Una cita con el jefe indígena Seattle y el valor del aire

_Z0B9979_500px

El jefe indígena Seattle (Si’ahl en su propia lengua, el lushootseed) pronunció un célebre discurso en 1854 (recreado por Ted Perry en 1970) defendiendo la integridad de su tierra ante el gobernador norteamericano Stevens que visitaba la zona con intención de comprarla.

Las sabias palabras que el jefe Seattle dirigió a aquel ilustre forastero nos recuerdan no sólo el auténtico valor de la tierra sino también del aire que respiramos, y compartimos. A fin de cuentas, el aire nos permite, al igual que a los demás seres vivos, la existencia sobre la faz de la tierra.

“El aire es muy valioso para el hombre de piel roja, porque todos los seres compartimos el mismo aliento: los animales, los árboles y las personas, todos compartimos el mismo aliento. Al hombre blanco no le importa el aire maloliente que respira. Como quien lleva sufriendo muchos días, ya no se da cuenta del hedor. Pero si os vendemos la tierra, tenéis que recordar que el aire es muy valioso para nosotros, como los árboles y los animales. El viento brinda al ser humano su primer aliento y recibe su último suspiro. Y si os vendemos la tierra, la mantendréis íntegra y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda ir a saborear el viento dulcificado por las flores de los prados”.

Para leer más:

Si’ahl/Ted Perry: Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Akiara books, Barcelona, 2019.

El divorcio entre el hombre y la naturaleza, en palabras de Max-Neef

_mg_7585-x500

El economista chileno Manfred Max-Neef (1932-2019), defensor de una economía alternativa a la actualmente imperante, que prioriza el crecimiento, nos legó unas interesantes reflexiones sobre la necesidad de reorientar la educación hacia la solución de problemas concretos del mundo real.

Max-Neef nos propone una educación de la economía que procure la integración sinérgica entre el mundo humano y el mundo natural; una educación que tenga presente la importancia de conservar la integridad de la Tierra porque, a fin de cuentas, nuestro bienestar depende del bienestar de ella. La respuesta pasa por avanzar hacia el ineludible enfoque transdisciplinar.

“Todos los grandes problemas que estamos destinados a enfrentar en este nuevo siglo, tales como: disponibilidad de agua, migraciones forzosas, pobreza, violencia y  terrorismo, agotamiento de recursos, extinción de especies y de culturas, desastres ambientales, y otros, son todos el resultado del largamente mantenido divorcio entre lo humano y lo distinto a lo humano. Hoy nos toca pagar la cuenta de esa artificial pero poderosa discontinuidad impuesta por la revolución científica del siglo XVII. Pero hay algo más que, si adecuadamente tratado, puede servirnos para orientar nuestra acción. Todos los problemas enumerados son, además, indiscutiblemente transdisciplinarios. Vale decir, que ninguno de ellos puede ser abordado en plenitud a partir de disciplinas específicas e individuales”.

Para leer más:

Manfred Max-Neef: Economía herética. Icaria, Barcelona, 2017.

Una cita con el jefe indígena Seattle y la madre tierra

_MG_8416_500px

El jefe indígena Seattle (Si’ahl en su propia lengua, el lushootseed) pronunció un célebre discurso en 1854 (recreado por Ted Perry en 1970), defendiendo la integridad de su tierra, ante el gobernador norteamericano Stevens que visitaba la zona para materializar sus pretensiones de comprarla.

Las sabias palabras del jefe Seattle nos recuerdan que la tierra no pertenece a los hombres sino al contrario. Todos los seres vivos formamos una red única que mantiene un delicado equilibrio que es necesario preservar.

“Si os vendemos esta tierra, ahora pondré esta condición: debéis enseñar a vuestros hijos que la tierra bajo sus pies responde más cariñosamente a nuestros pasos que a los vuestros, porque está llena de las vidas de nuestros parientes. Enseñad a vuestros hijos lo que hemos estado enseñando a los nuestros, que la tierra es nuestra madre.

Lo que acontece a la tierra, acontece a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen al suelo, están escupiendo sobre sí mismos. Esto sabemos. La tierra no pertenece al hombre blanco, sino que el hombre blanco pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todas las cosas están conectadas, como la sangre que une a nuestra familia. Si matamos a las serpientes, los ratones se multiplicarán y destruirán nuestro maíz. Toda las cosas están conectadas. Lo que acontece a la tierra, acontece a los hijos y las hijas de la tierra. El hombre no tejió la red de la vida; solo es uno de sus hilos. Todo lo que le hace a la red, se lo hace a sí mismo”.

Para leer más:

Si’ahl/Ted Perry: Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Akiara books, Barcelona, 2019.

 

La economía del bien común: tres ideas centrales

3. Bialowieza_Alrededores en bici_30.08.2016

Ante los síntomas de la crisis general del sistema económico capitalista (desempleo, desigualdad, hambrunas, cambio climático, crisis democrática y de valores…), en octubre de 2010 nace una alternativa: el modelo de economía del bien común, que es presentado por el economista austriaco Christian Felber. Esta alternativa al capitalismo de mercado y a la economía planificada se sustenta en las tres ideas centrales siguientes:

1. Quiere resolver la contradicción de valores entre economía y sociedad, incentivando y premiando en la primera los mismos comportamientos y valores que tienen éxito en las relaciones humanas: honestidad, empatía, confianza, estima, cooperación, compromiso con la naturaleza, solidaridad, voluntad de compartir.

2. El objetivo que nuestras constituciones prevén para la economía -el bien común- debe implantarse en el orden económico legal de forma consecuente. De la misma manera, el dinero, el capital y el beneficio financiero deben ocupar su lugar de meros medios económicos para conseguir el fin. Entonces, el orden económico cumplirá el espíritu de las constituciones.

3. El éxito económico deja de medirse por recursos para medirse por objetivos. Con vistas a poner este reajuste de “fines y medios” en práctica, la economía del bien común está desarrollando el “Producto del Bien Común”, para medir el éxito de una economía nacional; el “Balance del Bien Común”, para medir el éxito de una empresa, y el “Examen del Bien Común”, para saber si una inversión concreta contribuye al fin de la economía o la contradice. En la economía del bien común, todo el sistema de incentivos inherente a una economía de mercado debe alinearse con estos resultados y rendimientos éticos en lugar de con los resultados monetarios, según el lema: “Con ética al éxito”.

Para leer más:

Christian Felber: La economía del bien común. Ediciones Deusto, Barcelona, 2015.

 

Una cita con Miguel Delibes: el hereje y su caballo

_MG_9065_500x

El escritor español Miguel Delibes (1920-2010) nos narra en su gran obra El hereje la vida de Cipriano Salcedo, que estuvo marcada por su fecha de nacimiento, coincidente con un acontecimiento histórico: en el año 1517 Martín Lutero fija sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg, hecho que desencadenaría el cisma de la Iglesia Romana de Occidente.

En su apresurada huida rumbo a la frontera, el hereje Cipriano contó con la valiosa ayuda de su caballo Pispás. Con él pensaba hacer veinticuatro leguas y finalmente hizo veintisiete. Un día antes de abandonarlo, para evitar su completa extenuación, y hacerse con otro caballo, Salcedo y Pispás se hallaban por Quintana del Puente.

“Se desvió del camino en Quintana del Puente. Al fondo, a la izquierda, en la falda de la colina, se iniciaba la moheda y, en los bajos, un mar de cereal, todavía fresco, cabeceaba suavemente con la brisa. En algunos puntos clareaban las cebadas y, al pie del cerro, antes de alcanzar el monte, divisó una pequeña braña, fresca, de un verde tierno. El agua transparente manaba en abundancia del venero y se derramaba por el prado. Acercó a Pispás y le dejo beber hasta saciarse. El agua iba borrando las espumas blancas de sus belfos mientras su lomo dejaba de temblar. Cuando le vio satisfecho se internó con él en la espesura. Los gazapillos de las camadas de primavera correteaban alarmados en todas direcciones y desaparecían en los vivares. A media ladera, Cipriano descabalgó, quitó la silla a Pispás y lo dejó pastando libre, en el claro”.

Para leer más:

Miguel Delibes: El hereje. Austral, Barcelona, 2010.

Una cita con Tomás Moro: la equidad en Utopía

4. Antsirabe_Ambositra_18km Ambohimahasoa_2018.08.06

En Utopía, la república imaginada por Tomás Moro (1478-1535) en el siglo XVI, la sociedad está organizada de tal forma que el principio de equidad está muy presente. Los habitantes de Utopía viven felices. Todos los utopienses “tienen abundancia de todo gracias a que se reparte equitativamente”.

“Quisiera en este punto que alguien se atreva a comparar con esta equidad la justicia de las otras gentes, entre las cuales así me muera si hallo algún vestigio siquiera de justicia y de equidad. Porque, ¿qué justicia es que un noble, o un orífice, o un usurero, o, en fin, uno cualquiera de esos que no hacen nada absolutamente o que, si lo hacen, es de tal jaez que no resulta mayormente necesario para la república, consigan a base de ocio o de un negocio superfluo una vida suntuosa y espléndida, mientras, de otro lado, un azacán, un cochero, un artesano, un agricultor, con un trabajo tan grande y tan continuo que apenas lo soportan las bestias de carga, tan necesario que sin él no podría una república durar ni un año siquiera, logran, sin embargo, un sustento tan cicatero, llevan una vida tan mísera que hiciera parecer mucho mejor la condición de las bestias de carga, que no tienen un trabajo tan asiduo ni un sustento mucho peor (y para ellas hasta más delicado), ni desde luego, temor alguno del futuro?

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

 

 

Una cita con Tomás Moro: la felicidad en Utopía

_Z0B5139b.jpg

Con su célebre obra Utopía, el pensador inglés Tomás Moro (1478-1535) nos dejó escrito cómo podría ser la organización de esa sociedad ideal en la que sus habitantes vivieran felices.

Dicha sociedad tendría que alcanzar un alto grado de civilización y humanismo. Por eso los habitantes de la república de Utopía emplean adecuadamente su tiempo, de modo que el pesado trabajo corporal ocupe una jornada de no más de seis horas diarias, lo que permite destinar más tiempo a las letras y las artes, o a cualquier otra actividad libremente elegida que fomente el cultivo del espíritu.

“Al estar todos empleados en oficios útiles y ser menos los trabajos que éstos deparan, se procede en ocasiones, cuando la provisión de todos los bienes ya es abundante, a sacar a una multitud inmensa a reparar las vías públicas (si hay alguna que esté deteriorada); muchísimas veces incluso, cuando ni siquiera hay necesidad de un servicio de este tipo, ordenan menos horas de trabajo público. Pues los magistrados no ocupan a los ciudadanos contra su voluntad en trabajos excusados, siempre y cuando la creación de la república tiene como fin primordial precisamente éste: en la medida que lo permiten las necesidades públicas, asegurar a los ciudadanos el máximo de tiempo para la libertad, y cultivo del espíritu, cobrándolo de la servidumbre corporal. Pues en esto piensan que estriba la felicidad de la vida”.

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Un lugar llamado Utopía

_Z0B0007

Ante los males que aquejaban a la sociedad de su época, el pensador inglés Tomás Moro (1478-1535) reflexionó sobre cuál podría ser la organización social ideal. De este modo escribió su célebre obra Utopía, que dio a conocer en el año 1516.

La república de Utopía será la plasmación de esa sociedad deseable. Se trata de una isla, en forma de luna creciente, que alcanza en su zona más ancha una extensión de doscientos mil pasos. En ella predomina “un grado de civilización y humanismo que supera ahora casi al resto de los mortales”.

“Al estar lejos del mar, rodeados de montañas casi por todas partes y satisfechos con los frutos de su tierra que no les escatima nada, no es frecuente que ellos salgan ni que otros vengan. Sin embargo, es costumbre ancestral de esta gente no tratar de ampliar sus fronteras, siendo fácil defender las que tienen contra cualquier violación gracias a los montes y al impuesto que pagan al soberano. Exentos de todo quehacer militar, viven no tanto espléndida cuanto confortablemente, y felices, más que nobles o famosos. Creo, en efecto, que apenas son conocidos ni de nombre a no ser por sus vecinos más inmediatos”.

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Verbo y naturaleza: un poema de Rafael Alberti

Ruta Cruz Tejeda-Cruz Cabezo-Tilos Moya_20130112

Con el poema De ayer para hoy el escritor español Rafael Alberti (1902-1999) evoca la naturaleza -monte, prado, cielo, mar- para celebrar la creatividad y el empleo preciso de las palabras.

“Después de este desorden impuesto, de esta prisa,
de esta urgente gramática necesaria en que vivo,
vuelva a mí toda virgen la palabra precisa,
virgen el verbo exacto con el justo adjetivo.

Que cuando califique de verde al monte, al prado,
repitiéndole al cielo su azul como a la mar,
mi corazón se sienta recién inaugurado
y mi lengua el inédito asombro de crear”.

 

Para leer más:

Rafael Alberti: Entre el clavel y la espada. Ediciones Orbis, Barcelona, 1984.

 

 

José Saramago: una cita con el mundo y la palabra

_mg_5667

En la obra El cuaderno del año del Nobel, el escritor José Saramago (1922-2010) nos descubre con unas pocas líneas un mundo, el nuestro, donde habitan los valores de la naturaleza pero también la magia de las palabras.

“No es verdad que todo el mundo ya esté descubierto. El mundo no es solo la geografía con sus valles y montañas, sus ríos y lagos, sus llanuras, los grandes mares, las ciudades y las calles, los desiertos que ven pasar el tiempo, el tiempo que nos ve pasar a todos. El mundo es también las voces humanas, ese milagro de la palabra que se repite todos los días, como una corona de sonidos viajando en el espacio”.

Para leer más:

José Saramago: El cuaderno del año del Nobel. Alfaguara, Madrid, 2018.