El valle, en el verso de Fernando González

El acceso a la Naturaleza, en sus múltiples formas, es una fuente potencial de placer. La simple contemplación de la belleza natural, la escucha atenta del cantar de las aves o el transitar activo por un bosque son acciones que se han llegado a demostrar beneficiosas para el bienestar humano. Así nos lo han hecho saber también las palabras sentidas de los grandes literatos a lo largo de los siglos.

Las virtudes de un valle, con sus colores y aromas, donde vegetación, manantiales y pájaros pueden dejar su impronta, son capaces de despertar ricas emociones. Traemos hasta aquí el ejemplo vívido de la obra poética del escritor español Fernando González Rodríguez (1901-1972), originario de las Islas Canarias, que desde su primera juventud ha escrito admirables versos que se nutren de la naturaleza insular. Se trata de En el valle, poema con el que su autor nos transmite el placer que siente cada día cuando recorre el valle donde habita para buscar encantos que le emocionen.

“Entre el verdor del valle se divisa
mi casa, blanca como una paloma…
Crece a su alrededor la hierbaluisa
que llena el valle con su dulce aroma…

Y cual bravos gigantes se levantan
cubiertos de verdor, enhiestos pinos,
-donde las aves sus amores cantan-
dando sombra y frescor a los caminos…

Todas las tardes de placer henchido
recorro el valle plácido y florido,
buscando en sus encantos emociones;

Y el puro manantial de su belleza
me ofrece la gentil Naturaleza,
oculto entre sus valles floraciones…”.

Para leer más:

Fernando González: Poesía completa. Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2021.

Una cita con el valle imaginario de Alfonso García-Ramos

En el universo de la literatura podemos visitar lugares naturales imaginarios que nos transporten a la vivencia verosímil de la contemplación de paisajes únicos.

Con la novela Guad, el escritor español Alfonso García-Ramos (1930-1980), originario de las Islas Canarias, nos introduce en el valle imaginario de Tenesora. En este rincón de la isla de Tenerife sus necesitados habitantes se ven atados a la incansable lucha contra la piedra para la obtención de agua, con la esperanza de que los saque de la pobreza. Pero este lugar también presenta una belleza natural especial.

“Parecía que el valle se había puesto su mejor traje para darle la despedida. El cielo estaba terso y limpio como una concha nacarada que iba del rosa al malva. En lo alto, casi alcanzando la primera estrella, el Teide surgía y desaparecía tras el cendal de nubecillas. Y cada vez el soberbio volcán lucía un color diferente. Ora era el cobre bruñido y destellante, más cegador y limpio que el propio sol que ya caía sobre el mar, ora llameantes escarlatas, e imprecisos malvas que se iban apagando y confundiendo con el gris ceniza del cielo para en los postreros minutos, en esa mágica frontera del día con la noche, volver a esplender con una fantasmal luz plateada. Y abajo el mar, olas rojas pespunteadas de blanca fosforescencia, suaves, jadeantes, acunando las barquillas que con las velas desplegadas ponían proa al horizonte. El blanco caserío, los huertos yermos, los abruptos riscachos de medianías, parecían invadidos de contagiosas ternuras. Seguía la sequedad del aire, huérfano de una mala acequia donde descansar de su avidez por el agua, pero desde la cumbre caían las brisas del anochecer, impregnadas con el perfume del pinar, de la tierra y vegetal.”

Para leer más:

Alfonso García-Ramos: Guad. Baile del Sol Ediciones, Tegueste, 2020.