El frondoso huerto de la isla de los feacios, en palabras de Homero

Durante el largo viaje y azaroso regreso a su patria, la anhelada Ítaca, Ulises deja el islote de Ogigia y alcanza la isla de los feacios. Allí, en la fértil Esqueria, sus habitantes viven “apartados en medio del mar y sus olas inmensas, al extremo del mundo sin mezcla con otros humanos”.

El exhausto Ulises, con la ayuda de Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, y la diosa Atenea, consigue llegar hasta la casa real. Es un palacio que cuenta con un placentero huerto, de gran belleza y frondosidad. Con las siguientes palabras nos lo describe Homero en la célebre Odisea, invitándonos a soñar en un lugar donde reina la felicidad:

“Por de fuera del patio se extiende un gran huerto, cercadas en redor por un fuerte vallado sus cuatro fanegas; unos árboles crecen allá corpulentos, frondoso: hay higueras que dan higos dulces, cuajados, y olivos. En sus ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo del poniente germinan los unos, maduran los otros: a la poma sucede la poma, la pera a la pera, el racimo se deja un racimo y el higo otro higo.

Tiene Alcínoo allí mismo plantada una ubérrima viña y a su lado se ve un secadero en abierta explanada donde da recio el sol; de las uvas vendimian las unas mientras pisan las otras; no lejos se ven las agraces que la flor han perdido hace poco o que pintan apenas. Por los bordes del huerto ordenados arriates producen mil especies de plantas en vivo verdor todo el año. Hay por dentro dos fuentes: esparce sus chorros la una a través del jardín y la otra por bajo del patio lleva el agua a la excelsa mansión donde el pueblo la toma. Tales son los gloriosos presentes que el cielo da a Alcínoo.”

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

El limonero de Antonio Machado

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El poeta español Antonio Machado (1875-1939) nos legó una extensa obra de singular calidad. De ella podemos extraer versos que evocan los años de su infancia en la casa de Sevilla donde nació.

Aquella casa gozaba de un huerto y un patio donde Machado respiraba campo y naturaleza, dejándoles una profunda huella en su memoria: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”.

A este árbol de “frutos de oro”, que tenía como compañera inseparable “la fuente limpia”, le dedica Antonio Machado el poema VII de Soledades, su primer libro publicado en 1903.

   El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro...
                  Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja;
alguna sombra sobre el banco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.
   En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.
   Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.
   Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.
   Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan...
   Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.

Para leer más:

Antonio Machado: Poesías completas. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1998.

Una cita con el huerto de Miró

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El artista español Joan Miró (1893-1983), uno de los máximos representantes del surrealismo, concebía el arte como una forma de horticultura. Dotado de una gran creatividad, inteligencia, sensibilidad e intuición, Miró dio vida a su universo artístico como lo haría un artesano, o un hortelano que cultiva su huerto. Así, fertilizaba Miró sus múltiples semillas artísticas en el taller:

«Considero que mi taller es como un huerto. Por allí hay alcachofas. Por aquí, patatas. Hay que podar las hojas para que los frutos se desarrollen. Llega un momento en que hace falta cortar.

Trabajo como un hortelano o como un viñatero. Las cosas llegan lentamente. Mi vocabulario de formas, por ejemplo, no lo he descubierto de una vez. Se formó casi a mis pesar.

Las cosas siguen su curso natural. Crecen, maduran. Hace falta injertar. Hay que regar, como se hace con las lechugas. Así maduran en mi espíritu. Por ello trabajo siempre en muchísimas cosas a la vez. E incluso en dominios diferentes: pintura, grabado, litografía, escultura, cerámica».

Para leer más:

Joan Miró: Yo trabajo como un hortelano. Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2018.