El “Mensaje a los hombres” de Pino Ojeda

Ruta Cruz de Tejeda-Las Lagunetas_2014.05.24

En 1954 la poeta y pintora Pino Ojeda (1916-2002) publicó Como el fruto en el árbol. En este poemario, que pone alas a sus experiencias vitales, la naturaleza se presenta como un tema esencial. Fruto de su exploración personal y del mundo lanza su mensaje poético a los seres humanos.

“Yo no sé por qué los hombres, cuando caminan por la tierra y los bosques
van rumiando silenciosos sus pequeñas, bajas preocupaciones.
Ellos deberían dejar sus agrias, difíciles conciencias,
en la primera vuelta del camino donde la civilización se expresa.
Allí sobre la dura y cementada superficie gris que habla de dolor,
de sangre interminable.

Los hombres no deberían llevarse al bosque, a la tierra,
sus pesadillas nocturnas,
sus agobiadoras, durísimas contiendas.
Ellos podrían llevar arriba la misma sencilla mirada,
el mismo sencillo gesto de los seres que van a encontrarse.
Solo una mirada sin pasado, sin ayer, sin retorno.
¡Si los hombres se dieran cuenta de estas pequeñas cosas
y subieran a lo alto libres de ellos mismos,
libres de sus pobres, ligeras ansias!
Si ellos supieran rezar sin voces, dentro de sí, detenidamente, sin prisas
Si ellos lograran dejar en las ciudades
-llenas de polvo, de ruidos y fiesta-,
sus pobres, mentidas palabras.
Encontrarían allá arriba el brazo que les rodeara calladamente la espalda.
Encontrarían la voz que perdieron con el primer desperezo de hombres
Encontrarían, sí, como partiendo de su propia carne,
el camino que olvidaron cuando sus pobres corazones aprendieron
a maldecir en silencio”.

Para leer más:

Pino Ojeda (1954): “Como el fruto en el árbol”.

El arte y la naturaleza según César Manrique

Mirador de La Peña_2015.04.02: El Hierro

César Manrique (1919-1992) fue pintor, arquitecto, escultor, urbanista…, pero  ante todo se consideraba artista. Su obra, en las diversas dimensiones del arte que abordó, encontró en la naturaleza su principal fuente de inspiración, como la del paisaje volcánico de Lanzarote, su isla natal.

Fruto de ese vínculo vital y artístico con la Naturaleza, pronunció estas palabras que muestran su reconocimiento y gratitud por el inestimable valor que posee:

“Mi gran maestra ha sido mi continuado asombro por la observación de la Naturaleza en donde nunca pude entender su gran secreto creativo. Mi asombro continúa cada vez con mayor intensidad, comprendiendo cada vez con mayor claridad de su infinita sabiduría”.

“Mi alegría de vivir y de crear continuamente me la ha dado el haber estudiado, contemplado y amado la gran sabiduría de la naturaleza”.

Devolver a la Naturaleza lo que la Naturaleza te ha dado, como artista y ser humano, constituyó uno de los principios de la obra de César Manrique. Su compromiso conservacionista quedó patente en los siguientes fragmentos:

“Ante el exterminio suicida de nuestro planeta, la intervención de los artistas en defensa de la conservación del medio se convierte en una cuestión urgente, de máxima responsabilidad, ya que es hora de traspasar las fronteras y ampliar los ambiguos límites del Arte”.

“El papel que juegan los artistas como portadores de la cultura con intervenciones de diseños totalizadores, para la programación de un nuevo concepto de vida, es con una mayor aproximación a la Naturaleza, creando obras emocionales y cautivadoras que levanten el alma, ya que tanta falta hace, ante la triste y devastadora panorámica de nuestro deteriorado mundo contemporáneo”.

“Creo sinceramente que el Arte tiene una misión más cósmica y totalizadora, puesto que los artistas tenemos la misión moral de aplicar el talento a la vida y al desarrollo de ésta.”

“Todos los artistas contemporáneos, si realmente son receptivos, tenemos la obligación moral de colocar todos los conocimientos del arte al servicio del freno, en lo posible, ante las barbaridades de todo tipo que se están llevando a cabo”.

“No se trata de parar el progreso, sino todo lo contrario. Pedimos que el progreso sea armónico. Más cualitativo y por tanto más productivo a la larga…”

 

Para leer más:

César Manrique (1988): Escrito en el fuego.

Azorín y la felicidad de los artrópodos

_mg_0370

El escritor español José Martínez Ruiz, más conocido por Azorín (1873-1967), con su célebre obra La voluntadexpresó, a través de sus personajes, pensamientos, diálogos filosóficos, reflexiones políticas y sociales, emociones e impresiones poéticas… Entre este compendio de sensaciones, la naturaleza también tiene cabida.

La escena transcurre durante una calurosa tarde de verano antes de que se alcance el crepúsculo. El maestro Yuste y su alumno Azorín se encuentran sentados al borde de una balsa. Tras haber estado observando atentamente los ascensos y descensos de un coleóptero por las ramas de una de las matas junto a la balsa, Yuste le comenta a Azorín:

“-Decididamente, querido Azorín -ha dicho el maestro-, yo creo que los insectos, es decir, los artrópodos en general, son los seres más felices de la tierra. Ellos deben de creer, y con razón, que la tierra se ha fabricado para ellos. Ellos pueden gozar plenamente de la Naturaleza, cosa que no le pasa al hombre. Fíjate en que los insectos tienen vista múltiple, es decir, que no necesitan moverse para estar contemplando el paisaje en todas sus direcciones…; gozan de lo que podríamos llamar el paisaje integral. Además, hay insectos, como los díctidos, que nadan, vuelan y andan. ¡Qué placer dominar en estos tres elementos!… Ahí tienes en esa balsa esos seres, o sea los girinos, que están jovialmente patinando, corriendo sobre la superficie, trazando círculos, yendo, viniendo… ¿Puede darse una vida más feliz? ¡El mundo es de ellos! ¿Y cómo no han de creerlo así? Existen sobre un millón de especies de artrópodos, número enorme comparado con el de los vertebrados… ¿Cómo no han de estar convencidos de que la tierra se ha hecho para ellos?… ¡Yo los admiro!… Yo admiro las ambarinas escolopendras, buscadoras de la oscuridad; las arañas tejedoras, tan despiadadas, tan nietzscheanas; las libélulas, aristocráticas y volubles; los dorados cetonios que semejan voladoras piedras centelleantes; los anobios que corcan la madera y nos desazonan y nos desazonan por las noches, en las solitarias cámaras, con su cric-crac misterioso; los grillos poemáticos, cantores eternos en las augustas noches de verano… A todos, a todos yo los amo; yo los creo felices, sabios, dueños de la Naturaleza, gozadores de un inefable antropocentrismo… ¡Ellos son más dichosos que el hombre!”

Para leer más:

Azorín (1902): La voluntad.

 

Una cita con el arte y la naturaleza en la obra de Azorín

_Z0B2848

El escritor español José Martínez Ruiz, más conocido por Azorín (1873-1967), destacó, entre sus cualidades literarias, por su especial capacidad para convertir en imágenes vívidas sus sentidas descripciones del paisaje y de la naturaleza. El interés de Azorín por que la creación literaria beba de las emociones que emanan de la naturaleza queda al descubierto en las palabras pronunciadas por uno de los protagonistas de su obra La voluntad.

La escena transcurre durante una tarde gris y de incesante lluvia. Las horas pasan lentas, muy lentas. El maestro Yuste se encuentra en el despacho con su alumno Azorín. Esa tarde no han podido dar su habitual paseo y ambos personajes entablan una distendida conversación sobre cultura.

Yuste tras coger un libro del estante de su despacho afirma:

“-Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje… Es una emoción completamente, casi completamente moderna. En Francia sólo data de Rousseau y Bernardino de Saint-Pierre. En España, fuera de algún poeta primitivo, creo que sólo la ha sentido fray Luis de León en sus Nombres de Cristo… Pues bien: para mí, el paisaje es el grado más alto del arte literario… ¡Y qué pocos llegan a él!”.

Para leer más:

Azorín (1902): La voluntad.

 

Una cita con el amanecer en la obra de Goethe

_Z0B6488

La célebre obra de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), Fausto, está plena de imágenes poéticas, de cuadros literarios, que invitan a ver, sentir y pensar, como en la siguiente escena:

El doctor Fausto, tendido en un césped florido y rodeado de espíritus con graciosas formas, invoca a la naturaleza mientras nace un nuevo día.

“El pulso de mi vida late con viva frescura, saludando suavemente al etéreo amanecer; tú, tierra, también has permanecido fiel esta noche y alientas reviviendo de nuevo, a mis pies, y empiezas ya a rodearme de alegría; mueves y animas una poderosa resolución de esforzarme constantemente hacia la existencia suprema… En el fulgor del amanecer ya está abierto el mundo, el bosque resuena con vida de mil voces; valle arriba y valle abajo se extiende el roce de la niebla, pero la claridad celeste se hunde hasta lo profundo, y los troncos y ramas, con fresca vida, brotan del abismo perfumado, donde dormían sumergidos; también colores y colores se desprenden del fondo, y las flores y hojas gotean perlas temblorosas: en torno de mí se va haciendo un paraíso.

¡Miraré a lo alto! Las gigantes cumbres de las montañas anuncian ya la hora más solemne; pueden gozar muy pronto de la luz eterna, que luego se inclinará hacía nosotros. Ahora las praderas verdes e inclinadas de la ladera reciben nuevo fulgor y claridad, que poco a poco va llegando hasta abajo -¡cómo surge!-, y, con dolor ya cegado, me vuelvo y me aparto, penetrado por el deslumbramiento de mis ojos”.

Para leer más:

Johann Wolfgang von Goethe (1832): Fausto.

 

Una cita con Fausto y el sol en la obra de Goethe

_Z0B0392

En la magistral obra de Johann Wolfgang von Goethe, mientras pasean, el doctor Fausto conversa sobre sus pesares con su alumno Wagner. Durante la caminata le expresa los sentimientos que le inspiran la naturaleza y el astro sol que todo lo ilumina:

“¡Oh, feliz quien todavía puede esperar emerger de este mar del error! Lo que no se sabe podía servir, y lo que se sabe no se puede usar. Pero no estropeemos esta hora de hermosa felicidad con tal turbación de los sentidos. ¡Observa cómo en el fulgor del sol poniente refulgen las cabañas rodeadas de verdor! El sol se aleja y cede, el día se extingue; allá se va, a estimular nueva vida. ¡Oh, si unas alas me levantaran del suelo para acercarme cada vez más a él! En el eterno resplandor del ocaso vería a mis pies el mundo quieto, encendidas las cimas, tranquilos los valles, fluir el río de plata en el brillo de la corriente. No estorbaría a mi divino caminar la áspera montaña con todos sus barrancos; ya el mar, con sus tibias ensenadas, se abre ante mis ojos admirados. Pero el dios sol parece hundirse por fin; despierta solamente la nueva turbación; me apresuro a beber su luz eterna; tras de mí el día, y detrás de mí la noche; encima de mí el cielo, y debajo de mí las olas. Un hermoso sueño, mientras el sol se deshace. ¡Ay, a las alas del espíritu no se unirán tan fácilmente otras alas del cuerpo! Pero a todos les está dado que sus sentimientos les lleven a lo alto y hacia delante, cuando, sobre nosotros, perdida en el ámbito azul, canta la alondra su canción gorjeante ensanchando sus alas, y sobre llanuras y sobre mares la grulla vuelve hacia su patria”.

Para leer más:

Johann Wolfgang von Goethe (1832): Fausto.

El Che Guevara y el mar

_Z0B6389

En diciembre de 1951 el joven Ernesto Che Guevara (1928-1967) de veintitrés años decidió emprender un largo viaje en moto por Latinoamérica con su amigo Alberto Granado.

En Notas de viaje el Che narra las vivencias adquiridas durante su recorrido por tierras de Chile, Perú, Colombia y Venezuela. Su relato permite acercarnos a una etapa de la vida, más bien desconocida, de esta figura histórica del siglo XX.

Reproducimos aquí un fragmento extraído de sus páginas dedicadas al océano Atlántico:

“La luna llena recorta sobre el mar y cubre de reflejos plateados las olas. Sentados sobre una duna, miramos el continuo vaivén con distintos ánimos: para mí fue siempre el mar un confidente, un amigo que absorbe todo lo que le cuentan sin revelar jamás el secreto confiado y que da el mejor de los consejos: Un ruido cuyo significado cada uno interpreta como puede; para Alberto es un espectáculo nuevo que le causa una turbación extraña cuyos reflejos se perciben en la mirada atenta con que sigue el desarrollo de cada una de las olas que van a morir a la playa. Frisando los treinta años Alberto descubre el océano Atlántico y siente en ese momento la trascendencia del descubrimiento que le abre infinitas vías hacia todos los puntos del globo”.

 

Para leer más:

Ernesto Che Guevara: Notas de Viaje, Ediciones B, Barcelona, 2002.