Franz Kafka y la parábola del río

 

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Con el cuento de 1919, La edificación de la Muralla China, el escritor checo Franz Kafka (1883-1924) nos legó una parábola literaria inspirada en la naturaleza, que transmite una particular forma de afrontar las decisiones, a veces incomprensibles o inadecuadas, que toman los gobiernos.

Corrían los tiempos de la construcción de la Muralla China. Un lejano Emperador en su remoto despacho toma la decisión de que la Gran Muralla se llevase a cabo siguiendo un sistema de construcción parcial, es decir, que fuese construida en tramos de 500 metros de largo, discontinuos, por cuadrillas de 20 personas. Con ello se conseguía evitar el agotamiento y abandono de los trabajadores. Pero, como es evidente, una muralla que no es continua pierde toda su virtualidad defensiva.

Lo cierto es que en aquella época imperial existía en aquel país asiático una máxima secreta que se resumía en los siguientes términos: Trata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar.

Dicha máxima se desarrolló en forma de parábola, que logró mucha difusión por todo el Imperio:

«Te acontecerá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas y guarda su propio carácter hasta penetrar en el mar que lo recibe hospitalariamente por eso. Trata de comprender hasta ese punto las órdenes de la Dirección. Pero otras veces el río anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya contra su destino la formación de pequeños mares tierra adentro, perjudica los campos, y, sin embargo, no puede mantener esa latitud, y acaba por volver a sus riberas y por secarse miserablemente cuando llega el verano. No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección».

Para leer más:

Franz Kafka: La edificación de la Muralla China. Editorial Losada, Buenos Aires, 2004.

El canto a la primavera de Juan Ramón Jiménez

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El poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), en su célebre Platero y yo, nos transmite, entre otros valores, el amor por la naturaleza. En esta elegía andaluza los dos protagonistas comparten su tiempo vivido durante el transcurso de un año, con sus meses y estaciones.

Así, en el capítulo XXV, el poeta describe con su magistral poesía en prosa la plenitud de la primavera que llega.

«En mi duermevela matinal, me malhumora una endiablada chillería de chiquillos. Por fin, sin poder dormir más, me echo, desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la ventana abierta, me doy cuenta de que los que alborotan son los pájaros.

Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.

¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa -ya dentro, ya fuera-, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida».

Para leer más:

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Ediciones Cátedra, Madrid, 2014. (La primera edición completa data de 1917).

La flor del camino de Juan Ramón Jiménez

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Con su célebre obra Platero y yo, Juan Ramón Jiménez (1881-1958) parece invitarnos a reivindicar el poder vivificador de la naturaleza. Y es capaz de hacerlo, magistralmente, con las sentidas palabras que dedica a una flor, ser viviente frágil pero puro, efímero pero de eterno recuerdo.

«¡Qué pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles -los toros, las cabras, los potros, los hombres-, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna.

Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene a su lado un pajarillo, que se levanta -¿por qué?- al acercarnos; o está llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa.

Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida… ¿Qué le diera yo al otoño, Platero, a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?»

Para leer más:

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Ediciones Cátedra, Madrid, 2014. (La primera edición completa data de 1917).

Maria Montessori: la naturaleza en la educación

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En 1909 la educadora y científica Maria Montessori (1870-1952) publicó, en su primera edición italiana, El método de la Pedagogía científica aplicado a la educación de la infancia. Este libro constituye su obra principal, que, con el tiempo, ha llegado a convertirse en un clásico del pensamiento pedagógico. En él Montessori da a conocer los resultados de sus experiencias pedagógicas y sus teorías educativas aplicadas a la educación preescolar.

Una de las ideas centrales del pensamiento pedagógico de Maria Montessori es el importante papel que ha jugar la naturaleza en la educación de los niños.

La evolución del hombre ha ido paralela al abandono progresivo de su vida natural salvaje para pasar a conquistar el progreso y la «civilización como premio» en su nueva vida social. El ser humano en su etapa civilizadora ha venido sustituyendo los productos de la naturaleza por los de la industria. Sin embargo, Maria Montessori nos recuerda lo necesario que es que los seres humanos no pierdan sus vínculos ancestrales con la naturaleza.

«Sin duda alguna el hombre ha creado fuentes de placer con la vida social que además ha dado origen al amor humano; pero sigue formando parte de la naturaleza, especialmente cuando es todavía niño, y de ella ha de sacar fuerzas para el desarrollo de su cuerpo y de su espíritu».

En edades tempranas la educación del niño debe orientarse a ayudarlo en su desarrollo psico-físico como individuo. Es por ello que el cultivo de las plantas y la cría de animales son «medios preciosos de educación moral».

«Lo que mejor desarrolla el sentimiento de la naturaleza es el cultivo de seres vivos, porque éstos, en su desarrollo, restituyen mucho más de lo que les damos en su infinita variedad y belleza».

Para leer más:

Maria Montessori: El método de la Pedagogía científica aplicado a la educación de la infancia. Biblioteca Nueva, Madrid, 2017 (7ª edición).

 

La oda al océano Atlántico de Tomás Morales

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Retrato de Tomás Morales, por Nicolás Massieu y Matos

Desde la antigüedad el mar ha sido fuente de inspiración para la creatividad artística. El poeta español Tomás Morales (1884-1921), originario de las Islas Canarias, inicia con estos versos su Oda al Atlántico que escribió hace un siglo.

«El mar: el gran amigo de mis sueños, el fuerte

titán de hombros cerúleos e inenarrable encanto:

en esta hora, la hora más noble de mi suerte,

vuelve a hendir mis pulmones y a enardecer mi canto…

El alma en carne viva va hacia ti, mar augusto,

¡Atlántico sonoro! Con ánimo robusto,

quiere hoy mi voz de nuevo solemnizar tu brío.

Sedme, Musas, propicias al logro de mi empeño:

¡mar azul de mi Patria, mar de Ensueño,

mar de mi Infancia y de mi Juventud… mar Mío!»

 

Para leer más:

Morales, Tomás: Las Rosas de Hércules. Ediciones Cátedra, Madrid, 2011.

 

 

Una cita de Pío Baroja con la naturaleza

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Un día de Nochebuena de intenso frío, Andrés Hurtado, el protagonista literario de Pío Baroja (1872-1956) en su novela El árbol de la ciencia, tomó la determinación de dejar Madrid para ir a visitar la casa de unos familiares en un pueblecito a las afueras de Valencia.

Así describe Baroja las sensaciones que inundaron los sentidos de Andrés:

«Hacía tanto tiempo que no había visto árboles, vegetación, que aquel huertecito abandonado, lleno de hierbajos, le pareció un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido, tan luminoso, le llenó de paz y de melancolía.

Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente llegaba el silencio, sólo interrumpido por el cacareo lejano de los gallos; los moscones y las avispas brillaban al sol.

¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas aquel cielo tan azul, tan puro!»

Para leer más:

Pío Baroja (1911): El árbol de la ciencia.

 

La gaviota de Richard Bach

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«Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo».

Así empieza Juan Salvador Gaviota, el conocido relato de Richard Bach. Inspirado en la vida de las gaviotas, el autor escribe toda una invitación a la libertad y la búsqueda del progreso del ser humano por los vuelos de la honestidad, la bondad y el aprendizaje.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento extraído de sus primeras páginas:

«Las gaviotas, como es bien sabido, nunca se atascan, nunca se detienen. Detenerse en medio del vuelo es para ellas vergüenza, y es deshonor.

Pero Juan Salvador Gaviota, sin avergonzarse, y al extender otra vez sus alas en aquella temblorosa y ardua torsión -parando, parando, y atascándose de nuevo-, no era un pájaro cualquiera.

La mayoría de las gaviotas no se molestan en aprender sino las normas de vuelo más elementales: cómo ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar».

Para leer más:

Richard Bach (1970): Juan Salvador Gaviota.

 

La loa a los campos de Virgilio

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Con esta loa, extraída del Libro segundo de las Geórgicas, el poeta clásico Publio Virgilio (70 a. C.-19 a. C.) exalta las virtudes de los campos, de las que sus cultivadores son los más afortunados.

«¡Oh labradores bien afortunados, si conociesen su fortuna! Para quien, justísima, la tierra, lejos de las armas en discordia, ofrece a haldadas su sustento fácil. Si para ellos, el palacio alto, de soberbias puertas, no vomita una gran ola de mudrugadores que van a saludarles, ni boquiabiertos se extasían ante los dinteles de bellas conchas incrustados, ni ante los ropajes bordados de oro, ni ante los bronces efireyos, ni la lana blanca afeitada con tinta asiria, para ellos, y la casia no gasta la pureza de su claro aceite. Pero, en cambio, no les falta segura quietud y vida que ignora el engaño, rica de riquezas variadas; y ni ocios en sus campos libres; grutas y vivos lagos, y valles frescos, y mugidos de bueyes y, bajo un árbol, sueños apacibles; selvas allí y guaridas de salvajina y juventud parca y paciente; días de fiesta y padres reverenciados. Emigrando de la tierra la Justicia, marcó entre ellos sus postreros pasos. Pero ténganme a mí las Musas, sobre cualquiera otra cosa dulces, cuyos ritos celebro y en cuyo gran amor estoy prendido; muéstrenme ellas los caminos del cielo y muéstrenme los astros los varios fallecimientos del sol y los desfallecimientos de la luna; de dónde el temblor viene a las tierras; con qué fuerza, rotas sus valías, los profundos mares se entumecen y después se recogen en sí mismos; por qué los soles invernales se apresuran tanto a mojarse en el Océano o qué retardo detiene las perezosas noches del estío. Pero si no puedo allegarme a estos misterios de la Naturaleza y, en derredor del corazón, fría la sangre se me cuaja, agrádenme los campos y la fluvial dulzura con que rueda el agua en el fondo de los valles, ¿dónde estáis? ¿Y dónde está Esperqueo; dónde el Taigetán, donde por las fiestas de Baco va a danzar las doncellas de Lacedemonia? ¡Oh, quién me pusiera en los frescos valles del Hemo y me cobijara bajo la gran sombra de las ramas!».

Para leer más:

Publio Virgilio (29. a. C.): Geórgicas.

Garoé, el mítico árbol de El Hierro, en la obra de Viera y Clavijo

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Hace más de 400  existió en la pequeña isla de El Hierro (Canarias) un árbol mítico al que sus habitantes, los bimbaches, llamaron Garoé. El secreto que encerró este árbol estaba estrechamente relacionado con su gran capacidad para abastecer de agua a la población isleña. Cómo se producía dicha proeza natural es una cuestión que conocemos varios siglos después gracias a los escritos de los historiadores.

Uno de esos testimonios históricos que confirman la existencia de este árbol santo al que tanto veneraban los isleños es el texto procedente de la pluma de Juan de Abreu Galindo tras haber visitado el lugar, que recogió el ilustrado Viera y Clavijo en su célebre Historia General de las Islas Canarias.

«El lugar y término donde está este árbol se llama Tigulahe y es una cañada que va por el valle arriba desde la mar a dar a un frontón de risco, donde está nacido el árbol santo, que dicen llamarse en su lengua Garoé, el cual por tantos años se ha conservado sano, entero y fresco; cuyas hojas destilan tanta y continua agua, que da de beber a la isla toda, habiendo proveído la naturaleza esta milagrosa fuente a la sequedad. Y necesidad de la misma tierra. Está de la mar como legua y media y no se sabe qué especie de árbol sea, mas que quieren decir es tilo, sin que de su especie haya otro árbol allí. El tronco tiene de circuito y grosor doce palmos, y de ancho cuatro palmo, y de alto tiene cuarenta desde el pie hasta lo más alto, y la copa en redondo ciento veinte pies de torno. Las ramas muy extendidas y coposas, muy altas de la tierra. Su fruta es como bellota con su capillo, y fruto como piñón, gustoso al comer, aromático, aunque más blando. Jamás pierde este árbol la hoja, la cual es como la hoja de laurel, aunque más grande, ancha y encorvada, con verdor perpetuo; porque la hoja que se seca se cae luego, y queda siempre la verde. Está abrazada a este árbol una zarza que coge y cierra muchas de sus ramas. Cerca de este árbol, en su contorno, hay algunas hayas, brezos y zarzas. Desde su tronco o planta a la parte del norte están dos tanques o pilas grandes, cada una de ellas de veinte pies de cuadrado y de hondura de diez y seis palmos, hechas de piedra tosca que las divide, para que gastada el agua del uno se puede limpiar, sin que le estorbe el agua del otro.

La manera que tiene de destilar el agua este árbol santo o Garoé, es que todos los días por la mañana se levanta una nube o niebla de la mar cerca de este valle, la cual va subiendo con el viento sur o levante por la marina la cañada arriba hasta dar en el frontón; y, como halla allí a este árbol espeso de muchas hojas, asiéntase en él la nube o niebla y recógela en sí y se va deshaciendo y destilando el agua que recogió; y lo mismo hacen los brezos que están en aquel contorno cerca del árbol, sino que, tienen la hoja más diminuta, no recogen tanta agua como el tilo, que es muy ancha, y esa que recogen también la aprovechan, aunque es poca, que solo se hace caudal del agua que destila el Garoé, la cual es bastante a dar para los vecinos y ganados, juntamente con la que queda del invierno, recogida por los charcos de los barrancos; y, cuando el año es de muchos levantes, hay aquel año mayor copia de agua, porque con este viento levante son mayores las nieblas y las destilaciones más abundantes. Cógense cada día más de veinte botas de agua».

Transcurría el año 1610 cuando, escribe Viera y Clavijo, «un recio huracán robó a los herreños y a todas las Canarias aquella preciosa posesión». Pero nos queda en la memoria la constatación de que «la bebida de los antiguos herreños corría en cierto modo por cuenta de una providencia poco común, y que isleños circunvecinos debían mirarlos como a unos hombres favorecidos por la naturaleza».

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Para leer más:

José de Viera y Clavijo (1772): Historia General de las Islas Canarias. (Libro Segundo, capítulo 7: Digresión sobre el árbol de El Hierro).

Albert Einstein y las motivaciones vitales del hombre

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Más allá de sus teorías científicas, Albert Einstein (1879-1955) nos legó valiosas ideas y opiniones sobre múltiples aspectos -filosóficos, éticos, políticos, económicos- que inciden en el porvenir del ser humano.

En 1918 pronunció un discurso en la Sociedad de Física de Berlín en el que expone sus reflexiones sobre los principios que llevan al hombre a dedicar su tiempo a construir el «templo de la ciencia». De dicho discurso extraemos aquí el siguiente fragmento en el que Einstein describe por qué el ser humano siente como motivación vital el arte y la ciencia.

«En principio, creo, junto con Schopenhauer, que una de las más fuertes motivaciones de los hombres para entregarse al arte y a la ciencia es el ansia de huir de la vida de cada día, con su dolorosa crudeza y su horrible monotonía, el deseo de escapar de las cadenas con que nos atan nuestros deseos siempre cambiantes. Una naturaleza de fino temple anhela huir de la vida personal para refugiarse en el mundo de la percepción objetiva y el pensamiento. Este deseo puede ser comparado con el ansia que experimenta el hombre de la ciudad por escapar de un entorno ruidoso y estrecho y dirigirse hacia el silencio de las altas montañas, donde los ojos pueden vagar en el aire tranquilo y puro y apreciar el paisaje sereno que parece hecho de eternidad».

Para leer más:

Albert Einstein: Mis ideas y opiniones. Antoni Bosch, Barcelona, 2011.