La idea de progreso de John Stuart Mill

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El economista y filósofo británico John Stuart Mill (1806-1873) contribuyó de forma valiosa al debate sobre progreso, crecimiento económico y distribución de la riqueza, fundamentalmente con su obra Principios de economía política: con algunas aplicaciones a la filosofía social (1848).

John Stuart Mill, en su afán de definir el concepto de riqueza, vino a expresar que:

“todo el mundo sabe que una cosa es ser rico y otra ser instruido, valiente o humanitario; que las cuestiones, sobre cómo se hace rica una nación, y cómo se hace libre, o virtuosa, o eminente en la literatura, en las bellas artes, en las armas, o en la política tienen una significación distinta”.

Era consciente de las dificultades que entraña una definición exacta de riqueza. De hecho, el significado de la palabra riqueza -escribe Mill- puede ser diferente según se aplique a los bienes de un particular, a los de una nación o a los de la humanidad. A los efectos prácticos de su tratado de Economía Política definió la riqueza como:

“todas las cosas útiles o agradables que poseen valor de cambio; o, en otros términos, todas las cosas útiles o agradables excepto aquellas que pueden obtenerse, en la cantidad deseada, sin trabajo o sacrificio alguno”.

Por tanto, su concepto de riqueza lo limita a la riqueza material, de tal forma que los servicios, que sólo existen mientras se prestan y que no son acumulables, no son considerados como riqueza.

En su investigación sobre las causas de la generación de riqueza, esto es, sobre los factores necesarios para el crecimiento económico, Mill escribe que:

“los requisitos de la producción son dos: trabajo y objetos naturales apropiados”.

Para este gran pensador el capital no es más que la provisión acumulada de productos del trabajo anterior. El grado de productividad de una sociedad viene a depender de las ventajas naturales (fertilidad del suelo, el clima, los productos minerales), de las cualidades, habilidades y conocimientos de los individuos, así como de factores secundarios como la seguridad y protección del gobierno.

Mill, como pensador liberal, defendió el principio de competencia:

“En lugar de considerar la competencia como el principio antisocial y pernicioso (…) creo que, incluso en el estado actual de la sociedad y de la industria, toda restricción que se intente de la misma es un mal…”.

Al mismo tiempo, y a diferencia de la corriente principal de la escuela clásica, Mill afirmaba que el estado estacionario no ha de ser necesariamente una situación indeseable, por lo  que habría que relativizar el objetivo del crecimiento continuado de la producción. En su opinión el estado progresivo conlleva diversos efectos sociales indeseables:

“Confieso que no me agrada el ideal de vida que defienden aquellos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar; y que el pisotear, empujar, dar codazos y pisarle los talones al que va delante, que son característicos del tipo actual de vida social, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana; para mí no son otra cosa que síntomas desagradables de una de las fases del progreso industrial”.

Asimismo, Mill ya era consciente de que el “crecimiento ilimitado de la riqueza y de la población” puede conllevar serios riesgos para el medio ambiente y el bienestar humano:

“Ni produce tampoco mucha satisfacción contemplar un mundo en el que no queda nada de la actividad espontánea de la naturaleza; en el que se ha puesto en cultivo hasta el más minúsculo pedazo de terreno que es susceptible de dar alimentos para seres humanos; en el que han desaparecido los pastizales floridos devorados por el arado; se ha exterminado, como rivales que disputan los alimentos, a los cuadrúpedos y los pájaros; los setos y los árboles superfluos arrancados de raíz, y en el que casi no queda sitio donde pueda crecer una flor o un arbusto silvestre sin que se les destruya como una mala hierba en nombre del adelanto agrícola”.

Respecto a la distribución de la riqueza, Mill apuntó que depende de las leyes y costumbres de la sociedad:

“las reglas que la determinan son el resultado de las opiniones y sentimientos de la parte gobernante de la comunidad, y varían mucho según las épocas y los países…”.

En todo caso lo que habría que estudiar, según Mill, no son las causas, sino las consecuencias de las reglas según las cuales se distribuye la riqueza en una sociedad.

Este economista se mostró partidario de dedicar más esfuerzos a mejorar la distribución en lugar de procurar a toda costa el aumento de la producción. Como expresó, en otro de sus párrafos de la renombrada obra, refiriéndose a la producción y la acumulación:

“en sí mismas son de bien poca importancia, mientras que el aumento de la población o cualquiera otra causa impida que el pueblo recoja una parte de la ganancia que producen”.

Para leer más:

John Stuart Mill (1848): Principios de Economía Política: con algunas de sus aplicaciones a la filosofía social.

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