Una cita con Fausto y el sol en la obra de Goethe

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En la magistral obra de Johann Wolfgang von Goethe, mientras pasean, el doctor Fausto conversa sobre sus pesares con su alumno Wagner. Durante la caminata le expresa los sentimientos que le inspiran la naturaleza y el astro sol que todo lo ilumina:

“¡Oh, feliz quien todavía puede esperar emerger de este mar del error! Lo que no se sabe podía servir, y lo que se sabe no se puede usar. Pero no estropeemos esta hora de hermosa felicidad con tal turbación de los sentidos. ¡Observa cómo en el fulgor del sol poniente refulgen las cabañas rodeadas de verdor! El sol se aleja y cede, el día se extingue; allá se va, a estimular nueva vida. ¡Oh, si unas alas me levantaran del suelo para acercarme cada vez más a él! En el eterno resplandor del ocaso vería a mis pies el mundo quieto, encendidas las cimas, tranquilos los valles, fluir el río de plata en el brillo de la corriente. No estorbaría a mi divino caminar la áspera montaña con todos sus barrancos; ya el mar, con sus tibias ensenadas, se abre ante mis ojos admirados. Pero el dios sol parece hundirse por fin; despierta solamente la nueva turbación; me apresuro a beber su luz eterna; tras de mí el día, y detrás de mí la noche; encima de mí el cielo, y debajo de mí las olas. Un hermoso sueño, mientras el sol se deshace. ¡Ay, a las alas del espíritu no se unirán tan fácilmente otras alas del cuerpo! Pero a todos les está dado que sus sentimientos les lleven a lo alto y hacia delante, cuando, sobre nosotros, perdida en el ámbito azul, canta la alondra su canción gorjeante ensanchando sus alas, y sobre llanuras y sobre mares la grulla vuelve hacia su patria”.

Para leer más:

Johann Wolfgang von Goethe (1832): Fausto.

¿Importa realmente la extinción de especies?

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Durante el diálogo que mantienen sobre la situación medioambiental del planeta Tierra, un padre le pregunta a su hijo por la importancia de la extinción de especies. El primero se llama Miguel Delibes, el reputado novelista español, académico y Premio Cervantes de Literatura; el segundo, Miguel Delibes de Castro, reconocido científico, gran conocedor de los problemas ecológicos y Premio Nacional de Medio Ambiente.

«-Pero ¿no crees que ante problemas tan graves como el calentamiento de la Tierra, la escasez de agua dulce o el agujero de ozono, la extinción de unas cuantas especies tal vez no resulte demasiado preocupante? Nuestros coetáneos pueden lamentar que desaparezcan los osos pandas, pero una vez perdidos nadie va a echarlos de menos, y en cambio sí que sufrirán en sus carnes, cada día, la sed, la violencia de los tornados o la subida del nivel de mar.

-Entenderlo así es comprensible desde una perspectiva humana, pero radicalmente equivocado. Supongamos que mientras volamos en avión a once kilómetros de altura nos anuncian que está a punto de agotarse el combustible y que se han soltado algunos remaches del aparato. Probablemente la mayoría de los pasajeros se preocupará casi exclusivamente de la primera información, pues quedarse sin queroseno en pleno vuelo parece un peligro inmediato e irreparable. Al fin y al cabo, pueden pensar, ¿qué nos importan en estos momentos dramáticos unas tuercas de más o de menos? Pero es una cuestión de plazos y de proporciones. Si las tuercas y los remaches que se sueltan son tantos que algunas piezas esenciales del aparato se caen o dejan de funcionar, llegará un momento en que la segunda amenaza será tan grave, o más, que la primera. Los animales, las plantas, los hongos y los microorganismos, todo eso que hoy se conoce con el nombre de biodiversidad, son como las tuercas y los tornillos de la maquinaria de la vida. Trillones de individuos de millones de especies, interactuando de múltiples maneras entre sí y con el soporte físico de la Tierra, hacen que las condiciones del Planeta sean favorables para la vida, de tal manera que su ausencia pone en peligro nuestra propia supervivencia. Aunque no te lo parezca, es un problema gravísimo».

Miguel Delibes de Castro, citando al conocido científico Edward Wilson, nos recuerda que se están extinguiendo muchísimas especies, a un ritmo de 27.000 especies cada año,  lo que supone 72 diarias y 3 cada hora.

Para leer más:

Miguel Delibes y Miguel Delibes de Castro (2005): La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos.

 

 

 

Los libros y el bosque para José Saramago

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El escritor portugués José Saramago (1922-2010), Premio Nobel de Literatura en 1998, describe su iniciación a la lectura, empleando un símil inspirado en la naturaleza, con estas palabras:

«Empezar a leer fue para mí como entrar en un bosque por primera vez y encontrarme de pronto con todos los árboles, todas las flores, todos los pájaros. Cuando haces eso, lo que te deslumbra es el conjunto. No dices me gusta este árbol más que los demás. No, cada libro en que entraba lo tomaba como algo único».

Para más información:

El País Semanal, Madrid, 29 de noviembre de 1998.

El Che Guevara y el mar

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En diciembre de 1951 el joven Ernesto Che Guevara (1928-1967) de veintitrés años decidió emprender un largo viaje en moto por Latinoamérica con su amigo Alberto Granado.

En Notas de viaje el Che narra las vivencias adquiridas durante su recorrido por tierras de Chile, Perú, Colombia y Venezuela. Su relato permite acercarnos a una etapa de la vida, más bien desconocida, de esta figura histórica del siglo XX.

Reproducimos aquí un fragmento extraído de sus páginas dedicadas al océano Atlántico:

«La luna llena recorta sobre el mar y cubre de reflejos plateados las olas. Sentados sobre una duna, miramos el continuo vaivén con distintos ánimos: para mí fue siempre el mar un confidente, un amigo que absorbe todo lo que le cuentan sin revelar jamás el secreto confiado y que da el mejor de los consejos: Un ruido cuyo significado cada uno interpreta como puede; para Alberto es un espectáculo nuevo que le causa una turbación extraña cuyos reflejos se perciben en la mirada atenta con que sigue el desarrollo de cada una de las olas que van a morir a la playa. Frisando los treinta años Alberto descubre el océano Atlántico y siente en ese momento la trascendencia del descubrimiento que le abre infinitas vías hacia todos los puntos del globo».

 

Para leer más:

Ernesto Che Guevara: Notas de Viaje, Ediciones B, Barcelona, 2002.

Paul Krugman y el bienestar económico

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El economista estadounidense Paul Krugman en su obra La era de las expectativas limitadas diserta, entre otros muchos asuntos, sobre el concepto de bienestar económico. Traemos hasta aquí el siguiente pasaje:

 «El bienestar de la economía es muy parecido al bienestar de un individuo. Mi felicidad depende casi por entero de unas cuantas cosas importantes, como el trabajo, el amor y la salud, y no vale la pena preocuparse por todo lo demás (…) Por lo que respecta a la economía, las cosas importantes -las cosas que afectan al nivel de vida de un gran número de personas- son la productividad, la distribución de la renta y el desempleo. Si las mismas son satisfactorias, no hay gran cosa más que pueda ir mal, mientras que si no lo son, nada puede ir bien».

Bajo esta concepción del bienestar económico Krugman otorga un papel destacado a la productividad:

«La productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo. La capacidad de un país para mejorar su nivel de vida a lo largo del tiempo depende casi por entero de su capacidad para aumentar su producción por trabajador».

Para leer más:

Paul Krugman (1990): La era de las expectativas limitadas.

El amor a la naturaleza en la obra de Antonio Machado

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El escritor Antonio Machado (1875-1939) nos legó, además de su extensa obra poética, Juan de Mairena,  un clásico de la literatura española del siglo XX donde su protagonista nos invita a meditar sobre diversos temas de carácter filosófico, moral y político.

En una de sus clases el maestro Juan de Mairena se dirige a sus alumnos para hablarles sobre la necesidad de crear hábitos saludables. Mairena era profesor de Gimnasia, además de dar clases de Retórica, y aun así defendía que la expresión de educación física era ambiciosa y absurda: “No hay que educar físicamente a nadie”. En su lugar elogiaba las cualidades de la Naturaleza.

“Para crear hábitos saludables –añadía-, que nos acompañen toda la vida, no hay peor camino que el de la gimnasia y los deportes, que son ejercicios mecanizados, en cierto sentido abstractos, desintegrados, tanto de la vida animal como de la ciudadanía. Aun suponiendo que estos ejercicios sean saludables –y es mucho suponer-, nunca han de sernos de gran provecho, porque no es fácil que nos acompañen sino durante algunos años de nuestra efímera existencia. Si lográsemos, en cambio, despertar en el niño el amor a la naturaleza, que se deleita en contemplarla, o la curiosidad por ella, que se empeña en observarla y conocerla, tendríamos más tarde hombres maduros y ancianos venerables, capaces de atravesar la sierra de Guadarrama en los días más crudos del invierno, ya por deseo de recrearse en el espectáculo de los pinos y de los montes, ya movidos por el afán científico de estudiar la estructura y composición de las piedras o de encontrar una nueva especie de lagartijas”.

Para leer más:

Antonio Machado (1936): Juan de Mairena

Una cita con la primavera en la obra de Goethe

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La célebre obra Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832),  está plena de imágenes poéticas que invitan a ver, sentir y pensar. Las invocaciones a la belleza de la naturaleza también están presentes en escenas como la siguiente:

El protagonista, Fausto, ante la puerta de la ciudad, acompañado de su ayudante Wagner, hace un canto a la naturaleza y al comienzo de la primavera.

“El río y los arroyos se han liberado del hielo por la suave y vivificadora mirada de la primavera, en el valle verdea la dicha de la esperanza; el viejo invierno, en su debilidad, se retira a las ásperas montañas. Desde allí, volando, envía solamente impotente descarga de hielo en granos a trecho sobre la llanura verdeante; pero el sol no tolera nada blanco: por todas partes bulle el crecimiento y el esfuerzo, todo se quiere animar con colores; pero le faltan flores en este territorio, y en su lugar toma gente vestida de fiesta”.

Para leer más:

Johann Wolfgang von Goethe (1832): Fausto.

 

Joseph A. Schumpeter y su teoría del desarrollo económico

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El economista austro-estadounidense Joseph A. Schumpeter en su Teoría del desarrollo económico (1911) aportó una particular concepción del desarrollo al entenderlo como un proceso dinámico en el que se producen cambios de carácter económico que surgen desde el propio sistema y que están motivados principalmente por un factor de importancia capital: la innovación.

Esos cambios económicos son «alteraciones espontáneas y discontinuas» que «aparecen en la esfera de la vida industrial y comercial y no en la esfera de las necesidades de los consumidores de productos acabados».

En concreto, el desarrollo económico puede implicar alguno o algunos de los siguientes casos:

1) la introducción de un nuevo bien.

2) la introducción de un nuevo método de producción.

3) la apertura de un nuevo mercado.

4) la conquista de una nueva fuente de aprovisionamiento de materias primas o de bienes semimanufacturados.

5) la creación de una nueva organización de cualquier industria.

Para leer más:

Joseph A. Schumpeter (1911): La teoría del desarrollo económico. Una investigación sobre ganancias, capital, crédito, interés y ciclo económico.

La sociedad buena de John K. Galbraith

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El economista John Kenneth Galbraith (1908-2006), en su obra Una sociedad mejor, propone las condiciones socioeconómicas que debe reunir una sociedad factible -que no perfecta- para que sea considerada como «sociedad buena».

Galbraith admite que «en todos los países industrializados existe un firme compromiso con la economía de consumo -con los bienes y servicios de consumo- como fuente primordial de la satisfacción y el placer de los seres humanos y como la medida más visible de las consecuencias sociales».

No obstante, este objetivo debe ser complementado, a su juicio, con otros igualmente necesarios. Con las siguientes palabras, sintetiza Galbraith lo que entiende por buena sociedad:

«Una buena sociedad tiene tres requisitos económicos estrechamente emparentados, cada uno de los cuales es una fuerza independiente. Está la necesidad de proporcionar los indispensables bienes y servicios de consumo. Está la necesidad de asegurar que esta producción y su uso y consumo no tenga un efecto contraproducente sobre el actual bienestar del conjunto de la sociedad. Los dos últimos de estos tres requisitos entran con frecuencia en conflicto con el primero, conflicto que se manifiesta con fuerza en la economía y en la política cotidianas. La referencia más habitual es el efecto sobre el medio ambiente. Aquí, en suma, están los tres temas en cuestión tal como los define una sociedad buena».

Más adelante Galbraith nos recuerda algunos de los problemas medioambientales que soporta el mundo de hoy:

“Las manifestaciones de los deterioros contemporáneos son inquietantemente sabidas: la contaminación de la atmósfera y de las aguas, el considerable y creciente problema de la eliminación de la basura, el inmediato peligro para la salud que constituyen los productos y servicios que se administran, la contaminación visual derivada de la intrusión de las actividades de la producción y de las ventas, en especial la de las ventas al por menor, sobre el paisaje urbano y rural”.

Ante estas amenazas, Galbraith defiende la necesidad de proteger el medio ambiente, tal y como recogen las siguientes palabras:

“Deben protegerse los intereses generales de la comunidad lo mismo que también el clima y el bienestar del futuro, y debe haber preocupación por el agotamiento de los recursos. Puesto que hay que fabricar automóviles, proporcionarles combustible y conducirlos, y puesto que hay que suministrar y utilizar otros servicios y bienes de consumo similares, es esencial e inevitable un compromiso entre los actuales intereses financieros y los intereses públicos más generales. Por regla general, no obstante, este compromiso debe favorecer los intereses de la comunidad más amplia y los intereses de los por nacer”.

Para leer más:

John K. Galbraith (1996): Una sociedad mejor.

 

El amor al campo del hombre moderno en la obra de Antonio Machado

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La obra literaria de Antonio Machado (1875-1939) va más allá de la poesía y se extiende hasta los terrenos filosófico, moral y político en obras como la de Juan de Mairena. En este clásico de la literatura española del siglo XX las reflexiones de su protagonista ante sus alumnos nos invitan a meditar al tiempo que nos iluminan sobre la rotunda actualidad de muchos de los asuntos que trata.

En una de sus clases, el maestro Juan de Mairena centra su atención en la relación que mantenemos con la naturaleza. De esta forma responde Machado -el autor- a través de Mairena -su personaje- a la cuestión de si el hombre moderno posee un verdadero amor al campo:

“Pero no debemos engañarnos. Nuestro amor al campo es una mera afición al paisaje, a la Naturaleza como espectáculo. Nada menos campesino y, si me apuráis, menos natural que un paisajista. Después de Juan Jacobo Rousseau, el ginebrino, espíritu ahíto de ciudadanía, la emoción campesina, la esencialmente geórgica, de tierra que se labra, la virgiliana y la de nuestro gran Lope de Vega, todavía, ha desaparecido. El campo para el arte moderno es una invención de la ciudad, una creación del techo urbano y del terror creciente a las aglomeraciones urbanas.

¿Amor a la Naturaleza? Según se mire. El hombre moderno busca en el campo la soledad, cosa muy poco natural. Alguien dirá que se busca a sí mismo. Pero lo natural en el hombre es buscarse en su vecino, en su prójimo, como dice Unamuno, el joven y sabio rector de Salamanca. Más bien creo yo que el hombre moderno huye de sí mismo hacia las plantas y las piedras, por odio a su propia animalidad, que la ciudad exalta y corrompe. Los médicos dicen, más sencillamente, que busca la salud, lo cual, bien entendido, es indudable”.

Para leer más:

Antonio Machado (1936): Juan de Mairena.