El pico del Teide: una cita con Leonardo Torriani

 

_MG_4036x500

El ingeniero italiano Leornardo Torriani (1560-1628), gracias a su estancia de varios años en las Islas Canarias, nos brindó hacia el año 1590 una particular descripción del pico del Teide. Este excelso volcán de la Isla de Tenerife pasaba, en aquel entonces, por ser una de las montañas más altas del mundo conocido por sabios y viajeros.

«Este famosísimo Pico es célebre por su grandísima altura, que descubren marineros a 440 millas en mar, que son 70 leguas de España; por lo cual se cree que no cede ni al Ararat, ni al Líbano, al Atos y al Olimpo, sino que a todos los rebasa.

Cuando el cielo no está cubierto totalmente por las nubes, se ve cómo más de la mitad de este monte se eleva por encima de ellas. Yo mismo, al hallarme varias veces encima de las altísimas cumbres de La Palma, y encima de las mismas nubes, que cubrían con su sombra tanto el mar como las islas, con grandísima lluvia y temporal, lo vi por encima de su convexidad, muy en lo alto, de modo que casi parecía tener su principio sobre las nubes. Lo mismo se ve al hallarse uno en su cumbre; de modo que para una persona de no muy buena vista parecería que aquella blanca llanura de las nubes, con su nuevo horizonte, fuese el mar, o alguna bellísima llanura de la tierra, así como verdaderamente se muestra a todos cuantos la miran».

Para leer más:

Leonardo Torriani: Descripción e historia del reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones. Goya Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 1978.

 

El bienestar de los perros, en palabras de María Rosa Alonso

_mg_6112_x500

Los intelectuales también han reflexionado sobre el bienestar de los animales. Un buen ejemplo es el de la escritora y profesora María Rosa Alonso (1909-2011). Esta ilustre ensayista, originaria de las Islas Canarias, conocía bien a los perros. Tuvo uno, llamado Mimo, durante su infancia, y otro, Pipo, «el de la calle de San Agustín», cuando siendo joven vivía en la ciudad de La Laguna (Tenerife).

Así opinaba María Rosa Alonso, como amante de los perros:

«Tener perros en un espacio urbano reducido como las colmenas urbanas de ahora, llevarlos atados por las calles, esclavizados, aunque sea para salvarlos del coche que mata a los caninos tanto como a los humanos, me parece una crueldad. El perro está hecho para el pueblo pequeño, para el campo, las fincas, la tierra. El perro es especie y necesita de la Naturaleza, donde su libertad tiene el medio específico que él precisa. El perro es, sobre todo, animal. Individualizamos más el nuestro y lo hacemos convivir con nosotros, pero cuando, por egoísmo, lo esclavizamos en la gran ciudad, lo encerramos en la casa para que nos amortigüe la soledad, o nos divierta, somos un tanto crueles. Al perro, en buena ley, no le conviene prescindir de su medio. Sólo a este extraño animal llamado hombre le ha sido dado luchar con la Naturaleza, para transformarla o aceptarla y, desde ella, con ella o contra ella, hacer su vida».

Para leer más:

María Rosa Alonso: La ciudad y sus habitantes. Gobierno de Canarias, 2009.

Una cita con Miguel Delibes: el hereje y su caballo

_MG_9065_500x

El escritor español Miguel Delibes (1920-2010) nos narra en su gran obra El hereje la vida de Cipriano Salcedo, que estuvo marcada por su fecha de nacimiento, coincidente con un acontecimiento histórico: en el año 1517 Martín Lutero fija sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg, hecho que desencadenaría el cisma de la Iglesia Romana de Occidente.

En su apresurada huida rumbo a la frontera, el hereje Cipriano contó con la valiosa ayuda de su caballo Pispás. Con él pensaba hacer veinticuatro leguas y finalmente hizo veintisiete. Un día antes de abandonarlo, para evitar su completa extenuación, y hacerse con otro caballo, Salcedo y Pispás se hallaban por Quintana del Puente.

“Se desvió del camino en Quintana del Puente. Al fondo, a la izquierda, en la falda de la colina, se iniciaba la moheda y, en los bajos, un mar de cereal, todavía fresco, cabeceaba suavemente con la brisa. En algunos puntos clareaban las cebadas y, al pie del cerro, antes de alcanzar el monte, divisó una pequeña braña, fresca, de un verde tierno. El agua transparente manaba en abundancia del venero y se derramaba por el prado. Acercó a Pispás y le dejo beber hasta saciarse. El agua iba borrando las espumas blancas de sus belfos mientras su lomo dejaba de temblar. Cuando le vio satisfecho se internó con él en la espesura. Los gazapillos de las camadas de primavera correteaban alarmados en todas direcciones y desaparecían en los vivares. A media ladera, Cipriano descabalgó, quitó la silla a Pispás y lo dejó pastando libre, en el claro”.

Para leer más:

Miguel Delibes: El hereje. Austral, Barcelona, 2010.

Una cita con Tomás Moro: la equidad en Utopía

4. Antsirabe_Ambositra_18km Ambohimahasoa_2018.08.06

En Utopía, la república imaginada por Tomás Moro (1478-1535) en el siglo XVI, la sociedad está organizada de tal forma que el principio de equidad está muy presente. Los habitantes de Utopía viven felices. Todos los utopienses «tienen abundancia de todo gracias a que se reparte equitativamente».

«Quisiera en este punto que alguien se atreva a comparar con esta equidad la justicia de las otras gentes, entre las cuales así me muera si hallo algún vestigio siquiera de justicia y de equidad. Porque, ¿qué justicia es que un noble, o un orífice, o un usurero, o, en fin, uno cualquiera de esos que no hacen nada absolutamente o que, si lo hacen, es de tal jaez que no resulta mayormente necesario para la república, consigan a base de ocio o de un negocio superfluo una vida suntuosa y espléndida, mientras, de otro lado, un azacán, un cochero, un artesano, un agricultor, con un trabajo tan grande y tan continuo que apenas lo soportan las bestias de carga, tan necesario que sin él no podría una república durar ni un año siquiera, logran, sin embargo, un sustento tan cicatero, llevan una vida tan mísera que hiciera parecer mucho mejor la condición de las bestias de carga, que no tienen un trabajo tan asiduo ni un sustento mucho peor (y para ellas hasta más delicado), ni desde luego, temor alguno del futuro?

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

 

 

Una cita con Tomás Moro: la felicidad en Utopía

_Z0B5139b.jpg

Con su célebre obra Utopía, el pensador inglés Tomás Moro (1478-1535) nos dejó escrito cómo podría ser la organización de esa sociedad ideal en la que sus habitantes vivieran felices.

Dicha sociedad tendría que alcanzar un alto grado de civilización y humanismo. Por eso los habitantes de la república de Utopía emplean adecuadamente su tiempo, de modo que el pesado trabajo corporal ocupe una jornada de no más de seis horas diarias, lo que permite destinar más tiempo a las letras y las artes, o a cualquier otra actividad libremente elegida que fomente el cultivo del espíritu.

«Al estar todos empleados en oficios útiles y ser menos los trabajos que éstos deparan, se procede en ocasiones, cuando la provisión de todos los bienes ya es abundante, a sacar a una multitud inmensa a reparar las vías públicas (si hay alguna que esté deteriorada); muchísimas veces incluso, cuando ni siquiera hay necesidad de un servicio de este tipo, ordenan menos horas de trabajo público. Pues los magistrados no ocupan a los ciudadanos contra su voluntad en trabajos excusados, siempre y cuando la creación de la república tiene como fin primordial precisamente éste: en la medida que lo permiten las necesidades públicas, asegurar a los ciudadanos el máximo de tiempo para la libertad, y cultivo del espíritu, cobrándolo de la servidumbre corporal. Pues en esto piensan que estriba la felicidad de la vida».

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Un lugar llamado Utopía

_Z0B0007

Ante los males que aquejaban a la sociedad de su época, el pensador inglés Tomás Moro (1478-1535) reflexionó sobre cuál podría ser la organización social ideal. De este modo escribió su célebre obra Utopía, que dio a conocer en el año 1516.

La república de Utopía será la plasmación de esa sociedad deseable. Se trata de una isla, en forma de luna creciente, que alcanza en su zona más ancha una extensión de doscientos mil pasos. En ella predomina «un grado de civilización y humanismo que supera ahora casi al resto de los mortales».

«Al estar lejos del mar, rodeados de montañas casi por todas partes y satisfechos con los frutos de su tierra que no les escatima nada, no es frecuente que ellos salgan ni que otros vengan. Sin embargo, es costumbre ancestral de esta gente no tratar de ampliar sus fronteras, siendo fácil defender las que tienen contra cualquier violación gracias a los montes y al impuesto que pagan al soberano. Exentos de todo quehacer militar, viven no tanto espléndida cuanto confortablemente, y felices, más que nobles o famosos. Creo, en efecto, que apenas son conocidos ni de nombre a no ser por sus vecinos más inmediatos».

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Verbo y naturaleza: un poema de Rafael Alberti

Ruta Cruz Tejeda-Cruz Cabezo-Tilos Moya_20130112

Con el poema De ayer para hoy el escritor español Rafael Alberti (1902-1999) evoca la naturaleza -monte, prado, cielo, mar- para celebrar la creatividad y el empleo preciso de las palabras.

«Después de este desorden impuesto, de esta prisa,
de esta urgente gramática necesaria en que vivo,
vuelva a mí toda virgen la palabra precisa,
virgen el verbo exacto con el justo adjetivo.

Que cuando califique de verde al monte, al prado,
repitiéndole al cielo su azul como a la mar,
mi corazón se sienta recién inaugurado
y mi lengua el inédito asombro de crear».

 

Para leer más:

Rafael Alberti: Entre el clavel y la espada. Ediciones Orbis, Barcelona, 1984.

 

 

José Saramago: una cita con el mundo y la palabra

_mg_5667

En la obra El cuaderno del año del Nobel, el escritor José Saramago (1922-2010) nos descubre con unas pocas líneas un mundo, el nuestro, donde habitan los valores de la naturaleza pero también la magia de las palabras.

«No es verdad que todo el mundo ya esté descubierto. El mundo no es solo la geografía con sus valles y montañas, sus ríos y lagos, sus llanuras, los grandes mares, las ciudades y las calles, los desiertos que ven pasar el tiempo, el tiempo que nos ve pasar a todos. El mundo es también las voces humanas, ese milagro de la palabra que se repite todos los días, como una corona de sonidos viajando en el espacio».

Para leer más:

José Saramago: El cuaderno del año del Nobel. Alfaguara, Madrid, 2018.

 

Una cita con Pío Baroja y las fuerzas de la naturaleza

Tejeda_nocturna_Pico de la Gorra_2016.06.03

Andrés Hurtado, el protagonista literario creado por Pío Baroja (1872-1956) en su novela El árbol de la ciencia, se fue a vivir a un pueblo de las afueras de Valencia. Allí pasó días en los que reinaban el aburrimiento y la incertidumbre sobre el futuro, en medio de un lugar aún desconocido.

«En la primavera, las golondrinas y los vencejos trazaban círculos caprichosos en el aire, lanzando gritos agudos. Andrés las seguía con la vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban algunos mochuelos y gavilanes. Venus comenzaba a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter. En la calle, un farol de gas parpadeaba triste y soñoliento…

Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la noche volvía de nuevo a la azotea a contemplar las estrellas.

Esta contemplación nocturna le producía como un flujo de pensamientos perturbadores. La imaginación se lanzaba a la carrera a galopar por los campos de la fantasía. Muchas veces el pensar en las fuerzas de la naturaleza, en todos los gérmenes de la tierra, del aire y de agua, desarrollándose en medio de la noche, le producía el vértigo».

Para leer más:

Pío Baroja: El árbol de la ciencia. Caro Raggio/Cátedra, Madrid, 2014.

 

Una cita con el hombre más sabio que conoció José Saramago

Ruta de Guardaya, 20121208

El escritor José Saramago (1922-2010) nos descubre en su obra El cuaderno del año del Nobel, quién fue el hombre más sabio que conoció.

«El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas cuya fertilidad se alimentaban él y su mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del destete eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia de Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos el uno y el otro. En invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Bajo las ásperas mantas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de helarse y los salvaba de una muerte segura. Aunque fueran gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar más de lo indispensable».

Para leer más:

José Saramago: El cuaderno del año del Nobel. Alfaguara, Madrid, 2018.