El consumo de energías renovables en la Unión Europea

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El conjunto de Estados miembros de la Unión Europea ha efectuado un consumo final de energía en 2015 que ascendió a unos 1.120.000 ktoe (miles de toneladas equivalentes de petróleo). De esa cantidad el 16,7% provino de fuentes de energía renovables (eólica, solar, hidráulica, maremotriz, geotérmica, biomasa…).

Desde una perspectiva temporal se constata que dicha participación de las energías renovables ha aumentado durante la última década, si bien aún está en la senda de alcanzar el objetivo establecido en la Estrategia Europa 2020, que establece un porcentaje del 20% de energía de fuentes renovables sobre el consumo final de energía para el año 2020. Con posterioridad, se ha acordado en el seno de la UE-28 la ampliación de dicho objetivo hasta al menos el 27% para el año 2030.

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Si realizamos un análisis por países, se observan diferentes resultados, según los últimos datos disponibles de Eurostat.

En 2015 Suecia, con el 53,9%, es el país con el mayor porcentaje de energía de fuentes renovables en su consumo final bruto de energía. Le siguen, a distancia, Finlandia (39,3%), Letonia (37,6%), Austria (33,0%) y Dinamarca (30,8%). También han alcanzado el objetivo global del 20% los Estados miembros de Croacia, Estonia, Portugal, Lituania, Rumanía y Eslovenia, si bien hay que anotar que se han establecido objetivos individualizados para cada país. Así, por ejemplo, para Suecia su objetivo a alcanzar en el año 2020 es el 49% frente al 10% establecido para Malta.

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En el otro extremo, los menores pesos de energías renovables sobre el consumo energético se presentan en Luxemburgo y Malta (ambos, el 5%), Países Bajos (5,8%), Bélgica (7,9%), Reino Unido (8,2%), Irlanda (9,2%) y Chipre (9,4%).

Entre 2004 y 2015 la participación de la energía de fuentes renovables en el consumo final de energía creció en todos los países. Los mayores avances se han dado en Dinamarca (15,9 puntos porcentuales más), Suecia (15,2 p.p.) e Italia (11,2 p.p).

Para más información:

Eurostat

E. J. Mishan y los costes del desarrollo

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Shanghai, China

El economista británico Edward J. Mishan (1917-2014) afirmaba en 1969, con su obra “Growth: the price we pay”, que existen serias dudas de que haya una relación positiva clara entre bienestar social y desarrollo económico. Para este autor, que no se identificaba con la escuela de pensamiento económico convencional, los economistas, por lo general, no se preguntan en voz alta si el desarrollo material en Occidente está aumentando globalmente la felicidad de la humanidad.

El “desbocado” mundo moderno en que vivimos ha evolucionado, con su rápido e implacable progreso técnico, generando unos costes sociales que se vuelven excesivos en muchos ámbitos.

Mientras, los ciudadanos nos encontramos continuamente distraídos por “las maravillas de la técnica”, de modo que no tenemos “ninguna noción de la amplitud y gravedad de la situación”.

Para Mishan el crecimiento económico tiene unos costes sociales -que llamó efectos de rebosamiento– que “se distinguen por cuanto, injustificadamente, no son introducidos en el cálculo desde un comienzo”. Entre dichos costes destaca los siguientes:

-La congestión del tráfico en nuestras ciudades.

-La limitada soberanía del consumidor.

-Las pérdidas de tiempo y la ansiedad que genera en el consumidor la creciente producción de mercancías.

-El “cosmopolitismo uniforme”.

-La destrucción de la variedad que provoca el progreso tecnológico.

-Los daños al medio ambiente.

En concreto, respecto a los costes medioambientales que conlleva el crecimiento económico, este autor resalta los siguientes:

“(…) la erosión del campo; el afeamiento de nuestras ciudades costeras; la polución de la atmósfera y de los ríos mediante los desperdicios químicos; la acumulación de petróleo en las aguas de nuestras costas; el envenenamiento de nuestras playas por las aguas residuales; la destrucción de la vida silvestre por el uso indiscriminado de los insecticidas; el cambio del sistema de cría de los animales en el campo, al sistema de granjas industriales; y, lo que resulta evidente para todo quien tenga ojos para ver, la irreflexiva destrucción de una rica herencia de bellezas naturales, una herencia que no podrá restaurarse en vida de nuestra generación”.

Para Mishan, pues, las principales fuentes del bienestar social no han de buscarse en el crecimiento económico per se, sino en una forma más selectiva de desarrollo. A modo de ejemplo, expone las siguientes sentencias:

“Resulta perfectamente posible arreglar las cosas de forma que se produzcan muchos menos bienes superfluos y, en cambio, se pueda disfrutar de un mayor tiempo libre”.

“Podemos reducir la publicidad en los periódicos y, a cambio, conservar nuestros bosques”.

“Podemos decidir reducir la lucha por la competencia y optar por una vida más fácil y reposada”.

“Devolver la tranquilidad y dignidad a nuestras ciudades y hacer posible que la gente pueda vagar sin verse molestada por el tráfico y pueda gozar de nuevo del encanto de los pueblos y ciudades históricos”.

“(…) Preservar para la posteridad aquellos recursos naturales limitados que, en ausencia de una legislación prohibitiva o en ausencia de controles, seguirían siendo deteriorados y malgastados”.

Para leer más:

E. J. Mishan (1969): Growth: the price we pay. (En español: E. J. Mishan: Los costes del desarrollo económico. Oikos-tau, Barcelona, 1989, 2ª edición).

Cita con la naturaleza y la filosofía a través de la palabra de Emilio Lledó

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El profesor de filosofía y académico Emilio Lledó nos regala, en forma de palabra escrita, unos diálogos enriquecedores que mantiene con el también profesor Manuel Cruz.

Entre los temas que tratan ambos estudiosos de la filosofía, la admiración por la naturaleza queda reflejada desde la primera página del libro “Pensar es conversar”, cuando Emilio Lledó recibe la pregunta inicial: “¿Por qué decidió estudiar la carrera de Filosofía?”.

Esta es la respuesta sabia que nos devuelve el gran pensador:

“EMILIO LLEDÓ: Es una buena pregunta. Porque de niño, como es natural, yo desconocía qué era filosofía, pero sí me daba cuenta, durante los años de la enseñanza media, de que había una serie de temas que me interesaban como adolescente: el no engañar, qué era la verdad, qué es el mundo y cómo se presenta.

Me llamaba mucho la atención, por ejemplo, que a los árboles en el invierno se les cayeran las hojas y que a la llegada de la primavera el verde explotase. Eso me sorprendía tanto que aún ahora, cuando acaba el invierno, continúa asombrándome el contemplar los árboles de mi calle sin hojas y, de pronto, un día, al asomarme a la ventana, descubrir que hay un intenso verdor en ellos. Y me maravillo como si tuviera quince años, y pienso en lo que es la naturaleza -ese descubrimiento en los orígenes de la filosofía griega- y en el abandono en que la tenemos sumida, porque estamos habituados a olvidarnos de lo que es esa fuerza prodigiosa que nos circunda y, también, de lo asombroso que es nuestra propia naturaleza, nuestro cuerpo, porque somos iguales a esos árboles; solo que carecemos de un tronco y unas ramas que nos hagan florecer aunque, como estos, nosotros también nacemos, crecemos y después desaparecemos”.

Y en unas páginas más adelante nos vuelve a descubrir la esencia del ser humano:

“Y es que la sustancia verdadera de lo que somos es la tierra, el agua, el fuego o, sin ir más lejos, el aire que respiramos, porque solo con que faltara un único día en nuestro mundo, adiós a todos; porque lo que somos en realidad es naturaleza”.

Para leer más: 

Emilio Lledó y Manuel Cruz (2015): “Pensar es conversar. Diálogo entre dos filósofos”.

Dos citas con el agua en la obra de Lao Tse

Entre las enseñanzas recogidas en Tao Te Ching o “Libro del Sendero”, atribuido al filósofo chino Lao Tse (ca. s. V a.C.), son diversas las menciones a la naturaleza. Entre ellas destacamos las dos siguientes en las que el agua es protagonista:

La bondad y el agua:

“La bondad suprema es como el agua,

que todo lo nutre sin pretenderlo”.

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Jinbianxi, China

El poder del agua:

“Nada hay en el mundo

tan blando y adaptable como el agua.

Sin embargo, en disolver lo duro y lo inflexible

nada puede superarla”.

Para leer más: 

Lao Tse (ca. s. V a.C.): Tao Te Ching.

 

La dependencia de los combustibles fósiles de la Unión Europea

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La actividad económica desarrollada en el conjunto de Estados miembros de la Unión Europea ha requerido un consumo interior bruto de energía que en 2015 ascendió a 1.626 millones de toneladas equivalentes de petróleo (Mtep). Desde una perspectiva temporal se ha observado un ligero descenso del 2,5% respecto al consumo de energía registrado en 1990 (1.668 Mtep), habiéndose  marcado su máximo en el año 2006 (con 1.840 Mtep).

El origen del consumo de energía procede de fuentes renovables (solar, eólica, hidráulica…), y de fuentes no renovables. Estas últimas, bajo el término genérico de combustibles fósiles, comprenden el carbón, el petróleo, el gas natural y los residuos no renovables, cuya combustión es el origen aproximadamente del 80% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero y CO2 de origen humano que causan el calentamiento global. Es de especial interés, por tanto, conocer cuál el grado dependencia energética de los combustibles fósiles y cómo ha evolucionado durante los últimos años.

Según los últimos datos disponibles de Eurostat, en 2015 el 73% del consumo energético proviene de combustibles fósiles. Es una cifra notoriamente elevada que, no obstante, alcanzaba el 83% en el año 1990.

Si realizamos un análisis por países de la UE-28, se constata que en 1990 sólo un Estado miembro conseguía que menos del 50% de su consumo energético provenga de combustibles fósiles: Suecia, con el 39%. En el otro extremo, países como Estonia, Chipre y Malta dependían en su totalidad de dichos combustibles.

Década y media más tarde, en el año 2015, la gran mayoría de países de la UE seguía siendo dependiente de los combustibles fósiles. Sólo tres Estados muestran una dependencia de los combustibles fósiles menor del 50%: Suecia (30%), Finlandia (46%) y Francia (49%). Por su parte, la mayor participación de consumo de combustibles fósiles se presenta en Chipre (94%), Países Bajos (93%), Irlanda (92%) y Polonia (91%).

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Otro aspecto de interés es conocer el grado de soberanía energética con que cuentan los países. Así, se confirma que el grado de dependencia de las importaciones de combustibles fósiles sigue siendo elevado en el seno de la UE. De hecho, a pesar de que se ha reducido, como vimos, el consumo de estos combustibles, el grado de dependencia del exterior se ha incrementado: desde el 53% en 1990 hasta el 73% en 2015.

Entre 1990 y 2015 la mayoría de los Estados miembros de la UE ha visto reducir su soberanía energética respecto a los combustibles fósiles. Destacan en 2015 como países con menor dependencia energética exterior Dinamarca, Estonia, Rumanía y Polonia.

Para más información:

Eurostat

La naturaleza en el “mundo feliz” de Aldous Huxley

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El escritor inglés Aldous Huxley (1894-1963) publicó en 1932 su obra “Un mundo feliz”. En este clásico de la literatura del siglo XX se dibuja un mundo en el que priman los dioses de la comodidad, la producción y el consumo sobre los valores humanos.

En el “mundo feliz” de Aldous Huxley transcurría el año 632 después de Ford. El director de incubación y condicionamiento de la central de Londres acompaña a los nuevos alumnos en su visita a los diversos departamentos, mientras les explica las técnicas que se aplican a los niños para que en el futuro logren “el secreto de la felicidad y la virtud”.

“Las prímulas y los paisajes, explicó, tienen un grave defecto: son gratuitos. El amor a la naturaleza no da trabajo a las fábricas. Se decidió abolir el amor a la naturaleza, al menos entre las castas más bajas, pero no la tendencia a consumir transporte. Porque era esencial que siguieran deseando ir al campo aunque lo odiaran. El problema residía en hallar una razón económica más poderosa para que utilizaran los transportes que la mera afición a las prímulas y los paisajes. Y lo encontraron.

-Condicionamos a las masas de modo que odien el campo -concluyó el director-. Pero simultáneamente las condicionamos para que adoren los deportes campestres. Al mismo tiempo, velamos para que todos los deportes al aire libre entrañen el uso de artilugios sofisticados. Así, además de utilizar transportes, consumen artículos manufacturados. De ahí estas descargas eléctricas.

-Comprendo -dijo el estudiante, y, presa de admiración, guardó silencio”.

¿Ciencia ficción o vaticinio? En cualquier caso, estas inquietantes palabras, que con ironía mordaz escribe Aldous Huxley allá por el año 1932, resuenan hoy en nuestra mente por alertarnos sobre el devenir de nuestro “mundo moderno”, en el que atestiguamos dos hechos: la expansión del mercado, que trata de incorporar recursos vitales como la propia naturaleza, y la tendencia del ser humano a buscar su bienestar, entendido como comodidad, a través de medios artificiales.

Para leer más:

Aldous Huxley (1932): Un mundo feliz.

Sobre riqueza y naturaleza según Alfred Marshall

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Posiblemente Alfred Marshall (1842-1924) es el máximo exponente de la teoría económica moderna.

Este economista británico argumentaba que los individuos siguen un comportamiento racional consistente en la maximización de su satisfacción individual. Dados unos precios, una renta y unas preferencias, los individuos ajustarían sus gastos mediante la compra de aquel conjunto de bienes cuyo consumo les reportará mayor utilidad, teniendo en cuenta que opera el principio de utilidad marginal decreciente.

Análogamente, los agentes productores también tratan de maximizar su utilidad. Para ello su comportamiento económico consistirá en maximizar sus beneficios.

Pero son dignas de mención también las aportaciones de Alfred Marshall a la Economía desde una aproximación más macroeconómica, como las relativas al concepto de riqueza. Este autor escribió en 1879 las siguientes palabras, que no son tan conocidas, con las que evidencia el error que se comete al valorar la riqueza de una nación sin tener en cuenta la naturaleza:

“Estimar correctamente la riqueza real de una nación es una tarea mucho más difícil de lo que parece a primera vista. Se puede encontrar, con cierto cuidado, una medida monetaria de la misma. Pero, desgraciadamente, no puede ser medida correctamente en dinero. El procedimiento seguido ordinariamente para valorar la riqueza de una nación es calcular por separado el valor monetario de todas las cosas que tienen valor monetario y luego sumar unas con otras. (…) Este procedimiento de calcular es muy útil para muchos fines, pero es un arma de doble filo, pues no tiene en cuenta hechos tales como el de que un cielo claro y brillante y un bello panorama constituyen una fuente real de disfrute similar a la que representan los costosos mobiliarios que ocupan un lugar tan grande en el inventario de la riqueza inglesa. Tampoco tiene en cuenta otros hechos como el de que la posesión de tierras cultivables tiene muy poca importancia en los países donde éstas abundan y la tiene extraordinaria donde escasean, como en Inglaterra. (…) Por eso podemos ver que al valorar la riqueza de una nación es fácil que se cometan errores. Primero, porque muchos de los dones que la naturaleza ofrece al hombre no se incluyen de ninguna manera en el inventario y, segundo, porque en éste se subestima la importancia de todo lo que, por abundar mucho, tiene un valor muy pequeño en el mercado”.

Para leer más:

Alfred Marshall (1879): “El agua como elemento integrante de la riqueza nacional”. Obras escogidas. Fondo de Cultura Económica, México, 1978.