El monte, en el verso de José Martí

Naturaleza y poesía, poesía y naturaleza, se pueden fusionar en una única voz que despierte en las personas la fuerza necesaria para amar la vida y la paz en el planeta.

El poeta cubano José Martí (1853-1895), precursor del modernismo literario hispanoamericano, escribió en 1891 su obra Versos sencillos. En ella incluye un poema que nos invita a conocer su poesía como el que se adentra en la naturaleza -que acoge montes, ciervos, flores, manantiales- para hacernos llegar sus firmes sentimientos, llanos y sinceros.

   Si ves un monte de espumas
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas.

   Mi verso es como un puñal
Que por el puño echa flor:
Mi verso es un surtidor
Que da un agua de coral.

   Mi verso es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo.

   Mi verso al valiente agrada:
Mi verso, breve y sincero,
Es del vigor del acero
Con que se funde la espada.

Para leer más:

José Martí: Poesía completa. Alianza editorial, Madrid, 2013.

El otoño, en el verso de Fernando González

Sentir el transcurrir del tiempo a través de la impronta que deja en la Naturaleza cada una de las cuatro estaciones podría ser, quizás, una valiosa virtud para hacernos más humanos.

El otoño, la estación de las hojas en caída, ha inspirado la obra de artistas y literatos a lo largo de la historia. Traemos hasta aquí la poesía del escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, que desde su primera juventud ha escrito admirables palabras dedicadas al entorno natural, como es el caso de su poema Parque otoñal. En sus versos el poeta nos sugiere, con su ágil pluma, cómo la propia forma de la naturaleza puede despertarnos sentimientos, vivencias y recuerdos genuinamente humanos.

“¡Otoño! De los árboles despréndense las hojas
y ruedan por el parque llevadas por el viento.
Aquí una clara fuente con dolorido acento,
al aire va exhalando sus lánguidas congojas.

El viento juega con las hojas desprendidas
de los árboles mustios: Parecen, una a una
cayendo sobre el claro de cristal de la laguna,
un río sosegado de existencias perdidas.

En un silencio gris se duerme la alameda:
ni un pájaro sus cantos entona en la arboleda
donde en Abril cantaba un mago ruiseñor…

Los bancos, de hojarascas encuéntranse cubiertos,
y parecen los árboles espectros de los muertos
que, en vida, ¡allí gozaron mil caricias de amor!...”

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

El valle, en el verso de Fernando González

El acceso a la Naturaleza, en sus múltiples formas, es una fuente potencial de placer. La simple contemplación de la belleza natural, la escucha atenta del cantar de las aves o el transitar activo por un bosque son acciones que se han llegado a demostrar beneficiosas para el bienestar humano. Así nos lo han hecho saber también las palabras sentidas de los grandes literatos a lo largo de los siglos.

Las virtudes de un valle, con sus colores y aromas, donde vegetación, manantiales y pájaros pueden dejar su impronta, son capaces de despertar ricas emociones. Traemos hasta aquí el ejemplo vívido de la obra poética del escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, que desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular. Se trata de En el valle, poema con el que su autor nos transmite el placer que siente cada día cuando recorre el valle donde habita para buscar encantos que le emocionen.

“Entre el verdor del valle se divisa
mi casa, blanca como una paloma…
Crece a su alrededor la hierbaluisa
que llena el valle con su dulce aroma…

Y cual bravos gigantes se levantan
cubiertos de verdor, enhiestos pinos,
-donde las aves sus amores cantan-
dando sombra y frescor a los caminos…

Todas las tardes de placer henchido
recorro el valle plácido y florido,
buscando en sus encantos emociones;

Y el puro manantial de su belleza
me ofrece la gentil Naturaleza,
oculto entre sus valles floraciones…”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

El canto al bosque de Tomás Morales

Los bosques como ecosistemas cumplen funciones de transcendental importancia para la existencia de los seres vivos en el planeta Tierra. Más allá de esta funcionalidad ecológica, los bosques también han sido durante siglos fuente de inspiración creativa que ha permitido al ser humano expresar sus emociones y sentimientos más hondos a través de las diferentes disciplinas artísticas.

Desde el campo de la literatura, traemos hasta aquí los versos del escritor español Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias, contenidos en las tres primeras estrofas de su poema “Tarde en la selva”.

El poeta Tomás Morales, representante principal del movimiento modernista hispánico, nos sumerge con su alegoría al bosque en un mar de emociones y sentimientos. En aquella tarde de otoño, cuando reina la soledad de la naturaleza, se impone la activación de los sentidos para percibir la fragancia de las plantas, el sonido rítmico del agua, el abanico de colores que propician los rayos del sol…

“Tarde en la selva. Agreste soledad del paisaje,
decoración del rayo de sol entre el ramaje
y lento silabeo del agua cantarina,
madre de la armoniosa tristeza campesina.

¡Tarde en la selva! Tarde de otoño en la espesura
del boscaje, en el triunfo de la arboleda oscura,
bajo la advocación de las copas sonoras
y el plácido consorcio de las dormidas horas...

¡Oh paz! ¡Oh último ensueño crepuscular del día!
El ambiente era todo fragancia; atardecía,
y la lumbre solar, en fastuosas tramas,
quemaba en las florestas su penacho de llamas.
Todo el bosque era un hálito de aromas peculiares;
las hojas despertaban sus ritmos seculares
y, bajo ellas, soñando y a su divino amparo,
la música frescura del riachuelo claro,
que el salto de la roca transformaba en torrente.
(Caballera brumosa donde, divinamente,
ilustró el arco iris, con siete resplandores,
la fugaz maravilla de sus siete colores.).”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

El frondoso huerto de la isla de los feacios, en palabras de Homero

Durante el largo viaje y azaroso regreso a su patria, la anhelada Ítaca, Ulises deja el islote de Ogigia y alcanza la isla de los feacios. Allí, en la fértil Esqueria, sus habitantes viven “apartados en medio del mar y sus olas inmensas, al extremo del mundo sin mezcla con otros humanos”.

El exhausto Ulises, con la ayuda de Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, y la diosa Atenea, consigue llegar hasta la casa real. Es un palacio que cuenta con un placentero huerto, de gran belleza y frondosidad. Con las siguientes palabras nos lo describe Homero en la célebre Odisea, invitándonos a soñar en un lugar donde reina la felicidad:

“Por de fuera del patio se extiende un gran huerto, cercadas en redor por un fuerte vallado sus cuatro fanegas; unos árboles crecen allá corpulentos, frondoso: hay higueras que dan higos dulces, cuajados, y olivos. En sus ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo del poniente germinan los unos, maduran los otros: a la poma sucede la poma, la pera a la pera, el racimo se deja un racimo y el higo otro higo.

Tiene Alcínoo allí mismo plantada una ubérrima viña y a su lado se ve un secadero en abierta explanada donde da recio el sol; de las uvas vendimian las unas mientras pisan las otras; no lejos se ven las agraces que la flor han perdido hace poco o que pintan apenas. Por los bordes del huerto ordenados arriates producen mil especies de plantas en vivo verdor todo el año. Hay por dentro dos fuentes: esparce sus chorros la una a través del jardín y la otra por bajo del patio lleva el agua a la excelsa mansión donde el pueblo la toma. Tales son los gloriosos presentes que el cielo da a Alcínoo.”

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

El mar, en el verso de Fernando González

El escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, nos ha dejado un legado poético, de múltiple adscripción estética, que hasta fechas recientes ha atravesado un relativo olvido. Este “exquisito poeta”, en palabras de Azorín, desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular.

Antes de partir hacia Madrid en 1922, el joven poeta publica su primer libro, Las canciones del alba (1918), en el que incluye un poema dedicado al mar, el océano Atlántico que baña su espíritu y tanto añorará durante su estancia en aquella populosa ciudad. Se trata de Canción del mar, con la que su autor nos transmite el placer que siente al escuchar la belleza que irradian las fuerzas sonoras de las olas.

“Oh, mar poderoso, de fuerzas potentes y enormes empujes
que has visto los siglos pasar para siempre con la loca violencia.
¡Oh, tú que sostienes eterno combate, y, sonoro, crujes
contra los peñascos que, débiles, quieren domar tu potencia!

¡Oh, titán que llevas sobre tus costados mil embarcaciones!
¡Ante tu presencia reviven historias de tiempos pasados!
¡Hoy, sobre las aguas que un día surcaron civilizaciones,
se hunden, en la lucha de vida o de muerte, los acorazados!

El bravo marino del puño de acero y el brazo desnudo,
te envía en su canto de frágiles notas, su ardiente saludo,
que vibra entre el trueno tremendo que lanza, soberbio, el turbión.

¡Yo también te envío mi canto gallardo de versos sonoros!
¡Oh mar, más preciado, por tu omnipotencia, que regios tesoros,
yo estoy en tu orilla oyendo, extasiado, tu enorme canción!”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

Sentir la naturaleza: una cita con Andrés Sánchez Robayna

Sentir la naturaleza para sentir la vida.

Los rayos de sol, el follaje de los árboles, el paisaje de un pinar, el vuelo de unos pájaros, la silueta de las montañas, el sonido del agua, el silencio de las rocas… La naturaleza nos invita sabiamente a adentrarnos en ella con todos nuestros sentidos despiertos. Así nos lo sugiere el poeta español Andrés Sánchez Robayna (Islas Canarias, 1952-2025) con sus versos.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento de su obra Tinta, escrita entre 1978 y 1979, con el que Sánchez Robayna nos expresa su encuentro personal con la naturaleza un día cualquiera a las seis de la tarde.

«Gime la masa de los árboles. En el barranco, sacos, un círculo de piedras, el sol de las seis, la perfecta inmovilidad, el pinar en la línea curva de las últimas montañas, los ojos amarillos del gato negro. En los ojos del gato el sol sestea. La masa de los árboles, el agua estancada, ramas secas, el camino de piedras, bolsas de plástico brillante y negro movidas por el viento, arbustos displicentes, obedientes, milanos errabundos, los pájaros negros en el círculo henchido de las ramas de una palmera, eco de aguas que fluyen. En mis oídos suena el agua ronca del aire entre los platanares. El sol en una roca, la roca soleada, los actos del viento, las sombras de las piedras. Desde la ventana, todo respira y se responde: el vuelo circular de una golondrina, la tunera reseca, el cardón erecto, la sombra fugitiva de la golondrina, el arco de la pata del gato en la roca soleada -el salto sigiloso, misterioso-, las ramas secas, el murmullo cada vez más denso, las palabras que acalla el soplo ardiente, el golpear del viento de las seis de la tarde al fondo del barranco.»

Para leer más:

Andrés Sánchez Robayna: En el cuerpo del mundo. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2023.

El volcán del Teide, en el verso de Tomás Morales

Existe un volcán en las Islas Canarias que, con sus más de 3.700 metros, se erige en el pico más alto de España. Desde la antigüedad ha sido objeto de atención de navegantes y escritores. Los guanches, antiguos canarios que habitaron Tenerife, la isla en la que se impone esta majestuosa montaña, la temieron, pues fueron testigos directos de las formidables corrientes de fuego que emanaron de su cráter.

El poder evocador de este volcán de las conocidas como Islas Afortunadas ha sido recogido por escritores como el poeta español Tomás Morales (1884-1921), al que, desde Gran Canaria, la isla hermana donde nació, dedicó un poema de gran belleza modernista que intituló Himno al volcán. De él extraemos aquí las dos estrofas siguientes:

“Así te sueño, ¡oh Teide!, mientras tu cono gentil descuellas,
hoy te ven mis ojos -el mar por medio- de la isla hermana
desflorar el espacio y hender la linde de las estrellas,
dejando atrás las nubes, con tu orgullosa cabeza cana…

Así te ven mis ojos, mas yo te quiero fosco y bravío,
porque tú emblematizas con tu perenne desasosiego:
¡Pico de Tenerife, de continente sereno y frío!
¡La victoria más alta, la gran Victoria del hombre: EL FUEGO!...”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

El otoño, en el verso de Tomás Morales

Desde sus propios orígenes la vinculación del ser humano con la naturaleza ha convertido en necesidad su observación permanente para atisbar los cambios de las estaciones y de las condiciones meteorológicas.

Más allá de esta necesidad para la supervivencia, las distintas culturas y civilizaciones han visto en las distintas estaciones del año una fuente de inspiración para expandir la creatividad humana con la que poder expresar diferentes emociones propias de nuestra especie.

Desde el campo de la literatura, el otoño, por sus propias características, ha sido siempre una estación muy evocada por los poetas. Traemos hasta aquí, en esta ocasión, el siguiente poema que el escritor español Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias, dedicó a esta estación de ensueños grises y hojas amarillentas:

“Tarde de oro en Otoño, cuando aún las nieblas densas
no han vertido en el viento su vaho taciturno,
y en el sol escarlata, de púrpura el poniente,
donde el viejo Verano quema sus fuegos últimos.

Una campana tañe sobre la paz del llano,
y a nuestro lado pasan en tropel confuso,
aunados al geórgico llorar de las esquilas,
los eternos rebaños de los ángeles puros.

Otoño, ensueños grises, hojas amarillentas,
árboles que nos muestran sus ramajes desnudos…
Solo los viejos álamos elevan pensativos
sus cúpulas de plata sobre el azul profundo…

Yo quisiera que mi alma fuera como esta tarde,
y mi pensar se hiciera tan impalpable y mudo
como el humo azulado de algún hogar lejano,
que se cierne en la calma solemne del crepúsculo…”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

La casa, en el verso de Tomás Morales

La casa no es únicamente un bien que se compra, usa y vende para cubrir las necesidades diarias de cobijo de las personas. Una aproximación más amplia que la estrictamente económica nos revela otras dimensiones de este recurso indispensable para el desarrollo humano.

Así, desde el campo de las artes, en concreto desde la literatura, poetas como Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias (España), nos legó con su pluma de estilo modernista unos versos que exaltan las emociones que puede llegar a transmitirnos una casa tradicional, como la de tu tierra natal, que por sus valores cultural, identitario y artístico nos invita a preservar.

“¡Oh, la casa canaria, manantial de emociones!
Irregularidad de las anchas ventanas,
con dinteles que arañan devotas inscripciones
y, pintadas de verde, las moriscas persianas…

Llena está su fachada de un superior reposo,
y bajo la cornisa que festona la hiedra,
el corredor volado del balcón anchuroso
con retorcidos fustes y gárgolas de piedras…

-Se alboroza el espíritu ante un zaguán desierto:
de las plantas del patio viene un vaho fragante;
un descuido ha dejado el portón entreabierto,
como una insinuación a pasar adelante.-

Dentro será más bella: habrá tiestos floridos
y, soto las arcadas, colgantes jardineras;
habrá fuertes pilares de tea, renegridos,
sostén de las crujías y amor de enredadera.

Y en sombroso fondo del oscuro pasillo,
una clásica pila con su loza chinesca,
con la destiladera llena de culantrillo
y el bernegal de barro rebosando agua fresca…

¡Ah, la mansión pacífica de los antecesores!
Tienes luz de familia, tienes paz de santuario,
claramente embebida de cosas interiores:
¡para soñar o amar, albergue extraordinario!”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.