La gaviota de Richard Bach

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“Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo”.

Así empieza Juan Salvador Gaviota, el conocido relato de Richard Bach. Inspirado en la vida de las gaviotas, el autor escribe toda una invitación a la libertad y la búsqueda del progreso del ser humano por los vuelos de la honestidad, la bondad y el aprendizaje.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento extraído de sus primeras páginas:

“Las gaviotas, como es bien sabido, nunca se atascan, nunca se detienen. Detenerse en medio del vuelo es para ellas vergüenza, y es deshonor.

Pero Juan Salvador Gaviota, sin avergonzarse, y al extender otra vez sus alas en aquella temblorosa y ardua torsión -parando, parando, y atascándose de nuevo-, no era un pájaro cualquiera.

La mayoría de las gaviotas no se molestan en aprender sino las normas de vuelo más elementales: cómo ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar”.

Para leer más:

Richard Bach (1970): Juan Salvador Gaviota.

 

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Albert Eistein y los dos objetivos del progreso humano

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En sus reflexiones sobre la libertad, publicadas en Freedom, its meaning (1940), Albert Einstein (1879-1955) nos recuerda los dos objetivos que procuran el progreso del ser humano, y de los que difícilmente podemos estar en desacuerdo.

“1. Los bienes instrumentales destinados a sustentar la vida y la salud de todos los seres humanos deberían producirse con el mínimo trabajo posible.

2. La satisfacción de las necesidades físicas es sin duda la condición previa indispensable de una existencia satisfactoria, pero no es suficiente por sí sola. Para que los hombres estén satisfechos deben tener también la posibilidad de desarrollar su capacidad intelectual y artística de acuerdo con sus características y posibilidades personales”.

Para leer más:

Albert Einstein: Mis ideas y opiniones. Antoni Bosch, Barcelona, 2011.

El progreso: más allá del PIB

4. Chambéry. Francia

En 2009 la Comisión de las Comunidades Europeas se pronunció sobre la inconveniencia  de descansar todo el peso de la evaluación del progreso de las sociedades en único indicador: el Producto Interior Bruto (PIB). Así se expresó mediante la Comunicación “Más allá del PIB. Evaluación del progreso en un mundo cambiante”.

El PIB es un agregado macroeconómico que cuantifica en términos monetarios el valor añadido que generan las actividades económicas que se realizan en un país o región durante un periodo de tiempo. Desde su creación en 1934 por Simon Kuznets, el PIB ha llegado a considerarse como el indicador por excelencia para conocer el progreso y el desarrollo de las sociedades.

Aunque el propio Kuznets advertía de las importantes limitaciones del PIB como indicador para medir el bienestar, estos inconvenientes se han dejado en un segundo plano y se ha conferido al PIB la máxima atención. De este modo se ha terminado aceptando que el objetivo prioritario de toda sociedad es procurar maximizar el crecimiento económico. En palabras de la propia Comisión:

“… por su concepción y propósito, no puede confiarse en él como referencia en todos los asuntos de debate político. De manera especial, el PIB no mide la sostenibilidad medioambiental o la inclusión social, y hay que tener en cuenta estas limitaciones cuando se utiliza en análisis y debates sobre las políticas”.

De hecho no es ocasional que los ciudadanos sientan, por ejemplo, que, a pesar de que el PIB esté creciendo, su renta disponible y los servicios públicos disminuyen. Al igual que la tasa de desempleo o la inflación, el PIB es un “indicador resumen” de cuestiones importantes para la sociedad. “Sin embargo, su objetivo no es reflejar dónde nos encontramos en relación a asuntos tales como el medio ambiente o las desigualdades”.

Ante esta situación, la Comisión plantea en su Comunicación la necesidad de avanzar en el empleo de otros indicadores que permitan evaluar mejor el progreso de las sociedades. Estas son sus principales propuestas:

Medio ambiente.

-Elaboración de un indicador de presión ambiental, que refleje “la contaminación y otros efectos nocivos para el medio ambiente dentro del territorio de la UE para evaluar los resultados de los esfuerzos de protección medioambiental”. Este indicador comprenderá las principales preocupaciones de la política medioambiental: cambio climático y energía, naturaleza y biodiversidad, contaminación atmosférica y salud, uso y contaminación del agua, residuos y utilización de recursos.

-Desarrollar un indicador global sobre la calidad medioambiental.

-Establecer indicadores que reflejen el impacto medioambiental fuera del territorio de la UE.

Calidad de vida y bienestar.

-Indicadores sobre la renta, los servicios públicos, la salud, el ocio, la riqueza, la movilidad, entorno limpio…

Distribución y desigualdades

En palabras de la Comisión:

“…la distribución es un tema que provoca una atención creciente. Por ejemplo, puede ocurrir que el PIB per cápita esté aumentando y, pese a ello, el número de personas en riesgo de pobreza aumente también. (…) Las políticas que afectan a la cohesión social tienen que medir tanto las desigualdades como datos agregados tales como el PIB o el PIB per cápita”.

-Indicadores sobre las disparidades de renta y en particular sobre la situación en la parte inferior de la escala de ingresos.

-Indicadores de educación, salud, esperanza de vida y varios aspectos no monetarios de la exclusión social.

-Indicadores sobre la igualdad de acceso a una vivienda de calidad, el transporte y otros servicios de infraestructuras que son esenciales para participar activamente en la sociedad.

Desarrollo sostenible.

-Elaboración de un cuadro de indicadores de desarrollo sostenible.

Tiene como objetivo clave respetar los límites de los recursos naturales del planeta, es decir, la capacidad finita de la naturaleza para proporcionar recursos renovables y para absorber contaminantes. En este cuadro, por tanto, se determinan y actualizan los valores umbrales de la sostenibilidad medioambiental.

Contabilidad económica, social y ambiental integrada.

Las estadísticas macroeconómicas de la UE, de las que se derivan indicadores como el PIB, se basan en el Sistema Europeo de Cuentas. La contabilidad económica deberá completarse e integrarse con la contabilidad social y ambiental:

“Como base para la elaboración coherente de políticas, se necesita una estructura de datos que incluya de forma sistemática temas medioambientales y sociales junto con los económicos”.

Respecto a la integración de la contabilidad económica y ambiental, la Comisión pretende avanzar en los siguientes ámbitos:

-Cuentas de flujo físico sobre las emisiones a la atmósfera (emisiones de gases de efecto invernadero) y sobre el consumo de materiales.

-Cuentas monetarias sobre la protección, los gastos y los impuestos ambientales.

-Cuentas ambientales físicas en relación con el consumo de energía y la producción y tratamiento de residuos.

-Cuentas monetarias para las subvenciones relacionadas con el medio ambiente.

-Cuentas ambientales relacionadas con el patrimonio natural (bosques, peces…).

-Valoración monetaria de los costes del daño medioambiental causado o que se haya evitado.

Para más información:

Comisión de las Comunidades Europeas: COM(2009) 433 final

 

 

 

La idea de progreso en “El camino” de Miguel Delibes

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La lectura de “El camino”, la célebre novela de Miguel Delibes (1920-2010), nos hace reflexionar sobre la idea de progreso. En el mundo moderno de hoy el objetivo de progresar ha quedado con frecuencia vinculado exclusivamente a la idea de vivir en las ciudades. Frente a esta inflexible aproximación del concepto de progreso, Delibes se plantea, haciendo uso de su talento literario, la necesidad de reivindicar la vida en los pueblos, el valor de la naturaleza y una civilización rural.

El protagonista de “El camino” es Daniel, el Mochuelo, un muchacho de once años que se siente a gusto en su aldea, pues le permite disfrutar de las virtudes naturales del valle y de las correrías que comparte con sus amigos Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso. Sin embargo, el padre de Daniel, el Mochuelo, deseaba que su hijo fuera algo más que él, que trabajaba como quesero. Por eso había tomado la decisión de enviarlo a la ciudad para que estudie el bachillerato. Esta decisión supuso para Daniel muchas dudas; en el fondo presentía que ese no era su camino.

A continuación traemos hasta aquí tres extractos de la novela con los que Delibes describe lo que siente Daniel, el Mochuelo, por la naturaleza, frente a lo que pensaba que iba a ser la ciudad que le esperaba, y unas reflexiones finales ante la inminente despedida de su pueblo natal.

La naturaleza.

“Le gustaba al Mochuelo sentir sobre sí la quietud serena y reposada del valle, contemplar el conglomerado de prados, divididos en parcelas y salpicados de caseríos dispersos. Y, de vez en cuando, las manchas oscuras y espesas de los bosques de castaños o la tonalidad clara y mate de las aglomeraciones de eucaliptos. A lo lejos, por todas partes, las montañas, que según la estación y el clima, alteraban su contextura, pasando de una extraña ingravidez vegetal a una solidez densa, mineral y plomiza en los días oscuros”.

La ciudad.

“Seguramente en la ciudad se pierde mucho el tiempo -pensaba el Mochuelo- y, a fin de cuentas, habrá quien, al cabo de catorce años de estudio, no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón. La vida era así de rara, absurda y caprichosa. El caso era trabajar y afanarse en las cosas inútiles y poco prácticas”.

La despedida.

“A Daniel, el Mochuelo, le dolía esta despedida como nunca sospechara. Él no tenía la culpa de ser un sentimental. Ni de que el valle estuviera ligado a él de aquella manera absorbente y dolorosa. No le interesaba el progreso. El progreso, en verdad, no le importaba un ardite. Y, en cambio, le  importaban los trenes diminutos en la distancia y los caseríos blancos y los prados y los maizales parcelados; y la Poza del Inglés, y la gruesa y enloquecida corriente del Chorro; y el corro de bolos; y los tañidos de las campanas parroquiales; y el gato de la Guindilla; y el agrio olor de las encellas sucias; y la formación pausada y solemne y plástica de una boñiga; y el rincón melancólico y salvaje donde su amigo Germán, el Tiñoso, dormía el sueño eterno; y el chillido reiterado y monótono de los sapos bajo las piedras en las noches húmedas; y las pecas de la Uca-uca y los movimientos lentos de su madre en los quehaceres domésticos; y la entrega confiada y dócil de los pececillos del río; y tantas y tantas otras cosas del valle. Sin embargo, todo había de dejarlo por el progreso”.

Para leer más:

Miguel Delibes (1950): El camino.

La idea de progreso de John Stuart Mill

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El economista y filósofo británico John Stuart Mill (1806-1873) contribuyó de forma valiosa al debate sobre progreso, crecimiento económico y distribución de la riqueza, fundamentalmente con su obra Principios de economía política: con algunas aplicaciones a la filosofía social (1848).

John Stuart Mill, en su afán de definir el concepto de riqueza, vino a expresar que:

“todo el mundo sabe que una cosa es ser rico y otra ser instruido, valiente o humanitario; que las cuestiones, sobre cómo se hace rica una nación, y cómo se hace libre, o virtuosa, o eminente en la literatura, en las bellas artes, en las armas, o en la política tienen una significación distinta”.

Era consciente de las dificultades que entraña una definición exacta de riqueza. De hecho, el significado de la palabra riqueza -escribe Mill- puede ser diferente según se aplique a los bienes de un particular, a los de una nación o a los de la humanidad. A los efectos prácticos de su tratado de Economía Política definió la riqueza como:

“todas las cosas útiles o agradables que poseen valor de cambio; o, en otros términos, todas las cosas útiles o agradables excepto aquellas que pueden obtenerse, en la cantidad deseada, sin trabajo o sacrificio alguno”.

Por tanto, su concepto de riqueza lo limita a la riqueza material, de tal forma que los servicios, que sólo existen mientras se prestan y que no son acumulables, no son considerados como riqueza.

En su investigación sobre las causas de la generación de riqueza, esto es, sobre los factores necesarios para el crecimiento económico, Mill escribe que:

“los requisitos de la producción son dos: trabajo y objetos naturales apropiados”.

Para este gran pensador el capital no es más que la provisión acumulada de productos del trabajo anterior. El grado de productividad de una sociedad viene a depender de las ventajas naturales (fertilidad del suelo, el clima, los productos minerales), de las cualidades, habilidades y conocimientos de los individuos, así como de factores secundarios como la seguridad y protección del gobierno.

Mill, como pensador liberal, defendió el principio de competencia:

“En lugar de considerar la competencia como el principio antisocial y pernicioso (…) creo que, incluso en el estado actual de la sociedad y de la industria, toda restricción que se intente de la misma es un mal…”.

Al mismo tiempo, y a diferencia de la corriente principal de la escuela clásica, Mill afirmaba que el estado estacionario no ha de ser necesariamente una situación indeseable, por lo  que habría que relativizar el objetivo del crecimiento continuado de la producción. En su opinión el estado progresivo conlleva diversos efectos sociales indeseables:

“Confieso que no me agrada el ideal de vida que defienden aquellos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar; y que el pisotear, empujar, dar codazos y pisarle los talones al que va delante, que son característicos del tipo actual de vida social, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana; para mí no son otra cosa que síntomas desagradables de una de las fases del progreso industrial”.

Asimismo, Mill ya era consciente de que el “crecimiento ilimitado de la riqueza y de la población” puede conllevar serios riesgos para el medio ambiente y el bienestar humano:

“Ni produce tampoco mucha satisfacción contemplar un mundo en el que no queda nada de la actividad espontánea de la naturaleza; en el que se ha puesto en cultivo hasta el más minúsculo pedazo de terreno que es susceptible de dar alimentos para seres humanos; en el que han desaparecido los pastizales floridos devorados por el arado; se ha exterminado, como rivales que disputan los alimentos, a los cuadrúpedos y los pájaros; los setos y los árboles superfluos arrancados de raíz, y en el que casi no queda sitio donde pueda crecer una flor o un arbusto silvestre sin que se les destruya como una mala hierba en nombre del adelanto agrícola”.

Respecto a la distribución de la riqueza, Mill apuntó que depende de las leyes y costumbres de la sociedad:

“las reglas que la determinan son el resultado de las opiniones y sentimientos de la parte gobernante de la comunidad, y varían mucho según las épocas y los países…”.

En todo caso lo que habría que estudiar, según Mill, no son las causas, sino las consecuencias de las reglas según las cuales se distribuye la riqueza en una sociedad.

Este economista se mostró partidario de dedicar más esfuerzos a mejorar la distribución en lugar de procurar a toda costa el aumento de la producción. Como expresó, en otro de sus párrafos de la renombrada obra, refiriéndose a la producción y la acumulación:

“en sí mismas son de bien poca importancia, mientras que el aumento de la población o cualquiera otra causa impida que el pueblo recoja una parte de la ganancia que producen”.

Para leer más:

John Stuart Mill (1848): Principios de Economía Política: con algunas de sus aplicaciones a la filosofía social.