Una cita con el «bosque de leyenda” de Miguel Ángel Asturias

_Z0B2489

El escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974) nos regaló estas palabras con las que literariamente consigue fusionar el ser humano y la naturaleza de forma magistral:

«En la oscuridad fueron surgiendo imágenes fantásticas y absurdas: ojos, manos, estómagos, quijadas. Numerosas generaciones de hombres se arrancaron la piel para enfundar la selva. Inesperadamente me encontré en un bosque de árboles humanos: veían las piedras, hablaban las hojas, reían las aguas y movíanse con voluntad propia el sol, la luna, las estrellas, el cielo y la tierra.

Los caminos se enroscaron y el paisaje fue apareciendo en la claridad de las distancias enigmático y triste, como una mano que se descalza el guante. Líquenes espesos acorazaban los troncos de las ceibas. Los robles más altos ofrecían orquídeas a las nubes que el sol acababa de violar y ensangrentar en el crepúsculo. El culantrillo simulaba una lluvia de esmeraldas en el cuello carnoso de los cocos. Los pinos estaban hechos de pestañas de mujeres románticas».

Para leer más:

Miguel Ángel Asturias (1930): Leyendas de Guatemala.

 

Una cita con la naturaleza en la obra de Henry D. Thoreau

_MG_8625La estrecha comunión con la naturaleza que entabla el escritor naturalista Henry D. Thoreau (1817-1862) queda sintetizada en las siguientes palabras extraídas de su célebre obra Walden:

«La indescriptible inocencia y, beneficencia de la Naturaleza, del sol, del viento, de la lluvia, del verano y del invierno. ¡Qué salud, qué alegría proporcionan siempre! Y es tal la simpatía que vuelcan sobre nuestra raza, que la Naturaleza toda se afectaría, se empañaría el sol, suspirarían los vientos con voz humana, las nubes precipitarían lágrimas y los bosques desecharían su follaje para ponerse de luto en pleno verano, si algún hombre sufriera alguna vez por una causa justa. ¿Acaso no debo yo comulgar con la Naturaleza? ¿No soy en parte hojas y mantillo?».

Para leer más:

Henry D. Thoreau (1854): Walden o la vida en los bosques.

Una cita con Charles Darwin y la belleza de la naturaleza

8. Galápagos_S. Cristóbal. Ecuador
San Cristóbal. Islas Galápagos

El científico naturalista Charles Darwin (1809-1882) nos legó una trascendental obra, que hoy forma parte del patrimonio de la humanidad. La afamada obra «El origen de las especies», publicada en 1859, es el resultado de las reflexiones científicas que hizo su autor valiéndose de la observación directa de la naturaleza.

Su mente científica no impidió que poseyera una gran sensibilidad por la belleza y el valor intrínseco que presenta el planeta Tierra y los seres vivos que lo habitan. Traemos hasta aquí estas líneas con las que Darwin cierra las últimas páginas de su magna obra:

«Es interesante contemplar un enmarañamiento ribazo cubierto por numerosas plantas de muchas clases, con pájaros que cantan en los matorrales, con variados insectos revoloteando en torno y con gusanos que se arrastran por entre la tierra húmeda, y reflexionar que estas formas primorosamente construidas, tan diferentes entre sí, y que dependen mutuamente unas de otras de modos tan complejos, han sido producidas por leyes que obran en rededor nuestro».

Y continúa Charles Darwin recordando, a modo de síntesis, dichas leyes:

«Estas leyes, tomadas en su sentido más amplio, son: la de crecimiento con reproducción; la de herencia, que está casi comprendida en la reproducción; la de variabilidad, por la acción directa e indirecta de las condiciones de vida, y por uso y desuso; y una razón de incremento tan elevada, que conduce a la lucha por la vida, y, como consecuencia, a la selección natural, que determina la divergencia de caracteres y la extinción de las formas menos perfeccionadas».

Para leer más:

Charles Robert Darwin (1859): El origen de las especies.

 

Sorolla, el pintor que persigue «el natural»

 

IMG_2309

El pintor español Joaquín Sorolla (1863-1923) nos legó una fructífera obra en la que valoramos su maestría para mostrar espontaneidad, emotividad y la fugacidad de la luz en las escenas y los momentos que sus retinas captaban. Fue el pintor de la luz, el trabajador del natural.

Sorolla percibe en los colores de sus escenas del natural infinitos matices. En palabras del propio pintor «el color es todo en la vida».

Pero su amor a la pintura no puede entenderse sin su pasión por la naturaleza. Así lo reflejó por escrito en 1918 con estas palabras extraídas de las cartas personales que mantuvo con Clotilde García, su esposa:

«Yo lo que quisiera es no emocionarme tanto, porque después de unas horas como hoy, me siento deshecho, agotado, no puedo con tanto placer, no lo resisto como antes, es que la pintura cuando se siente es superior a todo; he dicho mal, es el natural lo que es hermoso».

 

Para más información:

Museo Sorolla

Sorolla. El color del mar

Una cita con el viento en la obra de Juan Rulfo

_Z0B5799

El escritor mexicano Juan Rulfo (1917-1986) nos legó una obra literaria no muy profusa, pero de excelente calidad. Su estilo único para describir el paisaje y el paisanaje, la estrecha relación entre sus personajes y el territorio en que habitan, trabajan, deambulan, sufren… lo convierten en un referente universal de la literatura latinoamericana del siglo XX.

Conocido también como el «narrador del viento», recordamos con las siguientes líneas la descripción que hace del valle de Comala, en su obra «Pedro Páramo»:

«Los vientos siguieron soplando todos esos días. Esos vientos que habían traído las lluvias. La lluvia se había ido; pero el viento se quedó. Allá en los campos la milpa oreó su hojas y se acostó sobre los surcos para defenderse del viento. De día era pasadero; retorcía las yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de noche gemía, gemía largamente. Pabellones de nubes pasaban en silencio por el cielo como si caminaran rozando la tierra».

Y en otra de sus páginas de la misma obra «Pedro Páramo» leemos en boca de uno de sus personajes:

«Siento el lugar en que estoy y pienso…

Pienso cuando madrugaban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban con su olor el viejo patio.

El viento bajaba las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos.

Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacia caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época».

Para leer más:

Juan Rulfo (1955): Pedro Páramo.

Una cita con la laguna Walden de Henry D. Thoreau

_MG_8962

La estrecha comunión que el escritor naturalista Henry D. Thoreau (1817-1862) mantiene con la naturaleza nos la transmite en su célebre obra a través de la bella descripción que hace de la laguna Walden. Traemos hasta aquí las siguientes líneas:

«El paisaje de Walden es de escala humilde, aunque muy bello; no tiene nada de grandioso ni podría interesar mucho a quien lo haya frecuentado largo tiempo, o vivido junto a la ribera; sin embargo, esta laguna es tan notable por su profundidad y pureza, que merece una descripción particular. Es como un pozo limpio, verde oscuro, de acaso media milla de longitud y de milla y tres cuartos de circunferencia que cubre pues unas veinticinco hectáreas; un manantial eterno entre pinares y robledos, sin afluente ni aliviadero alguno visibles que no sean las nubes y la evaporación. Las colinas circundantes se alzan bruscamente de las aguas hasta alturas entre cuarenta y ochenta pies, y aunque por el este y algo más al sur alcanzan cotas de ciento cincuenta y cien pies, respectivamente, a una distancia de un cuarto y un tercio de milla están totalmente cubiertas de arbolado. En Concord el agua muestra siempre dos colores por lo menos, uno, de lejos, y otro, más exacto, de cerca. El primero depende sobre todo de la luz y concuerda con el cielo. En tiempo claro, en el estío, las aguas parecen azules a escasa distancia, sobre todo si están agitadas, mientras que desde lejos todo resulta igual. En tiempo tempestuoso, en cambio, se diría que se trata de pizarra oscura. Del mar se dice, sin embargo, que un día aparece azul y el otro verde sin que medie cambio alguno perceptible en la atmósfera. Yo he visto nuestro río, cuando la campaña estaba cubierta de nieve, y tanto el agua como el hielo eran tan verdes como la hierba misma. Algunos consideran que el azul ‘es color del agua pura, tanto en estado sólido como líquido’. Pero, al mirar directamente a lo hondo de nuestros caudales desde un bote se ve que son de muy diferentes colores. Walden aparece ora azul ora verde, incluso desde el mismo punto de observación».

Para leer más:

Henry D. Thoreau (1854): Walden o la vida en los bosques.

Tres citas con la naturaleza y el hombre en la obra de Lao Tse

Las enseñanzas recogidas en Tao Te Ching o «Libro del Sendero», atribuido al filósofo chino Lao Tse (ca. s. V a.C.), se inspiran con frecuencia en las fuerzas naturales. Extraemos aquí tres citas en las que se plasma la búsqueda de la armonía a través de la identificación del hombre con la naturaleza.

El hombre y las fuerzas de la naturaleza:

«Sé como las fuerzas de la naturaleza.

cuando sopla el viento, sólo hay viento;

cuando llueve, sólo hay lluvia;

cuando pasan las nubes, brilla el sol».

_z0b0332
Templo taoísta de los Ocho Inmortales. Xi’an, China.

La moderación y la naturaleza:

«La marca de un hombre moderado

es que no se aferra a sus ideas.

Tolerante como el cielo,

omnipresente como la luz del sol,

firme como un árbol al viento,

sin un destino a la vista

y haciendo uso de todo,

la vida ocurre y le trae su camino».

Los hombres y las plantas:

«Los hombres nacen suaves y blandos;

muertos, son rígidos y duros.

Las plantas nacen flexibles y tiernas;

muertas, son quebradizas y secas».

Para leer más: 

Lao Tse: Tao Te Ching. Alianza Editorial, Madrid, 2016.

El canto a la palmera de Miguel Hernández

_Z0B9223

En 1933 el poeta español Miguel Hernández (1910-1942) publicó este poema con el que, a modo de acertijo para el lector, canta a la palmera de su tierra natal para convertirla en la protagonista.

«ANDA, columna; ten un desenlace

de surtidor. Principia por espuela.

Pon a la luna un tirabuzón. Hace

el camello más alto de canela

Resuelta en claustro viento esbelto pace,

oasis de beldad a toda vela

con gargantillas de oro en la garganta:

fundada en ti se iza la sierpe, y canta».

Para leer más:

Miguel Hernández (1933): Perito en lunas

Una cita sobre riqueza y naturaleza en la obra de Confucio

18. Suzhou_1_T. de Confucio. China
Templo de Confucio. Suzhou, China

El filósofo y pensador chino Confucio (551-479 a.C.) se inspira en la naturaleza para expresar su idea de riqueza y felicidad con estas palabras:

«Quien busca alimentos crudos para comer, agua para beber y un brazo doblado como almohada encontrará felicidad sin buscarla. Cualquier idea de aceptar la riqueza y la posición por medios que están equivocados resulta tan lejana para mí como las nubes que se desplazan en el cielo».

 

18. Suzhou_1_T. de Confucio
Confucio. Suzhou, China

Para leer más:

Confucio: Analectas.

Una cita con el río en la obra de Joseph Conrad

El literato inglés de origen polaco Joseph Conrad (1857-1924) narró como pocos la envolvente fuerza natural de un río: el río Congo. Traemos hasta aquí estas expresivas palabras pertenecientes a su reputada novela «El corazón de las tinieblas»:

«Remontar aquel río fue como retroceder hasta los orígenes más tempranos del mundo, cuando la vegetación dominaba la tierra y los grandes árboles eran los reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, denso, pesado, lento. No había ninguna alegría en el brillo del sol. Los largos tramos del canal seguían corriendo, desiertos, hasta la penumbra de la ensombrecida lejanía. En bancos de arena plateados, hipopótamos y caimanes tomaban juntos el sol. Las aguas ensanchadas fluían a través de una aglomeración de islas boscosas; uno se perdía en aquel río como lo haría en un desierto, y se chocaba todo el día contra bajíos, tratando de encontrar el canal, hasta que uno se creía hechizado y aislado para siempre de todo lo que había conocido alguna vez…, en algún lugar…, muy lejos…, en otra existencia tal vez».

_z0b8058
Casa donde en 1861 vivió Joseph Conrad. Varsovia, Polonia

Para leer más:

Joseph Conrad (1899): El corazón de las tinieblas.