La loa a los campos de Virgilio

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Con esta loa, extraída del Libro segundo de las Geórgicas, el poeta clásico Publio Virgilio (70 a. C.-19 a. C.) exalta las virtudes de los campos, de las que sus cultivadores son los más afortunados.

“¡Oh labradores bien afortunados, si conociesen su fortuna! Para quien, justísima, la tierra, lejos de las armas en discordia, ofrece a haldadas su sustento fácil. Si para ellos, el palacio alto, de soberbias puertas, no vomita una gran ola de mudrugadores que van a saludarles, ni boquiabiertos se extasían ante los dinteles de bellas conchas incrustados, ni ante los ropajes bordados de oro, ni ante los bronces efireyos, ni la lana blanca afeitada con tinta asiria, para ellos, y la casia no gasta la pureza de su claro aceite. Pero, en cambio, no les falta segura quietud y vida que ignora el engaño, rica de riquezas variadas; y ni ocios en sus campos libres; grutas y vivos lagos, y valles frescos, y mugidos de bueyes y, bajo un árbol, sueños apacibles; selvas allí y guaridas de salvajina y juventud parca y paciente; días de fiesta y padres reverenciados. Emigrando de la tierra la Justicia, marcó entre ellos sus postreros pasos. Pero ténganme a mí las Musas, sobre cualquiera otra cosa dulces, cuyos ritos celebro y en cuyo gran amor estoy prendido; muéstrenme ellas los caminos del cielo y muéstrenme los astros los varios fallecimientos del sol y los desfallecimientos de la luna; de dónde el temblor viene a las tierras; con qué fuerza, rotas sus valías, los profundos mares se entumecen y después se recogen en sí mismos; por qué los soles invernales se apresuran tanto a mojarse en el Océano o qué retardo detiene las perezosas noches del estío. Pero si no puedo allegarme a estos misterios de la Naturaleza y, en derredor del corazón, fría la sangre se me cuaja, agrádenme los campos y la fluvial dulzura con que rueda el agua en el fondo de los valles, ¿dónde estáis? ¿Y dónde está Esperqueo; dónde el Taigetán, donde por las fiestas de Baco va a danzar las doncellas de Lacedemonia? ¡Oh, quién me pusiera en los frescos valles del Hemo y me cobijara bajo la gran sombra de las ramas!”.

Para leer más:

Publio Virgilio (29. a. C.): Geórgicas.

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Los orígenes de la agricultura en palabras de Virgilio

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El poeta romano Publio Virgilio (70 a. C.-19 a. C.) desarrolla en Geórgicas un auténtico tratado poético sobre el mundo rural. Con este poema de cuatro libros se adentra en la vida en el campo para informarnos y seducirnos sobre todo lo relativo a la agricultura: orígenes, técnicas, meteorología, los cultivos y sus cuidados…

Con estas palabras expresa Virgilio, en el Libro primero de sus Geórgicas, cómo fueron los orígenes de la agricultura en tiempos de Júpiter:

“Antes que Júpiter, colono alguno no mullía el campo, ni era cosa lícita señalar en él lindes ni cotos; era común su goce, y la tierra misma cortés lo daba todo y producía el fruto que nadie pedía. Él asimismo metió en el seno de las negras serpientes el veneno; él mandó que saltearan a los lobos, y al mar que se moviese, despojó las hojas de su miel y escondió el fuego, secó el raudal de vino que por doquier corría, a fin de que la experiencia industriosa alumbrase poco a poco varias artes y en los surcos buscase el trigo y sacudiese el abstruso fuego de las venas de pedernal. Entonces por primera vez sintieron los ríos la pesadumbre de los excavados álamos; entonces el marinero designó los astros por seres y por nombres: Pléyades, Híadas y la Osa luciente de Licaón. Entonces se inventó cazar las fieras con lazos y engañoso cebo y cercar con canes las silvestres gándaras. Y el otro con barredera red escombra el anchuroso río; y el otro saca arrastrando el mar el limo que rezuma. Entonces el rigor del hierro y el crujir chirriante de la sierra (pues los hombres primeros, a favor de cuñas, desgarraban el hediondo leño), entonces vinieron las variadas artes. Todo lo vence el pertinaz trabajo y la estrecha necesidad que aprieta en trances duros”.

Para leer más:

Publio Virgilio (29. a. C.): Geórgicas.

 

La idea de riqueza en la obra de David Ricardo

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Uno de los grandes economistas de la escuela clásica, David Ricardo (1772-1823), se ocupó, en su célebre obra Principios de economía política y tributación (1817), del crecimiento económico a largo plazo de las naciones.

En su análisis retoma de Adam Smith la distinción entre valor en cambio y valor en uso para diferenciar sus conceptos de valor y de riqueza:

“la riqueza difiere esencialmente del valor, ya que éste depende no de la abundancia sino de la facilidad o dificultad de la producción (…) todas las cosas suben o bajan de valor en proporción a la facilidad o dificultad con que se producen, o, en otras palabras, en relación con la cantidad de trabajo empleado en su producción”.

David Ricardo centró su investigación en el especial papel que desempeñaba la agricultura en el conjunto de la economía de su época así como en la distribución del producto entre terratenientes, capitalistas y trabajadores. Según las condiciones que presentara la agricultura podría derivarse una mayor o menor tasa de beneficios de la economía, motor, en última instancia, del mayor o menor crecimiento económico de una nación.

En palabras del propio Ricardo:

“El producto de la tierra -todo lo que se obtiene de su superficie mediante la aplicación aunada del trabajo, la maquinaria y del capital- se reparte entre tres clases de la comunidad, a saber: el propietario de la tierra, el dueño del capital necesario para su cultivo, y los trabajadores por cuya actividad se cultiva. Pero en distintas formas de sociedad, las proporciones del producto total de la tierra que serán imputadas a cada una de estas tres clases, bajo los nombres de renta, utilidad y salarios, serán esencialmente diferentes, dependiendo principalmente de la fertilidad real del suelo, de la acumulación de capital y de población, y de la habilidad, del ingenio y de los instrumentos utilizados en la agricultura”.

Comparte con la corriente principal de la economía clásica el temor por la llegada del “estado estacionario”, aquella situación en la que la acumulación de capital se detendría imposibilitando la generación de riqueza y el aumento del producto de la nación, llegando a amenazar el propio bienestar de la población. La tierra presenta rendimientos decrecientes y en una situación de crecimiento de la población los salarios y los precios de los alimentos aumentarían, mientras que descendería la tasa de beneficios de la agricultura y por tanto también la acumulación de capital en toda la economía. Esta nueva situación haría que la población se reajuste, tendiéndose en este proceso al estado estacionario.

Para leer más:

David Ricardo (1817): Principios de economía política y tributación.