Garoé, el mítico árbol de El Hierro, en la obra de Viera y Clavijo

Camino Árbol Garoé_2015.04.02. El Hierro

Hace más de 400  existió en la pequeña isla de El Hierro (Canarias) un árbol mítico al que sus habitantes, los bimbaches, llamaron Garoé. El secreto que encerró este árbol estaba estrechamente relacionado con su gran capacidad para abastecer de agua a la población isleña. Cómo se producía dicha proeza natural es una cuestión que conocemos varios siglos después gracias a los escritos de los historiadores.

Uno de esos testimonios históricos que confirman la existencia de este árbol santo al que tanto veneraban los isleños es el texto procedente de la pluma de Juan de Abreu Galindo tras haber visitado el lugar, que recogió el ilustrado Viera y Clavijo en su célebre Historia General de las Islas Canarias.

«El lugar y término donde está este árbol se llama Tigulahe y es una cañada que va por el valle arriba desde la mar a dar a un frontón de risco, donde está nacido el árbol santo, que dicen llamarse en su lengua Garoé, el cual por tantos años se ha conservado sano, entero y fresco; cuyas hojas destilan tanta y continua agua, que da de beber a la isla toda, habiendo proveído la naturaleza esta milagrosa fuente a la sequedad. Y necesidad de la misma tierra. Está de la mar como legua y media y no se sabe qué especie de árbol sea, mas que quieren decir es tilo, sin que de su especie haya otro árbol allí. El tronco tiene de circuito y grosor doce palmos, y de ancho cuatro palmo, y de alto tiene cuarenta desde el pie hasta lo más alto, y la copa en redondo ciento veinte pies de torno. Las ramas muy extendidas y coposas, muy altas de la tierra. Su fruta es como bellota con su capillo, y fruto como piñón, gustoso al comer, aromático, aunque más blando. Jamás pierde este árbol la hoja, la cual es como la hoja de laurel, aunque más grande, ancha y encorvada, con verdor perpetuo; porque la hoja que se seca se cae luego, y queda siempre la verde. Está abrazada a este árbol una zarza que coge y cierra muchas de sus ramas. Cerca de este árbol, en su contorno, hay algunas hayas, brezos y zarzas. Desde su tronco o planta a la parte del norte están dos tanques o pilas grandes, cada una de ellas de veinte pies de cuadrado y de hondura de diez y seis palmos, hechas de piedra tosca que las divide, para que gastada el agua del uno se puede limpiar, sin que le estorbe el agua del otro.

La manera que tiene de destilar el agua este árbol santo o Garoé, es que todos los días por la mañana se levanta una nube o niebla de la mar cerca de este valle, la cual va subiendo con el viento sur o levante por la marina la cañada arriba hasta dar en el frontón; y, como halla allí a este árbol espeso de muchas hojas, asiéntase en él la nube o niebla y recógela en sí y se va deshaciendo y destilando el agua que recogió; y lo mismo hacen los brezos que están en aquel contorno cerca del árbol, sino que, tienen la hoja más diminuta, no recogen tanta agua como el tilo, que es muy ancha, y esa que recogen también la aprovechan, aunque es poca, que solo se hace caudal del agua que destila el Garoé, la cual es bastante a dar para los vecinos y ganados, juntamente con la que queda del invierno, recogida por los charcos de los barrancos; y, cuando el año es de muchos levantes, hay aquel año mayor copia de agua, porque con este viento levante son mayores las nieblas y las destilaciones más abundantes. Cógense cada día más de veinte botas de agua».

Transcurría el año 1610 cuando, escribe Viera y Clavijo, «un recio huracán robó a los herreños y a todas las Canarias aquella preciosa posesión». Pero nos queda en la memoria la constatación de que «la bebida de los antiguos herreños corría en cierto modo por cuenta de una providencia poco común, y que isleños circunvecinos debían mirarlos como a unos hombres favorecidos por la naturaleza».

Camino Árbol Garoé_2015.04.02. El Hierro

Para leer más:

José de Viera y Clavijo (1772): Historia General de las Islas Canarias. (Libro Segundo, capítulo 7: Digresión sobre el árbol de El Hierro).

Albert Einstein y las motivaciones vitales del hombre

_Z0B8428

Más allá de sus teorías científicas, Albert Einstein (1879-1955) nos legó valiosas ideas y opiniones sobre múltiples aspectos -filosóficos, éticos, políticos, económicos- que inciden en el porvenir del ser humano.

En 1918 pronunció un discurso en la Sociedad de Física de Berlín en el que expone sus reflexiones sobre los principios que llevan al hombre a dedicar su tiempo a construir el «templo de la ciencia». De dicho discurso extraemos aquí el siguiente fragmento en el que Einstein describe por qué el ser humano siente como motivación vital el arte y la ciencia.

«En principio, creo, junto con Schopenhauer, que una de las más fuertes motivaciones de los hombres para entregarse al arte y a la ciencia es el ansia de huir de la vida de cada día, con su dolorosa crudeza y su horrible monotonía, el deseo de escapar de las cadenas con que nos atan nuestros deseos siempre cambiantes. Una naturaleza de fino temple anhela huir de la vida personal para refugiarse en el mundo de la percepción objetiva y el pensamiento. Este deseo puede ser comparado con el ansia que experimenta el hombre de la ciudad por escapar de un entorno ruidoso y estrecho y dirigirse hacia el silencio de las altas montañas, donde los ojos pueden vagar en el aire tranquilo y puro y apreciar el paisaje sereno que parece hecho de eternidad».

Para leer más:

Albert Einstein: Mis ideas y opiniones. Antoni Bosch, Barcelona, 2011.

El origen del mundo en palabras de Virgilio

_Z0B0597

El poeta romano Publio Virgilio (70 a. C.-19 a. C.) desarrolla en Geórgicas un auténtico tratado poético sobre el mundo rural. Con estas palabras expresa Virgilio, en el Libro segundo, cómo es su visión del origen del mundo:

«No creo yo que en el primer origen y crecimiento del mundo brillasen otros días ni que fuera otra la estación: aquel tiempo era primavera; el gran orbe gozaba primavera; refrenaban los Euros los invernales soplos, cuando bebieron la luz las primeras alimañas, y el terrenal linaje de los hombres irguió su frente de los pedregales, y las selvas se poblaron de fieras, y de estrellas se pobló el cielo. En su terneza, ninguno de los seres soportara este trabajo si no hubiese reinado tal sosiego y tal templanza entre el frío y el calor y si no cobijara la tierra la mansedumbre del cielo».

Para leer más:

Publio Virgilio (29. a. C.): Geórgicas.

 

 

Las palabras de gratitud de Albert Einstein hacia Copérnico

_Z0B5918

Con motivo de la conmemoración de la muerte de Nicolás Copérnico, en diciembre de 1953 Albert Einstein pronunció unas sentidas palabras de gratitud hacia este ilustre científico en la Columbia University de Nueva York.

«Con regocijo y gratitud honramos hoy la memoria de un hombre que, más que ningún otro, contribuyó a la liberación de la mente esclavizada por las cadenas del dominio clerical y científico en Occidente.

Es verdad que en el período clásico griego algunos pensadores habían llegado a la convicción de que la Tierra no era el centro natural del universo. Pero esta visión del universo no logró obtener un reconocimiento real en la antigüedad. Aristóteles y la escuela griega de astronomía continuaron sustentando la concepción geocéntrica y casi nadie dudó de ella.

Una rara independencia de pensamiento, una gran intuición y también un profundo conocimiento de los hechos astronómicos -poco accesibles en aquellos tiempos- fueron necesarios para exponer la superioridad de la concepción heliocéntrica de un modo convincente. Esta verdadera proeza de Copérnico no sólo allanó la vía hacia la astronomía moderna, sino que también contribuyó a que operara un cambio decisivo en la actitud del hombre hacia el cosmos. Una vez que se hubo reconocido que la Tierra no era el centro del mundo, sino sólo uno de los más pequeños planetas, la ilusión del papel central del hombre se hizo insostenible. De ahí que Copérnico, merced a su trabajo y a la grandeza de su personalidad enseñara al hombre a ser modesto.

Ninguna nación debería arrogarse el derecho a sentirse orgullosa de que ese hombre hubiera surgido en su seno. El orgullo nacionalista es una mezquina debilidad que difícilmente podría justificarse ante un hombre dueño de la profunda independencia que caracterizó a Copérnico».

Para leer más:

Albert Einstein: Mis ideas y opiniones. Antoni Bosch, Barcelona, 2011.

 

 

Albert Eistein y los dos objetivos del progreso humano

_Z0B7159

En sus reflexiones sobre la libertad, publicadas en Freedom, its meaning (1940), Albert Einstein (1879-1955) nos recuerda los dos objetivos que procuran el progreso del ser humano, y de los que difícilmente podemos estar en desacuerdo.

«1. Los bienes instrumentales destinados a sustentar la vida y la salud de todos los seres humanos deberían producirse con el mínimo trabajo posible.

2. La satisfacción de las necesidades físicas es sin duda la condición previa indispensable de una existencia satisfactoria, pero no es suficiente por sí sola. Para que los hombres estén satisfechos deben tener también la posibilidad de desarrollar su capacidad intelectual y artística de acuerdo con sus características y posibilidades personales».

Para leer más:

Albert Einstein: Mis ideas y opiniones. Antoni Bosch, Barcelona, 2011.

Una cita con las abejas de Virgilio

Valleseco, Laguna; 2014-03-02

El poeta romano Publio Virgilio (70 a. C.-19 a. C.) desarrolla en Geórgicas un auténtico tratado poético sobre el mundo rural.

Con estas palabras expresa Virgilio, en el Libro cuarto, cómo es la vida de las abejas:

«Algo me queda por decir. Tan pronto como el sol de oro empujare el invierno bajo tierra y en lumbre estiva se despejare el cielo, ellas, al punto recorren gándaras y selvas, cortan flores purpúreas y, en leve vuelo sobre el río, liban la flor del agua; y en tal sazón, no sé con qué dulzura, jovialmente, hacen sus celdas y sus hijos crían; en tal sazón, con arte no aprendido, hiñen la cera virgen y estilan la miel tenaz».

Para leer más:

Publio Virgilio (29. a. C.): Geórgicas.

 

La economía global en palabras de Carlos Fuentes

26. Cotopaxi. Ecuador, 2013

El destacado novelista Carlos Fuentes (1928-2012) fue un atento observador de los acontecimientos más relevantes del siglo XX. En el año 2002 publicó la obra En esto creo donde reúne sus reflexiones sobre el devenir de la economía global, que «como el Monte Everest, está allí. No se va a mover. El problema es cómo escalarla».

«No oculto por un momento los males de la economía global. El abismo creciente entre pobres y ricos. La abolición de ocupaciones tradicionales. La urbanización devastadora. La rapiña de recursos naturales. La destrucción de estructuras sociales. La vulgaridad de la cultura comercial.

Pero niego dos políticas: La del avestruz que esconde la cabeza en la arena. Y la del toro que entra a destruirlo todo en la cristalería».

Para leer más:

Carlos Fuentes (2002): En esto creo.

 

Los orígenes de la agricultura en palabras de Virgilio

1. Manjakandiana_Mandraka Peyrieras_Moramanga_2018.08.03

El poeta romano Publio Virgilio (70 a. C.-19 a. C.) desarrolla en Geórgicas un auténtico tratado poético sobre el mundo rural. Con este poema de cuatro libros se adentra en la vida en el campo para informarnos y seducirnos sobre todo lo relativo a la agricultura: orígenes, técnicas, meteorología, los cultivos y sus cuidados…

Con estas palabras expresa Virgilio, en el Libro primero de sus Geórgicas, cómo fueron los orígenes de la agricultura en tiempos de Júpiter:

«Antes que Júpiter, colono alguno no mullía el campo, ni era cosa lícita señalar en él lindes ni cotos; era común su goce, y la tierra misma cortés lo daba todo y producía el fruto que nadie pedía. Él asimismo metió en el seno de las negras serpientes el veneno; él mandó que saltearan a los lobos, y al mar que se moviese, despojó las hojas de su miel y escondió el fuego, secó el raudal de vino que por doquier corría, a fin de que la experiencia industriosa alumbrase poco a poco varias artes y en los surcos buscase el trigo y sacudiese el abstruso fuego de las venas de pedernal. Entonces por primera vez sintieron los ríos la pesadumbre de los excavados álamos; entonces el marinero designó los astros por seres y por nombres: Pléyades, Híadas y la Osa luciente de Licaón. Entonces se inventó cazar las fieras con lazos y engañoso cebo y cercar con canes las silvestres gándaras. Y el otro con barredera red escombra el anchuroso río; y el otro saca arrastrando el mar el limo que rezuma. Entonces el rigor del hierro y el crujir chirriante de la sierra (pues los hombres primeros, a favor de cuñas, desgarraban el hediondo leño), entonces vinieron las variadas artes. Todo lo vence el pertinaz trabajo y la estrecha necesidad que aprieta en trances duros».

Para leer más:

Publio Virgilio (29. a. C.): Geórgicas.

 

Una cita con el jardín y la naturaleza de Hermann Hesse

6. Lyon

Al escritor Hermann Hesse (1877-1962), merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1946, le debemos una extensa obra, traducida a múltiples idiomas. En esta ocasión nos detenemos en un fragmento de uno de los artículos que escribió en 1908 donde expresa su experiencia personal sobre la vida en el jardín.

«En la jardinería late algo de placer y orgullo creador; uno puede configurar un trocito de tierra a su gusto y antojo, puede producir para el verano sus frutos preferidos, sus colores preferidos, sus aromas preferidos. Se puede convertir un pequeño bancal, unos metros cuadros de suelo desnudo, en sinfonía de colores, en delicia visual y en minúsculo paraíso. Pero todo esto tiene sus estrictos límites. En fin de cuentas sólo podemos querer, con todos nuestros caprichos y nuestra fantasía, lo que la naturaleza quiere, y no hay más remedio que dejarla hacer. Y la naturaleza es inexorable. Se la puede camelar un poco, se la puede engañar en apariencia, pero luego reclama con tanto mayor rigor sus derechos».

Para leer más:

Hermann Hesse: «En el jardín». Artículo publicado en 1908 y compilado en el libro Pequeñas alegrías (2010).

Cuando don Quijote y Sancho vieron el mar

_Z0B6385

Tras las muchas aventuras vividas por las extensas tierras de la Mancha, don Quijote y Sancho, los célebres personajes de Miguel de Cervantes (1547-1616), alcanzaron la playa de Barcelona la víspera de San Juan. Allí vieron por primera vez el mar.

«…y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en lugar de alegrar el oído: aunque al mismo instante alegraron también el oído el son de muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, ‘¡trapa, aparta, aparta!’ de corredores que, al parecer, de la ciudad salían. Dio lugar la aurora al sol, que, con rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo horizonte poco a poco se iba levantando.

Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces de ellos no visto, parecioles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos».

Para leer más:

Miguel de Cervantes (1615): Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, capítulo LXI.