El frondoso huerto de la isla de los feacios, en palabras de Homero

Durante el largo viaje y azaroso regreso a su patria, la anhelada Ítaca, Ulises deja el islote de Ogigia y alcanza la isla de los feacios. Allí, en la fértil Esqueria, sus habitantes viven “apartados en medio del mar y sus olas inmensas, al extremo del mundo sin mezcla con otros humanos”.

El exhausto Ulises, con la ayuda de Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, y la diosa Atenea, consigue llegar hasta la casa real. Es un palacio que cuenta con un placentero huerto, de gran belleza y frondosidad. Con las siguientes palabras nos lo describe Homero en la célebre Odisea, invitándonos a soñar en un lugar donde reina la felicidad:

“Por de fuera del patio se extiende un gran huerto, cercadas en redor por un fuerte vallado sus cuatro fanegas; unos árboles crecen allá corpulentos, frondoso: hay higueras que dan higos dulces, cuajados, y olivos. En sus ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo del poniente germinan los unos, maduran los otros: a la poma sucede la poma, la pera a la pera, el racimo se deja un racimo y el higo otro higo.

Tiene Alcínoo allí mismo plantada una ubérrima viña y a su lado se ve un secadero en abierta explanada donde da recio el sol; de las uvas vendimian las unas mientras pisan las otras; no lejos se ven las agraces que la flor han perdido hace poco o que pintan apenas. Por los bordes del huerto ordenados arriates producen mil especies de plantas en vivo verdor todo el año. Hay por dentro dos fuentes: esparce sus chorros la una a través del jardín y la otra por bajo del patio lleva el agua a la excelsa mansión donde el pueblo la toma. Tales son los gloriosos presentes que el cielo da a Alcínoo.”

Para leer más:

Homero: Odisea. Editorial Gredos, Barcelona, 2019.

El mar, en el verso de Fernando González

El escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, nos ha dejado un legado poético, de múltiple adscripción estética, que hasta fechas recientes ha atravesado un relativo olvido. Este “exquisito poeta”, en palabras de Azorín, desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular.

Antes de partir hacia Madrid en 1922, el joven poeta publica su primer libro, Las canciones del alba (1918), en el que incluye un poema dedicado al mar, el océano Atlántico que baña su espíritu y tanto añorará durante su estancia en aquella populosa ciudad. Se trata de Canción del mar, con la que su autor nos transmite el placer que siente al escuchar la belleza que irradian las fuerzas sonoras de las olas.

“Oh, mar poderoso, de fuerzas potentes y enormes empujes
que has visto los siglos pasar para siempre con la loca violencia.
¡Oh, tú que sostienes eterno combate, y, sonoro, crujes
contra los peñascos que, débiles, quieren domar tu potencia!

¡Oh, titán que llevas sobre tus costados mil embarcaciones!
¡Ante tu presencia reviven historias de tiempos pasados!
¡Hoy, sobre las aguas que un día surcaron civilizaciones,
se hunden, en la lucha de vida o de muerte, los acorazados!

El bravo marino del puño de acero y el brazo desnudo,
te envía en su canto de frágiles notas, su ardiente saludo,
que vibra entre el trueno tremendo que lanza, soberbio, el turbión.

¡Yo también te envío mi canto gallardo de versos sonoros!
¡Oh mar, más preciado, por tu omnipotencia, que regios tesoros,
yo estoy en tu orilla oyendo, extasiado, tu enorme canción!”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

Una cita con Gulliver en la isla de Liliput

La contemplación de la naturaleza es también fuente de felicidad.

Un ejemplo de esta sensación de bienestar nos lo sugiere el escritor dublinés Jonathan Swift (1667-1745) en un pasaje de su obra Los viajes de Gulliver (1726), publicada hace tres siglos.

En la célebre isla literaria de Liliput, nuestro protagonista Gulliver, ya libre de ataduras, consigue ponerse de pie, y su primera impresión es de felicidad al observar su derredor. Allí, gracias a su intacta capacidad de asombro, siente en toda su amplitud la felicidad que le produce la sola contemplación de la naturaleza que le rodea.

«Cuando pude verme de pie, eché una ojeada a mi alrededor, y debo de confesar que nunca he contemplado un panorama más encantador. La campiña de los aledaños tenía el aspecto de un jardín interminable, y los campos con sus cercas en forma de cuadrados de unos trece metros de largo semejaban otros tantos lechos de flores. Estos campos se intercalaban entre bosques de una media aranzada, cuyos más corpulentos árboles, según calculé, aparentaban más de dos metros de altura. A mano izquierda divisé la ciudad, que parecía pintada en el escenario de un teatro».

Jonathan Swift: Los viajes de Gulliver. Alianza Editorial, Madrid, 2023.

La relación con el dinero: una cita con Benito Pérez Galdós

Desde viejos tiempos la posesión de dinero se nos ha presentado como un afán muy propio de la condición humana. Sin él la vida en sociedad se vuelve más compleja y reduce el abanico de posibilidades de sus habitantes. El dinero es básicamente un medio para procurarnos la satisfacción de aquellas necesidades materiales que contribuyen a nuestro bienestar. Sin embargo, con excesiva frecuencia, los seres humanos nos deslumbramos por su engañosa omnipotencia para terminar considerándolo como un fin en sí mismo que nos lleva a mantener con él relaciones insanas, alejadas de la virtud.

Para ilustrar esta idea, traemos hasta aquí un pasaje de la novela El doctor Centeno, del escritor español Benito Pérez Galdós (1843-1920), en el que este célebre autor nos relata un caso muy peculiar: la particular relación que Alejandro Miquis, el coprotagonista de la novela, mantiene con el dinero. Se trata de un personaje, desbordado de ideales y ciego a las exigencias del mundo real, que en un momento dado se ve deslumbrado por la posesión de dinero, contradiciendo las directrices de su conciencia ética. Alejandro Miquis persigue, pero mal gestiona “esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa nonada omnipotente que llaman dinero”, en palabras de Galdós.

“Poseer dinero era para él como la razón del vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de ello se asemejaba a un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero que nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer, pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar a los labios el auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan a la mano…! ¡Oh!, esto era superior a su conciencia de hombre, a su respeto de hijo. En el estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir a los verdaderos hombres, a los que están provistos de aquel jugo vital. Hemos de remontarnos a la época del pastoreo para imaginar al hombre indiferente a las ideas de tuyo y mío, y considerarlo como tal hombre a pesar de la mutilación de esa víscera que se llama bolsillo.”

Para leer más:

Benito Pérez Galdós: El doctor Centeno. Tormento. La de Bringas. Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2007.

Los intereses públicos y privados en el progreso humano: una cita con José Luis Sampedro

En el quehacer habitual de toda sociedad intervienen para su sostenimiento y progreso múltiples agentes que, desempeñando funciones distintas, defienden objetivos dispares. En el camino hacia el desarrollo sostenible es esencial tener presente, además, que no se trata de un proceso armónico, sino que conlleva, con frecuencia, el encuentro de intereses que están en constante conflicto.

La primera gran diferenciación de intereses a considerar, como nos recuerda el economista español José Luis Sampedro (1917-2013) en su obra El mercado y la globalización (2002), es que en un sistema de mercado confluyen el poder de las empresas privadas y el del Estado. Las primeras priorizan el objetivo del máximo beneficio monetario, mientras que los poderes públicos, en aras del interés común, tienen como función principal velar por la defensa de todas las dimensiones, en muchos casos intangibles (educación, sanidad, medio ambiente, cohesión social…), que procuran el objetivo de progreso humano.

«Ante el enorme poder de las empresas y los grupos económicos en el sistema de mercado es preciso recordar que el interés privado y el interés público no tienen siempre los mismos objetivos, aunque coincidan en parte. Las empresas persiguen una prosperidad reflejada en las máximas ganancias posibles, mientras que el interés común busca fines más variados a los que muchas veces hay que sacrificar el beneficio económico; fines tales como la salud pública, la mejora de la sociedad mediante la educación, el respeto a la naturaleza, la observancia de ciertos valores inmateriales, el cultivo de actividades estéticas, la cohesión social y, sobre todo, el acatamiento de unas normas éticas de convivencia, entre otras manifestaciones del progreso humano».

Para leer más:

Sampedro, José Luis: El mercado y la globalización. Ediciones Destino, Madrid, 2003.

La naturaleza en el hogar: una cita con Benito Pérez Galdós

En un mundo cada vez más urbano, donde el asfalto sustituye a los prados, y los automóviles a los animales, cobra especial importancia que nuestra conciencia no termine por desvincularse completamente de la naturaleza.

El ser humano cuando no tiene a su disposición un acceso fácil al entorno natural puede suplir esta falta intentando reunir, en mayor o menor medida, elementos de flora o fauna que le proporcionen en su hogar una vida de mayor bienestar.

Para ilustrar esta opción, desde un prisma literario, traemos hasta aquí un pasaje de la novela El doctor Centeno, del escritor español Benito Pérez Galdós (1843-1920), en el que este célebre autor nos describe un caso muy peculiar. Se trata de la vivienda de doña Isabel Godoy, la tía del coprotagonista de la novela, Alejandro Miquis, donde la presencia de especies naturales alcanza niveles poco comunes.

“Si los balcones del principal eran alegritos con tanta hierba y verdura, los del segundo éranlo mucho más, porque en ellos el follaje se desbordaba por los hierros, subía y aun daba grata sombra. Era ya una vegetación arborescente, impropia de balcones y que traía a la memoria lo que de Babilonia se cuenta. Los tiestos de diversa forma estaban unos sobre otros; había pucheros, cajones, tibores, medias tinajas y barriles, todo admirablemente cultivado y lleno de variedad gratísima de plantas. Descollaban una higuera con higos, un manzano con manzanas, un níspero también con fruto, un albaricoque y hasta una parra que ofrecía en sus ya pintados racimos abundante esquilmo de octubre. Y entre estas familias mayores, las capuchinas de doradas florecillas subían por la jamba, agarrándose a cuerdas muy bien colocadas; lo mismo hacían las campánulas, el guisante de olor y otras trepadoras. Achaparrados y asomando por entre los hierros, veíanse los claveles, el sándalo, la hierbabuena, la medicinal ruda, la balsamina, el perejil de la reina, el geranio de plumas y otras especies domésticas. Colgadas a un lado y otro de los balcones había hasta media docena de jaulas chiquitas con verderones y jilgueros presos; pero tan cantantes, que no cesaban ni un momento de arrojar sobre la calle sus deliciosos trinos.”

Para leer más:

Benito Pérez Galdós: El doctor Centeno. Tormento. La de Bringas. Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2007.

La contemplación de la naturaleza: una cita con Dostoievski

La contemplación del transcurrir de la vida en la naturaleza puede llegar a convertirse en fuente de momentos de felicidad memorables. La frondosidad de un bosque, el olor de sus árboles, la huella que dejan los rayos del sol que lo atraviesan o cualquier otro elemento de armonía que obsequia la vida al natural son oportunidades únicas para la alegre contemplación.

Esta idea nos la sugiere magistralmente la literatura del célebre novelista ruso Fiódor Dostoievski (1821-1881) en un pasaje de El pequeño héroe (1857), obra que escribió estando encerrado y condenado a muerte en una prisión de la Rusia zarista de Nicolás I.

“Me vestí aprisa, bajé al jardín y me encaminé al bosque. Me dirigí a su parte más frondosa, donde la fragancia de la arboleda traía más olor a resina, y donde más refulgían los rayos del sol, satisfechos de haber podido filtrarse por el tupido follaje. La mañana era hermosísima. Penetrando más y más, acabé por verme en el otro extremo del bosque, junto al río Moscova, que fluía a cosa de doscientos pasos. La orilla era escarpada. Al otro lado estaban segando heno. Me quedé embebido contemplando cómo filas enteras de afiladas guadañas resplandecían al sol a cada movimiento de los segadores, para desaparecer acto seguido cual culebrillas de fuego que se escondieran en algún recoveco, y cómo la yerba cortada era despedida en espesos y esponjosos haces y se iba alineando en largas franjas de rectas. No recuerdo cuánto tiempo llevaría embelesado en mi contemplación, cuando de pronto salí de ella al oír dentro del bosque, en una vereda que pasaba a cosa de unos vente pasos de mí y que, partiendo de la carretera, iba hacía la mansión señorial, el bufar de un caballo y el ruido de sus cascos escarbando el suelo”.

Para leer más:

Fiódor M. Dostoievski: Noches blancas. El pequeño héroe. Austral, Barcelona, 2025.

Inyección de naturaleza: una cita con Dostoievski

Cuando la vida en la urbe se vuelve inquietante, el ser humano tiene la opción de encontrar momentos de alegría y felicidad si vuelve sus pasos hacia la naturaleza, su hogar primigenio.

Traemos hasta aquí un pasaje de la obra Noches blancas (1849), del célebre novelista ruso Fiódor Dostoievski (1821-1881), donde el protagonista, un joven soñador atormentado por la soledad en una ciudad como Petersburgo, nos relata las siguientes sensaciones: 

“Anduve mucho, de suerte que, siguiendo mi costumbre, había olvidado dónde estaba, cuando, de repente, noté que había llegado a una de las puertas de la ciudad. Lleno de súbita alegría, atravesé la barrera y eché a andar entre prados y tierras de labranza. Lejos de sentirme fatigado, pareció quitárseme un peso de encima. Los viandantes me miraban con tal simpatía, que les faltaba poco para hacerme una reverencia. Todos se mostraban contentos, y todos fumaban cigarros puros. Yo me puse tan alegre como no había estado nunca. Me creí transportado a Italia: ¡tanta fue la impresión que me causó la naturaleza a mí, un enfermizo habitante de la ciudad que estaba a punto de asfixiarse entre las paredes de las casas”.

Para leer más:

Fiódor M. Dostoievski: Noches blancas. El pequeño héroe. Austral, Barcelona, 2025.

Lucro y medio ambiente: una cita con José Luis Sampedro

La ciencia económica tiene como principal máxima el propósito de gestionar de forma eficiente recursos, como el trabajo y el capital, que son considerados limitados, para producir bienes y servicios que permitan satisfacer las necesidades materiales de las personas.

Sin embargo, tal consideración no ha sido otorgada con la misma atención a los recursos naturales. El desarrollo de la disciplina económica durante las últimas décadas ha terminado por implantar un enfoque hegemónico de la economía que soslaya toda relación con la naturaleza, más allá de percibirla como un campo ilimitado de extracción de recursos materiales y de sumidero de residuos.

Como expresó en las siguientes líneas el economista español José Luis Sampedro (1917-2013), si queremos disponer de un futuro sostenible para nuestro planeta, el criterio ecológico de preservar la naturaleza no puede estar eclipsado por el criterio del lucro inmediato.

«Por otra parte, la economía se ocupa de recursos limitados y, dada nuestra dependencia de la naturaleza, no cabe olvidar la exigencia de respetar el medio ambiente. El criterio ecológico se impone cada día más, ante las destrucciones ya realizadas por haberse actuado pensando solamente en los beneficios monetarios inmediatos, sin advertir las ventajas futuras que quedaban destruidas para siempre con la operación. Las talas en la selva amazónica, que continúan sin interrupción, son un impresionante ejemplo de los daños que nos estamos causando y los graves perjuicios para el futuro, si se dejan en libertad ciertas actividades, a merced únicamente de criterios lucrativos inmediatos”.

Para leer más:

Sampedro, José Luis: El mercado y la globalización. Ediciones Destino, Madrid, 2003.

El mercado y la libertad: una cita con José Luis Sampedro

El mercado, ese lugar de encuentro entre vendedores que ofrecen sus mercancías y compradores que a cambio entregan su dinero para adquirirlas, es considerado como elemento fundamental para lograr el progreso de la sociedad. Además, el mercado llega a alzarse como institución social que garantiza el ejercicio de la libertad de los individuos.

Sin embargo, las fallas que encierra el mercado, donde la competencia perfecta es una irrealidad, no son suficientemente atendidas ni corregidas. Voces autorizadas como las del catedrático y economista humanista José Luis Sampedro (1917-2013), no siendo partidario de su abolición, nos hace reflexionar sobre la inconsistencia que supone equiparar el mercado con la libertad.

En su obra El mercado y la globalización (2002), Sampedro, con el rigor y la sencillez habituales de esta mente sabia, nos legó en unas pocas líneas ideas como la siguiente:

“Cuando, una vez más, alguien nos repita que ‘el mercado es la libertad’ invitémosle a practicar un sencillo experimento mental, consistente en imaginar que entra en un mercado a comprar pero no lleva dinero: constatará en el acto que no podrá comprar nada, que sin dinero no hay allí libertad, que la libertad de elegir la da el dinero”.

Para leer más:

Sampedro, José Luis: El mercado y la globalización. Ediciones Destino, Madrid, 2003.