El olivo, en el verso de Josefina de la Torre

Aprender de la naturaleza, nos sugiere la escritora canaria Josefina de la Torre (1907-2002) con el poema Olivo incluido en su obra Marzo incompleto.

El árbol del olivo, como los seres humanos, experimenta a lo largo de su vida periodos de sequía y padecimientos, a la vez que no deja de perseguir viejos anhelos nunca realizados. Sin embargo, la esencia que define a este árbol, que arranca desde sus hondas raíces, permanece inquebrantable.

OLIVO.
Seco, retorcido, tronco doloroso.
Olivo.
Ni flor,
ni rama que cobija.
Angustioso querer y nunca erguirse.
Verdinegro sopor.
Olivo.
Quisieras alzarte,
elevarte, esbelto, orgulloso,
y luchas
desde las raíces de la tierra dura
hasta donde el pecho se te quiebra.
Olivo.
Tus brazos no llegan,
se quedan oscuros.
Tu rama
apenas es bella.
Pero tú, olivo,
no cambiarías tu entraña por llegar al cielo.

Para leer más:

Josefina de la Torre: Oculta palabra cierta. Antología poética. Editorial Renacimiento, Sevilla, 2020.

La importancia de los árboles, en el verso de Rafael Alberti

El poeta español Rafael Alberti (1902-1999) nos dejó en ¡A volar!, poema incluido en su célebre obra Marinero en tierra, un sentido canto por la conservación de la naturaleza.

Con estos versos Alberti nos exhorta a no deforestar. La mano del hombre, presta a talar árboles, alcanza a romper el equilibrio ecológico que se establece entre los pinos y las aves que cobijan.

LEÑADOR,
no tales el pino
que un hogar
hay dormido
en su copa.

-Señora abubilla,
señor gorrión,
hermana mía calandria,
sobrina del ruiseñor;
ave sin cola,
martín-pescador,
parado y triste alcaraván:

¡a volar,
pajaritos,
al mar!

Para leer más:

Rafael Alberti: Marinero en tierra. Editorial Seix Barral, Barcelona, 1985.

Una cita con los gorriones de Juan Ramón Jiménez

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Con su célebre obra Platero y yo, el poeta español Juan Ramón Jiménez (1881-1958) nos transmite con su magistral poesía en prosa su sincero amor a la naturaleza. En esta obra parece exhortarnos a reivindicar el poder liberador de “lo natural”. Sus otros seres vivientes pueden darnos lecciones para proseguir con mayor plenitud por la senda de la vida.

Así, el poeta dedica el capítulo LXIII a los gorriones, unos animales que estén donde estén irradian alegría y libertad. Citamos a continuación el siguiente pasaje:

«¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, a veces, llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos! Éste cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el otro se bebe un poquito de cielo en un charquillo del brocal del pozo; aquél ha saltado al tejadillo del alpende, lleno de flores casi secas, que el día pardo aviva.

¡Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, a no ser una dicha vaga, les dicen a ellos las campanas. Contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos que extasían o que amedrentan a los pobres hombres esclavos, sin más moral que la suya, ni más Dios que lo azul, son mis hermanos, mis dulces hermanos.

Viajan sin dinero y sin maletas; mudan de casa cuando se les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y sólo tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no saben de lunes ni de sábados; se bañan en todas partes, a cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal».

Para leer más:

Juan Ramón Jiménez (1917): Platero y yo.

La paloma, en el verso de Rafael Alberti

La paloma, como símbolo de amor, libertad o paz, forma parte de la cultura de nuestra civilización. El poeta español Rafael Alberti (1902-1999) logró escribir con pocas palabras un breve poema de gran belleza, en el que el protagonista es este animal, consiguiendo que ochenta años después siga perteneciendo a nuestra memoria colectiva.

La lectura del poema nos sugiere que está abierto a distintas interpretaciones. Tal vez el vuelo errante de la paloma de Alberti represente el rumbo equivocado del ser humano.

Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.

Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.

Que las estrellas, rocío;
que la calor, la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)

Para leer más:

Rafael Alberti: Entre el clavel y la espada. Ediciones Orbis, Barcelona, 1984.

La naturaleza no percibida: una cita con Jack London

Cuando el desaliento y la fatiga nos invaden, nuestros sentidos son incapaces de percibir con plenitud las bondades de la naturaleza. Esto es lo que les sucede a los protagonistas de La llamada de la selva (también traducida como El llamado del bosque), la célebre novela de Jack London (1876-1916).

Charles, Mercedes, Hal y los perros, que arrastraban sin apenas descanso el trineo durante cinco mil kilómetros, terminaron sucumbiendo cuando al fin llegaron al campamento. En estas condiciones la vivacidad de la naturaleza les es muy ajena, como nos narra London en el siguiente pasaje:

“Hacía un agradable tiempo primaveral, pero ni los perros ni los seres humanos lo percibían. El sol salía más temprano y se ponía más tarde cada día. El alba apuntaba a las tres de la mañana y el crepúsculo se prolongaba hasta las nueve de la noche. El día reverberaba inundado de sol hasta la noche. El espectral silencio del invierno era reemplazado por el murmullo primaveral de la vida que despertaba. Este alegre rumor brotaba de la tierra y de los seres, que renacían y volvían a moverse después de la quietud mortal de los largos meses de invierno glacial. La savia volvía a circular en los pinos. Los sauces y los álamos desprendían nuevos brotes. Los arbustos y la vid se cubrían de verde. Los grillos cantaban por las noches y durante el día salían a tomar el sol toda clase de animales reptantes y rastreros. Las perdices y los pájaros carpinteros se movían rápida y ruidosamente en el bosque. Las ardillas parloteaban, los pájaros cantaban y en el cielo graznaban los patos silvestres, que venían volando desde el Sur en formaciones cuneiformes.

Se oía el murmullo de invisibles manantiales que bajaban de las laderas de las colinas. Las cosas se derretían, se combaban y crujían. El Yukón luchaba por librarse de la coraza de hielo que lo cubría, absorbiéndola por debajo y evaporándola con el sol. Se abrían grandes fisuras en el hielo y algunos bloques se hundían en el río. Y en medio de este bullir y este desgarramiento de la naturaleza renaciente, bajo el brillante sol y a través de las suaves brisas primaverales, avanzaban tambaleándose, como condenados a muerte, los dos hombres, la mujer y los perros”.

Para leer más:

Jack London: El llamado del bosque. Salvat Editores, Estella, 1984.

Un día de mayo en la vida de Robin Hood

En Las alegres aventuras de Robin Hood, la célebre obra de Howard Pyle (1853-1911), las hazañas justicieras de los forajidos del bosque de Sherwood también encuentran momentos de disfrute de la naturaleza.

La primavera de las tierras de la vieja Inglaterra de Nottinghamshire invita a gozar de la paz que transmite la naturaleza, a través del aroma de las plantas, la sombra de los árboles o el sonido melodioso del agua.

Era un día del florido mes de mayo cuando, tras una larga marcha, Robin Hood y sus compañeros, el Pequeño John y Arthur de Bland, hicieron un alto en el camino para saciar la sed. Así nos describe Howard Pyle cómo era aquel apacible lugar:

«Tras haber recorrido cierta distancia bajo el sol implacable y tragando polvo, Robin empezó a sentir sed; sabiendo que detrás del seto había una fuente de agua fresca como el hielo, saltaron la empalizada y llegaron al manantial, cuyas aguas burbujeantes brotaban bajo una piedra. Arrodillándose y formando copas con las manos bebieron hasta saciarse y después, pareciéndoles que el lugar invitaba al descanso, se tumbaron a la sombra para reposar un rato.

Frente a ellos, al otro lado del seto, el polvoriento camino se extendía a través de la llanura; tras ellos se extendían praderas y campos de trigo verde que maduraba al sol; y sobre sus cabezas se extendía la fresca sombra de las ramas de un haya. A sus narices llegaba la agradable fragancia de las violetas y el tomillo, que crecían aprovechando la humedad de la fuente; y a sus oídos, el melodioso borboteo del agua; todo lo demás era sol y silencio, roto tan solo de vez en cuando por el lejano canto de un gallo que llegaba en alas de la brisa, o por el hipnótico zumbido de los abejorros que revoloteaban entre las flores de trébol, o por la voz de una mujer, procedente de una granja cercana. Todo era tan apacible, tan repleto de los encantos del florido mes de mayo, que durante un largo rato ninguno de los tres pronunció palabra, quedándose tendidos de espaldas, mirando el cielo a través de las hojas de los árboles, agitadas por la brisa”.

Para leer más:

Howard Pyle: Las alegres aventuras de Robin Hood. Editorial Salvat, Barcelona, 2021.

La naturaleza y la vida: una cita con Robin Hood

En Las alegres aventuras de Robin Hood, la célebre obra de Howard Pyle (1853-1911), el bosque de Sherward es el hábitat natural del célebre protagonista y su banda de forajidos. Allí se encontraban a salvo de las manos del sheriff, que trataba de capturarlos en respuesta a sus hazañas justicieras contra los ricos explotadores de Nottinghamshire. Al mismo tiempo, viviendo en medio de la foresta, Robin Hood y sus compañeros conseguían hacer de Sherward un lugar apacible donde disfrutar de las bondades de la naturaleza.

Pero, atravesando los límites del bosque, la mirada de Robin también era capaz de percibir la belleza de las tierras circundantes.

“Tuvieron que caminar largo rato hasta salir de Sherwood y llegar al valle del río Rother. El panorama allí era diferente del que se veía en el bosque; setos, extensos campos de cebada, tierras de pastos que ascendían hasta unirse con el cielo, y todo salpicado de rebaños de ovejas blancas, henares que despedían el olor penetrante del heno recién segado, amontonado en ringleras sobre las que volaban los vencejos en rápidas pasadas; visiones muy diferentes de la frondosa espesura de los bosques, pero igualmente bellas. Robin guiaba a su banda, caminando alegremente con el pecho hinchado y la cabeza erguida, aspirando el aroma de la brisa que llegaba desde los henares.

-Verdaderamente -dijo-, el mundo es muy hermoso, tanto aquí como en el bosque. ¿Quién dijo que era un valle de lágrimas? A mi entender, son las tinieblas de nuestra mente las que hacen sombrío el mundo”.

Para leer más:

Howard Pyle: Las alegres aventuras de Robin Hood. Editorial Salvat, Barcelona, 2021.

Una cita con Cairasco de Figueroa: la vida de Doramas en el bosque

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En la isla de Gran Canaria (Canarias) existió un gran bosque de laurisilva, cuya frondosa vegetación reunía gran diversidad de plantas (til, laurel, sabina, palo blanco, mocán, brezal, cerraja, poleo, salvia…)

Con la conquista de la isla en el siglo XV esta selva primigenia sufrió la continuada intervención del hombre a través de repartimientos de tierras entre propietarios privados que transformaron este valioso bien público en suelo para la explotación agraria y forestal.

Hoy, cinco siglos después, nos quedan solo pequeños vestigios de aquel emblemático bosque, y también admirables textos de escritores como los de Bartolomé Cairasco de Figueroa (1538-1610) que permiten rememorar un pasado natural malogrado.

Cairasco de Figueroa, considerado uno de los fundadores de la literatura de Canarias, escribió Comedia del recibimiento, obra de teatro en la que el autor escoge como protagonista al célebre Doramas, el gran guanarteme aborigen que hizo frente a los conquistadores y habitó en aquel exuberante bosque que recibiría su nombre.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento de la clásica obra de Bartolomé Cairasco de Figueroa perteneciente a la escena tercera:

"Yo soy aquel Doramas tan famoso
que en cuanto el sol rodea y el mar baña
he dilatado el nombre generoso
que aún vive entre umbrífera montaña.
En ella tuve ya dulce reposo,
albergue ameno, próspera cabaña,
gozando de sus frutas y arboleda
sin temor de Fortuna y de su rueda.
Aquí la excelsa palma a pocos dada,
el recio barbusano, el til derecho,
verde laurel, sabina colorada,
el palo blanco a tantos de provecho,
la madreselva yedra enamorada,
la gilbarbera, el húmedo helecho
sirvieron a mi frente de corona
por el honor debido a mi persona.
Aquí, cansado de correr la tierra,
ganando mil victorias cada día,
templaba el duro estilo de la guerra
con una natural filosofía;
y en un profundo valle y alta sierra
gozaba del murmurio y armonía
de claras fuentes y parleras aves,
unas en tono agudo y otras graves".

Para leer más:

Bartolomé Cairasco de Figueroa: Comedia del recibimiento. Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2017.

Pino Betancor: la tierra es nuestro hogar

La escritora española Pino Betancor (1928-2003), con su poemario Dejad crecer la hierba (2002), nos legó una sentida llamada para que el ser humano procure un mundo justo y en paz, donde no existan las guerras que amenazan la vida en la tierra que nos acoge.

A la par sus versos, dirigidos en particular a los niños, los futuros guardianes del mundo de mañana, se convierten en una abierta invitación para que no nos distanciemos del medio natural y seamos capaces de convivir armoniosamente con él. Como expresan los siguientes versos seleccionados, su poesía es un auténtico canto de amor a la Tierra:

Dejad que crezca el árbol,
que siga siendo
la casa de las aves
susurrante verdor
de los caminos.

Dejad crecer la hierba,
que los campos no dejen
de ser mares de espigas,
alfombras de olivos verde-gris,
tapices de rosados almendros.

Dejad crecer la hierba…!

Que el agua saltarina de los ríos
vuelva a ser lecho puro
donde vivan los peces,
líquida agua marina
entre los labios.

Dejad crecer la hierba…!

En este mundo nuestro,
planeta azul y verde,
pudiera de repente apagarse la vida.

Pudiera ser tan solo
un cascarón vacío,
convertido en ceniza,
polvo y muerte.

La tierra es nuestro hogar,
y es para todos.

Los pueblos son estancias
de un único edificio
que debéis preservar de la ruina.

 

Para leer más:

Betancor, Pino: Nada más que esa luz. Ediciones La Palma, Madrid, 2016.

Pedro Lezcano: una cita con la economía vista por un no economista

¿Cómo se concibe la economía desde fuera de la disciplina?

Para responder a esta pregunta, traemos hasta aquí las palabras del escritor Pedro Lezcano (1920-2002) que, como tantos otros pensadores y literatos, ven a esta ciencia social ajena, paradójicamente, a los intereses de la sociedad.

Ello es así porque, en realidad, sigue prevaleciendo la visión de la economía basada en el supremo poder del mercado y el dinero. Cabe recordar que, evidentemente, esta interpretación hoy dominante de la economía no siempre ha sido así. Es más, si nos remontamos a sus orígenes, ya desde Aristóteles, como nos recuerdan economistas como Amartya Sen y Manfred Max-Neef, la economía tenía una concepción bien diferente, más próxima a la ética y a la acción pública que procura el bien común.

Acaso la principal virtud de acercarnos a conocer puntos de vista foráneos, como el de Pedro Lezcano, sea disponer de la objetividad que nos brinda la mirada exterior, desde la distancia disciplinaria, a la vez que nos permite relativizar y curarnos de posibles excesos de corporativismo.

“La economía es por definición apolítica y amoral. El mundo de los números ignora virtudes cardinales y decálogos éticos. La bondad se llama beneficio; el bien último se llama superávit, la felicidad compartida se llama dividendo. No podemos pedir peras al olmo ni santidad a los negocios. El dinero, pese a cuños nacionales, es un ente apátrida o plurinacional, desligado del bien y del mal. Emigra, según norma zoológica, allí donde mejor se reproduce. Todas aquellas cosas que puedan comprarse o venderse -ya sean armas, alimentos o vidas humanas- tienen en su lenguaje un solo nombre: mercadería”.

Para leer más:

Lezcano, Pedro: Mis islas y los días. Centro de la Cultura Popular Canaria, Santa Cruz de Tenerife, 2003.