La casa-paraíso: una cita con Millares Cubas

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Si existe la casa ideal, nuestra condición primigenia nos revela que, de una forma u otra, en ella ha de estar presente la Naturaleza. Así lo han percibido escritores como Luis (1861-1925) y Agustín (1863-1935) Millares Cubas.

Estos dos hermanos, que solían firmar conjuntamente su obra literaria, publican en 1894 la colección de cuentos De la tierra canaria. Escenas y paisajes. Traemos hasta aquí el siguiente fragmento del cuento Germinal, donde un viejo caserón se ejemplifica como el paraíso habitable porque en él los sentidos quedan atrapados por la naturaleza que desborda.

«Ahora abierto estaba, y a la verdad que, por estarlo, ganaba mucho el viejo caserón, pues por la ancha abertura descubríase un patio inmenso, donde el verde de las plantas y el oro de la luz se combinaban de tan extraño modo, con tonos tan brillantes y matices tan varios, y era tanto el ramaje y tan espeso y tanto el perfume de jazmines y heliotropos, y tanta luz había en las copas y tanta sombra en los troncos, y tantos trinos de pájaros en el aire que, por aquel bosque, parecía divisarse el paraíso».

Para leer más:

Millares Cubas, Luis y Agustín: Antología de cuentos de la tierra. Islas Canarias, Viceconsejería de cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1990.

El bosque imaginado por Julio Verne

La inagotable imaginación de Julio Verne (1828-1905) nos lleva a introducirnos en un bosque muy especial. Se trata de la floresta que se encuentran el profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans, los tres principales protagonistas de la novela Viaje al centro de la Tierra.

En aquel mundo subterráneo, que durante dos meses habían recorrido los tres aventureros, existía una densa bóveda que hacía las veces de cielo. En lugar del foco solar, una luz difusa alumbraba por igual todas las superficies, de modo que los objetos carecían de sombras y vívidos colores. Y, sin embargo, allá abajo, a más de 30 leguas de profundidad, reinaba un frondoso y primigenio bosque.

“Contemplábamos la vegetación de la época terciaria en toda su magnificencia. Grandes palmeras, especies actualmente extinguidas, soberbios guanos, pinos, tejos, cipreses, hayas representaban dignamente la familia de las coníferas, y se unían entre sí por medio de una red de inextricables bejucos. Un tapiz de musgos y de hepáticas cubría muellemente la tierra. Algunos arroyos murmuraban bajo aquellas sombras poco dignas de este nombre, porque en realidad no había ninguna sombra. En las márgenes crecían helechos arborescentes parecidos a los de los invernáculos del Globo habitado. Pero aquellos árboles, aquellos arbustos, aquellas plantas, privados del vivificador influjo del sol, carecían de color. Todo se confundía en una tinta uniforme, pardusca y como agostada. Las hojas estaban desprovistas de su verdor, y las mismas flores, tan numerosas en aquella época terciaria que las vio nacer, entonces pálidas y sin perfume, parecían hechas de un papel que la acción de la atmósfera había descolorido.

Mi tío Lidenbrock se aventuró bajo aquellos gigantescos vegetales. Yo lo seguí, sin tenerlas todas conmigo. Puesto que la Naturaleza había hecho allí los gastos de una alimentación vegetal, ¿por qué no había de contener aquel suelo terribles mamíferos? En los anchos claros que dejaban los árboles derribados y carcomidos por el tiempo veía leguminosas, aceríneas, rubiáceas y otros mil arbustos comestibles, codiciados de los rumiantes de todos los periodos. Después aparecían, confundidos y mezclados, los árboles de las más distantes comarcas de la superficie del Globo, la encina que se levantaba al lado de la palmera, el eucalipto australiano que se apoyaba en el abeto de Noruega, el abedul del norte que confundía sus ramas con las del kauris zelandés; era capaz tan heterogéneo conjunto de confundir a los más ingeniosos clasificadores de la botánica terrestre”.

Para leer más:

Verne, J.: Viaje al centro de la Tierra. RBA, Madrid, 2021.

Ramón y Cajal: las cuatro fuentes del bienestar

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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus grandes aportaciones a la ciencia. Pero el médico e investigador español, como persona sabia y humanista que fue, no solo se preocupó de la salud física de las personas sino también de su bienestar.

Como recoge el siguiente fragmento de su libro autobiográfico Mi infancia y juventud, para Cajal la calidad de vida de los seres humanos no solo depende del médico que cure nuestras dolencias sino también de «otros médicos», cuya valiosa pócima podemos encontrar en la Naturaleza.

“Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones del dolor, nos libran de nuestras ideas, a veces más virulentas que el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

El viento: una cita con Ángel Guerra

Esa fuerza de la naturaleza que es el viento irrumpe y se desvanece, no sin antes dejar sus huellas sobre la corteza terrestre.

El escritor Ángel Guerra (1874-1950), en su relato de 1912 titulado A merced del viento, nos invita a sentir, en clave literaria, los pasos que imprime el viento cuando encuentra su hábitat en una tierra insular como Lanzarote (Canarias).

“Quieto el aire, pesaba soñoliento sobre la tierra. Ni una ráfaga movía las arenas inmóviles en sueño de siesta. El viento se había quedado muy lejos, allá por la costa, hinchando y espumeando el mar, vencido por el sol. Ya vendría por la noche a correr loco por la llanura, con furia devastadora, revolviendo las arenas, azotando los desgreñados arbustos, sepultándolos, rodando los médanos. Al pie mismo de la costa, al término de aquella tierra baja, donde el ignoto mar sudaba espumas en la lucha, el viento acechaba la marcha del sol, como galán que intenta burlar un tálamo, y cuando la luz del atardecer se desvanecía con una tristeza de colores en el cielo, entraba por el llano desierto a galope sin fin”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

Ramón y Cajal: el amor a los animales

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El médico y científico Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus valiosas aportaciones a la ciencia. El investigador español fue, además, una persona sabia y humanista, y también un gran amante de la naturaleza.

Como naturalista declarado, Cajal encontró en los animales, singularmente en los pájaros, una de sus pasiones, como recoge el siguiente fragmento de su obra autobiográfica Mi infancia y juventud:

“Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé, haciéndolos servir de juguete, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (besque o liga, lienas con hoyos hondos, la red, etc.). Cuando había reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los soltaba o los devolvía, todavía pequeñuelos o implumes, a sus nidos y a las caricias maternales. En esos caprichos no entraba para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir al maravilloso proceso de la incubación y a la eclosión de los polluelos; seguir paso a paso la metamorfosis del recién nacido, sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y, finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las anchuras del espacio”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

Ramón y Cajal: una cita con el paisaje

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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus valiosas aportaciones a la ciencia. El investigador español fue, además, una persona sabia y humanista, y también un gran amante de la naturaleza, un naturalista practicante.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento de su obra autobiográfica Mi infancia y juventud, con el que Cajal defiende, con pocas pero precisas palabras, los valores del paisaje.

Para los hombres capaces de saborear sus encantos, es el campo soberano apagador de emociones, irremplazable conmutador de pensamientos. “¿Qué añade a nuestra alma -se ha dicho por alguien- un cielo azul y una vegetación espléndida?” Nada, en efecto, para el hombre orgulloso, egoísta, que, alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo; pero mucho, muchísimo, para quienes saben abrir sus sentidos a las fiestas de la luz y a las bellezas del paisaje”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

El amor a la naturaleza de Ramón y Cajal

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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus valiosas aportaciones a la ciencia. Pero, además, el investigador español fue una persona ilustrada, sabia y humanista, que se declaraba gran amante de la naturaleza, un naturalista convencido y practicante.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento de su obra autobiográfica Mi infancia y juventud, con el que Ramón y Cajal expresa de forma vívida los sentimientos y emociones que afloraron durante su niñez cuando prestaba ya una atención especial al medio natural:

“La admiración de la Naturaleza constituía también, según llevo dicho, una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No se saciaba de contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales, el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración variada y pintoresca de las montañas. Todas las horas de asueto que mis estudios me dejaban pasábalas correteando por los alrededores del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes, peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre, que temía siempre, durante mis largas ausencias, algún accidente». 

Desde niño Cajal disfrutaba de frecuentes paseos en solitario por el campo, porque ello le permitía comunicarse de forma intensa con la Naturaleza que tanto admiraba:

“…con ocasión de mis paseos solitarios por los sotos y vergeles del Isuela, comencé a admirar la soberana hermosura del reino de las plantas y de los insectos y a escuchar los sordos y misteriosos rumores de la vida animal en perpetua renovación”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

La ciudad: una cita con María Zambrano

Con su obra filosófico-poética Claros del bosque, la escritora María Zambrano (1904-1991) nos sumerge en un no-lugar donde reinaba todo lo viviente: un remoto paraíso perdido al que el ser humano le debe su condición natural primigenia.

Hoy nuestro hábitat está marcado por la hegemonía de la urbe, en sus diversas formas. Con el nacimiento de las ciudades el ser humano optó por relegar a un segundo orden sus orígenes ancestrales y establecer fronteras no naturales a su mundo exterior.

«¿Sucedió alguna vez el que los seres humanos no habitaran en ciudad alguna? Pues que ciudad puede ser ya la cueva, el rudimentario palafito. Ciudad es todo lo que tiene techo. Y al tener techo, puerta. Un dintel y un techo, una habitación donde solamente su dueño y los suyos, y los que él diga, pueden entrar, por escaso abrigo que proporcione. Ya ese hombre ha trazado un límite entre su vida y la del universo, una frontera».

Para leer más:

María Zambrano: Claros del bosque. Alianza Editorial, Madrid, 2019.

Una cita con la aldea natal de Ramón y Cajal

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El célebre médico y científico español Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, nació en Petilla de Aragón, una pequeña aldea del norte de España. La abandonó junto con su familia cuando tenía dos años de edad. La ausencia de recuerdos tempranos ha hecho que Ramón y Cajal se declare no poseedor de patria chica, lo que no ha impedido que el ilustre sabio dedicara unas agradecidas páginas de su obra literaria a la humilde aldea, acaso también como homenaje a todos aquellos pequeños y desatendidos pueblos españoles que amenazan con desaparecer.

«Así y todo, y después de confesar que mi amor por la patria grande supera, con mucho, al que profeso a la patria chica, he sentido más de una vez vehementes deseos de conocer la aldehuela humilde donde nací. Deploro no haber visto la luz en una gran ciudad, adornada de monumentos grandiosos e ilustrada por genios; pero yo no pude escoger, y debí contentarme con mi villorrio triste y humilde, el cual tendrá siempre para mí el supremo prestigio de haber sido el teatro de mis primeros vagidos y la decoración austera con que la Naturaleza hirió mi retina virgen y desentumeció mi cerebro».

Y continúa Ramón y Cajal describiendo su pueblo natal, al que se vio impulsado conocer muchos años después.

«Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del Alto Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana de Aoiz, cabeza de partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen el uso de la carretera.

Alzase aquél casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y empinada sierra, derivada a su vez, según noticias recogidas sobre el terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.

El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia, no puede ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que asilo de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de castigo. Una gran montaña, áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con su mole casi todo el horizonte; a los pis del gigante y bordeando la estrecha cañada y accidentado sendero que conducen al lugar corre rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas del monte, única tierra arable de que disponen los petillenses, aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos dispuestos en graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y lluvias torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el horizonte y surgen imponentes y colosales peñas a modo de tajantes hoces, especie de murallas ciclópeas surgidas allí a impulso de algún cataclismo geográfico. Al amparo de esta defensa natural, reforzada todavía por castillo feudal, actualmente en ruinas, se levantan las humildes y pobres casas del lugar, en número de cuarenta a sesenta, cimentadas sobre rocas separadas por calles irregulares, cuyo tránsito dificultan grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas, siéntese honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni el más ligero adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún sentido del arte, alguna aspiración a la comodidad y al confort. Bien se echa de ver, cuando se traspasa el umbral de tan mezquinas viviendas, que los campesinos que las habitan gimen condenados a una existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa de rudas fatigas, el cotidiano y frugalísimo sustento».

Destáquese que entonces, en la época en que nació Ramón y Cajal, la pequeña y humilde aldea de Petilla de Aragón contaba con no más de 650 habitantes. Hoy, 170 años después, acoge, apenas, a 31 heroicos pobladores (según datos del INE).

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

La ciudad: una cita con Max-Neef

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El economista chileno Manfred Max-Neef (1932-2019) abogó por una nueva economía, divergente del pensamiento económico hegemónico. Sus reflexiones lo han llevado a recuperar casi del olvido los escritos de Aristóteles para recordarnos que la economía tiene que ver centralmente con la felicidad de las personas. Por tal motivo descarta la idea de que el bienestar en una ciudad esté correlacionado positivamente con el tamaño poblacional.

La ciudad si excede su tamaño óptimo, en aras de la eficiencia económica, incurre en el riesgo de ser «deshumanizadora», ya que el gigantismo generaría «deseconomías de dimensiones incontrolables», en palabras del economista chileno.

El modelo de ciudad que nos propone Max-Neef debería cumplir al menos cuatro funciones principales:

«Quisiera proponer, basándome en evidencia cultural e histórica autorizada, que hay por lo menos cuatro funciones que se espera que cumpla una ciudad: debe proporcionar a sus habitantes sociabilidad, bienestar, seguridad y cultura. Tales funciones solo pueden realizarse si la comunicación humana entre los ciudadanos es satisfactoria y auténtica y si la participación es completa, responsable y eficaz».

Para leer más:

Manfred Max-Neef: Economía herética. Icaria, Barcelona, 2017.