Henry D. Thoreau y la vida al aire libre

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El escritor naturalista Henry D. Thoreau (1817-1862) defiende en su célebre obra Walden la necesidad de llevar una vida sencilla, ajena a lujos y comodidades, que no son sino obstáculos para «la elevación de la humanidad».

El desarrollo de la sociedad moderna ha proporcionado al hombre bienestar material pero también lo ha ido distanciando de su contacto primigenio con la naturaleza.

«Al final, no sabemos ya lo que significa vivir al aire libre, y nuestras vidas se han vuelto domésticas en más sentidos de lo que creemos. Entre hogar y campo hay una gran distancia. Y quizá sería bueno que pasáramos más de nuestros días y noches sin que mediara obstáculo alguno entre nosotros y los cuerpos celestes, y que el poeta no hablara tanto bajo techado o que el santo no se acogiera con tanta frecuencia a su protección. Las aves no cantan en las cuevas, ni las palomas cultivan su inocencia en los palomares».

Para leer más:

Henry D. Thoreau: Walden o la vida en los bosques. Editorial Juventud, Barcelona, 2010.

José Saramago y los árboles cantores

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Vivir la naturaleza es observarla, respirarla, escucharla. Podemos, incluso, preguntarnos si, por ejemplo, los árboles susurran, bailan, cantan. Según José Saramago, sí.

«A lo largo del río, mientras la barca baja la corriente con la rápida ayuda de la pértiga que rechina en la arena o clava lanzazos en el lodo, los pájaros invisibles transforman los árboles en extrañísimos seres cantores».

Para leer más:

José Saramago: Las maletas del viajero. Ediciones B, Barcelona, 1998. Incluye la crónica «El mayor río del mundo».

 

 

 

 

 

Azorín y la felicidad de los artrópodos

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El escritor español José Martínez Ruiz, más conocido por Azorín (1873-1967), con su célebre obra La voluntad, expresó, a través de sus personajes, pensamientos, diálogos filosóficos, reflexiones políticas y sociales, emociones e impresiones poéticas… Entre este compendio de sensaciones, la naturaleza también tiene cabida.

La escena transcurre durante una calurosa tarde de verano antes de que se alcance el crepúsculo. El maestro Yuste y su alumno Azorín se encuentran sentados al borde de una balsa. Tras haber estado observando atentamente los ascensos y descensos de un coleóptero por las ramas de una de las matas junto a la balsa, Yuste le comenta a Azorín:

«-Decididamente, querido Azorín -ha dicho el maestro-, yo creo que los insectos, es decir, los artrópodos en general, son los seres más felices de la tierra. Ellos deben de creer, y con razón, que la tierra se ha fabricado para ellos. Ellos pueden gozar plenamente de la Naturaleza, cosa que no le pasa al hombre. Fíjate en que los insectos tienen vista múltiple, es decir, que no necesitan moverse para estar contemplando el paisaje en todas sus direcciones…; gozan de lo que podríamos llamar el paisaje integral. Además, hay insectos, como los díctidos, que nadan, vuelan y andan. ¡Qué placer dominar en estos tres elementos!… Ahí tienes en esa balsa esos seres, o sea los girinos, que están jovialmente patinando, corriendo sobre la superficie, trazando círculos, yendo, viniendo… ¿Puede darse una vida más feliz? ¡El mundo es de ellos! ¿Y cómo no han de creerlo así? Existen sobre un millón de especies de artrópodos, número enorme comparado con el de los vertebrados… ¿Cómo no han de estar convencidos de que la tierra se ha hecho para ellos?… ¡Yo los admiro!… Yo admiro las ambarinas escolopendras, buscadoras de la oscuridad; las arañas tejedoras, tan despiadadas, tan nietzscheanas; las libélulas, aristocráticas y volubles; los dorados cetonios que semejan voladoras piedras centelleantes; los anobios que corcan la madera y nos desazonan y nos desazonan por las noches, en las solitarias cámaras, con su cric-crac misterioso; los grillos poemáticos, cantores eternos en las augustas noches de verano… A todos, a todos yo los amo; yo los creo felices, sabios, dueños de la Naturaleza, gozadores de un inefable antropocentrismo… ¡Ellos son más dichosos que el hombre!»

Para leer más:

Azorín (1902): La voluntad.

 

El cuento del niño y la flor que escribiría José Saramago

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El escritor portugués José Saramago (1922-2010), reconocido con el Premio Nobel de Literatura en 2010, publicó entre 1969 y 1972 en el diario A Capital y el semanario Journal do Fundao una serie de crónicas donde plasma muchas de sus experiencias, opiniones y sentimientos, también sobre la Naturaleza.

Una de esas crónicas es «Historia para niños» en la que Saramago se pregunta por qué no escribir un día una bella y sencilla historia para niños que por su moraleja ayude a la madurez del ser humano.

«En la historia que yo escribiría habría una aldea. No teman, sin embargo, quienes fuera de las ciudades no conciben historias, ni siquiera infantiles: mi héroe niño tiene sus aventuras aplazadas fuera de la tierra sosegada donde viven sus padres, supongo que una hermana, tal vez lo que quede de abuelos, y una confusa parentela de la que ya no hay noticia. Luego en la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y , de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego por él abajo, en aquel brincar alegre y vago que el tiempo amplio, largo y profundo, nos permitió a todos en la infancia. En un momento determinado, el niño llega al límite de tierras hasta donde se aventura solo. Desde allí en adelante empieza el planeta Marte, efecto literario del que no cabe a él responsabilidad, pero que el autor se toma libremente para componer la frase. Desde allí en adelante, para nuestro chiquillo, será sólo una pregunta sin literatura: ‘¿Voy, o no voy?’ Y fue.

El río trazaba un desvío grande, se alejaba, y del río él estaba ya un poco harto porque llevaba viéndolo desde que nació. Resolvió, pues, atajar por los campos, entre extensos olivares, bordeando misteriosos setos cubiertos de campanillas blancas; y otras veces, metiéndose por el bosque de fresnos altos donde había claros apacibles sin rastro de gente o animales, en los que reinaba un silencio que se oía, un calor vegetal, un olor a tallo recién sangrado como una vena blanca y verde. ¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo… iban los árboles espaciándose cada vez más, y ahora había un erial de matorrales secos y ralos y, en medio, una insólita colina redonda como una olla boca abajo.

Decidió el chiquillo tirar cuesta arriba, y cuando llegó a lo alto, ¿qué vio? Nada especial, ni palacios encantados, ni las tablas del destino, sólo una flor. Pero tan caída, tan marchita, que el niño se acercó, muy cansado. Y, como era un niño de cuento, decidió que tenía que salvar la flor. ¿Pero dónde está el agua? Allí, en lo alto, ni gota. Abajo, sólo el río, y éste muy lejos. Es igual. Baja el niño la montaña, atraviesa el mundo entero, llega al gran río Nilo; en el hueco de la mano en cuenco, recoge cuanta agua allí le cabe; vuelve a atravesar el mundo, se arrastra por la pendiente… Tres gotas allá a lo alto llegaron: las bebió la flor sedienta. Veinte veces de aquí para allá, cien mil viajes a la luna, la sangre en los pies descalzos; pero la flor, erguida ya, daba su aroma al aire y, como si fuera un roble, presta su sombra al suelo.

El niño se quedó dormido bajo la flor. Pasaron las horas y los padres, como es costumbre en estos casos, empezaron a afligirse mucho. Salió toda la familia y, con ella, los vecinos en busca del niño perdido. Pero no lo hallaron. Ya en lágrimas antas, lo recorrieron todo; y cuando caía el sol, alzaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme de la que nadie recordaba su presencia. Hacia allá fueron todos a la carrera, subieron colina arriba y dieron con el niño dormido. Sobre él, resguardándolo del frescor de la tarde, había un gran pétalo perfumado con todos los colores del arco iris.

Llevaron al niño a casa, rodeado de respeto y admiración, como si de una obra de milagro se tratara. Cuando, luego, pasaba por las calles, la gente decía que había salido de la aldea para ir a hacer algo grande, mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños. Y ésta es la moraleja de la historia».

Para leer más:

José Saramago: Las maletas del viajero. Ediciones B, Barcelona, 1998. Incluye la crónica «Historia para niños».

José Saramago (2001): La flor más grande del mundo.

 

Una cita con el arte y la naturaleza en la obra de Azorín

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El escritor español José Martínez Ruiz, más conocido por Azorín (1873-1967), destacó, entre sus cualidades literarias, por su especial capacidad para convertir en imágenes vívidas sus sentidas descripciones del paisaje y de la naturaleza. El interés de Azorín por que la creación literaria beba de las emociones que emanan de la naturaleza queda al descubierto en las palabras pronunciadas por uno de los protagonistas de su obra La voluntad.

La escena transcurre durante una tarde gris y de incesante lluvia. Las horas pasan lentas, muy lentas. El maestro Yuste se encuentra en el despacho con su alumno Azorín. Esa tarde no han podido dar su habitual paseo y ambos personajes entablan una distendida conversación sobre cultura.

Yuste tras coger un libro del estante de su despacho afirma:

«-Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje… Es una emoción completamente, casi completamente moderna. En Francia sólo data de Rousseau y Bernardino de Saint-Pierre. En España, fuera de algún poeta primitivo, creo que sólo la ha sentido fray Luis de León en sus Nombres de Cristo… Pues bien: para mí, el paisaje es el grado más alto del arte literario… ¡Y qué pocos llegan a él!».

Para leer más:

Azorín (1902): La voluntad.

 

Una cita con el amanecer en la obra de Goethe

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La célebre obra de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), Fausto, está plena de imágenes poéticas, de cuadros literarios, que invitan a ver, sentir y pensar, como en la siguiente escena:

El doctor Fausto, tendido en un césped florido y rodeado de espíritus con graciosas formas, invoca a la naturaleza mientras nace un nuevo día.

“El pulso de mi vida late con viva frescura, saludando suavemente al etéreo amanecer; tú, tierra, también has permanecido fiel esta noche y alientas reviviendo de nuevo, a mis pies, y empiezas ya a rodearme de alegría; mueves y animas una poderosa resolución de esforzarme constantemente hacia la existencia suprema… En el fulgor del amanecer ya está abierto el mundo, el bosque resuena con vida de mil voces; valle arriba y valle abajo se extiende el roce de la niebla, pero la claridad celeste se hunde hasta lo profundo, y los troncos y ramas, con fresca vida, brotan del abismo perfumado, donde dormían sumergidos; también colores y colores se desprenden del fondo, y las flores y hojas gotean perlas temblorosas: en torno de mí se va haciendo un paraíso.

¡Miraré a lo alto! Las gigantes cumbres de las montañas anuncian ya la hora más solemne; pueden gozar muy pronto de la luz eterna, que luego se inclinará hacía nosotros. Ahora las praderas verdes e inclinadas de la ladera reciben nuevo fulgor y claridad, que poco a poco va llegando hasta abajo -¡cómo surge!-, y, con dolor ya cegado, me vuelvo y me aparto, penetrado por el deslumbramiento de mis ojos”.

Para leer más:

Johann Wolfgang von Goethe (1832): Fausto.

 

El amor a la naturaleza en la obra de Antonio Machado

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El escritor Antonio Machado (1875-1939) nos legó, además de su extensa obra poética, Juan de Mairena,  un clásico de la literatura española del siglo XX donde su protagonista nos invita a meditar sobre diversos temas de carácter filosófico, moral y político.

En una de sus clases el maestro Juan de Mairena se dirige a sus alumnos para hablarles sobre la necesidad de crear hábitos saludables. Mairena era profesor de Gimnasia, además de dar clases de Retórica, y aun así defendía que la expresión de educación física era ambiciosa y absurda: “No hay que educar físicamente a nadie”. En su lugar elogiaba las cualidades de la Naturaleza.

“Para crear hábitos saludables –añadía-, que nos acompañen toda la vida, no hay peor camino que el de la gimnasia y los deportes, que son ejercicios mecanizados, en cierto sentido abstractos, desintegrados, tanto de la vida animal como de la ciudadanía. Aun suponiendo que estos ejercicios sean saludables –y es mucho suponer-, nunca han de sernos de gran provecho, porque no es fácil que nos acompañen sino durante algunos años de nuestra efímera existencia. Si lográsemos, en cambio, despertar en el niño el amor a la naturaleza, que se deleita en contemplarla, o la curiosidad por ella, que se empeña en observarla y conocerla, tendríamos más tarde hombres maduros y ancianos venerables, capaces de atravesar la sierra de Guadarrama en los días más crudos del invierno, ya por deseo de recrearse en el espectáculo de los pinos y de los montes, ya movidos por el afán científico de estudiar la estructura y composición de las piedras o de encontrar una nueva especie de lagartijas”.

Para leer más:

Antonio Machado (1936): Juan de Mairena

Una cita con la primavera en la obra de Goethe

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La célebre obra Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832),  está plena de imágenes poéticas que invitan a ver, sentir y pensar. Las invocaciones a la belleza de la naturaleza también están presentes en escenas como la siguiente:

El protagonista, Fausto, ante la puerta de la ciudad, acompañado de su ayudante Wagner, hace un canto a la naturaleza y al comienzo de la primavera.

“El río y los arroyos se han liberado del hielo por la suave y vivificadora mirada de la primavera, en el valle verdea la dicha de la esperanza; el viejo invierno, en su debilidad, se retira a las ásperas montañas. Desde allí, volando, envía solamente impotente descarga de hielo en granos a trecho sobre la llanura verdeante; pero el sol no tolera nada blanco: por todas partes bulle el crecimiento y el esfuerzo, todo se quiere animar con colores; pero le faltan flores en este territorio, y en su lugar toma gente vestida de fiesta”.

Para leer más:

Johann Wolfgang von Goethe (1832): Fausto.

 

El amor al campo del hombre moderno en la obra de Antonio Machado

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La obra literaria de Antonio Machado (1875-1939) va más allá de la poesía y se extiende hasta los terrenos filosófico, moral y político en obras como la de Juan de Mairena. En este clásico de la literatura española del siglo XX las reflexiones de su protagonista ante sus alumnos nos invitan a meditar al tiempo que nos iluminan sobre la rotunda actualidad de muchos de los asuntos que trata.

En una de sus clases, el maestro Juan de Mairena centra su atención en la relación que mantenemos con la naturaleza. De esta forma responde Machado -el autor- a través de Mairena -su personaje- a la cuestión de si el hombre moderno posee un verdadero amor al campo:

“Pero no debemos engañarnos. Nuestro amor al campo es una mera afición al paisaje, a la Naturaleza como espectáculo. Nada menos campesino y, si me apuráis, menos natural que un paisajista. Después de Juan Jacobo Rousseau, el ginebrino, espíritu ahíto de ciudadanía, la emoción campesina, la esencialmente geórgica, de tierra que se labra, la virgiliana y la de nuestro gran Lope de Vega, todavía, ha desaparecido. El campo para el arte moderno es una invención de la ciudad, una creación del techo urbano y del terror creciente a las aglomeraciones urbanas.

¿Amor a la Naturaleza? Según se mire. El hombre moderno busca en el campo la soledad, cosa muy poco natural. Alguien dirá que se busca a sí mismo. Pero lo natural en el hombre es buscarse en su vecino, en su prójimo, como dice Unamuno, el joven y sabio rector de Salamanca. Más bien creo yo que el hombre moderno huye de sí mismo hacia las plantas y las piedras, por odio a su propia animalidad, que la ciudad exalta y corrompe. Los médicos dicen, más sencillamente, que busca la salud, lo cual, bien entendido, es indudable”.

Para leer más:

Antonio Machado (1936): Juan de Mairena.

Una cita de Alexander von Humboldt sobre la isla de Tenerife

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Isla de Tenerife, 2015

El naturalista, científico y viajero prusiano Alexander von Humboldt (1769-1859), en su viaje rumbo a las Indias Occidentales en el año 1799, reparó durante una semana en las Islas Canarias, en particular en Tenerife. De esta isla dejó testimonio escrito de la belleza del paisaje que se encontró:

«Bajando al valle de Tacoronte se entra en ese país delicioso del que han hablado con entusiasmo los viajeros de todas las naciones. En la zona tórrida he encontrado sitios en donde es más majestuosa la naturaleza, más rica en el desenvolvimiento de las formas orgánicas; pero después de haber recorrido las riberas del Orinoco, las cordilleras del Perú y los hermosos valles de México, confieso no haber visto en ninguna parte un cuadro más variado, más atrayente, más armonioso, por la distribución de las masas de verdor y de las rocas».

Para leer más:

Alfred Gebauer (2014): Alexander von Humboldt. Su semana en Tenerife 1799.