El volcán del Teide, en el verso de Tomás Morales

Existe un volcán en las Islas Canarias que, con sus más de 3.700 metros, se erige en el pico más alto de España. Desde la antigüedad ha sido objeto de atención de navegantes y escritores. Los guanches, antiguos canarios que habitaron Tenerife, la isla en la que se impone esta majestuosa montaña, la temieron, pues fueron testigos directos de las formidables corrientes de fuego que emanaron de su cráter.

El poder evocador de este volcán de las conocidas como Islas Afortunadas ha sido recogido por escritores como el poeta español Tomás Morales (1884-1921), al que, desde Gran Canaria, la isla hermana donde nació, dedicó un poema de gran belleza modernista que intituló Himno al volcán. De él extraemos aquí las dos estrofas siguientes:

“Así te sueño, ¡oh Teide!, mientras tu cono gentil descuellas,
hoy te ven mis ojos -el mar por medio- de la isla hermana
desflorar el espacio y hender la linde de las estrellas,
dejando atrás las nubes, con tu orgullosa cabeza cana…

Así te ven mis ojos, mas yo te quiero fosco y bravío,
porque tú emblematizas con tu perenne desasosiego:
¡Pico de Tenerife, de continente sereno y frío!
¡La victoria más alta, la gran Victoria del hombre: EL FUEGO!...”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

El paisaje de Tejeda: una cita con Domingo Doreste

El escritor canario Domingo Doreste Rodríguez (1868-1940) dedica unas sentidas palabras a la isla que le vio nacer: Gran Canaria, su «continente en miniatura».

En este territorio atlántico de las Islas Canarias sobresale el paisaje singular de Tejeda, donde se vuelve sublime la tempestad petrificada que dijera Miguel de Unamuno.

Con el siguiente pasaje traemos hasta aquí la descripción entusiasta que en 1932 hizo Domingo Doreste de la cuenca de Tejeda, hoy espacio natural protegido y Reserva Mundial de la Biosfera:

“Si Gran Canaria merece ser visitada, lo es singularmente por contemplar, desde una altura de 1.500 metros, el cañón del barranco de Tejeda, sobre todo en un ocaso de verano, bañado de oro fundido. Ancho panorama de rocas, profuso en formas que parecen arquitectónicas, encajado entre cordilleras indomables, cresteadas de agudos pinos, perfiladas de fantásticas líneas. En el punto más alto, como si lo hubiera colocado la mano de un esceanógrafo, el Nublo, monolito de 60 metros, uno de los grandes del globo. Más abajo el Bentaiga, otra mole poderosa que se asienta sobre el abismo. Lejano, el macizo de Tamadaba, de anchura imponente. Y en último término, el mar de Occidente, tablón azul en que aparece como pintada toda la isla de Tenerife bajo la majestad del Teide. Al caer de la tarde la orgía de las sombras enriquece el paisaje de fantasmas que se despiertan”.

Para leer más:

Armas Ayala, A.: Ensayistas canarios. Gobierno de Canarias, 1990.

La Isla de Tenerife, en palabras de Antonio de Viana

El archipiélago de Canarias ha recibido desde tiempos antiguos el sobrenombre de Islas Afortunadas, en boca de sabios, viajeros y navegantes. De estas ínsulas atlánticas, Tenerife es la de mayor superficie, encontrándose coronada por el magnífico volcán del Teide.

Nació en Tenerife el poeta Antonio de Viana (1578-1650?), célebre por su obra Antigüedades de las Islas Afortunadas. Traemos hasta aquí los siguientes endecasílabos de este poema épico con los que Viana encumbra de forma literaria la isla que lo vio nacer hace más de cinco siglos:

   «Yace en medio de todas, como a donde
consiste la virtud, la gran Nivaria,
famosa Tenerife, que en ser fértil,
más bien poblada y de mayor riqueza,
a esotras seis con gran ventaja excede:
es mi querida y venturosa patria,
y de ella como hijo agradecido,
más largamente, antigüedad, grandezas,
conquista y maravillas raras canto.
   Tiene entre lo más alto de sus cumbres,
un soberbio pirámide, un gran monte,
Teida famoso, cuyo excelso pico
pasa a las altas nubes, y aun parece
que quiere competir con las estrellas;
puede cantarse dél lo que de Olimpo:
que si escribieren con cenizas débiles
en él, no borrará el aire las letras,
que excede a su región la cumbre altísima”.

Y continúa el poeta Viana con su descripción del pico del Teide, al que denomina Teida:

   “Al fin es de seis millas el circuito
del Teida, y doce o más, tiene de altura;
suele vestirse blanca y pura nieve,
y entre ella exhala humo espeso y llamas
por crietas que descienden al abismo,
manando verdinegra piedra azufre”.

Para leer más:

Antonio de Viana: Antigüedades de las Islas Afortunadas. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1991.

El pico del Teide: una cita con Leonardo Torriani

 

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El ingeniero italiano Leornardo Torriani (1560-1628), gracias a su estancia de varios años en las Islas Canarias, nos brindó hacia el año 1590 una particular descripción del pico del Teide. Este excelso volcán de la Isla de Tenerife pasaba, en aquel entonces, por ser una de las montañas más altas del mundo conocido por sabios y viajeros.

«Este famosísimo Pico es célebre por su grandísima altura, que descubren marineros a 440 millas en mar, que son 70 leguas de España; por lo cual se cree que no cede ni al Ararat, ni al Líbano, al Atos y al Olimpo, sino que a todos los rebasa.

Cuando el cielo no está cubierto totalmente por las nubes, se ve cómo más de la mitad de este monte se eleva por encima de ellas. Yo mismo, al hallarme varias veces encima de las altísimas cumbres de La Palma, y encima de las mismas nubes, que cubrían con su sombra tanto el mar como las islas, con grandísima lluvia y temporal, lo vi por encima de su convexidad, muy en lo alto, de modo que casi parecía tener su principio sobre las nubes. Lo mismo se ve al hallarse uno en su cumbre; de modo que para una persona de no muy buena vista parecería que aquella blanca llanura de las nubes, con su nuevo horizonte, fuese el mar, o alguna bellísima llanura de la tierra, así como verdaderamente se muestra a todos cuantos la miran».

Para leer más:

Leonardo Torriani: Descripción e historia del reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones. Goya Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 1978.