Julio Verne: una cita con la naturaleza pétrea

Islandia

En su célebre Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne (1828-1905) nos describe cómo era la naturaleza de Islandia por la que transitaron durante varios días los tres aventureros de la novela, el profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans, antes de sumergirse en las profundidades del volcán Sneffels.

Llegados a Stapi, aparece la naturaleza pétrea dominada por el basalto, cuya disposición regular confiere al paisaje una belleza solo equiparable a las más excelsas construcciones de la Edad Antigua.

“Sabido es que el basalto es una roca oscura de origen ígneo. Sorprenden por su disposición las formas regulares que afecta. La Naturaleza en su formación procede geométricamente y trabaja a la manera humana, como si manejase el cartabón, el compás y el nivel. En todas sus demás edificaciones desenvuelve su arte con grandes moles echadas sin orden, con sus conos apenas esbozados, con sus pirámides imperfectas, con la extraña sucesión de sus líneas. En basalto, queriendo dar ejemplo de regularidad, y precediendo a los arquitectos de las primeras edades, ha creado un orden severo, que no han sobrepujado jamás los esplendores de Babilonia, ni las maravillas de Grecia.

Había oído hablar muchas veces de la Calzada de los Gigantes en Irlanda, y de la Gruta de Fingal en una de las Hébridas; pero el espectáculo de una construcción basáltica no se había ofrecido aún a mis miradas.

En Stapi este fenómeno aparecía con toda su belleza”

Para leer más:

Verne, J.: Viaje al centro de la Tierra. RBA, Madrid, 2021.

La casa-paraíso: una cita con Millares Cubas

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Si existe la casa ideal, nuestra condición primigenia nos revela que, de una forma u otra, en ella ha de estar presente la Naturaleza. Así lo han percibido escritores como Luis (1861-1925) y Agustín (1863-1935) Millares Cubas.

Estos dos hermanos, que solían firmar conjuntamente su obra literaria, publican en 1894 la colección de cuentos De la tierra canaria. Escenas y paisajes. Traemos hasta aquí el siguiente fragmento del cuento Germinal, donde un viejo caserón se ejemplifica como el paraíso habitable porque en él los sentidos quedan atrapados por la naturaleza que desborda.

«Ahora abierto estaba, y a la verdad que, por estarlo, ganaba mucho el viejo caserón, pues por la ancha abertura descubríase un patio inmenso, donde el verde de las plantas y el oro de la luz se combinaban de tan extraño modo, con tonos tan brillantes y matices tan varios, y era tanto el ramaje y tan espeso y tanto el perfume de jazmines y heliotropos, y tanta luz había en las copas y tanta sombra en los troncos, y tantos trinos de pájaros en el aire que, por aquel bosque, parecía divisarse el paraíso».

Para leer más:

Millares Cubas, Luis y Agustín: Antología de cuentos de la tierra. Islas Canarias, Viceconsejería de cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1990.

El bosque imaginado por Julio Verne

La inagotable imaginación de Julio Verne (1828-1905) nos lleva a introducirnos en un bosque muy especial. Se trata de la floresta que se encuentran el profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans, los tres principales protagonistas de la novela Viaje al centro de la Tierra.

En aquel mundo subterráneo, que durante dos meses habían recorrido los tres aventureros, existía una densa bóveda que hacía las veces de cielo. En lugar del foco solar, una luz difusa alumbraba por igual todas las superficies, de modo que los objetos carecían de sombras y vívidos colores. Y, sin embargo, allá abajo, a más de 30 leguas de profundidad, reinaba un frondoso y primigenio bosque.

“Contemplábamos la vegetación de la época terciaria en toda su magnificencia. Grandes palmeras, especies actualmente extinguidas, soberbios guanos, pinos, tejos, cipreses, hayas representaban dignamente la familia de las coníferas, y se unían entre sí por medio de una red de inextricables bejucos. Un tapiz de musgos y de hepáticas cubría muellemente la tierra. Algunos arroyos murmuraban bajo aquellas sombras poco dignas de este nombre, porque en realidad no había ninguna sombra. En las márgenes crecían helechos arborescentes parecidos a los de los invernáculos del Globo habitado. Pero aquellos árboles, aquellos arbustos, aquellas plantas, privados del vivificador influjo del sol, carecían de color. Todo se confundía en una tinta uniforme, pardusca y como agostada. Las hojas estaban desprovistas de su verdor, y las mismas flores, tan numerosas en aquella época terciaria que las vio nacer, entonces pálidas y sin perfume, parecían hechas de un papel que la acción de la atmósfera había descolorido.

Mi tío Lidenbrock se aventuró bajo aquellos gigantescos vegetales. Yo lo seguí, sin tenerlas todas conmigo. Puesto que la Naturaleza había hecho allí los gastos de una alimentación vegetal, ¿por qué no había de contener aquel suelo terribles mamíferos? En los anchos claros que dejaban los árboles derribados y carcomidos por el tiempo veía leguminosas, aceríneas, rubiáceas y otros mil arbustos comestibles, codiciados de los rumiantes de todos los periodos. Después aparecían, confundidos y mezclados, los árboles de las más distantes comarcas de la superficie del Globo, la encina que se levantaba al lado de la palmera, el eucalipto australiano que se apoyaba en el abeto de Noruega, el abedul del norte que confundía sus ramas con las del kauris zelandés; era capaz tan heterogéneo conjunto de confundir a los más ingeniosos clasificadores de la botánica terrestre”.

Para leer más:

Verne, J.: Viaje al centro de la Tierra. RBA, Madrid, 2021.

Ramón y Cajal: las cuatro fuentes del bienestar

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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus grandes aportaciones a la ciencia. Pero el médico e investigador español, como persona sabia y humanista que fue, no solo se preocupó de la salud física de las personas sino también de su bienestar.

Como recoge el siguiente fragmento de su libro autobiográfico Mi infancia y juventud, para Cajal la calidad de vida de los seres humanos no solo depende del médico que cure nuestras dolencias sino también de «otros médicos», cuya valiosa pócima podemos encontrar en la Naturaleza.

“Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones del dolor, nos libran de nuestras ideas, a veces más virulentas que el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

El viento: una cita con Ángel Guerra

Esa fuerza de la naturaleza que es el viento irrumpe y se desvanece, no sin antes dejar sus huellas sobre la corteza terrestre.

El escritor Ángel Guerra (1874-1950), en su relato de 1912 titulado A merced del viento, nos invita a sentir, en clave literaria, los pasos que imprime el viento cuando encuentra su hábitat en una tierra insular como Lanzarote (Canarias).

“Quieto el aire, pesaba soñoliento sobre la tierra. Ni una ráfaga movía las arenas inmóviles en sueño de siesta. El viento se había quedado muy lejos, allá por la costa, hinchando y espumeando el mar, vencido por el sol. Ya vendría por la noche a correr loco por la llanura, con furia devastadora, revolviendo las arenas, azotando los desgreñados arbustos, sepultándolos, rodando los médanos. Al pie mismo de la costa, al término de aquella tierra baja, donde el ignoto mar sudaba espumas en la lucha, el viento acechaba la marcha del sol, como galán que intenta burlar un tálamo, y cuando la luz del atardecer se desvanecía con una tristeza de colores en el cielo, entraba por el llano desierto a galope sin fin”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

Ramón y Cajal: el amor a los animales

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El médico y científico Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus valiosas aportaciones a la ciencia. El investigador español fue, además, una persona sabia y humanista, y también un gran amante de la naturaleza.

Como naturalista declarado, Cajal encontró en los animales, singularmente en los pájaros, una de sus pasiones, como recoge el siguiente fragmento de su obra autobiográfica Mi infancia y juventud:

“Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé, haciéndolos servir de juguete, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (besque o liga, lienas con hoyos hondos, la red, etc.). Cuando había reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los soltaba o los devolvía, todavía pequeñuelos o implumes, a sus nidos y a las caricias maternales. En esos caprichos no entraba para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir al maravilloso proceso de la incubación y a la eclosión de los polluelos; seguir paso a paso la metamorfosis del recién nacido, sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y, finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las anchuras del espacio”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

Ramón y Cajal: una cita con el paisaje

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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus valiosas aportaciones a la ciencia. El investigador español fue, además, una persona sabia y humanista, y también un gran amante de la naturaleza, un naturalista practicante.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento de su obra autobiográfica Mi infancia y juventud, con el que Cajal defiende, con pocas pero precisas palabras, los valores del paisaje.

Para los hombres capaces de saborear sus encantos, es el campo soberano apagador de emociones, irremplazable conmutador de pensamientos. “¿Qué añade a nuestra alma -se ha dicho por alguien- un cielo azul y una vegetación espléndida?” Nada, en efecto, para el hombre orgulloso, egoísta, que, alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo; pero mucho, muchísimo, para quienes saben abrir sus sentidos a las fiestas de la luz y a las bellezas del paisaje”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

El amor a la naturaleza de Ramón y Cajal

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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906, es célebremente recordado por sus valiosas aportaciones a la ciencia. Pero, además, el investigador español fue una persona ilustrada, sabia y humanista, que se declaraba gran amante de la naturaleza, un naturalista convencido y practicante.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento de su obra autobiográfica Mi infancia y juventud, con el que Ramón y Cajal expresa de forma vívida los sentimientos y emociones que afloraron durante su niñez cuando prestaba ya una atención especial al medio natural:

“La admiración de la Naturaleza constituía también, según llevo dicho, una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No se saciaba de contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales, el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración variada y pintoresca de las montañas. Todas las horas de asueto que mis estudios me dejaban pasábalas correteando por los alrededores del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes, peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre, que temía siempre, durante mis largas ausencias, algún accidente». 

Desde niño Cajal disfrutaba de frecuentes paseos en solitario por el campo, porque ello le permitía comunicarse de forma intensa con la Naturaleza que tanto admiraba:

“…con ocasión de mis paseos solitarios por los sotos y vergeles del Isuela, comencé a admirar la soberana hermosura del reino de las plantas y de los insectos y a escuchar los sordos y misteriosos rumores de la vida animal en perpetua renovación”.

Para leer más:

Ramón y Cajal, Santiago: Obras literarias completas. (Mi infancia y juventud). Aguilar, Madrid, 1961.

La ciudad: una cita con María Zambrano

Con su obra filosófico-poética Claros del bosque, la escritora María Zambrano (1904-1991) nos sumerge en un no-lugar donde reinaba todo lo viviente: un remoto paraíso perdido al que el ser humano le debe su condición natural primigenia.

Hoy nuestro hábitat está marcado por la hegemonía de la urbe, en sus diversas formas. Con el nacimiento de las ciudades el ser humano optó por relegar a un segundo orden sus orígenes ancestrales y establecer fronteras no naturales a su mundo exterior.

«¿Sucedió alguna vez el que los seres humanos no habitaran en ciudad alguna? Pues que ciudad puede ser ya la cueva, el rudimentario palafito. Ciudad es todo lo que tiene techo. Y al tener techo, puerta. Un dintel y un techo, una habitación donde solamente su dueño y los suyos, y los que él diga, pueden entrar, por escaso abrigo que proporcione. Ya ese hombre ha trazado un límite entre su vida y la del universo, una frontera».

Para leer más:

María Zambrano: Claros del bosque. Alianza Editorial, Madrid, 2019.

La Laguna de Janubio en palabras de Agustín Espinosa

Existe en la isla canaria de Lanzarote un pequeño lago costero de origen volcánico, conocido con el nombre de Laguna de Janubio, que ha despertado la atención tanto de científicos como de literatos.

Esta laguna, relacionada con la formación de las mayores salinas artesanales de las Islas Canarias, ha sido declarada espacio natural protegido bajo la figura de «sitio de interés científico». Constituye un importante lugar de refugio y nidificación de aves migratorias, lo que ha permitido que sea incluido en la red de zonas de especial protección para las aves (ZEPA) de la Unión Europea.

Pero la laguna y salinas de Janubio ofrecen, además de un incuestionable valor científico, biológico y geológico, una belleza y armonía singulares que han inspirado la creatividad de los literatos. En 1929 el escritor Agustín Espinosa (1897-1939) describió este paraje isleño con las siguientes palabras:

«El lago de Janubio es el sentimiento marino de Lanzarote hecho realidad. Un pedazo de azul robado al Océano. La respuesta tímida de la isla al abrazo redondo del mar.

El lago de Janubio tiene una vía ancha hacia el Océano. Tiene patos chilladores. Tiene, además -a su espalda- salinas. Por la vía ancha hacia el Océano, entra la sal nueva que necesita el lago de Janubio, para tener salinas a su espalda. Por la vía ancha hacia el Océano, entran también esos pescados de nombres tan diversos -herreras, roncadores, galanas, zaifíos, catalinetas, lebranchos, longorones- que necesita el lago de Janubio, para tener patos -patos chilladores- en su casa.

Esto podía bastarle al lago de Janubio: sus salinas, como una ordenación -filosófica, pictórica, fonéticamente- de cadinas rubias tras su sultán, sus patos, que imitan el claxon sobre los crepúsculos y se miran en el espejo salado a la hora de comer.

Pero el lago de Janubio ha querido tener también su fiesta de magia. Aliado con el viento, obtener el espectáculo perenne que únicamente esa alianza podía traerle.

Ha llamado al viento y le ha dicho:

-Sobre mi panza, sobre la panza redonda del mar, sabes mover, deliciosamente, barquitos de una sola vela, barquitos de dos velas, barquitos, tal vez, hasta de veinte velas. Sobre la panza morena de la Isla, sabes mover las teclas largas de los molinos. Probablemente, sabrás hacer otras muchas cosas admirables. Pero yo te invito a que ensayes conmigo el juego de manos más estupendo que nunca hayas podido pensarte. Se trata, sólo, de que aprendas a cazar mis espumas. Aprésalas como puedas. Llévalas donde quieras. Hacia el Norte, hacia el Sur, hacia el Este, hacia el Oeste. Que los hombres de la Isla las vean. Tal vez no hayan visto nunca nada semejante. Creerán que son pájaros blancos. Tú les dirás que son pájaros blancos, hijos del pato más albo y de la ola más salada del lago».

Para leer más:

Agustín Espinosa: Lancelot 28º-7º (Guía integral de una isla atlántica). Ediciones Alfa, Madrid, 1929.