El valle de La Orotava, en palabras de René Vernau

Isla de Tenerife.

El antropólogo francés René Vernau (1852-1938) fue un gran amante de las Islas Canarias (España), a las que consagró varios años de su vida.

Durante su estancia en la isla de Tenerife, Vernau caminó por incontables senderos en busca de cuevas, yacimientos y todo tipo de legado de los antiguos aborígenes. De esta isla obtuvo importantes hallazgos en su disciplina, pero al mismo tiempo sus sentidos quedaron, en muchas ocasiones, sobrecogidos por el paisaje en el que se vio inmerso.

Traemos hasta el siguiente pasaje de su obra Cinco años de estancia en las Islas Canarias, con el que el escritor francés hace un canto entusiasta a uno de los paisajes más emblemáticos de Tenerife: el Valle de La Orotava y el majestuoso marco en que se encuentra.

«Es difícil imaginar el panorama que se presenta de repente a la vista, cuando se llega a esta pendiente. A sus pies, se extiende el magnífico valle que Humboldt consideraba el más bello de la tierra. Arriba, se escalonan, en graderías, las casas de la villa; y hasta el mar sobre una extensión de cuatro kilómetros, se despliegan cultivos de tuneras, tabaco, millo y vegetales de las clases más diversas. En medio de todo esto se elevan palmeras, naranjos, eucaliptos, durazneros, damasqueros, almendros. Aquí se ven alamedas de cafetos; allá, plantaciones de plataneras; más lejos se entrevén árboles de Las Antillas, de América del Sur e incluso de Oceanía. Pero lo que es más bello e imponente que el valle mismo es el marco que le forman las montañas que lo rodean.

Al norte, una colina de 300 metros de altura va a unirse a las altas montañas que describen, al este, un inmenso circo que sobrepasa los 2.000 metros de altitud. Al sur se destaca el pico del Teide, cuya cima con frecuencia oculta las nubes que van a formarle una corona, se eleva a 3.711 metros. En el sudoeste, enormes estribaciones parten de la base del pico para ir a terminar, bruscamente, en el mar. Finalmente, al oeste, a través de unos conos volcánicos cuyo color negro hace resaltar todavía más la belleza del valle, se ve el océano, que parece pararse, en la lejanía, en la barrera sombría que forma la isla de La Palma.

Las montañas que limitan al este el valle de La Orotava están cubiertas, entre 800 y 1.500 metros de altitud, por un bosque espeso que ha dado a este lugar el nombre de Monte Verde. Las de norte presentan, a la misma altitud, una vegetación todavía más frondosa, que se puede comparar a la de Agua García. En este nuevo bosque brota también, en medio de columnas basálticas del aspecto más imponente, un manantial abundante que alimenta a todos los acueductos del valle. Es este manantial a quien le debe el bosque su nombre de Agua Mansa.

Por supuesto concibo el entusiasmo de los viajeros en presencia de un espectáculo tan grandioso. En otros puntos de Canarias se encuentra una vegetación tan frondosa y tan variada como en La Orotava, pero lo que no se encuentra en ningún sitio es un conjunto tan majestuoso».

Para leer más:

René Vernau: Cinco años de estancia en las Islas Canarias. Ed. J. A.D. L., La Orotova, 1992 (4ª edición en español).

La antigua hacienda: una cita con Leoncio Rodríguez

El paso del tiempo termina por imprimir sus huellas en el territorio que habitamos, en nuestro ámbito vital más cercano. Las actividades del ser humano cambian. Nuestros modos de producir y consumir se modifican a lo largo de los años. Pero no lo hacen de forma inocua, sino que alteran el paisaje y la naturaleza, con frecuencia irreversiblemente.

El escritor Leoncio Rodríguez (1881-1955), originario de las Islas Canarias, nos ilustra en sus Estampas tinerfeñas, el caso de un lugar de la Isla de Tenerife.

Allí, la vida de sus habitantes giraba alrededor del cultivo de las viñas, otorgando riqueza y esplendor a toda una época de la historia insular. El paisaje, marcado por la actividad vitivinícola, mostraba unos rasgos característicos: la típica hacienda canaria, con sus frondosos jardines, fructíferas huertas, valiosos viñedos de uva blanca, las bodegas, el lagar…

El fin de esta época de más de dos siglos conllevó no solo la transformación de una forma de vida, sino también la desaparición de un paisaje singular que solo sobrevivirá en la memoria. Así, nos lo dejó escrito Leoncio Rodríguez en el siguiente pasaje:

“La antigua hacienda, con sus huertas de plataneras escalonadas en el declive de la montaña, había perdido sus primitivas características. A la entrada conservábase intacta la vieja portada, con su valla de tea y sus gruesos pilares coronados por macetones con geranios, de donde partían las dos hileras de adelfas y arrayanes del camino central de la finca. Pero dentro echábase de menos aquel frescor de bosque, impregnado de aromas de jardines, que antes se percibía en su ambiente, propicio para la suave quietud y el plácido sosiego. Le faltaba, sobre todo, el ornato de sus árboles y de su flora exótica, de tan originales y diversos matices. Ya no poblaban las huertas los nogales y moreras de la India, el anón de áspera corteza, los pándanos de troncos en espiral, los tamarindos, papayas y aguacates del trópico. Ya no adornaban los jardines las magnolias de grandes hojas ovaladas, los garzoteros encarnados, los calicantos aromáticos, la fresa de los Alpes y la camelia de Japón. Ni se recortaban sobre el fondo luminoso del paisaje las copas de los dragos y los abanicos de las palmeras. Tampoco expandían su perfume los azahares de los naranjos ni daban su nota vibrante de color los arreboles, los tréboles y las siemprevivas azules.

Placíame, decía un sabio extranjero, extraviarme por estos senderos floridos a los que daban sombra soberbios árboles, escuchar el ruido de la espumosa cascada que saltaba las rocas para deslizarse después sobre un suelo esmaltado de flores. Por todas partes las cepas calentaban sus dorados racimos y los vergeles sus más hermosos frutos”.

Y continúa el autor más adelante:

“Todo ha cambiado en la vieja hacienda. De la era sólo queda el cerco de piedra utilizado ahora para secadero de ropas o refugio de cluecas y palomas. Donde se hallaban las bodegas se alzan las tongas de maderas de los empaquetados. Donde estaba el banco de piedra en que solían sentarse los dueños de la finca en apacibles charlas con los medianeros, se yergue un surtidor de gasolina. Por aquella estrecha vereda por donde se iba a los nacientes del agua, en lo alto de la montaña, baja ahora la cinta blanca de la acequia, plegándose a las ondulaciones del terreno. Y se oye el rumor de la corriente que se acerca, y que luego, acortando su marcha, se pierde entre los surcos y canalillos de las huertas”.

En palabras de Leoncio Rodríguez, de aquella antigua hacienda no ha quedado nada igual, salvo el viejo lagar, que se erige como venerable superviviente de una época histórica.

Para leer más:

Rodríguez, L.: Estampas tinerfeñas. Santa Cruz de Tenerife, 1935.

Armas Ayala, A.: Ensayistas canarios. Gobierno de Canarias, 1990. 

Los dones infinitos de los árboles: una cita con Francisco González Díaz

Día del Árbol. Gran Canaria.

Francisco González Díaz (1864-1945) fue un prolífico escritor de las Islas Canarias, reconocido en su época, casi desconocido hoy, que tuvo entre sus luchas la defensa apasionada de los árboles.

Con motivo de la celebración, por primera vez, del día de la Fiesta del Árbol, allá por el año 1902 en la isla de Gran Canaria, González Díaz pronunció un emotivo discurso que sensibiliza a niños y mayores sobre la ineludible necesidad de proteger la arboleda y fomentar la repoblación.

El escritor canario nos recuerda cómo la isla en que nació ha sufrido en sus bosques las malas artes del ser humano. La codicia y la ceguera han acabado con bosques primigenios de incalculable valor, a pesar de que son infinitos los dones que nos aportan los árboles. Así, nos lo expresa en el siguiente fragmento la prosa poética de González Díaz:

“Este gran día conmemorativo es, por afortunada coincidencia, el día en que realizamos la primera plantación, el día en que iniciamos prácticamente la obra de devolver a nuestra querida Gran Canaria sus perdidos tesoros forestales, los tesoros que le robara la estúpida codicia humana y que talara el hacha de la barbarie, incansable e invencible en la tarea de destruir. ¿Qué son esos tiernos arbolitos?, os preguntaréis sin duda; ¿qué valen?, ¿qué pueden? No resistirán el menor contratiempo; un viento fuerte doblará sus tallos; apenas nacidos morirán. Es cierto. Morirán si no se les protege. Ellos son como vosotros, débiles, impotentes en su gracia y en su hermosura, pero bien guiados en su desarrollo llegarán a ser fuertes, extenderán su ramaje protector y convidarán a aposentarse en sus copas a las aves del cielo para que labren su nido y eleven su canto. Embellecerán nuestros paisajes; nos darán sombra, salubridad y riqueza; se asociarán para formar bosques, avenidas que serán magníficas vías triunfales; estrecharán sus filas, las multiplicarán, irán al asalto de las montañas y subirán a las ingentes cumbres hasta desplegar en señal de suprema victoria su pomposa frondosidad en el inmenso espacio, en pleno azul… Envolverán su cabeza en tocas de nubes, y agitándose gallardamente al soplo de la brisa o sacudiéndose furiosos al azote del vendaval, representarán allá en lo alto la fuerza y la esperanza”.

Para leer más:

González Díaz, F.: Árboles. Gobierno de Canarias, 2005.

 

El paisaje de Tejeda: una cita con Domingo Doreste

El escritor canario Domingo Doreste Rodríguez (1868-1940) dedica unas sentidas palabras a la isla que le vio nacer: Gran Canaria, su «continente en miniatura».

En este territorio atlántico de las Islas Canarias sobresale el paisaje singular de Tejeda, donde se vuelve sublime la tempestad petrificada que dijera Miguel de Unamuno.

Con el siguiente pasaje traemos hasta aquí la descripción entusiasta que en 1932 hizo Domingo Doreste de la cuenca de Tejeda, hoy espacio natural protegido y Reserva Mundial de la Biosfera:

“Si Gran Canaria merece ser visitada, lo es singularmente por contemplar, desde una altura de 1.500 metros, el cañón del barranco de Tejeda, sobre todo en un ocaso de verano, bañado de oro fundido. Ancho panorama de rocas, profuso en formas que parecen arquitectónicas, encajado entre cordilleras indomables, cresteadas de agudos pinos, perfiladas de fantásticas líneas. En el punto más alto, como si lo hubiera colocado la mano de un esceanógrafo, el Nublo, monolito de 60 metros, uno de los grandes del globo. Más abajo el Bentaiga, otra mole poderosa que se asienta sobre el abismo. Lejano, el macizo de Tamadaba, de anchura imponente. Y en último término, el mar de Occidente, tablón azul en que aparece como pintada toda la isla de Tenerife bajo la majestad del Teide. Al caer de la tarde la orgía de las sombras enriquece el paisaje de fantasmas que se despiertan”.

Para leer más:

Armas Ayala, A.: Ensayistas canarios. Gobierno de Canarias, 1990.

La Isla de La Palma en el verso de Pedro García Cabrera

La Palma, Islas Canarias

A La Palma, isla atlántica de las Canarias, dedicó el escritor Pedro García Cabrera (1905-1981) uno de los 37 romances que componen su poemario Vuelta a la isla, publicado en 1968.

Es un sentido homenaje a la isla palmera con el que el poeta, más allá de la descripción geográfica, consigue entrelazar naturaleza y humanismo, conformando un único paisaje.

La esencia de esta realidad singular se vuelve verso después de que el escritor haya pisado suelo palmero “viviendo su actualidad, pensando sus noches y respirando sus días, conversando con las gentes y el aire que las rodea”.

Con este poema las retamas, los pinares, los mares, las cumbres, los volcanes de la Isla de La Palma se funden con la identidad, la libertad, la sabiduría, la lucha y la fortaleza que poseen sus gentes.

La sombra que esta retama

de la mirada desprende

me lleva en su catalejo

hasta oír cantar las preces

de pinares a La Palma,

abarloada al poniente.

La Palma no es soledad.

Es la cabeza de puente

que sobre los océanos

tendieron los continentes.

Para ella no hay fronteras,

no emigra nunca ni puede;

mar y tierra son caminos

y andarlos le pertenece.

Casi con forma de pez

no cae nunca en las redes

de hacer su patria en veredas

que no partan de sus sienes.

Y no es que cierre los ojos

y al desamor alimente.

Es que en la cuna aprendió

que los volcanes no duermen,

trabajándose en las cumbres

silencio que el fuego enciende.

Es que desde su niñez

ve que los días florecen

la noche del horizonte

y las agonías mueren.

Y así a su vida da fuerza

la juventud de la muerte.

Selváticas intuiciones

racionalizan su mente.

Jamás vacilan sus pasos,

van escritos en su frente

y en los muros del hogar

bien a las claras los tiene.

No digo que son columnas,

sí digo que son paredes

para que el sol y la lluvia

sus esponsales celebren,

en cueros como los niños

y en alto como las fuentes.

La Palma, yo soy La Palma

abarloada al poniente.

Por la borda las nostalgias,

mi raíz es Taburiente

y si lo quiero mayor

lo multiplico por nueve.

No me digáis que conquiste,

esos son otros belenes,

siendo dueña de mí misma

todo lo tengo con creces.

Y así me llevo conmigo

a dondequiera que fuere,

que soy La Palma, La Palma

abarloada al poniente.

Para leer más:

García Cabrera, P.: Diez poemas. Gobierno de Canarias, 2005.

García Cabrera, P.: Vuelta a la isla. Fundación Pedro García Cabrera, Santa Cruz de Tenerife, 2005.

El paisaje en verso que vio nacer a Pedro García Cabrera

La Gomera, Islas Canarias.

En un pequeño pueblo de la Isla de La Gomera (Canarias, España) nació el poeta Pedro García Cabrera (1905-1981). Allí, el escritor canario sintió durante sus primeros años de vida toda la fuerza del paisaje insular: sus barrancos, sus palmeras, sus roques, sus cumbres y el sonido de las olas del océano Atlántico.

Setenta años después de su nacimiento el reconocido poeta escribió, bajo el título Paisaje nativo, los siguientes versos que homenajean sus raíces:

Cualquiera de estas piedras

-chácaras del silencio-

puede croar la hoguera de mi infancia

mirarme desde atrás, desde un barranco

o de una sombra de palmera.

Son cimientos lejanos de otros días,

bultos de la ternura,

dureza que humaniza mis palabras.

Ninguna de estas piedras

sabe herir por sí misma.

Pulen su soledad, duermen y velan

su imposible esperanza

de volver a los hombros de las cumbres.

Y si en ellas me siento,

badajos del camino,

resueno como el mar.

Como dejó escrito el propio García Cabrera en su obra ensayística, “el medio imprime al hombre un símbolo primario, un determinado modo de ser. Símbolo primo que irá arrastrando a lo largo de su vida”.

Para leer más:

García Cabrera, P.: Antología Poética. Centro de la Cultura Popular Canaria, 2005.

Pedro García Cabrera. Antología.

El Archipiélago Chinijo: una cita con Ángel Guerra

El Archipiélago Chinijo desde los riscos de Famara (Lanzarote)

El Archipiélago Chinijo es un lugar perteneciente a las Islas Canarias (España) que goza de una singularidad digna de preservarse. Por ello, ha sido declarado espacio natural protegido, con la categoría de Parque Natural, por la legislación medioambiental de 1987 y 1994.

Actualmente lo conforman parte de la costa occidental de la Isla de Lanzarote -con su macizo de Famara-, la Isla de La Graciosa, los islotes de Montaña Clara y Alegranza, dos roques y toda la extensión marina que existe entre estos puntos.

Esta superficie, terrestre y marina, de unas 46.000 hectáreas reúne altos valores ambientales, ecológicos y científicos que la hacen singular: animales y plantas endémicos, áreas de nidificación de aves amenazadas, estructuras geomorfológicas únicas, paisajes naturales de gran belleza, yacimientos de gran interés científico…

Pero el Archipiélago Chinijo, además de valioso espacio natural, ha sido fuente de inspiración para los literatos. Ya en 1907 el escritor canario Ángel Guerra (1874-1950), en su relato titulado Al jallo, desarrolla en este lugar la acción de sus personajes. Con el siguiente fragmento traemos hasta aquí su personal descripción creativa del lugar:

“En sitio asaz solitario estaba situada aquella ranchería de pescadores, bulliciosa solo en verano, abandonada casi por completo en invierno. A un lado corríase la playa inmensa, que haciendo un enorme recodo, iba a perderse en el extremo Este de la isla; por el otro, formando caletones, las restingas, restos de viejas erupciones volcánicas, ocupaban la costa occidental, inhabilitada y trágica; a espaldas de la ranchería, remedo del sahárico desierto, del que debe ser una prolongación, comenzaba la llanura estéril, de movedizas arenas, tierras estériles y casi sin término que van de mar a mar; delante ábrese la gran ensenada de aguas turbulentas, entre las que se alzan allá, enfrente desiertas pero sugestivamente poéticas, como invitando las almas a una vida de descansos y de olvidos, las islas menores: Alegranza, lejana, medio esfumada en su bruma; Montaña Clara, ingente, granítica, de cantiles bravíos, como un templo, y más cerca La Graciosa, como hija cariñosa, pobre de hermosura, que se acoge al regazo maternos y cobija al abrigo de los grandes riscos de Lanzarote”.

Para leer más:

Ángel Guerra: La Lapa y otros relatos seleccionados. Ediciones Remotas, 2020.

El transporte y la naturaleza: una cita con Julio Verne

Diversos son los impactos que las infraestructuras de transporte producen en la Naturaleza. También sabemos que unos medios de transporte son más sostenibles ecológicamente que otros, y que mucho han evolucionado desde que en 1872 Julio Verne (1828-1905) publicara su célebre novela “La vuelta al mundo en ochenta días”.

En esta novela sus protagonistas se ven inmersos en continuas aventuras para que, finalmente, Phileas Fogg alcance su objetivo. En este trepidante viaje se viaja sin viajar, porque, como reconoce el francés Picaporte, “no era cosa de sentir, puesto que no era ver ciudades lo que importaba”. Por eso son variados los medios de transporte que precisan utilizar: tren, barco, elefante, goleta, trineo…

En el caso del tren, Verne nos expone un planteamiento que nos hace reflexionar sobre la necesaria armonía entre progreso material y Naturaleza, tal como queda reflejado en el siguiente pasaje:

“Más allá de Sacramento, el tren, después de pasar las estaciones de Junction, Roclin, Auburn y Colfax, penetró en el macizo de Sierra Nevada.

Eran las siete de la mañana cuando se pasó por la estación de Cisco. Una hora después, el dormitorio era de nuevo un vagón ordinario, y los viajeros podían ver por los cristales los pintorescos puntos de vista de aquel montuoso país. El trazado del ferrocarril obedecía a los caprichos de la sierra, yendo unas veces adherido a las faldas de la montaña, otras suspendido sobre los precipicios, evitando los ángulos bruscos por medio de curvas atrevidas, penetrando en gargantas estrechas que parecían sin salida. La locomotora, brillante como unas andas, con su gran fanal que despedía rojizos fulgores, su campana plateada, mezclaba sus silbidos y bramidos con los de los torrentes y cascadas, retorciendo su humo por las ennegrecidas ramas de los pinos.

Había pocos túneles o ninguno, y no existían puentes. El ferrocarril seguía los contornos de las montañas, no buscando en la línea recta el camino más corto de uno a otro punto y no violentando la Naturaleza”.

Para leer más:

Verne, J.: La vuelta al mundo en ochenta días». RBA, Madrid, 2021.

Sabino Berthelot y la conservación de los árboles históricos

El ilustre naturalista francés Sabino Berthelot (1794-1880) fue un apasionado de la flora y un acérrimo defensor de los grandes árboles. Son vegetales majestuosos que cada país ha de reconocer como de propiedad pública, elevándolos a la categoría de monumento histórico. Razones botánicas, medioambientales, históricas, artísticas, éticas, espirituales… no faltan para ello.

Ante la contemplación de estos árboles singulares Berthelot no se queda en la descripción técnica del botánico, sino que destaca “las importantes funciones que desempeñan en la economía de la naturaleza”, la belleza que desprenden y la paz que transmiten.

Traemos hasta aquí dos fragmentos de su obra Árboles y bosques con los que Berthelot consigue persuadir al más incrédulo de la necesidad de conservar firmemente todos aquellos árboles seculares que habitan nuestro planeta. Formando parte de nuestra memoria y habiendo sobrevivido a los avatares del tiempo, constituyen un generoso patrimonio de incalculable valor.

“Siempre me han llenado de entusiasmo los grandes vegetales y sobre todo esos árboles seculares de imponente aspecto. En las diferentes regiones forestales que he tenido ocasión de recorrer, esas producciones soberbias de la creación me han inspirado siempre una veneración profunda; y aún hoy que en el silencio del gabinete consigno por escrito las observaciones esparcidas en mis apuntes de viaje, vuelvo con delicia a unos recuerdos que siempre me son tan gratos”.

Y continúa Berthelot más adelante:

“Por espacio de más de veinte años de vida nómada he podido apreciar la verdad de las reflexiones del gran botanista [De Condolle]… Como él, he hecho votos por la conservación de los árboles hermosos y he deseado que en cada país la encina, el pino, el cedro más antiguo se reconociese como de propiedad pública; que al abrigo de todo ultraje se conservase como un monumento histórico. No hace mucho aún que, recorriendo los altos Alpes, la vista de los gigantescos abetos de la selva del Ferrét vino a despertar mi solicitud. Si los monumentos de otra edad fijan nuestra atención, no la reclaman menos los antiguos árboles, porque ellos nos interesan tanto como esos templos en ruinas y todos esos restos históricos que desaparecen dejando apenas algunos recuerdos. Pero después de siglos de existencia, los veteranos de la vegetación se muestran aún erguidos. Cada año, nuevos productos aumentan su masa y acrecientan su fuerza; reprodúcense por sus simientes, reviven por nuevos vástagos y devuelven a la tierra mucho más que lo que de ella reciben. El hombre, sin embargo, destruye en un instante estos gigantes de las selvas, que la naturaleza ha formado con tanta lentitud”.

Para leer más:

Sabino Berthelot: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.

El paisaje, en palabras de Octavio Paz

En su poema Piedras sueltas (1955) el escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998), Premio Nobel de Literatura en 1990, dedica unos versos al paisaje, cuya contemplación es, con frecuencia, ignorada por el ser humano.

Los versos de Paz nos desvelan cómo el hombre contemporáneo, ocupado en tareas desequilibrantes, vive alejado de las bondades naturales, de la armonía vital que se entrelaza a su alrededor.

PAISAJE

Los insectos atareados,
los caballos color de sol,
los burros color de nube,
las nubes, rocas enormes que no pesan,
los montes como cielos desplomados,
la manada de árboles bebiendo en el arroyo,
todos están ahí, dichosos de su estar,
frente a nosotros que no estamos,
comidos por la rabia, por el odio,
por el amor comidos, por la muerte.

Para leer más:

Octavio Paz: Libertad bajo palabra. (Poema Piedras sueltas, 1955). El País, Madrid, 2003.