El canto a la palmera de Miguel de Unamuno

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Isla de Fuerteventura

En la lejana isla canaria de Fuerteventura, el escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) se vio forzado a pasar en 1924 unos meses de confinamiento por imperativo de la Dictadura de Primo de Rivera. A esta “sufrida y descarnada” isla le dedicó varios poemas con los que evoca el sentir y el vivir en una tierra donde, además de la mar y el agua, la palmera también se convierte en protagonista de sus sonetos.

   Es una antorcha al aire esta palmera,
verde llama que busca al sol desnudo
para beberle sangre; en cada nudo
de su tronco cuajó una primavera.

   Sin bretes ni eslabones, altanera
y erguida, pisa el yermo seco y rudo,
para la miel del cielo es un embudo
la copa de sus venas, sin madera.

   No se retuerce ni se quiebra al suelo;
no hay sombra en su follaje, es luz cuajada
que en ofrenda de amor se alarga al cielo,

   la sangre de un volcán que enamorada
del padre Sol se revistió de anhelo
se ofrece, columna, a su morada.

Para leer más:

Miguel de Unamuno: De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias, 1989.

 

 

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La ciudad sin árboles de Albert Camus

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De este modo describe Albert Camus (1913-1960), en la novela La peste, la urbe argelina de Orán, la ciudad sin árboles que se erige en el escenario literario de los trágicos acontecimientos sufridos por sus habitantes hacia 194…

“La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra? El cambio de las estaciones sólo se puede notar en el cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores; una primavera que venden en los mercados. Durante el verano el sol abrasa las casas resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a no poder vivir más que a la sombra de las persianas cerradas. En otoño, en cambio, un diluvio de barro. Los días buenos sólo llegan en el invierno”.

La ciudad sin árboles de Albert Camus presentaba también estas características geográficas:

“Esta ciudad, sin nada pintoresco, sin vegetación y sin alma acaba por servir de reposo y al fin se adormece uno en ella. Pero es justo añadir que ha sido injertada en un paisaje sin igual, en medio de una meseta desnuda, rodeada de colinas luminosas, ante una bahía de trazo perfecto. Se puede lamentar únicamente que haya sido construida de espaldas a esta bahía y que al salir sea imposible divisar el mar sin ir expresamente a buscarlo”.

Para leer más:

Albert Camus: La peste. Unidad Editorial, Madrid, 1999.

Una cita con la mar y Miguel de Unamuno

Fuerteventura, 2009.02.21-24
Isla de Fuerteventura

La vida del escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) atravesó, bajo la Dictadura de Primo de Rivera, un episodio de forzado confinamiento en la isla canaria de Fuerteventura.

Llegó a la “fuerteventurosa isla africana” un 10 de marzo de 1924.

A pesar de perder su cátedra en la Universidad de Salamanca y tener que cumplir con el obligado destierro, la pesadumbre no le hizo abandonar su libertad de pensamiento y la creación literaria. En la “bendita isla rocosa de Fuerteventura” nos cuenta Unamuno que pasó “los días más entrañados y más fecundos de mi vida de luchador por la verdad”.

La isla majorera le aportó, además, algunos descubrimientos vitales. Fue en Fuerteventura donde descubrió la mar, “y eso que nací y me crié muy cerca de ella”, escribe el escritor vasco.

“Es en Fuerteventura donde he llegado a conocer a la mar, donde he llegado a una comunión mística con ella, donde he sorbido su alma y su doctrina. Y le llamo ‘la mar’ y no ‘el mar’ porque los mares son el Mediterráneo, el Adriático, el Rojo, el Indico, el Báltico, etc.

Sino -y sirva para en adelante- es el signo o conjunción de planetas y estrellas bajo que nace uno y que se cree determina su suerte toda”.

Para leer más:

Miguel de Unamuno: De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias, 1989.

Miguel de Unamuno y el valor del agua

Fuerteventura, 2009.02.21-24
Fuerteventura, Islas Canarias

La vida del escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) pasó por un episodio de forzado confinamiento, como consecuencia de sus opiniones críticas a la Dictadura de Primo de Rivera. En el mes de febrero de 1924 tuvo que dejar su cátedra en la Universidad de Salamanca y cumplir la orden de destierro en la lejana, pobre y seca isla de Fuerteventura.

Durante el destierro su fructífera pluma le sirvió para plasmar sus impresiones personales sobre esta isla canaria y su gente. Y lo hizo creativamente en forma de sonetos, como este que traemos hasta aquí, con el que consigue transmitirnos el verdadero valor del agua.

   “¡Agua, agua, agua! Tal es la magua
que oprime el pecho de esta gente pobre;
agua, Señor, aunque sea salobre:
¿para qué tierra, si les falta el agua?

   No hay caudal que soporte una piragua
ni hay que esperar que Dios milagros obre,
ni el sediento mortal la fuerza cobre
con que el trabajo la riqueza fragua.

   Y les ciñe la mar, ¡pesada broma
del Supremo Poder! Agua a la vista,
sin que traiga verdura la paloma;

   hecho el cielo de nubes una pista
y cada nube hermética redoma;
¿hay quien la sed junto a la mar resista?”

Ya en prosa Unamuno nos dejó estas palabras:

“Fuerteventura es una isla hoy pobre, muy pobre, que puede enriquecerse si logra alumbrar agua; pero rica, riquísima en la nobleza de sus habitantes, los majoreros -que así se llaman-, y en la maravilla de su clima”.

Para leer más:

Miguel de Unamuno: De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias, 1989.

El encuentro del principito con el mercader

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En 1943 vio la luz Le Petit Prince, la obra más conocida y traducida del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944).

El principito, el niño protagonista del relato, tras visitar seis planetas, llega en su viaje mágico hasta la Tierra. Allí se encuentra al mercader con el que mantiene un breve y extraño diálogo. Entrar en contacto con el mundo de los adultos hace, con frecuencia,  incompresible lo que no debería serlo.

-Buenos días -dijo el principito.

-Buenos días -dijo el mercader.

Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber.

-¿Por qué vendes eso? -dijo el principito.

-Es una gran economía de tiempo -dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?

-Se hace lo que se quiere…

“Yo -se dijo el principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”

Para leer más:

Antoine de Saint-Exupéry: El Principito. Salamandra, Barcelona, 2019.

José Saramago y la importancia del paisaje

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En la obra El cuaderno del año del Nobel, el escritor José Saramago (1922-2010) nos revela en primera persona cómo el lugar donde nacemos y crecemos llega a ser determinante en la formación del espíritu del ser humano.

“Nací y fui criado en una aldea ubicada a la orilla de dos ríos. Al que está más cerca, un modesto curso de agua que lleva el enigmático y altisonante nombre de Almonda, se llega, prácticamente, solo con bajar el escalón de la puerta de las casas ribereñas. El otro, con caudal aventajado e historias más aventureras, se llama Tajo, y pasa, casi siempre plácido, a veces violento, a menos de un kilómetro de distancia. Durante años, de un modo que casi diría orgánico, el concepto de belleza paisajística estuvo asociado en mi espíritu a la imagen de mantos movedizos de agua, de pequeños y lentos barcos a remo o vara entre limos cañas, de frescas orillas donde se alineaban fresnos, chopos y sauces, de vastas campiñas que las crecidas del invierno inundaban y fertilizaban. A la imagen, también, de los callados y misteriosos olivares que rodeaban la aldea por el otro lado, enmarcada entre la vegetación exuberante nutrida por los dos ríos y la suave monotonía de verde, ceniza y plata que, como ondulante océano, igualaba la copa de los olivos. Fue este el mundo en el que, niño, y después adolescente, me inicié en la más humana y formativa de todas las artes: la de la contemplación. Sabía, como todo el mundo, que en otros lugares del planeta había montañas y desiertos, selvas y sabanas, bosques y tundras; observaba y guardaba en la memoria las imágenes que me enseñaban los libros de esos sitios para mí inalcanzables, pero la realidad sobrenatural de mi mundo de entonces, esa que los ojos despiertos, las manos desnudas y los pies descalzos no necesitan aprehender objetivamente porque la iban captando de continuo a través de una cadena infinita de impresiones sensoriales, se consustanciaba, a fin de cuentas, en un banal paisaje campestre donde, como en cualquier otro lugar donde haya nacido y crecido un ser humano, sencillamente se estaba formando un espíritu”.

Y, como expresa, más adelante:

“Creo, sinceramente, que sería una persona diferente de aquella en que me he convertido si hubiesen sido otros los paisajes a través de los cuales se me presentó por primera vez el mundo. En la linfa de la sangre y no solo en la memoria, llevo dentro de mí los ríos y los olivares de la infancia y la adolescencia, las imágenes de un tiempo mítico tejido de asombros y contemplaciones, poco a poco, en el curso del propio proceso de su edificación, el espíritu se ha ido conociendo y reconociendo a sí mismo”.

Para leer más:

José Saramago: El cuaderno del año del Nobel. Alfaguara, Madrid, 2018.

José Saramago: una cita con la belleza volcánica de Timanfaya

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El novelista José Saramago (1922-2010) escribió su sexto diario personal en 1998, que permanecería inédito durante veinte años hasta que, finalmente, pudo ver la luz bajo el título de El cuaderno del año del Nobel.

Tras uno de sus viajes a Portugal, Saramago regresa a la isla canaria de Lanzarote (España), donde reside. Allí, el día 28 de abril de 1998 su hábil pluma le dedica unas memorables líneas al paisaje volcánico del Parque Nacional de Timanfaya, que tanta huella dejó en su espíritu.

“No me imaginaba que la más profunda emoción estética de mi vida, aquel inolvidable estremecimiento que un día, hace muchos años, me sacudió de la cabeza a los pies cuando me encontré ante la puerta que Miguel Ángel dibujó para la Biblioteca Laurenciana, en Florencia, no me imaginaba entonces que esa sacudida de todo mi ser repitiera alguna vez, mucho menos ante un paisaje natural, por más bello y dramático que fuese, y por nada admitiría que la impresión que pudiera causarme fuese tan arrebatadora como la que había sentido, en un instante mágico de deslumbramiento, por la virtud de la que desde ese día -no una escultura, no una cúpula, una simple puerta- había pasado a ser, para mí, la obra maestra de Buonarroti. Y, sin embargo, así fue. Cuando mis ojos, atónitos y maravillados, vieron por primera vez Timanfaya; cuando recorrieron y acariciaron el perfil de sus cráteres y la paz casi angustiante de su valle de la Tranquilidad; cuando mis manos tocaron la aspereza de la lava petrificada; cuando desde las alturas de la Montaña Rajada pude entender el esfuerzo demente de los fuegos subterráneos del globo como si los hubiese encendido yo mismo para romper y dilacerar con ellos la piel atormentada de la tierra; cuando vi todo esto, cuando sentí todo esto, creí que debería agradecerle a la suerte, al azar, a la aventura, a ese no sé qué, no sé quién, a esa especie de predestinación que va conduciendo nuestros pasos, el privilegio de haber contemplado en mi vida, no una, sino dos veces, la belleza absoluta”.

Para leer más:

José Saramago: El cuaderno del año del Nobel. Alfaguara, 2018.