Azorín y el amor a los paisajes

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El escritor español José Martínez Ruiz, más conocido por Azorín (1873-1967), nos reveló desde los tempranos comienzos de su obra literaria un sentido amor por la naturaleza.

En Bohemia, libro de cuentos publicado en 1897, incluye uno, al que da por título Paisajes, con el que consigue persuadirnos de la profundidad con la que podemos llegar a admirar lo natural.

El protagonista innominado de este cuento confiesa el anhelo de escribir su gran libro, que titulará Paisajes. Con él, como si fuera “un álbum de acuarelas” el ilusionado escritor pretende capturar y dejar impresas las múltiples sensaciones que la Naturaleza siempre le ha provocado ante la constante contemplación de los paisajes de su tierra natal.

«Sí, ése es mi libro -decía-; el libro de mi juventud entera, de mis amores con la Naturaleza, de mis entusiasmos, de toda mi vida de artista enamorado del campo, de la vegetación loca, del cielo azul, de la noche estrellada. Ese es mi libro: un montón de páginas vibrantes, calurosas, resplandecientes de luz, con todos los ruidos de la campiña, con todos los aromas de los huertos de mi tierra. Se titulará Paisajes, será una serie de cuadros sin figuras, de manchas de color, de visiones…, estados del alma ante un pedazo de Naturaleza, sensaciones de la madre tierra. Porque ése es mi amor, mi suprema pasión: la tierra».

Y prosigue el protagonista con sus palabras de amor a la naturaleza:

“Por eso la quiero como si se tratara de mi propia madre, y siento impresión hondísima ante un grupo de árboles, ante una roca gris que se yergue al borde del mar, ante un montón de hojas secas, amarillentas, que el viento hace jugar a lo largo de las alamedas, en el otoño, cuando el cielo es de color de plomo y no tienen flores los jardines, ni el campo el follaje y ruidos alegres…”

Para leer más:

Azorín: Obras completas. Aguilar, Madrid, 1959.

La selva, en el verso de José Martí

La selva no es solamente ese espacio natural de rica biodiversidad que desempeña un papel esencial en el equilibrio ecológico del planeta. También es capaz de transmitir belleza e inspirar a los creadores de las artes.

En el campo de las letras, uno de esos creadores fue el poeta cubano José Martí (1853-1895), precursor del modernismo literario hispanoamericano, cuya obra lírica incluye un poema que intituló «La selva es honda…». Con estos versos Martí nos devuelve toda la hondura de la selva que percibió tanto físicamente, con sus árboles de largas raíces y plantas trepadoras, como sensorialmente, a la par que la humaniza para hacérnosla más cercana.

La selva es honda. Corpulenta flora,
Como densa muralla, el aire fresco
Con sus perfumes penetrantes carga,−
Y el tronco gris, y el ramo verde vierten
Guirnaldas de moradas hipomeas.
Lamiendo el tronco,
Luengas raíces, de la azul laguna
Las anchas ondas perezosas besan,
Como mujer que, en ademán de ensueño,
Los senos recios adelante echando
Los brazos tiende al amador tardío.
Las verdes hojas prometiendo amores,
Murmuran; y en las ondas se reflejan,
Como los vivos que en la tierra corren
La dicha viendo, sin hallarla nunca,
Y las raíces, de su tronco esclavas,
Como el espíritu carnal arreo,
Con desperado aliento se sacuden;
Y, como el alma en los espacios mueve
Un ala, en tanto que en el tronco gime
El ala esposa, gemidora esclava,−
Al árbol alto reciamente juntos
Los blandos hilos en las ondas flotan.

Para leer más:

José Martí: Poesía completa. Alianza editorial, Madrid, 2013.

Las lluvias de abril, en el verso de Antonio Machado

Moya, Charco S. Lorenzo, venta y pretemporal_2014.11.27

La evidencia científica nos confirma que la vida en el planeta Tierra sigue experimentando el cambio climático del que hace varias décadas se nos alertaba. Las estaciones ya no son como tradicionalmente las conocíamos y los fenómenos meteorológicos extremos (sequías, lluvias torrenciales…) se han vuelto cada vez más frecuentes.

En España la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) nos informa de que abril de 2023 fue el mes de abril más cálido y con menos precipitaciones desde que existen registros (año 1961). De este modo la nueva realidad parece contradecir el refranero popular que nos enseñaba que la naturaleza se encarga de dejarnos unas previsibles lluvias hacia el cuarto mes de cada año.

También el escritor Antonio Machado (1875-1939) dedicó a las lluvias de abril la maestría de su pluma. Recordamos aquí el poema “En abril, las aguas mil”, incluido en su obra Campos de Castilla (1907-1917), como un fiel y bello testimonio de aquellos tiempos donde la naturaleza era otra.

   Son de abril las aguas mil.
Sopla el viento achubascado,
y entre nublado y nublado
hay trozos de cielo añil.
   Agua y sol. El iris brilla.
En una nube lejana,
zigzaguea
una centella amarilla.
   La lluvia da en la ventana
y el cristal repiquetea.
   A través de la neblina
que forma la lluvia fina,
se divisa un prado verde,
y un encinar se esfumina,
y una sierra gris se pierde.
   Los hilos del aguacero
sesgan las nacientes frondas,
y agitan las turbias ondas
en el remanso del Duero.
   Lloviendo está en los habares
y en las pardas sementeras;
hay sol en los encinares,
charcos por las carreteras.
   Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desaparece,
allá surge una colina.
   Ya son claros, ya sombríos
los dispersos caseríos,
los lejanos torreones.
   Hacia la sierra plomiza
van rodando en pelotones
nubes de guata y ceniza.

Para leer más:

Antonio Machado: Poesías completas. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1998.

La sierra de Guadarrama, en el verso de Antonio Machado

Ruta Puerto de Cotos_Laguna Grande de Peñalara

El escritor Antonio Machado (1875-1939) nos legó una extensa obra poética de singular calidad.  Como dejó escrito, empleó muchas horas de su vida para elaborar rimas que son producto de sus meditaciones sobre «los enigmas del hombre y del mundo». También nos confiesa su profundo amor a la Naturaleza: «en mí supera infinitamente al del Arte».

La maestría literaria de Antonio Machado queda plasmada en múltiples poemas en los que apreciamos la gran admiración que tenía por la belleza natural, como es el caso, por ejemplo, de Campos de Castilla (1907-1917). De esta obra destacamos aquí un pequeño poema que dedicó a la Sierra de Guadarrama. Este espacio natural protegido español, que Machado visitaba en su época de estudiante, fue declarado Parque Nacional en 2013.

   ¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,
la sierra gris y blanca,
la sierra de mis tardes madrileñas
que yo veía en el azul pintada?
   Por tus barrancos hondos
y por tus cumbres agrias,
mil Guadarramas y mil soles vienen,
cabalgando conmigo, a tus entrañas.

Para leer más:

Antonio Machado: Poesías completas. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1998.

Naturaleza y riqueza en la isla del tesoro

Nos relata el escritor escocés Robert L. Stevenson (1850-1894) en su célebre novela La isla del tesoro las aventuras que vivieron Jim Hawkins y los dos bandos de la tripulación del buque La Española en su viaje a una isla donde se esconde un cofre con setecientas mil libras en oro.

En tierra firme aquellos buscadores de oro, siguiendo las pocas indicaciones del mapa que poseían, atravesaron bosques de pinos de diversas alturas. Su objetivo era dar con la pista de los tres “árboles elevados” localizados en el declive de la montaña de El Vigía que preside la isla.

En aquel lugar la contemplación de la belleza de la naturaleza quedaba ensombrecida por el resplandor de la ansiada riqueza. Como nos sugiere Stevenson en el siguiente pasaje, la codicia puede terminar por cegar el alma de los seres humanos:

“Llegamos al primero de los grandes árboles, pero tomada la dirección con la brújula resultó no ser aquel el que buscábamos. Lo mismo sucedió con el segundo. El tercero se alzaba como a unos doscientos pies sobre la cima de un boscaje de arbustos. Era este un verdadero gigante de los bosques con una columna recta y majestuosa como los pilares de una basílica y con una copa ancha y tupida bajo cuya sombra podría muy bien haber maniobrado una compañía de soldados. Tanto desde el este como desde el oeste podía distinguirse muy bien en el mar aquel coloso y habérsele marcado en el mapa, como una señal marítima.

Pero no era por cierto su corpulencia imponente lo que impresionaba a mis compañeros, sino la seguridad de que nada menos que setecientas mil libras en oro yacían sepultadas en un punto cualquiera bajo el círculo extenso de su sombra. La idea de las riquezas que les aguardaban concluyó por dar al traste con todos sus terrores precedentes en cuanto que se acercaban al sitio codiciado. Sus ojos lanzaban rayos; sus pies parecían más ligeros y expeditos; su alma entera estaba absorta en la expectativa de aquella riqueza fabulosa que había de asegurarles para toda la vida una no interrumpida serie de extravagancias y placeres sin límites, cuyas imágenes danzaban tumultuosamente en sus imaginaciones”.

Para leer más:

Robert Louis Stevenson: La isla del tesoro. Ed. Salvat, Barcelona, 2020.

El mar, una cita con Robert Louis Stevenson

El escritor escocés Robert L. Stevenson (1850-1894) es célebre por su inestimable obra literaria, entre la que se encuentra La isla del tesoro.

Nos relata, Jim Hawkins, el protagonista de esta novela, las aventuras que se suceden en una isla cuya localización geográfica no desvela. También nos transmite, como en el siguiente pasaje, su percepción de un mar que siempre se deja sentir a su alrededor:

“Nunca he visto el mar tranquilo en todo el derredor de la isla del tesoro. El sol puede lanzar desde arriba cuanto calor le sea posible; puede muy bien la atmósfera estar sin una sola ráfaga de viento, y la superficie lejana de las aguas tersa y azul; esto no impedirá jamás que aquellas grandes moles de agua espumante rueden a lo largo de toda la costa tronando siempre, tronando de día y de noche, de tal suerte que apenas habrá lugar alguno en la isla entera en donde se pueda uno liberar de oír aquel rumor eterno”.

Para leer más:

Robert Louis Stevenson: La isla del tesoro. Ed. Salvat, Barcelona, 2020.

La casa de la diosa Calipso, en palabras de Homero

Durante el largo viaje de regreso a su patria, la anhelada Ítaca, Ulises se ve arrastrado por los dioses hasta la isla de Ogigia. Aquí vive “la artera Calipso nacida de Atlante, la de hermosos cabellos, terrible deidad”, que lo retuvo en su casa durante siete años persuadiéndolo infructuosamente con la inmortalidad y la eterna juventud.

Con las siguientes palabras describe Homero en la Odisea la casa de la diosa Calipso que conoció Ulises en aquella bella isla:

“A la isla remota llegó finalmente y en ella tomó tierra dejando las aguas violáceas; derecho caminó hacia la cueva espaciosa, mansión de la ninfa de trenzados cabellos. Allí estaba ella, un gran fuego alumbraba el hogar, el olor del alerce y del cedro de buen corte, al arder, aromada dejaban la isla a lo lejos. Cantaba ella dentro con voz melodiosa y tejía aplicada al telar con un rayo de oro. A la cueva servía de cercado un frondoso boscaje de fragantes cipreses, alisos y chopos, en donde tenían puesto su nido unas aves de rápidas alas, alcotanes y búhos, chillonas cornejas marinas de la raza que vive del mar trajinando en las olas.

En el mismo recinto y en torno a la cóncava gruta extendíase una viña lozana, florida de gajos. Cuatro fuentes en fila, cercanas las cuatro en sus brotes, despedían a lados distintos la luz de sus chorros; delicado jardín de violetas y apios brotaba en su torno: hasta un dios que se hubiera acercado a aquel sitio quedaría suspenso a su vista gozando en su pecho.”

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

Cuando Ulises regresa a Ítaca

Nos cuenta Homero en La Odisea el largo y heroico regreso del mítico Ulises a su patria, la célebre Ítaca. Gracias a Alcínoo, rey de los feacios, expertos remeros que conoció en la isla de Esqueria, consigue hacerse con los medios para, al fin, llegar a su anhelada casa.

Mientras Ulises permanecía sumido en un prolongado sueño, la nave hollaba las aguas marinas hasta conducirlo a su destino.

“Una vez que llegaron al mar y al lugar de la nave, recogiéndolo todo sus nobles guiadores, pusieron en el fondo del barco el licor y los víveres;  luego le tendieron a Ulises un lecho con lienzos de lino y un cojín en las tablas de atrás, que durmiese en sosiego. Embarcándose el héroe, acostose en silencio y los hombres ocuparon por orden su sitio en los bancos; soltaron de la piedra horadada la amarra y, doblando los cuerpos, comenzaron a herir con los remos las aguas marinas.

Entretanto caíale en los ojos a Ulises un sueño prolongado, suavísimo, igual en gran modo a la muerte. Como vemos que en una cuadriga los cuatro caballos se encabritan sintiendo el chasquido del látigo y rompen a correr vivamente a la vez devorando el camino, tal, alzada de prora, marchaba la nave dejando una estela brillante y bullente en el mar estruendoso; navegaba segura y tenaz; ni el halcón en su giro, volador entre todas las aves, pudiera escoltarla.

De este modo ligera la nave cortaba las olas; transportaba a un varón semejante en ingenio a los dioses que en su alma se llevaba las huellas de mil pesadumbres padecidas en guerras y embates del fiero oleaje, mas que entonces, de todo olvidado, dormía dulcemente”.

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

Cuando Ulises se refugió en la selva

El mítico personaje de Ulises, el rico en ingenios, el de heroica paciencia, descrito por Homero en La Odisea, en su largo viaje de vuelta a Ítaca pasa por la isla de Ogigia. Allí es retenido durante siete años por la diosa Calipso hasta que es liberado y consigue reemprender rumbo oceánico.

Tras dieciocho jornadas de travesía errante Ulises es finalmente arrastrado por la furiosa mar hasta la costa de las tierras de los feacios. Con las fuerzas debilitadas a causa del cansancio y el frío decide que su mejor refugio será la naturaleza arbórea. En el bosque encontrará la hojarasca que le dará cobijo para contraer un profundísimo sueño aquella noche divina.

“Meditando entre sí discurrió que mejor le estaría refugiarse en la selva: mostrábase cerca del agua bien visible en la altura. Entró él en mitad de las frondas de dos tallos brotados del mismo lugar, que era el uno de acebuche y el otro de olivo; jamás las pasaban el furor de los húmedos vientos ni el sol con sus rayos ni las aguas de lluvia; en tal trabazón abrazados se mostraban los dos. Entre ellos metiéndose Ulises y hacinando el follaje, dispúsose un lecho espacioso, que eran muchas las hojas allí derramadas, bastantes a abrigar a dos hombres o tres de la dura intemperie por muy recio que fuese el hostigo del tiempo. Gozose de mirarlas Ulises divino, el de heroica paciencia, acostose en mitad y cubriose de espesa hojarasca.

Como un hombre en remota heredad, sin vecinos en torno, escondiendo un tizón en los negros rescoldos, reserva la simiente del fuego y excusa el pedirlo a otra parte, tal allí se cubrió con las hojas Ulises; y Atena en sus ojos el sueño vertió, que los párpados luego le cerrase y calmara sin más su penosa fatiga”.

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

La cigüeña en el verso de Rafael Alberti

El poeta español Rafael Alberti (1902-1999) dedicó con Nana de la cigüeña, perteneciente a su conocida obra Marinero en tierra, unos versos a esta ave.

En solo dos estrofas Alberti nos transmite su sensibilidad hacia el sencillo canto (el crotoreo) de las cigüeñas, que aún podemos encontrar en lo alto de los campanarios.

Que no me digan a mí
que el canto de la cigüeña
no es bueno para dormir.

Si la cigüeña canta
arriba en el campanario,
que no me digan a mi
que no es del cielo su canto.

Para leer más:

Rafael Alberti: Marinero en tierra. Editorial Seix Barral, Barcelona, 1985.