La belleza de una isla, en palabras de R. M. Ballantyne

Las islas, por sus intrínsecas características geográficas que las diferencian de los ecosistemas continentales, son con frecuencia elevadas por su belleza natural. Tanto más cuando la mano del ser humano no ha irrumpido con desmesura.

Traemos hasta un pasaje de la conocida novela La isla de Coral del escritor británico Robert Michael Ballantyne (1825-1894). En ella Ralph Rover y sus dos compañeros de viaje, tras ver naufragar su buque Arrow, alcanzan la isla de Coral. Allí, las penalidades sufridas por los jóvenes aventureros pronto serán eclipsadas por la alegría que sintieron al encontrarse ante una belleza hasta entonces desconocida..

“Esta era la primera vez que me daba cuenta del lugar donde nos hallábamos, porque al recobrar el conocimiento estaba en un sitio rodeado de espesa vegetación, que ocultaba casi el panorama. Pero ahora, al salir al terreno descubierto de la arenosa playa y contemplar la belleza del paisaje, se me alegró el corazón y se levantaron mis ánimos. El huracán había cesado bruscamente, como si hubiera soplado con furia hasta estrellar nuestro buque y no le quedase más que hacer después de tal hazaña. La isla era montañosa y estaba casi enteramente cubierta de árboles, plantas y arbustos de lo más bello y vistoso. Por entonces no sabía el nombre de ninguno de ellos, excepto el de los cocoteros, que reconocí enseguida por los muchos grabados que había visto en mi tierra. Una playa arenosa, de blancura deslumbradora, bordeaba la verde cota sobre la que se agitaba suavemente el agua, lo cual me sorprendió mucho, porque recordaba que en mi país el oleaje duraba hasta mucho después de cesar la tempestad. Pero al dirigir la mirada al mar vi enseguida la causa. A cosa de una milla mar adentro se veían rodar grandes olas, como una verde pared, que se estrellaban y deshacían en el bajo arrecife de coral, levantando espuma blanca que saltaba formando como nubes, a veces muy altas, en las que lucía por instantes, acá y allá, un hermoso arcoíris. Después vimos que el arrecife de coral rodeaba por completo la isla y formaba un rompeolas natural.

Fuera de este rompeolas, el mar se agitaba violentamente por los efectos de la pasada galerna, pero entre el arrecife y la orilla de la isla el agua estaba tan serena como en un lago.

Me es imposible expresar la alegría que sentía ante la belleza de todo lo que nos rodeaba, y por la expresión de mi compañero comprendí que también disfrutaba con la esplendidez del paisaje, mucho más agradable después de un largo viaje por mar”.

Para leer más:

R. M. Ballantyne: La isla de Coral. Zenda-Edhasa, Barcelona, 2022.

El lago, ojo natural: una cita con Henry D. Thoreau

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El escritor naturalista Henry David Thoreau (1817-1862) llegó a vivir durante más de dos años en una cabaña junto a la orilla de la laguna Walden. Fruto de aquellas vivencias en contacto directo con la naturaleza escribió su célebre obra Walden o la vida en los bosques.

La maestría literaria de Thoreau apoyada en su cuidada observación naturalista ha hecho posible que hoy contemos con magistrales descripciones, como la del siguiente pasaje donde con unas pocas palabras exalta la belleza que puede ofrecer un lago.

«Un lago es uno de los rasgos más bellos y expresivos de un paisaje. Es el ojo de la tierra; y en mirándose en él descubre el observador la profundidad de su propia naturaleza. Los árboles acuáticos de la orilla son las finas pestañas que lo enmarcan, y las frondosas colinas y acantilados en torno, sus prominentes cejas»

Para leer más:

Henry D. Thoreau: Walden o la vida en los bosques. Editorial Juventud, Barcelona, 2010.

Miguel Mihura: La Naturaleza es asombrosa

La capacidad de asombro ante la Naturaleza es una de las facultades que pueden enriquecer la calidad de vida del ser humano. Se puede experimentar al natural, en vivo y en directo, pero también gracias a la ficción literaria.

El dramaturgo español Miguel Mihura (1905-1977), reconocido en tres ocasiones con el Premio Nacional de Teatro, escribió en 1932 la conocida obra Tres sombreros de copa, estrenada 20 años después. Esta pieza teatral, impregnada del personal humor agridulce de su autor, se detiene en las inquietudes de sus protagonistas por abrirse el camino hacia la felicidad, en medio de una sociedad en la que se enfrentan dos mundos de moralidades irreconciliables.

Toda la trama de la obra se desarrolla en la habitación de un hotel. Sin embargo, Mihura, con su humor lúcido, hace mención a la Naturaleza, la que se puede contemplar desde el balcón. En aquella habitación de hotel de segundo orden en una capital de provincias, se encuentran el propietario del hospedaje, don Rosario, y el nuevo huésped, el joven Dionisio, entre los que se entabla la siguiente conversación:

DON ROSARIO: Es la mejor habitación, don Dionisio. Y la más sana. El balcón da al mar. Y la vista es hermosa (Yendo hacia el balcón). Acérquese. Ahora no se ve bien porque es de noche. Pero, sin embargo, mire usted allí las lucecitas de las farolas del puerto. Hace un efecto muy lindo. Todo el mundo lo dice. ¿Las ve usted?

DIONISIO: No. No veo nada.

DON ROSARIO: Parece usted tonto, don Dionisio.

DIONISIO: ¿Por qué me dice usted eso, caramba?

DON ROSARIO: Porque no ve las lucecitas. Espérese. Voy a abrir el balcón. Así las verá usted mejor.

DIONISIO: No. No, señor. Hace un frío enorme. Déjelo. (Mirando nuevamente.) ¡Ah! Ahora me parece que veo algo. (Mirando a través de los cristales.) ¿Son tres lucecitas que hay allá a lo lejos?

DON ROSARIO: Sí. ¡Eso!

DIONISIO: ¡Es precioso! Una es roja ¿verdad?

DON ROSARIO: No. Las tres son blancas. No hay ninguna roja.

DIONISIO: Pues yo creo que una de ellas es roja. La de la izquierda.

DON ROSARIO: No. No puede ser roja. Llevo quince años enseñándoles a todos los huéspedes, desde este balcón, las lucecitas de las farolas del puerto, y nadie me ha dicho nunca que hubiese ninguna roja.

DIONISIO: Pero ¿usted no las ve?

DON ROSARIO: No. Yo no las veo. Yo, a causa de mi vista débil, no las he visto nunca. Esto me lo dejó dicho mi papá. Al morir mi papá me dijo: “Oye, niño, ven. Desde el balcón de la alcoba rosa se ven tres lucecitas blancas del puerto lejano. Enséñaselas a los huéspedes y se pondrán todos muy contentos…” Y yo siempre se las enseño…

DIONISIO: Pues hay una roja, yo se lo aseguro.

DON ROSARIO: Entonces, desde mañana, les diré a mis huéspedes que sen ven tres lucecitas: dos blancas y una roja… Y se pondrán más contentos todavía. ¿Verdad que es una vista encantadora? ¡Pues de día es aún más linda!…

DIONISIO: ¡Claro! De día se verán más lucecitas…

DON ROSARIO: No. De día las apagan.

DIONISIO: ¡Qué mala suerte!

DON ROSARIO: Pero no importa, porque en su lugar se ve la montaña, con una vaca encima muy gorda que, poquito a poco, se está comiendo toda la montaña…

DIONISIO: ¡Es asombroso!

DON ROSARIO: Sí. La Naturaleza toda es asombrosa, hijo mío.

Para leer más:

Miguel Mihura: Tres sombreros de copa. El País, Madrid, 2005.

Azorín y el amor a los paisajes

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El escritor español José Martínez Ruiz, más conocido por Azorín (1873-1967), nos reveló desde los tempranos comienzos de su obra literaria un sentido amor por la naturaleza.

En Bohemia, libro de cuentos publicado en 1897, incluye uno, al que da por título Paisajes, con el que consigue persuadirnos de la profundidad con la que podemos llegar a admirar lo natural.

El protagonista innominado de este cuento confiesa el anhelo de escribir su gran libro, que titulará Paisajes. Con él, como si fuera “un álbum de acuarelas” el ilusionado escritor pretende capturar y dejar impresas las múltiples sensaciones que la Naturaleza siempre le ha provocado ante la constante contemplación de los paisajes de su tierra natal.

«Sí, ése es mi libro -decía-; el libro de mi juventud entera, de mis amores con la Naturaleza, de mis entusiasmos, de toda mi vida de artista enamorado del campo, de la vegetación loca, del cielo azul, de la noche estrellada. Ese es mi libro: un montón de páginas vibrantes, calurosas, resplandecientes de luz, con todos los ruidos de la campiña, con todos los aromas de los huertos de mi tierra. Se titulará Paisajes, será una serie de cuadros sin figuras, de manchas de color, de visiones…, estados del alma ante un pedazo de Naturaleza, sensaciones de la madre tierra. Porque ése es mi amor, mi suprema pasión: la tierra».

Y prosigue el protagonista con sus palabras de amor a la naturaleza:

“Por eso la quiero como si se tratara de mi propia madre, y siento impresión hondísima ante un grupo de árboles, ante una roca gris que se yergue al borde del mar, ante un montón de hojas secas, amarillentas, que el viento hace jugar a lo largo de las alamedas, en el otoño, cuando el cielo es de color de plomo y no tienen flores los jardines, ni el campo el follaje y ruidos alegres…”

Para leer más:

Azorín: Obras completas. Aguilar, Madrid, 1959.

El valle de La Orotava, en palabras de René Vernau

Isla de Tenerife.

El antropólogo francés René Vernau (1852-1938) fue un gran amante de las Islas Canarias (España), a las que consagró varios años de su vida.

Durante su estancia en la isla de Tenerife, Vernau caminó por incontables senderos en busca de cuevas, yacimientos y todo tipo de legado de los antiguos aborígenes. De esta isla obtuvo importantes hallazgos en su disciplina, pero al mismo tiempo sus sentidos quedaron, en muchas ocasiones, sobrecogidos por el paisaje en el que se vio inmerso.

Traemos hasta el siguiente pasaje de su obra Cinco años de estancia en las Islas Canarias, con el que el escritor francés hace un canto entusiasta a uno de los paisajes más emblemáticos de Tenerife: el Valle de La Orotava y el majestuoso marco en que se encuentra.

«Es difícil imaginar el panorama que se presenta de repente a la vista, cuando se llega a esta pendiente. A sus pies, se extiende el magnífico valle que Humboldt consideraba el más bello de la tierra. Arriba, se escalonan, en graderías, las casas de la villa; y hasta el mar sobre una extensión de cuatro kilómetros, se despliegan cultivos de tuneras, tabaco, millo y vegetales de las clases más diversas. En medio de todo esto se elevan palmeras, naranjos, eucaliptos, durazneros, damasqueros, almendros. Aquí se ven alamedas de cafetos; allá, plantaciones de plataneras; más lejos se entrevén árboles de Las Antillas, de América del Sur e incluso de Oceanía. Pero lo que es más bello e imponente que el valle mismo es el marco que le forman las montañas que lo rodean.

Al norte, una colina de 300 metros de altura va a unirse a las altas montañas que describen, al este, un inmenso circo que sobrepasa los 2.000 metros de altitud. Al sur se destaca el pico del Teide, cuya cima con frecuencia oculta las nubes que van a formarle una corona, se eleva a 3.711 metros. En el sudoeste, enormes estribaciones parten de la base del pico para ir a terminar, bruscamente, en el mar. Finalmente, al oeste, a través de unos conos volcánicos cuyo color negro hace resaltar todavía más la belleza del valle, se ve el océano, que parece pararse, en la lejanía, en la barrera sombría que forma la isla de La Palma.

Las montañas que limitan al este el valle de La Orotava están cubiertas, entre 800 y 1.500 metros de altitud, por un bosque espeso que ha dado a este lugar el nombre de Monte Verde. Las de norte presentan, a la misma altitud, una vegetación todavía más frondosa, que se puede comparar a la de Agua García. En este nuevo bosque brota también, en medio de columnas basálticas del aspecto más imponente, un manantial abundante que alimenta a todos los acueductos del valle. Es este manantial a quien le debe el bosque su nombre de Agua Mansa.

Por supuesto concibo el entusiasmo de los viajeros en presencia de un espectáculo tan grandioso. En otros puntos de Canarias se encuentra una vegetación tan frondosa y tan variada como en La Orotava, pero lo que no se encuentra en ningún sitio es un conjunto tan majestuoso».

Para leer más:

René Vernau: Cinco años de estancia en las Islas Canarias. Ed. J. A.D. L., La Orotova, 1992 (4ª edición en español).

La antigua hacienda: una cita con Leoncio Rodríguez

El paso del tiempo termina por imprimir sus huellas en el territorio que habitamos, en nuestro ámbito vital más cercano. Las actividades del ser humano cambian. Nuestros modos de producir y consumir se modifican a lo largo de los años. Pero no lo hacen de forma inocua, sino que alteran el paisaje y la naturaleza, con frecuencia irreversiblemente.

El escritor Leoncio Rodríguez (1881-1955), originario de las Islas Canarias, nos ilustra en sus Estampas tinerfeñas, el caso de un lugar de la Isla de Tenerife.

Allí, la vida de sus habitantes giraba alrededor del cultivo de las viñas, otorgando riqueza y esplendor a toda una época de la historia insular. El paisaje, marcado por la actividad vitivinícola, mostraba unos rasgos característicos: la típica hacienda canaria, con sus frondosos jardines, fructíferas huertas, valiosos viñedos de uva blanca, las bodegas, el lagar…

El fin de esta época de más de dos siglos conllevó no solo la transformación de una forma de vida, sino también la desaparición de un paisaje singular que solo sobrevivirá en la memoria. Así, nos lo dejó escrito Leoncio Rodríguez en el siguiente pasaje:

“La antigua hacienda, con sus huertas de plataneras escalonadas en el declive de la montaña, había perdido sus primitivas características. A la entrada conservábase intacta la vieja portada, con su valla de tea y sus gruesos pilares coronados por macetones con geranios, de donde partían las dos hileras de adelfas y arrayanes del camino central de la finca. Pero dentro echábase de menos aquel frescor de bosque, impregnado de aromas de jardines, que antes se percibía en su ambiente, propicio para la suave quietud y el plácido sosiego. Le faltaba, sobre todo, el ornato de sus árboles y de su flora exótica, de tan originales y diversos matices. Ya no poblaban las huertas los nogales y moreras de la India, el anón de áspera corteza, los pándanos de troncos en espiral, los tamarindos, papayas y aguacates del trópico. Ya no adornaban los jardines las magnolias de grandes hojas ovaladas, los garzoteros encarnados, los calicantos aromáticos, la fresa de los Alpes y la camelia de Japón. Ni se recortaban sobre el fondo luminoso del paisaje las copas de los dragos y los abanicos de las palmeras. Tampoco expandían su perfume los azahares de los naranjos ni daban su nota vibrante de color los arreboles, los tréboles y las siemprevivas azules.

Placíame, decía un sabio extranjero, extraviarme por estos senderos floridos a los que daban sombra soberbios árboles, escuchar el ruido de la espumosa cascada que saltaba las rocas para deslizarse después sobre un suelo esmaltado de flores. Por todas partes las cepas calentaban sus dorados racimos y los vergeles sus más hermosos frutos”.

Y continúa el autor más adelante:

“Todo ha cambiado en la vieja hacienda. De la era sólo queda el cerco de piedra utilizado ahora para secadero de ropas o refugio de cluecas y palomas. Donde se hallaban las bodegas se alzan las tongas de maderas de los empaquetados. Donde estaba el banco de piedra en que solían sentarse los dueños de la finca en apacibles charlas con los medianeros, se yergue un surtidor de gasolina. Por aquella estrecha vereda por donde se iba a los nacientes del agua, en lo alto de la montaña, baja ahora la cinta blanca de la acequia, plegándose a las ondulaciones del terreno. Y se oye el rumor de la corriente que se acerca, y que luego, acortando su marcha, se pierde entre los surcos y canalillos de las huertas”.

En palabras de Leoncio Rodríguez, de aquella antigua hacienda no ha quedado nada igual, salvo el viejo lagar, que se erige como venerable superviviente de una época histórica.

Para leer más:

Rodríguez, L.: Estampas tinerfeñas. Santa Cruz de Tenerife, 1935.

Armas Ayala, A.: Ensayistas canarios. Gobierno de Canarias, 1990. 

El paisaje de Tejeda: una cita con Domingo Doreste

El escritor canario Domingo Doreste Rodríguez (1868-1940) dedica unas sentidas palabras a la isla que le vio nacer: Gran Canaria, su «continente en miniatura».

En este territorio atlántico de las Islas Canarias sobresale el paisaje singular de Tejeda, donde se vuelve sublime la tempestad petrificada que dijera Miguel de Unamuno.

Con el siguiente pasaje traemos hasta aquí la descripción entusiasta que en 1932 hizo Domingo Doreste de la cuenca de Tejeda, hoy espacio natural protegido y Reserva Mundial de la Biosfera:

“Si Gran Canaria merece ser visitada, lo es singularmente por contemplar, desde una altura de 1.500 metros, el cañón del barranco de Tejeda, sobre todo en un ocaso de verano, bañado de oro fundido. Ancho panorama de rocas, profuso en formas que parecen arquitectónicas, encajado entre cordilleras indomables, cresteadas de agudos pinos, perfiladas de fantásticas líneas. En el punto más alto, como si lo hubiera colocado la mano de un esceanógrafo, el Nublo, monolito de 60 metros, uno de los grandes del globo. Más abajo el Bentaiga, otra mole poderosa que se asienta sobre el abismo. Lejano, el macizo de Tamadaba, de anchura imponente. Y en último término, el mar de Occidente, tablón azul en que aparece como pintada toda la isla de Tenerife bajo la majestad del Teide. Al caer de la tarde la orgía de las sombras enriquece el paisaje de fantasmas que se despiertan”.

Para leer más:

Armas Ayala, A.: Ensayistas canarios. Gobierno de Canarias, 1990.

La Isla de La Palma en el verso de Pedro García Cabrera

La Palma, Islas Canarias

A La Palma, isla atlántica de las Canarias, dedicó el escritor Pedro García Cabrera (1905-1981) uno de los 37 romances que componen su poemario Vuelta a la isla, publicado en 1968.

Es un sentido homenaje a la isla palmera con el que el poeta, más allá de la descripción geográfica, consigue entrelazar naturaleza y humanismo, conformando un único paisaje.

La esencia de esta realidad singular se vuelve verso después de que el escritor haya pisado suelo palmero “viviendo su actualidad, pensando sus noches y respirando sus días, conversando con las gentes y el aire que las rodea”.

Con este poema las retamas, los pinares, los mares, las cumbres, los volcanes de la Isla de La Palma se funden con la identidad, la libertad, la sabiduría, la lucha y la fortaleza que poseen sus gentes.

La sombra que esta retama

de la mirada desprende

me lleva en su catalejo

hasta oír cantar las preces

de pinares a La Palma,

abarloada al poniente.

La Palma no es soledad.

Es la cabeza de puente

que sobre los océanos

tendieron los continentes.

Para ella no hay fronteras,

no emigra nunca ni puede;

mar y tierra son caminos

y andarlos le pertenece.

Casi con forma de pez

no cae nunca en las redes

de hacer su patria en veredas

que no partan de sus sienes.

Y no es que cierre los ojos

y al desamor alimente.

Es que en la cuna aprendió

que los volcanes no duermen,

trabajándose en las cumbres

silencio que el fuego enciende.

Es que desde su niñez

ve que los días florecen

la noche del horizonte

y las agonías mueren.

Y así a su vida da fuerza

la juventud de la muerte.

Selváticas intuiciones

racionalizan su mente.

Jamás vacilan sus pasos,

van escritos en su frente

y en los muros del hogar

bien a las claras los tiene.

No digo que son columnas,

sí digo que son paredes

para que el sol y la lluvia

sus esponsales celebren,

en cueros como los niños

y en alto como las fuentes.

La Palma, yo soy La Palma

abarloada al poniente.

Por la borda las nostalgias,

mi raíz es Taburiente

y si lo quiero mayor

lo multiplico por nueve.

No me digáis que conquiste,

esos son otros belenes,

siendo dueña de mí misma

todo lo tengo con creces.

Y así me llevo conmigo

a dondequiera que fuere,

que soy La Palma, La Palma

abarloada al poniente.

Para leer más:

García Cabrera, P.: Diez poemas. Gobierno de Canarias, 2005.

García Cabrera, P.: Vuelta a la isla. Fundación Pedro García Cabrera, Santa Cruz de Tenerife, 2005.

El paisaje en verso que vio nacer a Pedro García Cabrera

La Gomera, Islas Canarias.

En un pequeño pueblo de la Isla de La Gomera (Canarias, España) nació el poeta Pedro García Cabrera (1905-1981). Allí, el escritor canario sintió durante sus primeros años de vida toda la fuerza del paisaje insular: sus barrancos, sus palmeras, sus roques, sus cumbres y el sonido de las olas del océano Atlántico.

Setenta años después de su nacimiento el reconocido poeta escribió, bajo el título Paisaje nativo, los siguientes versos que homenajean sus raíces:

Cualquiera de estas piedras

-chácaras del silencio-

puede croar la hoguera de mi infancia

mirarme desde atrás, desde un barranco

o de una sombra de palmera.

Son cimientos lejanos de otros días,

bultos de la ternura,

dureza que humaniza mis palabras.

Ninguna de estas piedras

sabe herir por sí misma.

Pulen su soledad, duermen y velan

su imposible esperanza

de volver a los hombros de las cumbres.

Y si en ellas me siento,

badajos del camino,

resueno como el mar.

Como dejó escrito el propio García Cabrera en su obra ensayística, “el medio imprime al hombre un símbolo primario, un determinado modo de ser. Símbolo primo que irá arrastrando a lo largo de su vida”.

Para leer más:

García Cabrera, P.: Antología Poética. Centro de la Cultura Popular Canaria, 2005.

Pedro García Cabrera. Antología.

El paisaje, en palabras de Octavio Paz

En su poema Piedras sueltas (1955) el escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998), Premio Nobel de Literatura en 1990, dedica unos versos al paisaje, cuya contemplación es, con frecuencia, ignorada por el ser humano.

Los versos de Paz nos desvelan cómo el hombre contemporáneo, ocupado en tareas desequilibrantes, vive alejado de las bondades naturales, de la armonía vital que se entrelaza a su alrededor.

PAISAJE

Los insectos atareados,
los caballos color de sol,
los burros color de nube,
las nubes, rocas enormes que no pesan,
los montes como cielos desplomados,
la manada de árboles bebiendo en el arroyo,
todos están ahí, dichosos de su estar,
frente a nosotros que no estamos,
comidos por la rabia, por el odio,
por el amor comidos, por la muerte.

Para leer más:

Octavio Paz: Libertad bajo palabra. (Poema Piedras sueltas, 1955). El País, Madrid, 2003.