Cuando Humboldt se despide del volcán del Teide

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El naturalista prusiano Alexander von Humboldt (1769-1859), en su viaje rumbo a las Indias Occidentales en el año 1799, reparó durante una semana en las Islas Canarias, en particular en Tenerife. En esta isla se propuso como objetivo subir al pico del Teide, de más de 3.700 metros de altitud.

Dejó la isla el 25 de junio de 1799. Mientras la corbeta Pizarro se alejaba de Santa Cruz de Tenerife rumbo a América del Sur, Humboldt contempló por última vez el volcán del Teide, cuya cima coronó días atrás:

«Perdimos pronto de vista las islas Canarias, cuyas elevadas montañas estaban cubiertas de un vapor coloraduzco. Sólo el Pico aparecía una que otra vez cuando aclaraba, sin duda porque el viento que había en las altas regiones del aire dispersaba a intervalos las nubes que envolvían el Pilón. Por vez primera experimentamos cuán vivas son las impresiones que produce el aspecto de estas tierras colocadas en los límites de la zona tórrida, en las que la naturaleza se muestra a la vez tan rica, imponente y maravillosa».

Para leer más:

Alfred Gebauer (2014): Alexander von Humboldt. Su semana en Tenerife 1799.

Una cita con Sabino Berthelot y los montes canarios

El ilustre naturalista francés Sabino Berthelot (1794-1880) fue un apasionado estudioso de la naturaleza de las Islas Canarias, a la que dedicó buena parte de su vida. Como botánico y buen observador nos dejó escritas no solo unas rigurosas descripciones de la riqueza vegetal de este archipiélago atlántico sino también unos textos llenos de sensibilidad literaria con los que llegamos a percibir de forma vívida el amor a unos bosques para los que reclamaba su imprescindible protección.

El siguiente pasaje, extraído de su obra Árboles y bosques, nos invita a adentrarnos en esa foresta única que atesoran los montes canarios:

“Por sus caracteres propios, los montes canarios, compuestos de árboles siempre verdes, no tienen casi nada de común con los de nuestros climas de Europa; ellos revisten los declives de las montañas y los precipicios de los grandes barrancos que los atraviesan hasta una elevación media. Cuando se llega a esta región nemoral se experimenta un sentimiento de bienestar y de admiración indecible; la espesura del ramaje en algunos sitios no serviría de obstáculo al deseo de verlo todo y de procurarse nuevos goces. Se vaga largo tiempo bajo estos macizos de follaje y entre esas tribus de árboles y de plantas que se oprimen y se confunden. Los musgos revisten los troncos y las ramas a la manera de un forro de terciopelo; el aspecto de los helechos que cubren el suelo, sus variadas formas, el precioso desarrollo de sus frondas, todo os sorprende y os encanta; pero cuando al llegar a la orilla del monte se sale de debajo de estas grandes arboledas y se descubre súbitamente al resplandor del sol los valles de la costa, el mar y su bello horizonte, no hay cuadro que pueda representar un golpe de vista semejante”.

Para leer más:

Berthelot, S.: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

El influjo de la Naturaleza: una cita con Claudio de la Torre

Con frecuencia el hombre moderno, en su apremiante quehacer de todos los días, se desliga, física y mentalmente, del medio natural. Consciente o inconscientemente lo ignora, lo elude, lo minusvalora o incluso lo degrada.

Sin embargo, cuando el ser humano es capaz de abrir todos sus sentidos a su entorno para disfrutar de la contemplación de la Naturaleza, algo empieza a cambiar en él. En ese momento el valor de lo natural (la belleza de un paisaje, la forma de una planta, el vuelo de un ave, el rumor del mar…) consigue penetrar en el espíritu de las personas.

Esto es lo que le sucedió al señor Alegre, el protagonista de la novela del escritor español Claudio de la Torre (1895-1973), titulada En la vida del señor Alegre, que fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura en 1923.

«Nunca le pareció tan bello el largo paseo de las Delicias como en aquella tarde de junio, luminosa y templada, que siguió a la famosa noche de Antequera. Se dejaba arrastrar en su carruaje, casi recostado en su fondo mullido, contemplando la increíble transparencia de la hora, que fijaba y descubría ya, como un calco invisible, un lucero pequeñito, humedecido aún por las brumas diluidas de una nube. También los horizontes lucían más distantes sobre el campo abierto y llano, erizado tímidamente en la lejanía por los triángulos agudos de las colinas. El sol derramaba sobre los campos, sobre el paseo, sobre los chalets de la vereda sus aguas de oro viejo, entonando el paisaje entero, revistiéndolo de una alegre dignidad que iba a refugiarse, como en un guiño del paisaje, en los cristales cerrados de los hoteles, en las altas veletas bruñidas que agudizaban los torreones. Sobre las veletas, los aguiluchos se detenían, diminutos y atónitos, sin atreverse a acometer aquel incendio. Abajo, los árboles del paseo abrasaban sus ramas, voluptuosamente inmóviles, curadas ya por el fuego lejano. Todo parecía estacionarse, como por magia creadora, sin previa preparación visible, en un constante equilibrio de la tierra y el cielo, que serenaba, armoniosamente, el alma de Bright, como un inmenso crepúsculo. Bright no descubría, ni tan siquiera adivinaba, el influjo que el descanso de la Naturaleza ejercía siempre en su espíritu».

Para leer más:

De la Torre, C.: En la vida del señor Alegre. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2015.

El monte de Agua García, en palabras de René Vernau

Monte de Agua García, Isla de Tenerife.

El antropólogo francés René Vernau (1852-1938) consagró varios años de su vida al estudio de las Islas Canarias (España). Sus inquietudes científicas, en particular sobre el pasado aborigen de este archipiélago atlántico, fueron acompañadas de su gran capacidad de asombro ante la belleza natural que estas islas le ponían ante sus ojos durante sus largas marchas.

Con el siguiente pasaje de su obra Cinco años de estancia en las Islas Canarias, Vernau nos expresa sus vívidas sensaciones ante uno de los bosques más frondosos que se encontró cuando visitó la Isla de Tenerife hace ya más de un siglo: el monte de Agua García.

«Es, seguramente, una de las cosas más bellas que he visto en el archipiélago. Laureles, brezos arborescentes, mocanes, viñáticos (Persea indica), madroños y cien especies más forman una cúpula que no atraviesa nunca los rayos del sol. ¡Y qué árboles! Los madroños alcanzan los 20 metros de altura; con su tronco se hacen muebles muy buenos. Los laureles los sobrepasan en altura. Musgos, ranúnculos, siemprevivas, freseras, violetas e innumerables helechos crecen por todas partes a la sombra de estos grandes árboles. En medio de esta vegetación frondosa, una infinidad de pájaros deja oír su canto: son los mirlos, las palomas, los pinzones, entre ellos el tintillón (Fringilla tintillon), con sus bellos colores, las currucas, los canarios y muchos otros. En medio de este bosque nace un manantial de agua fresca, límpida, que va a fertilizar las tierras vecinas. Este lugar se deja de mala gana para ir a exponerse a los rayos ardientes del sol».

Para leer más:

René Vernau: Cinco años de estancia en las Islas Canarias. Ed. J. A.D. L., La Orotova, 1992 (4ª edición en español).

El paisaje natural de Aguamansa, en palabras de Benito Pérez Armas

Existe un lugar en la isla de Tenerife (España) donde sus valores naturales toman un especial protagonismo. Se llama Aguamansa y está localizado dentro del espacio natural protegido actualmente denominado Parque Natural de la Corona Forestal.

Este rincón insular atrajo la atención del escritor Benito Pérez Armas (1871-1937), originario de las Islas Canarias, que lo insertó en su obra La vida, juego de naipes, allá por el año 1925.

Un día los protagonistas de esta novela preparan una excursión a caballo hasta Aguamansa y al llegar se encuentran, en palabras de Pérez Armas, con un medio paradisíaco:

“Llegábamos a Aguamansa y nos detuvimos a contemplar aquel admirable rincón. Los manantiales más caudalosos que fertilizan el Valle de Taoro corrían a nuestros pies cantando en sus acequias; los altos cerros de Los Órganos, hieráticos y terribles, se alzaban a la izquierda; el barranco de Pedro Gil, de márgenes rojizas, mudos testigos de ígneas formaciones, lo teníamos frente a frente; y la cordillera central, cubierta de bosque, lucía diáfana hasta la gran plataforma en que el Teide se levanta, coronado de nubes, como digno remate de la jornada en que el fuego, la piedra y el mar, libraron su contienda de siglos… Las últimas tierras de labor, exornadas de viejos castaños, las fuentes rumorosas, el sosiego y la soledad de aquel retiro, invitaban a sumergirse en el alma de las cosas, y a pensar en que si es cierto que hubo faunos sestearían por allí, junto a las consoladas ninfas, siempre que les enervase el sol o les rindiera el cansancio…”

Para leer más:

Pérez Armas, B.: La vida, juego de naipes. Edición de Pablo Quintana, Gobierno de Canarias, 1990.

El valle de La Orotava, en palabras de René Vernau

Isla de Tenerife.

El antropólogo francés René Vernau (1852-1938) fue un gran amante de las Islas Canarias (España), a las que consagró varios años de su vida.

Durante su estancia en la isla de Tenerife, Vernau caminó por incontables senderos en busca de cuevas, yacimientos y todo tipo de legado de los antiguos aborígenes. De esta isla obtuvo importantes hallazgos en su disciplina, pero al mismo tiempo sus sentidos quedaron, en muchas ocasiones, sobrecogidos por el paisaje en el que se vio inmerso.

Traemos hasta el siguiente pasaje de su obra Cinco años de estancia en las Islas Canarias, con el que el escritor francés hace un canto entusiasta a uno de los paisajes más emblemáticos de Tenerife: el Valle de La Orotava y el majestuoso marco en que se encuentra.

«Es difícil imaginar el panorama que se presenta de repente a la vista, cuando se llega a esta pendiente. A sus pies, se extiende el magnífico valle que Humboldt consideraba el más bello de la tierra. Arriba, se escalonan, en graderías, las casas de la villa; y hasta el mar sobre una extensión de cuatro kilómetros, se despliegan cultivos de tuneras, tabaco, millo y vegetales de las clases más diversas. En medio de todo esto se elevan palmeras, naranjos, eucaliptos, durazneros, damasqueros, almendros. Aquí se ven alamedas de cafetos; allá, plantaciones de plataneras; más lejos se entrevén árboles de Las Antillas, de América del Sur e incluso de Oceanía. Pero lo que es más bello e imponente que el valle mismo es el marco que le forman las montañas que lo rodean.

Al norte, una colina de 300 metros de altura va a unirse a las altas montañas que describen, al este, un inmenso circo que sobrepasa los 2.000 metros de altitud. Al sur se destaca el pico del Teide, cuya cima con frecuencia oculta las nubes que van a formarle una corona, se eleva a 3.711 metros. En el sudoeste, enormes estribaciones parten de la base del pico para ir a terminar, bruscamente, en el mar. Finalmente, al oeste, a través de unos conos volcánicos cuyo color negro hace resaltar todavía más la belleza del valle, se ve el océano, que parece pararse, en la lejanía, en la barrera sombría que forma la isla de La Palma.

Las montañas que limitan al este el valle de La Orotava están cubiertas, entre 800 y 1.500 metros de altitud, por un bosque espeso que ha dado a este lugar el nombre de Monte Verde. Las de norte presentan, a la misma altitud, una vegetación todavía más frondosa, que se puede comparar a la de Agua García. En este nuevo bosque brota también, en medio de columnas basálticas del aspecto más imponente, un manantial abundante que alimenta a todos los acueductos del valle. Es este manantial a quien le debe el bosque su nombre de Agua Mansa.

Por supuesto concibo el entusiasmo de los viajeros en presencia de un espectáculo tan grandioso. En otros puntos de Canarias se encuentra una vegetación tan frondosa y tan variada como en La Orotava, pero lo que no se encuentra en ningún sitio es un conjunto tan majestuoso».

Para leer más:

René Vernau: Cinco años de estancia en las Islas Canarias. Ed. J. A.D. L., La Orotova, 1992 (4ª edición en español).

La antigua hacienda: una cita con Leoncio Rodríguez

El paso del tiempo termina por imprimir sus huellas en el territorio que habitamos, en nuestro ámbito vital más cercano. Las actividades del ser humano cambian. Nuestros modos de producir y consumir se modifican a lo largo de los años. Pero no lo hacen de forma inocua, sino que alteran el paisaje y la naturaleza, con frecuencia irreversiblemente.

El escritor Leoncio Rodríguez (1881-1955), originario de las Islas Canarias, nos ilustra en sus Estampas tinerfeñas, el caso de un lugar de la Isla de Tenerife.

Allí, la vida de sus habitantes giraba alrededor del cultivo de las viñas, otorgando riqueza y esplendor a toda una época de la historia insular. El paisaje, marcado por la actividad vitivinícola, mostraba unos rasgos característicos: la típica hacienda canaria, con sus frondosos jardines, fructíferas huertas, valiosos viñedos de uva blanca, las bodegas, el lagar…

El fin de esta época de más de dos siglos conllevó no solo la transformación de una forma de vida, sino también la desaparición de un paisaje singular que solo sobrevivirá en la memoria. Así, nos lo dejó escrito Leoncio Rodríguez en el siguiente pasaje:

“La antigua hacienda, con sus huertas de plataneras escalonadas en el declive de la montaña, había perdido sus primitivas características. A la entrada conservábase intacta la vieja portada, con su valla de tea y sus gruesos pilares coronados por macetones con geranios, de donde partían las dos hileras de adelfas y arrayanes del camino central de la finca. Pero dentro echábase de menos aquel frescor de bosque, impregnado de aromas de jardines, que antes se percibía en su ambiente, propicio para la suave quietud y el plácido sosiego. Le faltaba, sobre todo, el ornato de sus árboles y de su flora exótica, de tan originales y diversos matices. Ya no poblaban las huertas los nogales y moreras de la India, el anón de áspera corteza, los pándanos de troncos en espiral, los tamarindos, papayas y aguacates del trópico. Ya no adornaban los jardines las magnolias de grandes hojas ovaladas, los garzoteros encarnados, los calicantos aromáticos, la fresa de los Alpes y la camelia de Japón. Ni se recortaban sobre el fondo luminoso del paisaje las copas de los dragos y los abanicos de las palmeras. Tampoco expandían su perfume los azahares de los naranjos ni daban su nota vibrante de color los arreboles, los tréboles y las siemprevivas azules.

Placíame, decía un sabio extranjero, extraviarme por estos senderos floridos a los que daban sombra soberbios árboles, escuchar el ruido de la espumosa cascada que saltaba las rocas para deslizarse después sobre un suelo esmaltado de flores. Por todas partes las cepas calentaban sus dorados racimos y los vergeles sus más hermosos frutos”.

Y continúa el autor más adelante:

“Todo ha cambiado en la vieja hacienda. De la era sólo queda el cerco de piedra utilizado ahora para secadero de ropas o refugio de cluecas y palomas. Donde se hallaban las bodegas se alzan las tongas de maderas de los empaquetados. Donde estaba el banco de piedra en que solían sentarse los dueños de la finca en apacibles charlas con los medianeros, se yergue un surtidor de gasolina. Por aquella estrecha vereda por donde se iba a los nacientes del agua, en lo alto de la montaña, baja ahora la cinta blanca de la acequia, plegándose a las ondulaciones del terreno. Y se oye el rumor de la corriente que se acerca, y que luego, acortando su marcha, se pierde entre los surcos y canalillos de las huertas”.

En palabras de Leoncio Rodríguez, de aquella antigua hacienda no ha quedado nada igual, salvo el viejo lagar, que se erige como venerable superviviente de una época histórica.

Para leer más:

Rodríguez, L.: Estampas tinerfeñas. Santa Cruz de Tenerife, 1935.

Armas Ayala, A.: Ensayistas canarios. Gobierno de Canarias, 1990. 

Los dones infinitos de los árboles: una cita con Francisco González Díaz

Día del Árbol. Gran Canaria.

Francisco González Díaz (1864-1945) fue un prolífico escritor de las Islas Canarias, reconocido en su época, casi desconocido hoy, que tuvo entre sus luchas la defensa apasionada de los árboles.

Con motivo de la celebración, por primera vez, del día de la Fiesta del Árbol, allá por el año 1902 en la isla de Gran Canaria, González Díaz pronunció un emotivo discurso que sensibiliza a niños y mayores sobre la ineludible necesidad de proteger la arboleda y fomentar la repoblación.

El escritor canario nos recuerda cómo la isla en que nació ha sufrido en sus bosques las malas artes del ser humano. La codicia y la ceguera han acabado con bosques primigenios de incalculable valor, a pesar de que son infinitos los dones que nos aportan los árboles. Así, nos lo expresa en el siguiente fragmento la prosa poética de González Díaz:

“Este gran día conmemorativo es, por afortunada coincidencia, el día en que realizamos la primera plantación, el día en que iniciamos prácticamente la obra de devolver a nuestra querida Gran Canaria sus perdidos tesoros forestales, los tesoros que le robara la estúpida codicia humana y que talara el hacha de la barbarie, incansable e invencible en la tarea de destruir. ¿Qué son esos tiernos arbolitos?, os preguntaréis sin duda; ¿qué valen?, ¿qué pueden? No resistirán el menor contratiempo; un viento fuerte doblará sus tallos; apenas nacidos morirán. Es cierto. Morirán si no se les protege. Ellos son como vosotros, débiles, impotentes en su gracia y en su hermosura, pero bien guiados en su desarrollo llegarán a ser fuertes, extenderán su ramaje protector y convidarán a aposentarse en sus copas a las aves del cielo para que labren su nido y eleven su canto. Embellecerán nuestros paisajes; nos darán sombra, salubridad y riqueza; se asociarán para formar bosques, avenidas que serán magníficas vías triunfales; estrecharán sus filas, las multiplicarán, irán al asalto de las montañas y subirán a las ingentes cumbres hasta desplegar en señal de suprema victoria su pomposa frondosidad en el inmenso espacio, en pleno azul… Envolverán su cabeza en tocas de nubes, y agitándose gallardamente al soplo de la brisa o sacudiéndose furiosos al azote del vendaval, representarán allá en lo alto la fuerza y la esperanza”.

Para leer más:

González Díaz, F.: Árboles. Gobierno de Canarias, 2005.

 

El paisaje de Tejeda: una cita con Domingo Doreste

El escritor canario Domingo Doreste Rodríguez (1868-1940) dedica unas sentidas palabras a la isla que le vio nacer: Gran Canaria, su «continente en miniatura».

En este territorio atlántico de las Islas Canarias sobresale el paisaje singular de Tejeda, donde se vuelve sublime la tempestad petrificada que dijera Miguel de Unamuno.

Con el siguiente pasaje traemos hasta aquí la descripción entusiasta que en 1932 hizo Domingo Doreste de la cuenca de Tejeda, hoy espacio natural protegido y Reserva Mundial de la Biosfera:

“Si Gran Canaria merece ser visitada, lo es singularmente por contemplar, desde una altura de 1.500 metros, el cañón del barranco de Tejeda, sobre todo en un ocaso de verano, bañado de oro fundido. Ancho panorama de rocas, profuso en formas que parecen arquitectónicas, encajado entre cordilleras indomables, cresteadas de agudos pinos, perfiladas de fantásticas líneas. En el punto más alto, como si lo hubiera colocado la mano de un esceanógrafo, el Nublo, monolito de 60 metros, uno de los grandes del globo. Más abajo el Bentaiga, otra mole poderosa que se asienta sobre el abismo. Lejano, el macizo de Tamadaba, de anchura imponente. Y en último término, el mar de Occidente, tablón azul en que aparece como pintada toda la isla de Tenerife bajo la majestad del Teide. Al caer de la tarde la orgía de las sombras enriquece el paisaje de fantasmas que se despiertan”.

Para leer más:

Armas Ayala, A.: Ensayistas canarios. Gobierno de Canarias, 1990.

La Isla de La Palma en el verso de Pedro García Cabrera

La Palma, Islas Canarias

A La Palma, isla atlántica de las Canarias, dedicó el escritor Pedro García Cabrera (1905-1981) uno de los 37 romances que componen su poemario Vuelta a la isla, publicado en 1968.

Es un sentido homenaje a la isla palmera con el que el poeta, más allá de la descripción geográfica, consigue entrelazar naturaleza y humanismo, conformando un único paisaje.

La esencia de esta realidad singular se vuelve verso después de que el escritor haya pisado suelo palmero “viviendo su actualidad, pensando sus noches y respirando sus días, conversando con las gentes y el aire que las rodea”.

Con este poema las retamas, los pinares, los mares, las cumbres, los volcanes de la Isla de La Palma se funden con la identidad, la libertad, la sabiduría, la lucha y la fortaleza que poseen sus gentes.

La sombra que esta retama

de la mirada desprende

me lleva en su catalejo

hasta oír cantar las preces

de pinares a La Palma,

abarloada al poniente.

La Palma no es soledad.

Es la cabeza de puente

que sobre los océanos

tendieron los continentes.

Para ella no hay fronteras,

no emigra nunca ni puede;

mar y tierra son caminos

y andarlos le pertenece.

Casi con forma de pez

no cae nunca en las redes

de hacer su patria en veredas

que no partan de sus sienes.

Y no es que cierre los ojos

y al desamor alimente.

Es que en la cuna aprendió

que los volcanes no duermen,

trabajándose en las cumbres

silencio que el fuego enciende.

Es que desde su niñez

ve que los días florecen

la noche del horizonte

y las agonías mueren.

Y así a su vida da fuerza

la juventud de la muerte.

Selváticas intuiciones

racionalizan su mente.

Jamás vacilan sus pasos,

van escritos en su frente

y en los muros del hogar

bien a las claras los tiene.

No digo que son columnas,

sí digo que son paredes

para que el sol y la lluvia

sus esponsales celebren,

en cueros como los niños

y en alto como las fuentes.

La Palma, yo soy La Palma

abarloada al poniente.

Por la borda las nostalgias,

mi raíz es Taburiente

y si lo quiero mayor

lo multiplico por nueve.

No me digáis que conquiste,

esos son otros belenes,

siendo dueña de mí misma

todo lo tengo con creces.

Y así me llevo conmigo

a dondequiera que fuere,

que soy La Palma, La Palma

abarloada al poniente.

Para leer más:

García Cabrera, P.: Diez poemas. Gobierno de Canarias, 2005.

García Cabrera, P.: Vuelta a la isla. Fundación Pedro García Cabrera, Santa Cruz de Tenerife, 2005.