Una cita de Pío Baroja con la naturaleza

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Un día de Nochebuena de intenso frío, Andrés Hurtado, el protagonista literario de Pío Baroja (1872-1956) en su novela El árbol de la ciencia, tomó la determinación de dejar Madrid para ir a visitar la casa de unos familiares en un pueblecito a las afueras de Valencia.

Así describe Baroja las sensaciones que inundaron los sentidos de Andrés:

“Hacía tanto tiempo que no había visto árboles, vegetación, que aquel huertecito abandonado, lleno de hierbajos, le pareció un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido, tan luminoso, le llenó de paz y de melancolía.

Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente llegaba el silencio, sólo interrumpido por el cacareo lejano de los gallos; los moscones y las avispas brillaban al sol.

¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas aquel cielo tan azul, tan puro!”

Para leer más:

Pío Baroja (1911): El árbol de la ciencia.

 

El origen del mundo en palabras de Virgilio

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El poeta romano Publio Virgilio (70 a. C.-19 a. C.) desarrolla en Geórgicas un auténtico tratado poético sobre el mundo rural. Con estas palabras expresa Virgilio, en el Libro segundo, cómo es su visión del origen del mundo:

“No creo yo que en el primer origen y crecimiento del mundo brillasen otros días ni que fuera otra la estación: aquel tiempo era primavera; el gran orbe gozaba primavera; refrenaban los Euros los invernales soplos, cuando bebieron la luz las primeras alimañas, y el terrenal linaje de los hombres irguió su frente de los pedregales, y las selvas se poblaron de fieras, y de estrellas se pobló el cielo. En su terneza, ninguno de los seres soportara este trabajo si no hubiese reinado tal sosiego y tal templanza entre el frío y el calor y si no cobijara la tierra la mansedumbre del cielo”.

Para leer más:

Publio Virgilio (29. a. C.): Geórgicas.

 

 

Una cita con el jardín y la naturaleza de Herman Hesse

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Al escritor Herman Hesse (1877-1962), merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1946, le debemos una extensa obra, traducida a múltiples idiomas. En esta ocasión nos detenemos en un fragmento de uno de los artículos que escribió en 1908 donde expresa su experiencia personal sobre la vida en el jardín.

“En la jardinería late algo de placer y orgullo creador; uno puede configurar un trocito de tierra a su gusto y antojo, puede producir para el verano sus frutos preferidos, sus colores preferidos, sus aromas preferidos. Se puede convertir un pequeño bancal, unos metros cuadros de suelo desnudo, en sinfonía de colores, en delicia visual y en minúsculo paraíso. Pero todo esto tiene sus estrictos límites. En fin de cuentas sólo podemos querer, con todos nuestros caprichos y nuestra fantasía, lo que la naturaleza quiere, y no hay más remedio que dejarla hacer. Y la naturaleza es inexorable. Se la puede camelar un poco, se la puede engañar en apariencia, pero luego reclama con tanto mayor rigor sus derechos”.

Para leer más:

Hermann Hesse: “En el jardín”. Artículo publicado en 1908 y compilado en el libro Pequeñas alegrías (2010).

 

Un cita con la luna de José Saramago

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En las noches oscuras de nuestro planeta, la luna, su satélite natural, logra iluminar los rincones de la naturaleza, y ser un motivo de creación para escritores como José Saramago:

“Me desperté cuando me llamó mi tío, con la noche aún encima. Me senté en el comedero y miré la puerta, con los ojos entornados por el sueño y por una luz inesperada. Salté al suelo y salí al corral, envolviendo de una claridad lechosa la noche y el paisaje. Donde daba la luna, todo era blanco y refulgente, todo lo demás quedaba envuelto en una espesa oscuridad. Y yo, que sólo tenía doce años, como ya queda dicho, adiviné que jamás volvería a ver una luna así. Por eso hoy me conmueve poco la luz de la luna: llevo una dentro de mí insuperable”.

Para leer más:

José Saramago: Las maletas del viajero. Ediciones B, Barcelona, 1998. (Incluye la crónica Y también aquellos días).

 

El “Mensaje a los hombres” de Pino Ojeda

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En 1954 la poeta y pintora Pino Ojeda (1916-2002) publicó Como el fruto en el árbol. En este poemario, que pone alas a sus experiencias vitales, la naturaleza se presenta como un tema esencial. Fruto de su exploración personal y del mundo lanza su mensaje poético a los seres humanos.

“Yo no sé por qué los hombres, cuando caminan por la tierra y los bosques
van rumiando silenciosos sus pequeñas, bajas preocupaciones.
Ellos deberían dejar sus agrias, difíciles conciencias,
en la primera vuelta del camino donde la civilización se expresa.
Allí sobre la dura y cementada superficie gris que habla de dolor,
de sangre interminable.

Los hombres no deberían llevarse al bosque, a la tierra,
sus pesadillas nocturnas,
sus agobiadoras, durísimas contiendas.
Ellos podrían llevar arriba la misma sencilla mirada,
el mismo sencillo gesto de los seres que van a encontrarse.
Solo una mirada sin pasado, sin ayer, sin retorno.
¡Si los hombres se dieran cuenta de estas pequeñas cosas
y subieran a lo alto libres de ellos mismos,
libres de sus pobres, ligeras ansias!
Si ellos supieran rezar sin voces, dentro de sí, detenidamente, sin prisas
Si ellos lograran dejar en las ciudades
-llenas de polvo, de ruidos y fiesta-,
sus pobres, mentidas palabras.
Encontrarían allá arriba el brazo que les rodeara calladamente la espalda.
Encontrarían la voz que perdieron con el primer desperezo de hombres
Encontrarían, sí, como partiendo de su propia carne,
el camino que olvidaron cuando sus pobres corazones aprendieron
a maldecir en silencio”.

Para leer más:

Pino Ojeda (1954): “Como el fruto en el árbol”.

El arte y la naturaleza según César Manrique

Mirador de La Peña_2015.04.02: El Hierro

César Manrique (1919-1992) fue pintor, arquitecto, escultor, urbanista…, pero  ante todo se consideraba artista. Su obra, en las diversas dimensiones del arte que abordó, encontró en la naturaleza su principal fuente de inspiración, como la del paisaje volcánico de Lanzarote, su isla natal.

Fruto de ese vínculo vital y artístico con la Naturaleza, pronunció estas palabras que muestran su reconocimiento y gratitud por el inestimable valor que posee:

“Mi gran maestra ha sido mi continuado asombro por la observación de la Naturaleza en donde nunca pude entender su gran secreto creativo. Mi asombro continúa cada vez con mayor intensidad, comprendiendo cada vez con mayor claridad de su infinita sabiduría”.

“Mi alegría de vivir y de crear continuamente me la ha dado el haber estudiado, contemplado y amado la gran sabiduría de la naturaleza”.

Devolver a la Naturaleza lo que la Naturaleza te ha dado, como artista y ser humano, constituyó uno de los principios de la obra de César Manrique. Su compromiso conservacionista quedó patente en los siguientes fragmentos:

“Ante el exterminio suicida de nuestro planeta, la intervención de los artistas en defensa de la conservación del medio se convierte en una cuestión urgente, de máxima responsabilidad, ya que es hora de traspasar las fronteras y ampliar los ambiguos límites del Arte”.

“El papel que juegan los artistas como portadores de la cultura con intervenciones de diseños totalizadores, para la programación de un nuevo concepto de vida, es con una mayor aproximación a la Naturaleza, creando obras emocionales y cautivadoras que levanten el alma, ya que tanta falta hace, ante la triste y devastadora panorámica de nuestro deteriorado mundo contemporáneo”.

“Creo sinceramente que el Arte tiene una misión más cósmica y totalizadora, puesto que los artistas tenemos la misión moral de aplicar el talento a la vida y al desarrollo de ésta.”

“Todos los artistas contemporáneos, si realmente son receptivos, tenemos la obligación moral de colocar todos los conocimientos del arte al servicio del freno, en lo posible, ante las barbaridades de todo tipo que se están llevando a cabo”.

“No se trata de parar el progreso, sino todo lo contrario. Pedimos que el progreso sea armónico. Más cualitativo y por tanto más productivo a la larga…”

 

Para leer más:

César Manrique (1988): Escrito en el fuego.

Henry D. Thoreau y la vida al aire libre

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El escritor naturalista Henry D. Thoreau (1817-1862) defiende en su célebre obra Walden la necesidad de llevar una vida sencilla, ajena a lujos y comodidades, que no son sino obstáculos para “la elevación de la humanidad”.

El desarrollo de la sociedad moderna ha proporcionado al hombre bienestar material pero también lo ha ido distanciando de su contacto primigenio con la naturaleza.

“Al final, no sabemos ya lo que significa vivir al aire libre, y nuestras vidas se han vuelto domésticas en más sentidos de lo que creemos. Entre hogar y campo hay una gran distancia. Y quizá sería bueno que pasáramos más de nuestros días y noches sin que mediara obstáculo alguno entre nosotros y los cuerpos celestes, y que el poeta no hablara tanto bajo techado o que el santo no se acogiera con tanta frecuencia a su protección. Las aves no cantan en las cuevas, ni las palomas cultivan su inocencia en los palomares”.

Para leer más:

Henry D. Thoreau (1854): Walden o la vida en los bosques.