Tenzin Gyatso, el líder espiritual tibetano más conocido como Dalai Lama, no ha sido insensible al devenir ecológico de nuestro planeta. Sin ir más lejos, las tierras que conoció durante su infancia son, como nos recuerda, un claro y desafortunado ejemplo de cómo las presiones sobre la biodiversidad y los ecosistemas se han intensificado durante las últimas décadas.
Así nos lo testifica el Dalai Lama en el siguiente fragmento de uno de sus libros autobiográficos:
“Desde el punto de vista de la vida salvaje, el Tíbet en el que crecí era un paraíso. Incluso en Lhasa uno no dejaba de sentirse en contacto con la naturaleza. De niño, en mis aposentos en la cima del Potala (el palacio de invierno de los Dalai Lama), dediqué un sinnúmero de horas al estudio del comportamiento de los khyungkars de pico rojo que anidaban en las fisuras de los muros. Detrás del Norbulingka (el palacio de verano), a menudo veía en las marismas parejas de grullas japonesas de cuello negro, pájaros que simbolizan la elegancia y la gracia. Por no hablar de la gloria de la fauna tibetana, compuesta por los osos y los zorros de las montañas, los lobos, el leopardo de las nieves y el lince (terror del campesino nómada), o el panda gigante, originario de la región fronteriza entre el Tíbet y China.
Por desgracia, esa profusión de vida salvaje ha dejado de existir. A todos los tibetanos con los que he hablado y que han regresado al país después de treinta o cuarenta años les ha sorprendido enormemente la ausencia de vida animal. Si antaño las bestias salvajes se acercaban incluso a sus casas, en la actualidad no se las ve casi por ningún lado”.
Para leer más:
Dalai Lama: Mi biografía espiritual. Editorial Planeta, Barcelona, 2010.
Como expresa la Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030 “la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se encuentran entre las mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad ante la próxima década”.
Un magnífico indicador que nos alerta de cómo está evolucionando la calidad y cantidad de los ecosistemas son las aves. Gracias a la comunidad científica sabemos que la presencia de aves es un buen semáforo de la salud de los ecosistemas, de su diversidad e integridad.
La mayor o menor población de aves, así como su mayor o menor diversidad de especies, en un ecosistema determinado, nos permite conocer más sobre la calidad del propio ecosistema donde se alimentan, viven y respiran. En definitiva, las aves nos adelantan información valiosa sobre la calidad del medio ambiente y la sostenibilidad real del resultado final que originan las diversas actividades (producción, consumo…) que llevamos a cabo los humanos con nuestras metas de desarrollo.
En el contexto europeo, la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) viene publicando desde hace años el Índice de Aves Comunes, que nos informa desde un punto de vista cuantitativo sobre cómo ha evolucionado la presencia de aves en Europa. Dicho índice recoge las observaciones obtenidas en los 27 Estados miembros de la UE para un total de 167 especies de aves que viven en tierras de cultivo (39), en ecosistemas forestales (34) y en otros hábitats como parques y jardines (94).
Se cuenta con un amplio horizonte temporal (1990-2020) para dicho Índice de Aves Comunes de la UE, que toma como base de referencia el año 2000 (índice 2000=100). Y los resultados obtenidos hasta hoy no son satisfactorios, bien al contrario. Todo apunta que durante las tres últimas décadas hemos asistido a una continuada disminución de las poblaciones de aves en la Unión Europea y, por tanto, también al progresivo deterioro de nuestros espacios naturales. Como se observa en el siguiente gráfico, dicho índice de aves ha descendido desde un valor de 104,2 en el año 1990 a 90,4 en 2020, lo que supone una caída del 13,3%.
De forma complementaria al Índice de todas las Aves Comunes, Eurostat elabora otros dos índices compuestos. El primero, el índice de aves comunes de bosques, circunscrito a 34 especies, nos revela que se ha producido un descenso del 3,3% durante el periodo 1990-2020, al pasar de 106,7 a 103,3. Con este indicador se aprecia que solo durante la última década se ha logrado una mejoría, si bien paulatina, tras los sucesivos descensos registrados en los veinte años previos.
Por su parte, el segundo índice, el índice de aves comunes de tierras de cultivo, que comprende 39 especies, presenta una tendencia claramente descendente entre 1990 (119,8) y 2020 (75,6), habiéndose registrado, por tanto, una reducción del 36,9% en el periodo analizado. Como afirma la propia Estrategia para la biodiversidad 2030 las aves de hábitats agrícolas son indicadores clave de la salud de los agroecosistemas y vitales para la producción agrícola y la seguridad alimentaria, concluyendo que “su alarmante disminución tiene que invertirse”.
En el ámbito de las aves, cabe recordar asimismo lo que ya expresaba la Directiva comunitaria relativa a la conservación de las aves silvestres en el año 2009:
«En el territorio europeo de los Estados miembros, una gran cantidad de especies de aves que viven normalmente en estado salvaje padecen de una regresión en su población, muy rápida en algunos casos, y dicha regresión constituye un grave peligro para la conservación del medio natural, en particular debido a la amenaza que supone para el equilibrio biológico».
El naturalista prusiano Alexander von Humboldt (1769-1859), en su viaje rumbo a las Indias Occidentales en el año 1799, reparó durante una semana en las Islas Canarias, en particular en Tenerife. En esta isla se propuso como objetivo subir al pico del Teide, de más de 3.700 metros de altitud.
Dejó la isla el 25 de junio de 1799. Mientras la corbeta Pizarro se alejaba de Santa Cruz de Tenerife rumbo a América del Sur, Humboldt contempló por última vez el volcán del Teide, cuya cima coronó días atrás:
«Perdimos pronto de vista las islas Canarias, cuyas elevadas montañas estaban cubiertas de un vapor coloraduzco. Sólo el Pico aparecía una que otra vez cuando aclaraba, sin duda porque el viento que había en las altas regiones del aire dispersaba a intervalos las nubes que envolvían el Pilón. Por vez primera experimentamos cuán vivas son las impresiones que produce el aspecto de estas tierras colocadas en los límites de la zona tórrida, en las que la naturaleza se muestra a la vez tan rica, imponente y maravillosa».
Para leer más:
Alfred Gebauer (2014): Alexander von Humboldt. Su semana en Tenerife 1799.
En Las alegres aventuras de Robin Hood, la célebre obra de Howard Pyle (1853-1911), las hazañas justicieras de los forajidos del bosque de Sherwood también encuentran momentos de disfrute de la naturaleza.
La primavera de las tierras de la vieja Inglaterra de Nottinghamshire invita a gozar de la paz que transmite la naturaleza, a través del aroma de las plantas, la sombra de los árboles o el sonido melodioso del agua.
Era un día del florido mes de mayo cuando, tras una larga marcha, Robin Hood y sus compañeros, el Pequeño John y Arthur de Bland, hicieron un alto en el camino para saciar la sed. Así nos describe Howard Pyle cómo era aquel apacible lugar:
«Tras haber recorrido cierta distancia bajo el sol implacable y tragando polvo, Robin empezó a sentir sed; sabiendo que detrás del seto había una fuente de agua fresca como el hielo, saltaron la empalizada y llegaron al manantial, cuyas aguas burbujeantes brotaban bajo una piedra. Arrodillándose y formando copas con las manos bebieron hasta saciarse y después, pareciéndoles que el lugar invitaba al descanso, se tumbaron a la sombra para reposar un rato.
Frente a ellos, al otro lado del seto, el polvoriento camino se extendía a través de la llanura; tras ellos se extendían praderas y campos de trigo verde que maduraba al sol; y sobre sus cabezas se extendía la fresca sombra de las ramas de un haya. A sus narices llegaba la agradable fragancia de las violetas y el tomillo, que crecían aprovechando la humedad de la fuente; y a sus oídos, el melodioso borboteo del agua; todo lo demás era sol y silencio, roto tan solo de vez en cuando por el lejano canto de un gallo que llegaba en alas de la brisa, o por el hipnótico zumbido de los abejorros que revoloteaban entre las flores de trébol, o por la voz de una mujer, procedente de una granja cercana. Todo era tan apacible, tan repleto de los encantos del florido mes de mayo, que durante un largo rato ninguno de los tres pronunció palabra, quedándose tendidos de espaldas, mirando el cielo a través de las hojas de los árboles, agitadas por la brisa”.
Para leer más:
Howard Pyle: Las alegres aventuras de Robin Hood. Editorial Salvat, Barcelona, 2021.
En 2015 las Naciones Unidas puso en marcha un ambicioso proyecto de carácter mundial: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Este documento establece compromisos que se concretan en un conjunto de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que abordan las tres dimensiones del desarrollo: social, económica y medioambiental. Uno de esos objetivos es el ODS11 dedicado a Ciudades y comunidades sostenibles.
En la Agenda 2030 el ODS11 queda definido en los siguientes términos:
«Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles»
La consecución del ODS11 compromete a los países del planeta a adoptar medidas como las siguientes:
Asegurar el acceso de todas las personas a viviendas y servicios básicos adecuados, seguros y asequibles y mejorar los barrios marginales.
Proporcionar acceso a sistemas de transporte seguros, accesibles y sostenibles para todos y mejorar la seguridad vial, en particular mediante la ampliación del transporte público.
Aumentar la urbanización inclusiva y sostenible.
Redoblar los esfuerzos para proteger y salvaguardar el patrimonio cultural y natural.
Reducir significativamente el número de muertes causadas por los desastres.
Reducir el impacto ambiental negativo per cápita de las ciudades, con especial atención a la calidad del aire y la gestión de los residuos.
Proporcionar acceso universal a zonas verdes y espacios públicos seguros, inclusivos y accesibles.
Para conocer los progresos que van alcanzando los países respecto a los 17 ODS, SDSN y Bertelsmann Stiftung han venido elaborando periódicamente Informes de evaluación desde 2015. Su metodología utiliza índices sintéticos, cuyos valores pueden oscilar entre 0, cuando el país se encuentra en la peor situación, y 100, cuando, por el contrario, el país se encuentra en la mejor posición respecto al cumplimiento de los ODS.
La última edición del Informe, Sustainable Development Report 2022,nos permite conocer de forma aproximada la situación más actual de las ciudades y comunidades del planeta, país por país, y en qué grado se va cumpliendo el ODS11 ante el horizonte temporal fijado para 2030.
En el caso del ODS11 se ha construido un índice sintético a partir de cuatro indicadores disponibles para un total de 162 países. Son los siguientes:
Porcentaje de población urbana que vive en barrios marginales.
Concentración anual media de partículas de menos de 2,5 micrones de diámetro en zonas urbanas (mg/m3).
Porcentaje urbana de población con acceso a agua potable.
Grado de satisfacción de la población con el transporte público.
En el Informe de 2022 se hace particular mención a los impactos que ha traído la pandemia del COVID-19. La crisis sanitaria ha afectado a las tres dimensiones del desarrollo sostenible (económica, social y medioambiental) y, por tanto, a varios de los 17 ODS. Por lo que se refiere al ODS11 se concluye que, de acuerdo con los datos disponibles, los impactos socioeconómicos y sanitarios de la pandemia han sido más intensos para las personas que viven en barrios marginales o zonas desfavorecidas de las ciudades.
En un análisis por países, los resultados obtenidos correspondientes al ODS11 (Ciudades y comunidades sostenibles) concluyen que de los 162 países evaluados el mejor situado es Brunéi (99,8). No obstante, es necesario destacar que este resultado debe de interpretarse con cautela ya que para el caso de Brunéi en dos de los cuatro indicadores que miden el ODS11, en concreto “población en barrios marginales” y “satisfacción del transporte público”, el Informe de 2022 no ha dispuesto de datos.
A continuación, se encuentra con el mayor valor del índice del ODS11, con una puntuación próxima a 100, es decir, el máximo cumplimiento del ODS11 de la Agenda 2030, Suiza (99,1). Le siguen también con altas puntuaciones Luxemburgo (97,1), Países Bajos (96,5), Dinamarca (95,1), República Checa (94,9), Singapur (94,7), Noruega (94,0), Fiyi (93,5) y España (93,1).
De este grupo de países tres presentan sus cuatro indicadores del ODS11 en color «verde», es decir, progresan satisfactoriamente en el cumplimiento de este objetivo: Suiza, Luxemburgo y Dinamarca.
Por el contrario, los países con la situación relativa más desfavorable respecto al grado de sostenibilidad de sus ciudades y comunidades son Sudán del Sur (13,8) y República Centroafricana (16,2). Para ambos los cuatro indicadores del ODS11 permanecen «en rojo» (persisten grandes retos). Les siguen con bajas puntuaciones otros países también principalmente africanos: Nigeria (26,2), Chad (26,7), Liberia (28,2), Afganistán (29,3) y Sudán (30,3). Asimismo, con puntuaciones inferiores a 40 se encuentran Haití (31,7), Catar (35,7), Sierra Leona (35,9), Togo (37,2) y Mauritania (38,6).
Por su especial importancia económica y/o demográfica, cabe mencionar, en particular, a cuatro países: Estados Unidos, que ocupa la posición 19 en el ranking mundial del índice del ODS11, Federación Rusa (41), China (65) y la India (133).
Finalmente, hay que destacar que las diferencias entre países son particularmente grandes en el ODS11, cifrándose una distancia de 86 puntos entre los países mejor y peor situados. Dicha brecha es muy superior a la que existe si utilizamos el índice general de los 17 ODS, que se cuantifica en 47,5 puntos.
En Las alegres aventuras de Robin Hood, la célebre obra de Howard Pyle (1853-1911), el bosque de Sherward es el hábitat natural del célebre protagonista y su banda de forajidos. Allí se encontraban a salvo de las manos del sheriff, que trataba de capturarlos en respuesta a sus hazañas justicieras contra los ricos explotadores de Nottinghamshire. Al mismo tiempo, viviendo en medio de la foresta, Robin Hood y sus compañeros conseguían hacer de Sherward un lugar apacible donde disfrutar de las bondades de la naturaleza.
Pero, atravesando los límites del bosque, la mirada de Robin también era capaz de percibir la belleza de las tierras circundantes.
“Tuvieron que caminar largo rato hasta salir de Sherwood y llegar al valle del río Rother. El panorama allí era diferente del que se veía en el bosque; setos, extensos campos de cebada, tierras de pastos que ascendían hasta unirse con el cielo, y todo salpicado de rebaños de ovejas blancas, henares que despedían el olor penetrante del heno recién segado, amontonado en ringleras sobre las que volaban los vencejos en rápidas pasadas; visiones muy diferentes de la frondosa espesura de los bosques, pero igualmente bellas. Robin guiaba a su banda, caminando alegremente con el pecho hinchado y la cabeza erguida, aspirando el aroma de la brisa que llegaba desde los henares.
-Verdaderamente -dijo-, el mundo es muy hermoso, tanto aquí como en el bosque. ¿Quién dijo que era un valle de lágrimas? A mi entender, son las tinieblas de nuestra mente las que hacen sombrío el mundo”.
Para leer más:
Howard Pyle: Las alegres aventuras de Robin Hood. Editorial Salvat, Barcelona, 2021.
En 2015 la ONU puso en marcha el ambicioso proyecto de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Se trata de una estrategia de alcance mundial, cuyo compromiso se concreta en lograr, durante la presente década, diecisiete objetivos de desarrollo sostenible (17 ODS), que cubren las tres dimensiones del desarrollo: económica, social y medioambiental.
Para evaluar los progresos en la consecución de los 17 ODS, la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN, por sus siglas en inglés) y la fundación Bertelsmann Stiftung vienen publicando desde hace varios años diferentes informes periódicos que tratan de evaluar cómo están avanzando los países en el cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible.
Con carácter genérico, la metodología utilizada permite disponer de un índice ODS que resume en un único valor los resultados mostrados por la amplia batería de indicadores recabados (94 en la edición de 2022) para medir la totalidad de los 17 ODS (a los cuales se les otorga igual importancia).
El índice ODS es, por tanto, un indicador sintético de desarrollo sostenible, cuyo valor puede oscilar entre 0, cuando el país se encuentra en la peor situación respecto al cumplimiento de los objetivos de la Agenda 2030, y 100, cuando el país se sitúa en la mejor posición respecto a su cumplimiento.
Con la edición de 2022 del Informe de Desarrollo Sostenible, la octava desde 2015, se han podido evaluar, a través del índice ODS, los progresos en materia de desarrollo sostenible de un total de 163 países. Entre las conclusiones generales del Informe podemos destacar las siguientes:
El índice ODS de 2022 no recoge aún el impacto total de la pandemia de COVID-19 ni los posibles efectos de la guerra de Ucrania, debido a los retrasos en la disponibilidad de los datos.
Así todo, por segundo año consecutivo el mundo no realiza progresos en el cumplimiento de los ODS. La actual crisis sanitaria y de seguridad, intensificada por las crisis climática y de biodiversidad, está poniendo en tela de juicio la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030. El descenso del valor del índice ODS registrado desde 2019 se debe principalmente a un retroceso en dos objetivos socioeconómicos: ODS 1 (Fin de la pobreza) y ODS 8 (Trabajo decente y crecimiento económico). La crisis múltiple ha hecho que la proporción de personas en situación de pobreza extrema haya aumentado significativamente durante los dos últimos años. También se han visto afectados el ODS 2 (Fin del hambre), el ODS 3 (Salud y bienestar) y el ODS 4 (Educación de calidad).
El éxito de los ODS se está viendo condicionado por las graves restricciones financieras a las que se enfrentan los países en desarrollo. Se hace necesario contar con un plan de financiación de la Agenda 2030 para todos los países.
Los países ricos generan efectos indirectos socioeconómicos y ambientales negativos sobre los demás, principalmente a través de cadenas de suministro y comercio insostenibles. Aproximadamente el 40% de la huella de carbono de la Unión Europea relacionada con su consumo de bienes y servicios tiene lugar en otros países.
En un análisis más detallado por países, el informe de 2022 nos revela que siguen existiendo diferencias muy importantes respecto al grado de consecución de los objetivos de la Agenda 2030.
Así, los tres países que presentan un mayor valor del índice ODS son Finlandia (86,5), Dinamarca (85,6) y Suecia (85,2), al igual que ha venido ocurriendo en años anteriores. Les siguen otros países también de alta renta per cápita y del continente europeo: Noruega (82,3), Austria (82,3,), Alemania (82,2), Francia (81,2) y Suiza (80,8).
En el otro extremo, los menores índices de desarrollo sostenible los presentan, al igual que en la edición de 2021, tres países africanos de baja renta: Sudán del Sur (39,0), República Centroafricana (39,3) y Chad (41,3). Les siguen, a continuación, varios países también del continente africano, que anotan índices ODS no superiores a 50: Somalia (45,6), Sudán (49,6), Liberia (49,9) y República Democrática del Congo (50,0).
Finalmente, dentro del amplio grupo intermedio de 113 países, cabe destacar, dado su peso económico y/o demográfico, a Estados Unidos, que ocupa la posición 41, de modo que desciende nueve puestos respecto a 2021 en el ranking mundial del índice de desarrollo sostenible. Asimismo, en 2022 la Federación Rusa ocupa la posición 45 , China se sitúa en la 57 y la India en la 121.
La ciudad de Copenhague se ha convertido en un referente para otras urbes en el camino de la sostenibilidad. Tras recibir diversos premios, en 2014 ostentó el título de Capital Verde Europea, un reconocimiento que otorga anualmente la Comisión Europea para distinguir los esfuerzos de las ciudades en materia de medio ambiente y desarrollo sostenible.
Capital danesa es una ciudad de tamaño mediano, cuyos límites municipales abarcan una superficie de 74,4 km2 donde residen unos 644.000 habitantes (a 1 de enero de 2022), esto es, el 11% de la población de Dinamarca. Considerando la región del Gran Copenhague la población urbana se eleva a los 1,3 millones de habitantes (el 23% del país).
Diversas son las razones que llevaron al jurado a otorgar la distinción de Capital Verde Europea 2014 a Copenhague. Entre ellas destacamos las siguientes:
Cambio climático ciudad de Copenhague desea contribuir al gran desafío global del calentamiento climático. Por ello aspira a ser en 2025 la primera capital del mundo neutra en carbono, reduciendo al mínimo las emisiones de CO2 y compensar ese mínimo diversas iniciativas sostenibles.
En concreto, el municipio se ha fijado el objetivo de disminuir las emisiones desde las 1,8 millones de toneladas al año de 2013 hasta las 1,2 millones en 2025.
Energía
Existe frente a la costa de Copenhague un gran parque eólico marino que suministra parte de la energía que consume la ciudad. Se trata de una cooperativa que pertenece a partes iguales al municipio y a pequeños inversores, lo que permitió el apoyo público tras la resistencia inicial.
Para 2025 se establecen entre otros objetivos los siguientes: reducir un 20% el consumo de calefacción, un 20% el consumo de energía en las empresas, un 20% el consumo energético de los hogares, un 40% el consumo de energía en los edificios públicos y un 50% el consumo de energía en el alumbrado urbano.
Movilidad
La ciudad cuenta con una red de transporte público integral y numerosas ciclovías.
Para 2025 la ciudad danesa se ha fijado los siguientes objetivos: el 75% de los desplazamientos sea a pie, en bicicleta o transporte público; el 50% de los viajes al trabajo o estudio sea en bicicleta; aumentar un 20% los pasajeros en transporte público (en comparación con 2009); un transporte público neutro en carbono, y que el 20-30% de los turismos y el 30-40% de los vehículos pesados utilicen combustibles renovables.
Residuos
Copenhague ha realizado un gran esfuerzo en materia de gestión de residuos fomentando el reciclaje y la reutilización. A través de campañas de información y sensibilización la percepción pública de los residuos ha cambiado, considerándolos ahora como un recurso.
En 2013 enviaba menos del 2% de sus residuos al vertedero, frente al 44% de 1988, y casi el 58% de los residuos se reciclaba. De cara al futuro la ciudad tiene previsto que en 2024 el 70% de los residuos domésticos y los residuos industriales y comerciales ligeros se recojan para su reciclaje.
Agua
La calidad del agua ha mejorado constantemente en la ciudad. Se persigue que el puerto de Copenhague cumpla con todos los estándares de calidad de agua de baño.
Respecto al agua potable se emplean nuevas tecnologías para su control y prevenir fugas, de modo que en 2025 se hayan reducido hasta el 6%. Además, se estableció como objetivo reducir el consumo diario de agua a 100 litros por persona y día a partir de 2017.
En mayo de 1994 se celebró en Dinamarca, bajo el patrocinio de la Comisión Europea y la ciudad de Aalborg, la Conferencia Europea sobre Ciudades Sostenibles. Los participantes allí reunidos (autoridades locales, organizaciones internacionales, gobiernos nacionales…) firmaron la Carta de Aalborg que les compromete a trabajar en favor del desarrollo sostenible de las ciudades.
A pesar del tiempo transcurrido hasta hoy conviene recordar algunas de las ideas centrales y compromisos que quedaron fijados, negro sobre blanco, en la Carta de Aalborg, y que aún siguen de plena actualidad. Destacamos, a continuación, diez puntos extraídos de la Carta que continúan siendo cruciales para el desarrollo urbano sostenible.
1. Las ciudades: responsables de muchos problemas ambientales
«Comprendemos que nuestro actual modo de vida urbano, en particular nuestras estructuras de división del trabajo y de las funciones, la ocupación del suelo, el transporte, la producción industrial, la agricultura, el consumo y las actividades de ocio, y por tanto nuestro nivel de vida, nos hace especialmente responsables de muchos problemas ambientales a los que se enfrenta la humanidad. Este hecho es especialmente significativo si se tiene en cuenta que el 80% de la población europea vive en zonas urbanas».
2. Integración de los principios de sostenibilidad en las políticas
«Puesto que todas las ciudades son diferentes, debemos hallar nuestras propias vías hacia la sostenibilidad. Integraremos los principios de sostenibilidad en todas nuestras políticas y haremos de nuestras fuerzas respectivas la base de estrategias adecuadas a nivel local».
3. Responsabilidad ante las generaciones futuras
«Nosotras, ciudades, reconocemos que no podemos permitirnos trasladar nuestros problemas ni a comunidades más grandes ni a las generaciones futuras».
4. Medidas para la sostenibilidad medioambiental
«Nosotras, ciudades, comprendemos que el factor restrictivo de nuestro desarrollo económico se ha convertido en nuestro capital natural, como el aire, el suelo, el agua y los bosques. Debemos invertir, por tanto, en este capital, respetando el siguiente orden prioritario:
1. invertir en la conservación del capital natural existente (reservas de aguas subterráneas, suelo, hábitats de especies raras);
2. fomentar el crecimiento del capital natural, reduciendo el nivel de explotación actual (por ejemplo, de las energías no renovables);
3. aliviar la presión sobre las reservas de capital natural creando otras nuevas, como parques de esparcimiento urbano para mitigar la presión ejercida sobre los bosques naturales;
4. incrementar el rendimiento final de los productos, como edificios de alto rendimiento energético o transportes urbanos respetuosos del medio ambiente».
5. Justicia social
«Nosotras, ciudades, somos conscientes de que son los pobres los más afectados por los problemas ambientales (ruido, contaminación del tráfico, ausencia de instalaciones de esparcimiento, viviendas insalubres, inexistencia de espacios verdes) y los menos capacitados para resolverlos. El desigual reparto de la riqueza es la causa de un comportamiento insostenible y hace más difícil el cambio. Tenemos la intención de integrar las necesidades sociales básicas de la población, así como los programas de sanidad, empleo y vivienda, en la protección del medio ambiente. Queremos aprender de las primeras experiencias modos de vida sostenibles, de forma que podamos mejorar la calidad de vida de los ciudadanos en lugar de maximizar simplemente el consumo».
6. Movilidad sostenible
«Nosotras, ciudades, debemos esforzarnos por mejorar la accesibilidad y por mantener el bienestar y los modos de vida urbanos a la vez que reducimos el transporte. Sabemos que es indispensable para una ciudad viable reducir la movilidad forzada y dejar de fomentar el uso innecesario de los vehículos motorizados. Daremos prioridad a los medios de transporte respetuosos del medio ambiente (en particular, los desplazamientos a pie, en bicicleta o mediante los transportes públicos) y situaremos en el centro de nuestros esfuerzos de planificación una combinación de estos medios. Los diversos medios de transporte urbanos motorizados deben tener la función subsidiaria de facilitar el acceso a los servicios locales y de mantener la actividad económica de las ciudades».
7. Energías renovables frente al cambio climático
«La reducción de las emisiones de combustibles fósiles precisará de políticas e iniciativas basadas en un conocimiento exhaustivo de las alternativas y del medio urbano como sistema energético. Las únicas alternativas sostenibles son las fuentes de energía renovables».
8. Prevención de la contaminación y sustancias tóxicas
«Nosotras, ciudades, somos conscientes de la creciente cantidad de sustancias tóxicas y peligrosas presentes en la atmósfera, el agua, el suelo y los alimentos y de que éstas constituyen una amenaza cada vez mayor para la salud pública y los ecosistemas. Trataremos por todos los medios de frenar la contaminación y prevenirla en la fuente».
9. Protagonismo y participación de los ciudadanos
«Nosotras, ciudades, nos comprometemos, de acuerdo con el mandato del Programa 21, documento clave aprobado en la cumbre de Río de Janeiro, a colaborar con todos los sectores de nuestras comunidades —ciudadanos, empresas, grupos de interés— en la concepción de nuestros planes locales de apoyo a dicho Programa (…) Garantizaremos el acceso a la información a todos los ciudadanos y grupos interesados y velaremos por que puedan participar en los procesos locales de toma de decisiones».
10. Sistemas de contabilidad ambiental e indicadores
«Trataremos de crear nuevos sistemas de contabilidad ambiental que permitan una gestión de nuestros recursos naturales tan eficaz como la de nuestro recurso artificial, ‘el dinero’. Sabemos que debemos basar nuestras decisiones y nuestros controles, en particular la vigilancia ambiental, las auditorías, la evaluación del impacto ambiental, la contabilidad, los balances e informes, en diferentes indicadores, entre los que cabe citar la calidad del medio ambiente urbano, los flujos y modelos urbanos y, sobre todo, los indicadores de sostenibilidad de los sistemas urbanos».
En Utopía, la república imaginada por Tomás Moro (1478-1535) en el siglo XVI, la sociedad está organizada de tal forma que el sentido de colectividad está asegurado.
En una sociedad donde no existen la codicia y la desigualdad, el valor de lo público prevalece sobre el interés privado. En la república de Utopía todo es de todos. Al no imperar la propiedad privada, los individuos piensan, en primer lugar, en la comunidad, de la que se sienten partícipes. De este modo todos los utopienses consiguen vivir con sus necesidades cubiertas, con alegría y sin temor al futuro.
«… una república que, estoy cierto, no solamente es la mejor sino la única que por propio derecho puede recabar para sí el nombre de república. Porque en otros sitios, los que hablan para todo del beneficio público se cuidan del privado; aquí, donde no hay nada privado, asumen en serio la gestión pública. Con razón, por cierto, en uno y otro caso. En efecto, en otros sitios ¿cuántos hay que no sepan que, si no se proveen en particular, perecerán de hambre, por muy floreciente que esté la república?; y por eso es la necesidad la que les induce a creer que se han de ocupar de sí antes que del pueblo, es decir, de los otros. Aquí, por el contrario, donde todo es de todos, no hay quien dude de que a nadie le faltará lo suyo privado (con tal que se atienda a que los graneros públicos estén llenos). Pues ni la distribución de los bienes es cicatera ni hay ningún indigente o mendigo; no teniendo ninguno nada, son todos, sin embargo, ricos. Pues, ¿qué riqueza mayor puede haber que vivir con ánimo alegre y tranquilo, excluida absolutamente cualquier preocupación?