La evolución de las aves en la UE (1990-2023)

Como expresa la Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030 “la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se encuentran entre las mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad ante la próxima década”.

Un magnífico indicador que nos alerta de cómo está evolucionando la calidad y cantidad de los ecosistemas naturales son las aves. Gracias a la comunidad científica sabemos que la presencia de aves es un buen semáforo de la salud de los ecosistemas, de su diversidad e integridad.

La mayor o menor población de aves, así como su mayor o menor diversidad de especies, en un ecosistema determinado, nos permite conocer más sobre la calidad del propio ecosistema donde se alimentan, viven y respiran. En definitiva, las aves nos adelantan información valiosa sobre la calidad del medio ambiente y la sostenibilidad real de las actuaciones que llevamos a cabo los humanos a la hora de producir, consumir y movernos.

En el contexto europeo, la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) viene publicando desde hace años el Índice de Aves Comunes, que nos informa de forma cuantitativa sobre cómo ha evolucionado la presencia de aves en Europa. Dicho índice recoge las observaciones obtenidas en los 27 Estados miembros de la UE para un total de 168 especies de aves que viven en tierras de cultivo (39), en ecosistemas forestales (34) y en otros hábitats como parques y jardines (95).

Se cuenta con un amplio horizonte temporal (1990-2023) para evaluar la tendencia de dicho Índice de Aves Comunes de la UE. Los resultados obtenidos hasta hoy apuntan que durante las tres últimas décadas hemos asistido a una continuada disminución de las poblaciones de aves en la Unión Europea y, por tanto, también al progresivo deterioro de nuestros espacios naturales. Como se observa en el siguiente gráfico, dicho índice de aves, que toma como año base 1990, ha descendido desde un valor de 100,0 en el año 1990 a 85,0 en 2023, lo que supone una caída del 15,0%.

De forma complementaria al Índice de todas las Aves Comunes, Eurostat elabora otros dos índices compuestos. El primero, el índice de aves comunes de bosques, circunscrito a 34 especies, nos revela que se ha producido un descenso del 4,5% durante el periodo 1990-2023, al pasar de 100,0 a 95,5. Con este indicador se aprecia que sólo durante el último decenio se ha logrado una tendencia de recuperación, si bien no completa, tras los continuados descensos registrados en los veinte primeros años del periodo.

Por su parte, el segundo índice, el índice de aves comunes de tierras de cultivo, que comprende 39 especies, presenta una tendencia significativamente descendente entre 1990 (100,0) y 2023 (57,9), habiéndose registrado, por tanto, una reducción del 42,1% en el periodo analizado. Como afirma la propia Estrategia para la biodiversidad 2030 las aves de hábitats agrícolas son indicadores clave de la salud de los agroecosistemas y vitales para la producción agrícola y la seguridad alimentaria, concluyendo que “su alarmante disminución tiene que invertirse”.

En el ámbito de las aves, cabe recordar asimismo lo que ya expresaba la Directiva comunitaria relativa a la conservación de las aves silvestres en el año 2009:

«En el territorio europeo de los Estados miembros, una gran cantidad de especies de aves que viven normalmente en estado salvaje padecen de una regresión en su población, muy rápida en algunos casos, y dicha regresión constituye un grave peligro para la conservación del medio natural, en particular debido a la amenaza que supone para el equilibrio biológico».

Para más información:

Eurostat

Directiva 2009/147/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 30 de noviembre de 2009, relativa a la conservación de las aves silvestres

Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030

El respeto a los animales: una cita con Sebastião Salgado

Galápagos. Isla de S. Cristóbal

La sostenibilidad ambiental comprende, entre los diversos aspectos que la definen, la preservación de la vida animal. Las medidas gubernamentales para la conservación de las especies animales, en especial las que están en peligro de extinción, continúan siendo indispensables para mantener el equilibrio ecológico del planeta.

Nuestra actitud ante los animales, respetándolos con nuestras acciones diarias, también son importantes. Así nos lo expresa, por ejemplo, desde el ámbito de las artes, el reconocido fotógrafo brasileño Sebastião Salgado en sus Memorias, que llevan por título De mi tierra a la Tierra:

“Hasta Génesis solo había fotografiado una especie: la humana. Para este proyecto que he consagrado a la naturaleza intacta, a lo largo de los ocho años durante los que estuve viajando por todo el mundo, tuve que aprender a trabajar con otras especies. Desde el primer día del reportaje, gracias a la tortuga gigante, comprendí que para fotografiar un animal hay que amarlo, disfrutar mirando su belleza, su perfil. Hay que respetarlo, preservar su espacio, su bienestar al acercarme a él, en mi forma de mirarlo y de fotografiarlo. A partir de ahí, trabajé con los demás animales del mismo modo en que lo hago con nosotros, los humanos”.

Para leer más:

Sebastião Salgado: “De mi tierra a la Tierra”. La Fábrica, Madrid, 2014.

El otoño, en el verso de Tomás Morales

Desde sus propios orígenes la vinculación del ser humano con la naturaleza ha convertido en necesidad su observación permanente para atisbar los cambios de las estaciones y de las condiciones meteorológicas.

Más allá de esta necesidad para la supervivencia, las distintas culturas y civilizaciones han visto en las distintas estaciones del año una fuente de inspiración para expandir la creatividad humana con la que poder expresar diferentes emociones propias de nuestra especie.

Desde el campo de la literatura, el otoño, por sus propias características, ha sido siempre una estación muy evocada por los poetas. Traemos hasta aquí, en esta ocasión, el siguiente poema que el escritor español Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias, dedicó a esta estación de ensueños grises y hojas amarillentas:

“Tarde de oro en Otoño, cuando aún las nieblas densas
no han vertido en el viento su vaho taciturno,
y en el sol escarlata, de púrpura el poniente,
donde el viejo Verano quema sus fuegos últimos.

Una campana tañe sobre la paz del llano,
y a nuestro lado pasan en tropel confuso,
aunados al geórgico llorar de las esquilas,
los eternos rebaños de los ángeles puros.

Otoño, ensueños grises, hojas amarillentas,
árboles que nos muestran sus ramajes desnudos…
Solo los viejos álamos elevan pensativos
sus cúpulas de plata sobre el azul profundo…

Yo quisiera que mi alma fuera como esta tarde,
y mi pensar se hiciera tan impalpable y mudo
como el humo azulado de algún hogar lejano,
que se cierne en la calma solemne del crepúsculo…”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

La casa, en el verso de Tomás Morales

La casa no es únicamente un bien que se compra, usa y vende para cubrir las necesidades diarias de cobijo de las personas. Una aproximación más amplia que la estrictamente económica nos revela otras dimensiones de este recurso indispensable para el desarrollo humano.

Así, desde el campo de las artes, en concreto desde la literatura, poetas como Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias (España), nos legó con su pluma de estilo modernista unos versos que exaltan las emociones que puede llegar a transmitirnos una casa tradicional, como la de tu tierra natal, que por sus valores cultural, identitario y artístico nos invita a preservar.

“¡Oh, la casa canaria, manantial de emociones!
Irregularidad de las anchas ventanas,
con dinteles que arañan devotas inscripciones
y, pintadas de verde, las moriscas persianas…

Llena está su fachada de un superior reposo,
y bajo la cornisa que festona la hiedra,
el corredor volado del balcón anchuroso
con retorcidos fustes y gárgolas de piedras…

-Se alboroza el espíritu ante un zaguán desierto:
de las plantas del patio viene un vaho fragante;
un descuido ha dejado el portón entreabierto,
como una insinuación a pasar adelante.-

Dentro será más bella: habrá tiestos floridos
y, soto las arcadas, colgantes jardineras;
habrá fuertes pilares de tea, renegridos,
sostén de las crujías y amor de enredadera.

Y en sombroso fondo del oscuro pasillo,
una clásica pila con su loza chinesca,
con la destiladera llena de culantrillo
y el bernegal de barro rebosando agua fresca…

¡Ah, la mansión pacífica de los antecesores!
Tienes luz de familia, tienes paz de santuario,
claramente embebida de cosas interiores:
¡para soñar o amar, albergue extraordinario!”

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

La belleza de una isla, en palabras de R. M. Ballantyne

Las islas, por sus intrínsecas características geográficas que las diferencian de los ecosistemas continentales, son con frecuencia elevadas por su belleza natural. Tanto más cuando la mano del ser humano no ha irrumpido con desmesura.

Traemos hasta un pasaje de la conocida novela La isla de Coral del escritor británico Robert Michael Ballantyne (1825-1894). En ella Ralph Rover y sus dos compañeros de viaje, tras ver naufragar su buque Arrow, alcanzan la isla de Coral. Allí, las penalidades sufridas por los jóvenes aventureros pronto serán eclipsadas por la alegría que sintieron al encontrarse ante una belleza hasta entonces desconocida..

“Esta era la primera vez que me daba cuenta del lugar donde nos hallábamos, porque al recobrar el conocimiento estaba en un sitio rodeado de espesa vegetación, que ocultaba casi el panorama. Pero ahora, al salir al terreno descubierto de la arenosa playa y contemplar la belleza del paisaje, se me alegró el corazón y se levantaron mis ánimos. El huracán había cesado bruscamente, como si hubiera soplado con furia hasta estrellar nuestro buque y no le quedase más que hacer después de tal hazaña. La isla era montañosa y estaba casi enteramente cubierta de árboles, plantas y arbustos de lo más bello y vistoso. Por entonces no sabía el nombre de ninguno de ellos, excepto el de los cocoteros, que reconocí enseguida por los muchos grabados que había visto en mi tierra. Una playa arenosa, de blancura deslumbradora, bordeaba la verde cota sobre la que se agitaba suavemente el agua, lo cual me sorprendió mucho, porque recordaba que en mi país el oleaje duraba hasta mucho después de cesar la tempestad. Pero al dirigir la mirada al mar vi enseguida la causa. A cosa de una milla mar adentro se veían rodar grandes olas, como una verde pared, que se estrellaban y deshacían en el bajo arrecife de coral, levantando espuma blanca que saltaba formando como nubes, a veces muy altas, en las que lucía por instantes, acá y allá, un hermoso arcoíris. Después vimos que el arrecife de coral rodeaba por completo la isla y formaba un rompeolas natural.

Fuera de este rompeolas, el mar se agitaba violentamente por los efectos de la pasada galerna, pero entre el arrecife y la orilla de la isla el agua estaba tan serena como en un lago.

Me es imposible expresar la alegría que sentía ante la belleza de todo lo que nos rodeaba, y por la expresión de mi compañero comprendí que también disfrutaba con la esplendidez del paisaje, mucho más agradable después de un largo viaje por mar”.

Para leer más:

R. M. Ballantyne: La isla de Coral. Zenda-Edhasa, Barcelona, 2022.

Naturaleza y alma: una cita con Hermann Hesse

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Formamos parte de una sociedad que tiende sepultar su relación ancestral con la naturaleza. En su afán de dominarla para su explotación utilitarista, el ser humano moderno es propenso a infravalorar el medio natural. Olvida que es parte intrínseca de la naturaleza, no sólo desde una dimensión ecológica, sino incluso desde un punto espiritual. Somos, en el fondo, almas bañadas de naturaleza primigenia.

La lectura reposada de la obra de escritor Herman Hesse (1877-1962), merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1946, nos sigue aportando valiosas enseñanzas. Algunas de ellas parten de nuestra particular relación con la naturaleza, de la que tanto aprendía y a la que tanto agradecía, como vino a expresar en el siguiente pasaje extraído de su novela Demian:

“…ya desde niño me había gustado contemplar las formas extrañas de la naturaleza, no observándolas simplemente sino entregándome a su propia magia, a su profundo y barroco lenguaje. Las raíces largas y fosilizadas de los árboles, las vetas coloreadas de la piedra, las manchas de aceite flotando sobre el agua, las grietas en el cristal: todas estas cosas habían ejercido antaño una gran fascinación sobre mí, sobre todo, el agua y el fuego, el humo, las nubes, el polvo y, especialmente las manchas de colores que veía girar al cerrar los ojos”.

Para leer más:

Hermann Hesse: Demian. Alianza Editorial, Madrid, 2023.

El lenguaje de la naturaleza: una cita con Hermann Hesse

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Le debemos al escritor Herman Hesse (1877-1962), merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1946, una extensa obra. De ella podemos extraer valiosas enseñanzas.

En su artículo Sobre mariposas, publicado en 1935, Hesse nos revela que existen pocos caminos ancestrales que puedan llevar al hombre a la felicidad o a la sabiduría. Uno de ellos es “el camino del asombro ante la naturaleza y de la atenta escucha de su lenguaje”. Empatizar con la naturaleza, tratando de sentir su bello lenguaje, nos aleja de la codicia y del afán de explotación que terminan por cegar al ser humano.

«El asombro comienza y acaba en sí mismo, y sin embargo el asombro no es un camino estéril. El que yo me asombre ante un musgo, un cristal, una flor, un coleóptero dorado, o ante un cielo de nubes, un mar con el sereno y gigantesco respirar de sus mareas, un ala de mariposa con el orden de sus estrías cristalinas, el corte y las cenefas coloreadas de sus bordes, los múltiples caracteres y adornos de su dibujo y las infinitas, tenues y mágicas gradaciones y tonalidades de los colores… siempre que abordo con el ojo o con otro sentido corporal un trozo de naturaleza, si me siento atraído y encantado por él y me abro por un momento a su ser y a su revelación, en ese momento he olvidado toda esa zona ciega y codiciosa del ansia humana, y en lugar de pensar o imperar, en lugar de conquistar y explotar, de combatir u organizar, no hago otra cosa que “asombrarme” como Goethe, y con ese asombro no sólo me hago hermano de Goethe y demás poetas sabios, sino que me hago hermano de todo aquello que me asombra y que yo siento como mundo viviente: de la mariposa, del escarabajo, de la nube, del río y el monte, pues por la vía del asombro he escapado momentáneamente al mundo de las separaciones y he ingresado en el mundo de la unidad…».

Para leer más:

Hermann Hesse: Pequeñas alegrías. Alianza Editorial, Madrid, 2010.

La belleza de los corales: una cita con R. M. Ballantyne

El aumento de la concentración de gases de efecto invernadero emitidos a la atmósfera, como consecuencia de la quema de combustibles fósiles (petróleo, gas natural, carbón) está provocando múltiples impactos sobre la naturaleza. Uno de ellos es la afectación a los corales marinos del mundo.

Estos peculiares animales se encuentran amenazados por el aumento de las temperaturas de las aguas del mar que dificulta la reproducción de las microalgas de las que se alimentan, pudiendo provocar su decoloración y posterior muerte. Asimismo, las crecientes concentraciones de dióxido de carbono que existen en la atmósfera también se manifiestan en los océanos, a través del aumento de la acidez de los mares que termina impactando sobre las estructuras de carbonato cálcico de los corales.

Los arrecifes coralinos son ecosistemas que cumplen una función importante como lugares de alta biodiversidad que contribuyen a preservar la vida en la Tierra. Su conservación está más que justificada desde el punto de vista ecológico. Pero, además, existen razones de otro tipo, como las que nos infunde el escritor británico Robert Michael Ballantyne (1825-1894) en su novela La isla de Coral:

“No olvidaré la sorpresa y admiración que me causó el fondo de aquellas aguas. Como ya he dicho antes, el agua dentro del arrecife estaba tan serena como en un lago, y como no había viento estaba tan transparente que se veía perfectamente el fondo a veinte o veinticinco metros de profundidad. Al bucear Jack y yo en las aguas poco hondas, esperábamos encontrar arenas y piedras, pero, en vez de ser así, nos hallamos con lo que realmente parecía un jardín encantado. Todo el fondo del lago, como habíamos empezado a llamar a las serenas aguas del lecho del arrecife, estaba cubierto de corales de todos los tamaños, formas y colores. Unos parecían grandes hongos, otros semejaban la cabeza de un hombre con su cuello, pero la especie más común era un coral que formaba ramas de preciosos colores, rosa pálido unas, y otras de blanco puro. Entre ellos crecían grandes cantidades de algas de los matices más hermosos que se puedan imaginar y de formas encantadoras, y entre los floridos lechos de este jardín submarino nadaban innumerables peces, azules, rojos, amarillos, verdes y rayados, que no se espantaban al vernos”.

Para leer más:

R. M. Ballantyne: La isla de Coral. Zenda-Edhasa, Barcelona, 2022.

La evolución de las aves en la UE (1990-2022)

Como expresa la Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030 “la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se encuentran entre las mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad ante la próxima década”.

Un magnífico indicador que nos alerta de cómo está evolucionando la calidad y cantidad de los ecosistemas son las aves. Gracias a la comunidad científica sabemos que la presencia de aves es un buen semáforo de la salud de los ecosistemas, de su diversidad e integridad.

La mayor o menor población de aves, así como su mayor o menor diversidad de especies, en un ecosistema determinado, nos permite conocer más sobre la calidad del propio ecosistema donde se alimentan, viven y respiran. En definitiva, las aves nos adelantan información valiosa sobre la calidad del medio ambiente y la sostenibilidad real del resultado final que originan las diversas actividades (producción, consumo…) que llevamos a cabo los humanos con nuestras metas de desarrollo.

En el contexto europeo, la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) viene publicando desde hace años el Índice de Aves Comunes, que nos informa desde un punto de vista cuantitativo sobre cómo ha evolucionado la presencia de aves en Europa. Dicho índice recoge las observaciones obtenidas en los 27 Estados miembros de la UE para un total de 167 especies de aves que viven en tierras de cultivo (39), en ecosistemas forestales (34) y en otros hábitats como parques y jardines (94).

Se cuenta con un amplio horizonte temporal (1990-2022) para dicho Índice de Aves Comunes de la UE. Los resultados obtenidos hasta hoy apuntan que durante las tres últimas décadas hemos asistido a una continuada disminución de las poblaciones de aves en la Unión Europea y, por tanto, también al progresivo deterioro de nuestros espacios naturales. Como se observa en el siguiente gráfico, dicho índice de aves, que toma como año base 1990, ha descendido desde un valor de 100,0 en el año 1990 a 86,2 en 2022, lo que supone una caída del 13,8%.

De forma complementaria al Índice de todas las Aves Comunes, Eurostat elabora otros dos índices compuestos. El primero, el índice de aves comunes de bosques, circunscrito a 34 especies, nos revela que se ha producido un descenso del 3,3% durante el periodo 1990-2022, al pasar de 100,0 a 96,7. Con este indicador se aprecia que solo durante el último decenio se ha logrado una mejoría, si bien paulatina, tras los sucesivos descensos registrados en los veinte años previos.

Por su parte, el segundo índice, el índice de aves comunes de tierras de cultivo, que comprende 39 especies, presenta una tendencia significativamente descendente entre 1990 (100,0) y 2022 (60,3), habiéndose registrado, por tanto, una reducción del 39,7% en el periodo analizado. Como afirma la propia Estrategia para la biodiversidad 2030 las aves de hábitats agrícolas son indicadores clave de la salud de los agroecosistemas y vitales para la producción agrícola y la seguridad alimentaria, concluyendo que “su alarmante disminución tiene que invertirse”.

En el ámbito de las aves, cabe recordar asimismo lo que ya expresaba la Directiva comunitaria relativa a la conservación de las aves silvestres en el año 2009:

«En el territorio europeo de los Estados miembros, una gran cantidad de especies de aves que viven normalmente en estado salvaje padecen de una regresión en su población, muy rápida en algunos casos, y dicha regresión constituye un grave peligro para la conservación del medio natural, en particular debido a la amenaza que supone para el equilibrio biológico».

Para más información:

Eurostat

Directiva 2009/147/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 30 de noviembre de 2009, relativa a la conservación de las aves silvestres

Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030

El lago, espejo natural: una cita con Henry D. Thoreau

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El escritor naturalista Henry David Thoreau (1817-1862) llegó a entablar una estrecha comunión con la naturaleza durante su retiro de más de dos años junto a la orilla de la laguna Walden, en Concord. Fruto de aquella vida asceta escribió su celebre obra Walden o la vida en los bosques donde expresa sus vivencias y pensamientos.

Durante aquel tiempo su observación pura de la naturaleza llevó a Thoreau a escribir descripciones únicas sobre su entorno, como la del siguiente pasaje con el que nos transmite la belleza del espejo natural que es el lago.

“Quizá no haya nada tan bello, tan puro, y al mismo tiempo tan vasto como un lago, en toda la superficie de la tierra. Agua del cielo. Que no necesita de cercado alguno. Las naciones vienen y van sin viciarla. Es un espejo que ninguna piedra puede quebrar, cuyo azogue no se gasta nunca y cuyo marco repara constantemente la Naturaleza; no hay tempestad ni polvo que puedan empañar su superficie, siempre fresca; un espejo en el que toda impureza presente se hunde en él barrida y expulsada por el brumoso cepillo del sol -el paño o escobilla más leve-, que no retiene hálito que se le eche, sino que envía su propio aliento para formar nubes que flotan en lo alto y se reflejan de nuevo en su seno”.

Para leer más:

Henry D. Thoreau: Walden o la vida en los bosques. Editorial Juventud, Barcelona, 2010.