Una cita con el hombre más sabio que conoció José Saramago

Ruta de Guardaya, 20121208

El escritor José Saramago (1922-2010) nos descubre en su obra El cuaderno del año del Nobel, quién fue el hombre más sabio que conoció.

“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas cuya fertilidad se alimentaban él y su mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del destete eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia de Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos el uno y el otro. En invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Bajo las ásperas mantas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de helarse y los salvaba de una muerte segura. Aunque fueran gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar más de lo indispensable”.

Para leer más:

José Saramago: El cuaderno del año del Nobel. Alfaguara, Madrid, 2018.

La vida en una ciudad apestada, en palabras de Albert Camus

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¿Cómo puede ser la vida en una ciudad apestada?

La literatura de Albert Camus (1913-1960) nos da una respuesta. Con su obra La peste el célebre novelista nos transporta hasta la ciudad costera de Orán (Argelia) donde una trágica epidemia llegó a llevarse setecientas víctimas por semana.

Traemos hasta aquí dos pasajes que nos envuelven en la atmósfera de la ciudad apestada que respiraban sus habitantes sobrevivientes.

Eran días de verano del año 194…

“Estábamos a fines del mes de junio. Al día siguiente de las lluvias tardías que habían señalado el domingo de sermón, el verano estalló, de golpe, en el cielo y sobre las casas. Se levantó primero un gran viento abrasador que sopló durante veinticuatro horas y resecó las paredes. El sol se afincó. Olas ininterrumpidas de calor y de luz inundaron la ciudad a lo largo del día. Fuera de las calles de soportales y de los departamentos parecía que no había un sólo punto en la ciudad que no estuviese situado en medio de la reverberación más cegadora. El sol perseguía a nuestros conciudadanos por todos los rincones de las calles, y si se paraban, entonces les pegaba fuerte. Como aquellos calores coincidieron con un aumento vertical del número de víctimas que alcanzó a cerca de setecientas por semana, una especie de abatimiento se apoderó de la ciudad. Por los barrios extremos, por las callejuelas de casas con terrazas, la animación decreció y en aquellos barrios en los que las gentes vivían siempre en las aceras, todas la puertas estaban cerradas y echadas las persianas, sin que se pudiera saber si era de la peste o del sol de lo que procuraban protegerse. De algunas casas, sin embargo, salían gemidos. Al principio, cuando esto sucedía, se veía a los curiosos detenerse en la calle a escuchar. Pero después de tan continuada alarma pareció que el corazón de todos se hubiese endurecido, y todos pasaban o vivían al lado de aquellos lamentos como si fuesen el lenguaje natural de los hombres”.

Cuando la ciudad enferma de peste recibía fuertes vientos…

“Fue a mediados de ese año cuando empezó a soplar un gran viento sobre la ciudad apestada, que duró varios días. El viento es particularmente temido por los habitantes de Orán porque como no encuentra ningún obstáculo natural en la meseta donde está alzada la ciudad, se precipita sobre ella, arremolinándose en las calles con toda su violencia. La ciudad, donde tantos meses en que no había caído ni una sola gota de agua para refrescarla, se había cubierto de una costra gris que se hacía escamosa al contacto con el aire. El aire levantaba olas de polvo y de papeles que azotaban las piernas de los paseantes, cada vez más raros. Se les veía por las calles, apresurados, encorvados hacia adelante, con un pañuelo o la mano tapándose la boca. Por la tarde, en lugar de las reuniones con que antes se intentaba prolongar lo más posible aquellos días, que para cada uno de ellos podría ser el último, se veían pequeños grupos de gentes que volvían a su casa a toda prisa o se metían en los cafés, y a veces, a la hora del crepúsculo, que en esta época llegaba ya más pronto, las calles estaban desiertas y sólo el viento lanzaba por ellas su lamento continuo. Del mar, revuelto y siempre invisible, subía olor de algas y de sal. La ciudad desierta, flanqueada por el polvo, saturada de olores marinos, traspasada por los gritos del viento, gemía como una isla desdichada”.

Para leer más:

Albert Camus: La peste. Unidad Editorial, Madrid, 1999.

El canto a la palmera de Miguel de Unamuno

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Isla de Fuerteventura

En la lejana isla canaria de Fuerteventura, el escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) se vio forzado a pasar en 1924 unos meses de confinamiento por imperativo de la Dictadura de Primo de Rivera. A esta “sufrida y descarnada” isla le dedicó varios poemas con los que evoca el sentir y el vivir en una tierra donde, además de la mar y el agua, la palmera también se convierte en protagonista de sus sonetos.

   Es una antorcha al aire esta palmera,
verde llama que busca al sol desnudo
para beberle sangre; en cada nudo
de su tronco cuajó una primavera.

   Sin bretes ni eslabones, altanera
y erguida, pisa el yermo seco y rudo,
para la miel del cielo es un embudo
la copa de sus venas, sin madera.

   No se retuerce ni se quiebra al suelo;
no hay sombra en su follaje, es luz cuajada
que en ofrenda de amor se alarga al cielo,

   la sangre de un volcán que enamorada
del padre Sol se revistió de anhelo
se ofrece, columna, a su morada.

Para leer más:

Miguel de Unamuno: De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias, 1989.

 

 

La ciudad sin árboles de Albert Camus

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De este modo describe Albert Camus (1913-1960), en la novela La peste, la urbe argelina de Orán, la ciudad sin árboles que se erige en el escenario literario de los trágicos acontecimientos sufridos por sus habitantes hacia 194…

“La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra? El cambio de las estaciones sólo se puede notar en el cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores; una primavera que venden en los mercados. Durante el verano el sol abrasa las casas resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a no poder vivir más que a la sombra de las persianas cerradas. En otoño, en cambio, un diluvio de barro. Los días buenos sólo llegan en el invierno”.

La ciudad sin árboles de Albert Camus presentaba también estas características geográficas:

“Esta ciudad, sin nada pintoresco, sin vegetación y sin alma acaba por servir de reposo y al fin se adormece uno en ella. Pero es justo añadir que ha sido injertada en un paisaje sin igual, en medio de una meseta desnuda, rodeada de colinas luminosas, ante una bahía de trazo perfecto. Se puede lamentar únicamente que haya sido construida de espaldas a esta bahía y que al salir sea imposible divisar el mar sin ir expresamente a buscarlo”.

Para leer más:

Albert Camus: La peste. Unidad Editorial, Madrid, 1999.

Una cita con la mar y Miguel de Unamuno

Fuerteventura, 2009.02.21-24
Isla de Fuerteventura

La vida del escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) atravesó, bajo la Dictadura de Primo de Rivera, un episodio de forzado confinamiento en la isla canaria de Fuerteventura.

Llegó a la “fuerteventurosa isla africana” un 10 de marzo de 1924.

A pesar de perder su cátedra en la Universidad de Salamanca y tener que cumplir con el obligado destierro, la pesadumbre no le hizo abandonar su libertad de pensamiento y la creación literaria. En la “bendita isla rocosa de Fuerteventura” nos cuenta Unamuno que pasó “los días más entrañados y más fecundos de mi vida de luchador por la verdad”.

La isla majorera le aportó, además, algunos descubrimientos vitales. Fue en Fuerteventura donde descubrió la mar, “y eso que nací y me crié muy cerca de ella”, escribe el escritor vasco.

“Es en Fuerteventura donde he llegado a conocer a la mar, donde he llegado a una comunión mística con ella, donde he sorbido su alma y su doctrina. Y le llamo ‘la mar’ y no ‘el mar’ porque los mares son el Mediterráneo, el Adriático, el Rojo, el Indico, el Báltico, etc.

Sino -y sirva para en adelante- es el signo o conjunción de planetas y estrellas bajo que nace uno y que se cree determina su suerte toda”.

Para leer más:

Miguel de Unamuno: De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias, 1989.

Miguel de Unamuno y el valor del agua

Fuerteventura, 2009.02.21-24
Fuerteventura, Islas Canarias

La vida del escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) pasó por un episodio de forzado confinamiento, como consecuencia de sus opiniones críticas a la Dictadura de Primo de Rivera. En el mes de febrero de 1924 tuvo que dejar su cátedra en la Universidad de Salamanca y cumplir la orden de destierro en la lejana, pobre y seca isla de Fuerteventura.

Durante el destierro su fructífera pluma le sirvió para plasmar sus impresiones personales sobre esta isla canaria y su gente. Y lo hizo creativamente en forma de sonetos, como este que traemos hasta aquí, con el que consigue transmitirnos el verdadero valor del agua.

   “¡Agua, agua, agua! Tal es la magua
que oprime el pecho de esta gente pobre;
agua, Señor, aunque sea salobre:
¿para qué tierra, si les falta el agua?

   No hay caudal que soporte una piragua
ni hay que esperar que Dios milagros obre,
ni el sediento mortal la fuerza cobre
con que el trabajo la riqueza fragua.

   Y les ciñe la mar, ¡pesada broma
del Supremo Poder! Agua a la vista,
sin que traiga verdura la paloma;

   hecho el cielo de nubes una pista
y cada nube hermética redoma;
¿hay quien la sed junto a la mar resista?”

Ya en prosa Unamuno nos dejó estas palabras:

“Fuerteventura es una isla hoy pobre, muy pobre, que puede enriquecerse si logra alumbrar agua; pero rica, riquísima en la nobleza de sus habitantes, los majoreros -que así se llaman-, y en la maravilla de su clima”.

Para leer más:

Miguel de Unamuno: De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias, 1989.

El encuentro del principito con el mercader

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En 1943 vio la luz Le Petit Prince, la obra más conocida y traducida del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944).

El principito, el niño protagonista del relato, tras visitar seis planetas, llega en su viaje mágico hasta la Tierra. Allí se encuentra al mercader con el que mantiene un breve y extraño diálogo. Entrar en contacto con el mundo de los adultos hace, con frecuencia,  incompresible lo que no debería serlo.

-Buenos días -dijo el principito.

-Buenos días -dijo el mercader.

Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber.

-¿Por qué vendes eso? -dijo el principito.

-Es una gran economía de tiempo -dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?

-Se hace lo que se quiere…

“Yo -se dijo el principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”

Para leer más:

Antoine de Saint-Exupéry: El Principito. Salamandra, Barcelona, 2019.