El valle, en el verso de Fernando González

El acceso a la Naturaleza, en sus múltiples formas, es una fuente potencial de placer. La simple contemplación de la belleza natural, la escucha atenta del cantar de las aves o el transitar activo por un bosque son acciones que se han llegado a demostrar beneficiosas para el bienestar humano. Así nos lo han hecho saber también las palabras sentidas de los grandes literatos a lo largo de los siglos.

Las virtudes de un valle, con sus colores y aromas, donde vegetación, manantiales y pájaros pueden dejar su impronta, son capaces de despertar ricas emociones. Traemos hasta aquí el ejemplo vívido de la obra poética del escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, que desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular. Se trata de En el valle, poema con el que su autor nos transmite el placer que siente cada día cuando recorre el valle donde habita para buscar encantos que le emocionen.

“Entre el verdor del valle se divisa
mi casa, blanca como una paloma…
Crece a su alrededor la hierbaluisa
que llena el valle con su dulce aroma…

Y cual bravos gigantes se levantan
cubiertos de verdor, enhiestos pinos,
-donde las aves sus amores cantan-
dando sombra y frescor a los caminos…

Todas las tardes de placer henchido
recorro el valle plácido y florido,
buscando en sus encantos emociones;

Y el puro manantial de su belleza
me ofrece la gentil Naturaleza,
oculto entre sus valles floraciones…”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

El frondoso huerto de la isla de los feacios, en palabras de Homero

Durante el largo viaje y azaroso regreso a su patria, la anhelada Ítaca, Ulises deja el islote de Ogigia y alcanza la isla de los feacios. Allí, en la fértil Esqueria, sus habitantes viven “apartados en medio del mar y sus olas inmensas, al extremo del mundo sin mezcla con otros humanos”.

El exhausto Ulises, con la ayuda de Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, y la diosa Atenea, consigue llegar hasta la casa real. Es un palacio que cuenta con un placentero huerto, de gran belleza y frondosidad. Con las siguientes palabras nos lo describe Homero en la célebre Odisea, invitándonos a soñar en un lugar donde reina la felicidad:

“Por de fuera del patio se extiende un gran huerto, cercadas en redor por un fuerte vallado sus cuatro fanegas; unos árboles crecen allá corpulentos, frondoso: hay higueras que dan higos dulces, cuajados, y olivos. En sus ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo del poniente germinan los unos, maduran los otros: a la poma sucede la poma, la pera a la pera, el racimo se deja un racimo y el higo otro higo.

Tiene Alcínoo allí mismo plantada una ubérrima viña y a su lado se ve un secadero en abierta explanada donde da recio el sol; de las uvas vendimian las unas mientras pisan las otras; no lejos se ven las agraces que la flor han perdido hace poco o que pintan apenas. Por los bordes del huerto ordenados arriates producen mil especies de plantas en vivo verdor todo el año. Hay por dentro dos fuentes: esparce sus chorros la una a través del jardín y la otra por bajo del patio lleva el agua a la excelsa mansión donde el pueblo la toma. Tales son los gloriosos presentes que el cielo da a Alcínoo.”

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.