

Entre los temas que preocupaban a Iriarte en aquella sociedad del siglo XVIII, se encuentra el propio oficio de la literatura, como así lo dejó reflejado en su fábula El Canario y otros animales. No hay fábula sin moraleja y, en ésta, Tomás de Iriarte nos viene a recordar que existen muchas obras literarias que, a pesar de su excelencia, pasan desapercibidas y no logran su justo reconocimiento: Hay muchas obras excelentes que se miran con la mayor indiferencia”. 

Eso fue justo lo que le sucedió al canario cuando se encontró con la mariposa, la hormiga, la raposa y el palomo. Una relectura naturalista de la fábula de Iriarte nos  permite reflexionar sobre el valor de la naturaleza para el ser humano. De ahí que podamos concluir también con la siguiente moraleja: El canto del canario es una excelente obra de arte, que nos obsequia la naturaleza, ante la que no debemos permanecer impasibles, insensibles y sordos por más tiempo.

   De su jaula un día
se escapó un Canario
que fama tenía
por su canto vario.
-¡Con qué regocijo
me andaré viajando
y haré alarde, dijo,
de mi canto blando!
Vuela con soltura
por bosques y prados
y el caudal apura
de dulces trinados.
Mas, ¡ay!, aunque invente
el más suave paso,
no encuentra viviente
que de él haga caso.
Una Mariposa
le dice burlando:
-Yo de rosa en rosa
dando vueltas ando.
Serás ciertamente
un músico tracio,
pero busca oyente
que esté más despacio.
-Voy, dijo la Hormiga,
a buscar mi grano;
mas usted prosiga,
cantor soberano.
La Raposa añade:
-Celebro que el canto
a todos agrade;
pero yo entre tanto,
esto es lo primero,
me voy acercando
hacia un gallinero
que me está esperando.
-Yo, dijo un Palomo,
ando enamorado,
y así el vuelo tomo
hasta aquel tejado;
a mi Palomita
es ya necesario
hacer mi visita;
perdone el Canario.
Gorjeando estuvo
el músico grato,
mas apenas hubo
quien le oyese un rato.
¡A cuántos autores
sucede otro tanto!

Para leer más:

Tomás de Iriarte: Fábulas literarias. Penguin, Barcelona, 2016.

La Carta Mundial de la Naturaleza: medidas para la conservación

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En octubre de 1982 vio la luz la Carta Mundial de la Naturaleza, un documento aprobado en en seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas que requiere un mayor compromiso por parte de los Estados y la sociedad en general. Hoy, casi cuatro décadas después, sigue siendo ineludible procurar la preservación de la Naturaleza ante las diversas y crecientes amenazas que atraviesa.

La Carta Mundial de la Naturaleza de 1982 nos aporta unas convicciones fundamentales sobre la necesaria armonía que ha de existir entre el hombre y la naturaleza, y una serie de principios generales de conservación. Para el adecuado cumplimiento de estos principios la Carta propone la aplicación de distintas medidas, entre las que se encuentran las siguientes:

1. Integrar la conservación de la naturaleza en la planificación y realización de las actividades del desarrollo social y económico.

2. Utilizar de forma eficiente los recursos naturales, evitar su despilfarro y fomentar el reaprovechamiento y el reciclaje.

3. Evitar la descarga de sustancias contaminantes en los sistemas naturales.

4. Incorporar los principios enunciados en la Carta, según corresponda, en el derecho y la práctica de cada Estado y adoptarlos también a nivel internacional.

5. Difundir ampliamente por todos los medios, en especial por la enseñanza ecológica, que será parte de la educación general, los conocimientos relativos a la naturaleza.

6. Incluir en toda planificación, entre sus elementos esenciales, la elaboración de estrategias de conservación de la naturaleza, el establecimiento de inventarios de los ecosistemas y la evaluación de los efectos que hayan de surtir sobre la naturaleza las políticas y actividades proyectadas, así como los procesos de información y participación de la población.

7. Asegurar la disponibilidad de los medios financieros, los programas y las estructuras administrativas necesarias para alcanzar los objetivos de la conservación de la naturaleza.

8. Trabajar para profundizar el conocimiento de la naturaleza mediante la investigación científica y divulgar ese conocimiento sin restricción alguna.

9. Seguir muy de cerca el estado de los procesos naturales, los ecosistemas y las especies a fin de que se pueda descubrir lo antes posible cualquier deterioro o amenaza, tomar medidas oportunas y facilitar la evaluación de las políticas y técnicas de conservación.

10. Evitar las actividades militares perjudiciales para la naturaleza.

11. Cooperar en la tarea de conservar la naturaleza con actividades conjuntas entre los distintos agentes (administraciones públicas, particulares, empresas…)

12. Establecer normas relativas a los productos y a los procedimientos de fabricación que puedan tener efectos perjudiciales sobre la naturaleza.

13. Aplicar las disposiciones jurídicas internacionales pertinentes que propendan a la conservación de la naturaleza o a la protección del medio ambiente.

Para más información:

Carta Mundial de la Naturaleza. 28 de octubre de 1982

Verbo y naturaleza: un poema de Rafael Alberti

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Con el poema De ayer para hoy el escritor español Rafael Alberti (1902-1999) evoca la naturaleza -monte, prado, cielo, mar- para celebrar la creatividad y el empleo preciso de las palabras.

“Después de este desorden impuesto, de esta prisa,
de esta urgente gramática necesaria en que vivo,
vuelva a mí toda virgen la palabra precisa,
virgen el verbo exacto con el justo adjetivo.

Que cuando califique de verde al monte, al prado,
repitiéndole al cielo su azul como a la mar,
mi corazón se sienta recién inaugurado
y mi lengua el inédito asombro de crear”.

 

Para leer más:

Rafael Alberti: Entre el clavel y la espada. Ediciones Orbis, Barcelona, 1984.

 

 

José Saramago: una cita con el mundo y la palabra

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En la obra El cuaderno del año del Nobel, el escritor José Saramago (1922-2010) nos descubre con unas pocas líneas un mundo, el nuestro, donde habitan los valores de la naturaleza pero también la magia de las palabras.

“No es verdad que todo el mundo ya esté descubierto. El mundo no es solo la geografía con sus valles y montañas, sus ríos y lagos, sus llanuras, los grandes mares, las ciudades y las calles, los desiertos que ven pasar el tiempo, el tiempo que nos ve pasar a todos. El mundo es también las voces humanas, ese milagro de la palabra que se repite todos los días, como una corona de sonidos viajando en el espacio”.

Para leer más:

José Saramago: El cuaderno del año del Nobel. Alfaguara, Madrid, 2018.

 

Una cita con Pío Baroja y las fuerzas de la naturaleza

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Andrés Hurtado, el protagonista literario creado por Pío Baroja (1872-1956) en su novela El árbol de la ciencia, se fue a vivir a un pueblo de las afueras de Valencia. Allí pasó días en los que reinaban el aburrimiento y la incertidumbre sobre el futuro, en medio de un lugar aún desconocido.

“En la primavera, las golondrinas y los vencejos trazaban círculos caprichosos en el aire, lanzando gritos agudos. Andrés las seguía con la vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban algunos mochuelos y gavilanes. Venus comenzaba a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter. En la calle, un farol de gas parpadeaba triste y soñoliento…

Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la noche volvía de nuevo a la azotea a contemplar las estrellas.

Esta contemplación nocturna le producía como un flujo de pensamientos perturbadores. La imaginación se lanzaba a la carrera a galopar por los campos de la fantasía. Muchas veces el pensar en las fuerzas de la naturaleza, en todos los gérmenes de la tierra, del aire y de agua, desarrollándose en medio de la noche, le producía el vértigo”.

Para leer más:

Pío Baroja: El árbol de la ciencia. Caro Raggio/Cátedra, Madrid, 2014.

 

El canto a la primavera de Juan Ramón Jiménez

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El poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), en su célebre Platero y yo, nos transmite, entre otros valores, el amor por la naturaleza. En esta elegía andaluza los dos protagonistas comparten su tiempo vivido durante el transcurso de un año, con sus meses y estaciones.

Así, en el capítulo XXV, el poeta describe con su magistral poesía en prosa la plenitud de la primavera que llega.

“En mi duermevela matinal, me malhumora una endiablada chillería de chiquillos. Por fin, sin poder dormir más, me echo, desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la ventana abierta, me doy cuenta de que los que alborotan son los pájaros.

Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.

¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa -ya dentro, ya fuera-, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida”.

Para leer más:

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Ediciones Cátedra, Madrid, 2014. (La primera edición completa data de 1917).

La flor del camino de Juan Ramón Jiménez

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Con su célebre obra Platero y yo, Juan Ramón Jiménez (1881-1958) parece invitarnos a reivindicar el poder vivificador de la naturaleza. Y es capaz de hacerlo, magistralmente, con las sentidas palabras que dedica a una flor, ser viviente frágil pero puro, efímero pero de eterno recuerdo.

“¡Qué pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles -los toros, las cabras, los potros, los hombres-, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna.

Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene a su lado un pajarillo, que se levanta -¿por qué?- al acercarnos; o está llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa.

Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida… ¿Qué le diera yo al otoño, Platero, a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?”

Para leer más:

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Ediciones Cátedra, Madrid, 2014. (La primera edición completa data de 1917).

Maria Montessori: la naturaleza en la educación

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En 1909 la educadora y científica Maria Montessori (1870-1952) publicó, en su primera edición italiana, El método de la Pedagogía científica aplicado a la educación de la infancia. Este libro constituye su obra principal, que, con el tiempo, ha llegado a convertirse en un clásico del pensamiento pedagógico. En él Montessori da a conocer los resultados de sus experiencias pedagógicas y sus teorías educativas aplicadas a la educación preescolar.

Una de las ideas centrales del pensamiento pedagógico de Maria Montessori es el importante papel que ha jugar la naturaleza en la educación de los niños.

La evolución del hombre ha ido paralela al abandono progresivo de su vida natural salvaje para pasar a conquistar el progreso y la “civilización como premio” en su nueva vida social. El ser humano en su etapa civilizadora ha venido sustituyendo los productos de la naturaleza por los de la industria. Sin embargo, Maria Montessori nos recuerda lo necesario que es que los seres humanos no pierdan sus vínculos ancestrales con la naturaleza.

“Sin duda alguna el hombre ha creado fuentes de placer con la vida social que además ha dado origen al amor humano; pero sigue formando parte de la naturaleza, especialmente cuando es todavía niño, y de ella ha de sacar fuerzas para el desarrollo de su cuerpo y de su espíritu”.

En edades tempranas la educación del niño debe orientarse a ayudarlo en su desarrollo psico-físico como individuo. Es por ello que el cultivo de las plantas y la cría de animales son “medios preciosos de educación moral”.

“Lo que mejor desarrolla el sentimiento de la naturaleza es el cultivo de seres vivos, porque éstos, en su desarrollo, restituyen mucho más de lo que les damos en su infinita variedad y belleza”.

Para leer más:

Maria Montessori: El método de la Pedagogía científica aplicado a la educación de la infancia. Biblioteca Nueva, Madrid, 2017 (7ª edición).