La isla de Lanzarote: una cita con Ángel Guerra

Lanzarote (Islas Canarias, España), tierra natal de Ángel Guerra

El escritor Ángel Guerra (1874-1950), en su corto relato de 1903 titulado Caminante, nos acerca a las inquietudes y añoranzas que invaden al protagonista, un caminante, acaso el propio autor.

Desconoce el caminante el porvenir al que le conducirán sus próximos pasos, pero, como bien refleja el siguiente fragmento, permanece en él, imborrable, la querencia por su patria nativa:

“Mi patria queda a la espalda de mi ruta, en lueñes tierras. Es un país de sol. Todo es luz allá, y cuando la noche cierra, aún es día en los ojos de sus mujeres. Las fuentes tienen alma. Sale el agua de las rocas gota a gota, como si un corazón hinchado de amor dentro de las piedras la llorara; igual que por mis párpados cerrados de ciego rezúmanse ahora, recordándola, las lágrimas.

Cielo y tierra, enamorados, eternamente mirándose, juegan a novios. Cuando él riñe, celoso y retira el sol, ella se torna triste y es penar verla. Mas, arrepentido, llora, y la amada le devuelve el llanto ¡en flores!

Así es el bello país donde naciera. Queda muy lejos, después de esas llanuras y más allá de aquellos montes. Si arribas algún día a él dobla la rodilla al verlo. Quizás para no mirar a otros, conservando dentro la imagen del mío, mis ojos cegaron para siempre”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

La lluvia: una cita con Ángel Guerra

Isla de La Graciosa (Canarias, España).

El agua es un bien especialmente preciado en aquellos hábitats donde la geografía impone su cruda aridez. La llegada de las lluvias puede cambiarlo todo, porque con ellas la vida tendría otro sustento, a la vez que invitarían a disfrutar de otros colores y olores.

El escritor Ángel Guerra (1874-1950), en su relato de 1907 titulado Al jallo, desarrolla la acción de sus personajes en la pequeña isla de La Graciosa (Canarias, España). Se trata de un territorio insular árido y sediento. De sus páginas extraemos el siguiente fragmento con el novelista concede a la lluvia el máximo protagonismo.

“Bien vendría la lluvia que se anunciaba. Fecundaría la tierra, daría pastos en abundancia y pronto llegarían los pastores al frente de sus rebaños. Además, la islilla perdería su aspecto desolado, de color rojizo la tierra, verdeando hermosamente transformada. Sobre todo, ¡con qué fruición todos olfateaban el vaho de la tierra mojada! Acostumbrados a la sedienta sequedad de los campos, durante años y años, no ya el esplendor de la hierba verdeante y fresca, sino el perfume acre y húmedo de la tierra que la lluvia refrescara, daba a sus rostros un viso de alegría y a sus espíritus un ímpetu de contento instintivo e inexplicable”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

La Laguna de Janubio en palabras de Agustín Espinosa

Existe en la isla canaria de Lanzarote un pequeño lago costero de origen volcánico, conocido con el nombre de Laguna de Janubio, que ha despertado la atención tanto de científicos como de literatos.

Esta laguna, relacionada con la formación de las mayores salinas artesanales de las Islas Canarias, ha sido declarada espacio natural protegido bajo la figura de “sitio de interés científico”. Constituye un importante lugar de refugio y nidificación de aves migratorias, lo que ha permitido que sea incluido en la red de zonas de especial protección para las aves (ZEPA) de la Unión Europea.

Pero la laguna y salinas de Janubio ofrecen, además de un incuestionable valor científico, biológico y geológico, una belleza y armonía singulares que han inspirado la creatividad de los literatos. En 1929 el escritor Agustín Espinosa (1897-1939) describió este paraje isleño con las siguientes palabras:

“El lago de Janubio es el sentimiento marino de Lanzarote hecho realidad. Un pedazo de azul robado al Océano. La respuesta tímida de la isla al abrazo redondo del mar.

El lago de Janubio tiene una vía ancha hacia el Océano. Tiene patos chilladores. Tiene, además -a su espalda- salinas. Por la vía ancha hacia el Océano, entra la sal nueva que necesita el lago de Janubio, para tener salinas a su espalda. Por la vía ancha hacia el Océano, entran también esos pescados de nombres tan diversos -herreras, roncadores, galanas, zaifíos, catalinetas, lebranchos, longorones- que necesita el lago de Janubio, para tener patos -patos chilladores- en su casa.

Esto podía bastarle al lago de Janubio: sus salinas, como una ordenación -filosófica, pictórica, fonéticamente- de cadinas rubias tras su sultán, sus patos, que imitan el claxon sobre los crepúsculos y se miran en el espejo salado a la hora de comer.

Pero el lago de Janubio ha querido tener también su fiesta de magia. Aliado con el viento, obtener el espectáculo perenne que únicamente esa alianza podía traerle.

Ha llamado al viento y le ha dicho:

-Sobre mi panza, sobre la panza redonda del mar, sabes mover, deliciosamente, barquitos de una sola vela, barquitos de dos velas, barquitos, tal vez, hasta de veinte velas. Sobre la panza morena de la Isla, sabes mover las teclas largas de los molinos. Probablemente, sabrás hacer otras muchas cosas admirables. Pero yo te invito a que ensayes conmigo el juego de manos más estupendo que nunca hayas podido pensarte. Se trata, sólo, de que aprendas a cazar mis espumas. Aprésalas como puedas. Llévalas donde quieras. Hacia el Norte, hacia el Sur, hacia el Este, hacia el Oeste. Que los hombres de la Isla las vean. Tal vez no hayan visto nunca nada semejante. Creerán que son pájaros blancos. Tú les dirás que son pájaros blancos, hijos del pato más albo y de la ola más salada del lago”.

Para leer más:

Agustín Espinosa: Lancelot 28º-7º (Guía integral de una isla atlántica). Ediciones Alfa, Madrid, 1929.

La belleza de las palmeras, en palabras de Sabino Berthelot

El sabio botánico francés Sabino Berthelot (1794-1880), gran estudioso de la flora de las Islas Canarias, describió como pocos la belleza y armonía que transmiten las palmeras a los ojos de todo aquel que las observe con cierta sensibilidad.

Para Berthelot, como escribió en su obra Árboles y bosques, las palmas, entre las que se encuentra la palmera canaria (Phoenix canariensis), si son observadas aisladamente, son los monumentos más majestuosos del reino vegetal. Admiradas en floresta las palmas ofrecen un cuadro pictórico difícilmente superable por cualquier obra artística creada por el hombre.

“Entre los vegetales que la naturaleza ha repartido sobre la superficie del globo, no hay ninguno cuyo aspecto sea tan majestuoso como las Palmas. Procuremos pintar estos bellos árboles que por la elegante simplicidad de su porte, la distribución y la forma de su follaje, componen un grupo enteramente distinto en la Flora del mundo actual. Las Palmas generalmente no tienen ramas y sus tallos terminan en un solo haz de largas hojas. Observada aisladamente, la Palma se eleva sobre la tierra como un monumento del reino orgánico, y sin duda a su vista fue como el hombre tuvo la primera idea de la columna; tomados en masa, estos grandes árboles no son menos imponentes. Una floresta de Palmas ofrece un cuadro que la pintura no podría reproducir y que no puede describirse sino imperfectamente; al penetrar bajo su sombra, se siente uno transportado de admiración; haces de hojas que se despliegan en garbas a una altura de sesenta y hasta más de cien pies sobre el suelo, forman por su aproximación una inmensa bóveda de verdor sostenida por una multitud de troncos rectos y esbeltos. Hay armonía en esta disposición, y a pesar de todos los recursos del arte y de todos los esfuerzos del genio, los edificios construidos por la mano del hombre no pueden igualar a estas grandes obras de la creación.”

Para leer más:

Sabino Berthelot: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

La Isla de Tenerife, en palabras de Antonio de Viana

El archipiélago de Canarias ha recibido desde tiempos antiguos el sobrenombre de Islas Afortunadas, en boca de sabios, viajeros y navegantes. De estas ínsulas atlánticas, Tenerife es la de mayor superficie, encontrándose coronada por el magnífico volcán del Teide.

Nació en Tenerife el poeta Antonio de Viana (1578-1650?), célebre por su obra Antigüedades de las Islas Afortunadas. Traemos hasta aquí los siguientes endecasílabos de este poema épico con los que Viana encumbra de forma literaria la isla que lo vio nacer hace más de cinco siglos:

   “Yace en medio de todas, como a donde
consiste la virtud, la gran Nivaria,
famosa Tenerife, que en ser fértil,
más bien poblada y de mayor riqueza,
a esotras seis con gran ventaja excede:
es mi querida y venturosa patria,
y de ella como hijo agradecido,
más largamente, antigüedad, grandezas,
conquista y maravillas raras canto.
   Tiene entre lo más alto de sus cumbres,
un soberbio pirámide, un gran monte,
Teida famoso, cuyo excelso pico
pasa a las altas nubes, y aun parece
que quiere competir con las estrellas;
puede cantarse dél lo que de Olimpo:
que si escribieren con cenizas débiles
en él, no borrará el aire las letras,
que excede a su región la cumbre altísima”.

Y continúa el poeta Viana con su descripción del pico del Teide, al que denomina Teida:

   “Al fin es de seis millas el circuito
del Teida, y doce o más, tiene de altura;
suele vestirse blanca y pura nieve,
y entre ella exhala humo espeso y llamas
por crietas que descienden al abismo,
manando verdinegra piedra azufre”.

Para leer más:

Antonio de Viana: Antigüedades de las Islas Afortunadas. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1991.

Una cita con Sabino Berthelot y la Caldera de Taburiente

Caldera de Taburiente, La Palma, Islas Canarias.

La Caldera de Taburiente de la Isla de La Palma (Canarias) es un espacio natural único que alcanzó su máxima protección en 1954, cuando fue declarado Parque Nacional de España. Este inmenso circo de origen erosivo, que se asemeja a un enorme cráter volcánico, alcanza unos desniveles próximos a los 2.000 m. Sus valores naturales, geológicos y arqueológicos han sido estudiados y admirados por científicos, artistas y naturalistas.

Sabino Berthelot (1794-1880), el ilustre naturalista francés que amó las Islas Canarias, a cuyo estudio dedicó buena parte de su vida, nos dejó escritas sus impresiones personales sobre la riqueza vegetal que hospedaba la Caldera de Taburiente tras visitar la isla palmera en 1829:

“Pero principalmente en la famosa Caldera es donde hemos encontrado en 1829 los más bellos árboles de las Canarias: en presencia de esos vegetales seculares ocultos en las profundidades de aquel vallejo volcánico, da uno por bien empleadas las fatigas y los peligros que ha sido necesario vencer para llegar a este antiguo cráter. Sorprendidos desde luego con la mescolanza de aquella vegetación salvaje que ha echado raíces sobre aquellas rocas basálticas, no lo fuimos menos al aspecto de un gran almácigo cuyo tronco tenía más de siete pies de diámetro, y de un pino de igual dimensión, confundido entre los laureles, hayas y brezos. En los bordes de torrente que atraviesa la Caldera, admiraba yo otro pino cuyas robustas ramas sombreaban un espacio inmenso y formaban una bóveda de verdura que hubiera podido guarnecer a un gran rebaño. Este árbol imponente era quizá contemporáneo de las últimas revoluciones que habían trastornado todo este recinto. Enfrente se elevaban rocas amenazadoras, montañas sobre montañas, y precipicios que desde las crestas culminantes de la isla caían a pico en el fondo del abismo. La vegetación de este sitio singular, compuesta de las especies más discordantes, guarnecía los primeros asientos de las escarpas; las palmas de dátiles crecían al lado de los pinos, y las plantas del litoral venían a confundirse con las de la región alta. Por su carácter grandioso, la flora de la Caldera lleva en sí un sello particular; sus bellezas principales consiste en lo gigantesco de las formas, en las extravagante distribución de sus producciones, y más todavía en los contrastes que resultan del desorden de esta reunión de árboles y plantas diversas en un espacio que apenas mide un cuarto de legua en contorno”.

Para leer más:

Sabino Berthelot: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

René Vernau y el viejo pastor

El antropólogo francés René Vernau (1852-1938) fue un gran amante de las Islas Canarias (España), a las que consagró varios años de su vida. Interesado por la cultura de los guanches, los antiguos canarios que habitaban el Archipiélago antes de ser conquistado por los europeos en el siglo XV, conoció de primera mano las siete islas donde vivió cinco años.

Durante su estancia en la isla de Tenerife, en busca de cuevas, yacimientos y todo tipo de legado de los antiguos aborígenes, se acercó en cierta ocasión a las pequeñas aldeas próximas a Icod de los Vinos. Allí coincidió con varios lugareños, entre ellos un viejo pastor con el que entabló una conversación de la que extraería alguna enseñanza o, al menos, le envolvería en la duda científica.

“Un poco más arriba encontré en una cabaña un tipo más curioso que la vieja. Era un viejo pastor, vestido con un simple calzón corto y con unos andrajos que debían haber sido un camisa. Las piernas las tenía cubiertas con unas polainas de piel de cabra; en los pies llevaba sandalias del mismo material, y en la cabeza una especie de gorro que se había hecho él mismo con la lana de sus ovejas. Si no hubiese sido por el calzón y los restos de la camisa, hubiera podido creerme en presencia de un viejo guanche que no había tenido nunca relaciones con los europeos. Me invitó a entrar en su vivienda y me ofreció leche. ¡Cuál sería mi sorpresa al ver el mobiliario! En una esquina una cama de helechos; al lado, un molino guanche y una vasija basta, completamente iguales a los que usaban los viejos insulares. Una flauta de caña, una escudilla de madera y un saco de piel de cabra lleno de gofio, completaban el mobiliario. No podía creer a mis ojos y examinaba atentamente la vasija y el molino. Viendo mi asombro, el anciano me explicó que los había encontrado en una cueva habitada antiguamente por “los guanches” y que los utilizaba desde hacía mucho tiempo. No pude convencerle para que se deshiciera de estos objetos tan interesantes. A mis ofertas de dinero respondía que no tenía necesidad de nada para el poco tiempo que le quedaba de vida.

Volvía a Icod todo soñador, pensando en el viejo guanche contento de su suerte en medio de su miseria, y me preguntaba si realmente la civilización hace la felicidad del hombre”.

Para leer más:

René Vernau: Cinco años de estancia en las Islas Canarias. Ed. J. A.D. L., La Orotova, 1992 (4ª edición en español).

Una cita con la Selva de Doramas, en palabras de Viera y Clavijo

Hace varios siglos existía en la isla de Gran Canaria (Canarias) un gran bosque de laurisilva que se hizo célebre por albergar a Doramas, el gran guanarteme aborigen que hizo frente a los conquistadores, y por la exuberancia natural que en él se concentraba.

Hoy apenas nos quedan vestigios de aquella emblemática Selva de Doramas, que ha visto cómo los procesos continuados de deforestación la han ido menguando poco a poco.

Gracias al historiador y escritor canario José de Viera y Clavijo (1731-1813), conocemos algo más de lo que fue aquel bello y rico paraje natural, tal y como lo contemplaron hace unos 250 años sus ojos curiosos e ilustrados.

“Está situada esta célebre montaña de Doramas, llamada vulgarmente Oramas, en el término de Teror, distante poco más de cuatro leguas de la ciudad de Las Palmas. Su extensión es de casi seis millas. Muéstrase allí la naturaleza en toda su simplicidad, pero nunca tan rica, tan risueña ni tan agradable. Ésta parece su obra más exquisita por la diversidad y espesura de árboles robustos siempre verdes, descollados, rectos fértiles y frondosos. Jamás ha penetrado el sol el laberinto de sus ramas ni las yedras, hibalveras y zarzas se han desprendido de sus troncos. La gran copia de aguas claras y sumamente frías que en arroyos muy caudalosos cortan y bañan el terreno por diferentes parajes, especialmente en las que dicen madres de Moya, conservan un suelo siempre entapizado de hierbas medicinales y olorosas. El canto de los pájaros y el continuado vuelo de las aves que allí habitan en infinitas tropas dan un aspecto delicioso a toda la selva. Entre ella una imaginación poética y se verán por todas partes náyades, dríades, etc. Los paseos dilatados y planos parecen un esmero del arte y agradan más porque no lo son”.

Para leer más:

José de Viera y Clavijo: Historia General de las Islas Canarias. Nivaria Ediciones, La Laguna, 2016. (Libro Segundo, capítulo 22: Descripción de la montaña de Doramas).

Una cita de José de Viera y Clavijo sobre las Islas Canarias

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Al historiador y escritor José de Viera y Clavijo (1731-1813), máximo exponente de la Ilustración canaria, le debemos una amplia obra, entre la que destaca Historia General de las Islas Canarias.

Viera, en su propósito de conocer el origen y la etimología de las Islas Canarias, conocidas también como Afortunadas, reúne descripciones geográficas del Archipiélago, como la que hizo el rey Juba II y que conservó Plinio, el célebre naturalista.

“Que las Afortunadas no estaban muy distantes de las islas Purpurarias. Que la primera se llamaba Ombrios, y no tenía vestigios de edificios, sino un estanque en los montes y ciertos árboles a manera de férulas que, exprimidos, daban los de color oscuro un agua amarga, y los más blancos un agua muy grata al paladar. Que otra isla se llamaba Junonia y tenía una casilla de piedra. Que inmediata a ésta había otra isla menor del mismo nombre. Que después estaba la isla de Capraria, llena de unos  lagartos grandes. Que en frente de ellos quedaba la Nivaria, nombrada así por estar casi siempre nebulosa, a causa de su continua nieve. Que a corta distancia se veía la isla de Canaria, llamada así por la multitud de perros de extraña grandeza, de los cuales se le llevaron dos a Juba. Que aquí se reconocían monumentos de algunos edificios. En fin, que todas estas islas abundaban en todo género de frutas y aves, en palmas que producen dátiles, en piñas de pino, en miel, y que en sus riachuelos se cogía el junco de que se hacía papel y se criaban ciertos peces llamados silurios, etcétera”.

Para leer más:

José de Viera y Clavijo (1772): Historia General de las Islas Canarias. (Libro Primero, capítulo 18: Opiniones sobre el origen y etimología del nombre de Canaria).