La pequeña huerta de Wangari Maathai

Wangari Maathai (1940-2011), conocida como La Mujer Árbol, fue una keniana que luchó por la defensa del medio ambiente y los derechos humanos. Fundadora del Movimiento Cinturón Verde, en 2004 recibió el Premio Nobel de la Paz por su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz.

Nació en el seno de una familia humilde de la tribu kikuyu en la aldea de Ihithe, cuando Kenia era colonia británica. Allí, aprendió, desde su temprana niñez, a amar la naturaleza y las plantas. En la pequeña parcela donde se inició como agricultora precoz de la mano de su madre, experimentó con asombro el germinar de las semillas y el brotar de las plantas, cuyos frutos y flores invitaban a contemplar la llegada de pájaros, mariposas y abejas.

«Mi madre me cedió un pedazo de tierra de unos cinco metros cuadrados y me instruyó en la plantación y el cuidado de los cultivos. En la estación de lluvias, siempre me decía» No holgazanees cuando llueve. Aprovecha para plantar algo». Y así lo hacía. Cuando llegaba la lluvia, plantaba boniatos, judías, maíz y mijo. Como mi parcela era tan pequeña y yo plantaba al inicio del ciclo de cultivo, pasaba mucho tiempo contemplando el germinar de las semillas. A veces, la impaciencia me hacía desenterrarlas para ver en qué fase estaban. ‘No, no y no -decía entonces mi madre-. No saques las semillas de la tierra. Debes dejar que hagan su trabajo a solas. Pronto asomarán los brotes’. Y para mi sorpresa así sucedía.

Al principio el maíz produce unas borlas, lo cual me parecía milagroso. ‘¿Pero de dónde sale esto?’, solía preguntarme. Después se formaban las mazorcas y con ellas llegaban también los pájaros. Me gustaba mirar los pájaros mientras intentaban comerse mi maíz, ¡aunque en ocasiones tenía que cubrir las mazorcas para impedir que se lo terminaran! Cuando mis judías daban su flor, llegaban las abejas y las mariposas. Y como mis plantas eran las primeras en brotar, eran también las primeras en recibir la visita de esos insectos. Recuerdo que entonces corría entusiasmada a contarle a mi madre lo que sucedía en mi pequeña huerta y, aunque ella no sabía nada sobre la polinización, me decía que la presencia de mariposas y abejas indicaba que mis plantas estaban creciendo como debían y que pronto darían su fruto».

Para leer más:

Wangari Maathai: Con la cabeza bien alta. Editorial Lumen, Barcelona, 2007.

La educación y la naturaleza para Wangari Maathai

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La keniana Wangari Maathai (1940-2011) luchó por la defensa del medio ambiente y los derechos humanos, por lo que fue reconocida en 2004 con el Premio Nobel de la Paz. Su mayor legado es posiblemente la existencia hasta hoy del Movimiento Cinturón Verde.

Firme defensora de los árboles, promulgó una educación apegada a la tierra.

«Aun teniendo estudios superiores, jamás se me hizo extraño trabajar con las manos, a menudo de rodillas, junto a aquellas mujeres campesinas. Durante los años ochenta y noventa, hubo políticos y otros personajes públicos que trataron de ridiculizarme por ello; sin embargo, yo jamás di ninguna importancia a aquellas críticas. Además, las mujeres valoraban que estuviera dispuesta a trabajar con ellas para mejorar sus vidas y el medio ambiente. A fin de cuentas, yo también era hija de aquella tierra.

La educación, para que realmente sirva de algo, no debe alejar a la gente de la tierra sino enseñarle a respetarla, puesto que la gente con educación está en disposición de entender lo mucho que hay en juego. El futuro del planeta es un asunto que nos concierne a todos y debemos hacer cuanto esté en nuestras manos por protegerlo. Como les dije a los arboricultores y a las mujeres, nadie necesita un diploma para plantar un árbol».

Para leer más:

Wangari Maathai: Con la cabeza bien alta. Editorial Lumen, Barcelona, 2007.

Una cita con los árboles de Wangari Maathai

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Wangari Maathai (1940-2011), conocida como La Mujer Árbol, fundó el Movimiento Cinturón Verde y recibió en 2004 el Premio Nobel de la Paz por su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz.

Con su Movimiento se propuso plantar un árbol por cada habitante de Kenia, lo que equivalía en aquel momento a un total de quince millones. La consigna era «Una persona, un árbol».

«Los árboles han sido parte fundamental de mi vida y me han enseñado multitud de cosas. Los árboles son símbolos vivos de paz y esperanza. Un árbol hunde sus raíces en la tierra pero se alza hasta el cielo, demostrándonos así que debemos mantener los pies en el suelo, pues por alto que nos propongamos llegar, la fuerza procederá siempre de nuestras raíces. Nos recuerda, a todos los que hemos logrado el éxito, que no debemos olvidar de dónde venimos. Nos hace entender que por mucho poder que ostentemos y por muchos premios que recibamos, nuestra fuerza y capacidad de alcanzar objetivos depende de la gente, de aquellos cuya labor y esfuerzos pasan inadvertidos y que se convierten la tierra de la que nosotros crecemos, en los hombros en los que nos apoyamos».

Para leer más:

Wangari Maathai: Con la cabeza bien alta. Editorial Lumen, Barcelona, 2007.

Wangari Maathai y el monte Kenia

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Wangari Maathai (1940-2011), conocida como La Mujer Árbol, fue una keniana que luchó por la defensa del medio ambiente y los derechos humanos. Fundó el Movimiento Cinturón Verde y en 2004 recibió el Premio Nobel de la Paz por su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz.

De orígenes muy humildes, nació en el seno de una familia de la tribu kikuyu en la aldea de Ihithe,  cuando Kenia era colonia británica. Para los kikuyu Dios moraba en el monte Kenia, la segunda cima más alta de África, que la propia Wangari Maathai describió con estas memorables palabras:

«Todo lo bueno tenía su origen allí: las lluvias abundantes, los ríos, las corrientes y el agua cristalina. Ya fuera para rezar, enterrar a sus muertos o realizar sacrificios, los kikuyu se volvían hacia el monte Kenia y, cuando construían sus hogares, se aseguraban de que las puertas estuvieran orientadas hacia allí. La gente creía que, mientras el monte fuera monte, Dios estaría con ellos y nunca les faltaría de nada. Las nubes que con frecuencia cubrían el monte solían ser señal de lluvia inminente, y siempre y cuando siguiera lloviendo, a la gente no le faltaría la comida, el ganado podría alimentarse y todos vivirían en paz.

Lamentablemente, hoy en día estas creencias y tradiciones han desaparecido casi por completo (…) Tras los misioneros llegaron los comerciantes y administradores que introdujeron de forma generalizada nuevos métodos para explotar nuestros ricos recursos naturales: la tala, la deforestación de nuestros territorios, la plantación de nuevas especies de árboles, la caza y la implantación de la agricultura comercial. Los lugares sagrados perdieron su santidad y fueron explotados al tiempo que los nativos se volvían cada vez más insensibles a la destrucción, que aceptaban como una señal de progreso».

El día que Wangari Maathai recibió la noticia de que era distinguida con el Premio Nobel lo celebró plantando un tulípero del Gabón y acordándose del monte Kenia:

«Entonces clavé la vista en el monte Kenia, mi fuente de inspiración, y la de tantas generaciones antes que la mía, y reflexioné sobre lo maravilloso que era encontrarme en aquel momento en aquel lugar, celebrando una noticia histórica con la montaña de fondo. Ya se sabe que la montaña es algo tímida y que su cima suele aparecer cubierta por un manto de nubes. Aquel día estaba oculta. Y aunque a mi alrededor el sol bañaba el paisaje, la montaña se escondía. Me esforcé por verla, la busque con los ojos y con el corazón, mientras recordaba las muchas veces que me he preguntado si lograría sobrevivir a los daños que estamos causando. Seguí buscándola y llegué a la conclusión de que la montaña estaba festejando la noticia conmigo: seguro que el Comité Nobel también había percibido la llamada de la naturaleza. La miré fijamente y sentí que, con toda probabilidad, estaba llorando de alegría y escondía sus lágrimas tras un velo de nubes blancas. En ese instante tuve la sensación de estar pisando suelo sagrado».

Para leer más:

Wangari Maathai: Con la cabeza bien alta. Editorial Lumen, Barcelona, 2007.