La ciudad de Pontevedra, referente de movilidad sostenible

Pontevedra, 2020.

La ciudad gallega de Pontevedra (España) ha conseguido llegar a ser un referente de sostenibilidad urbana. Mediante una gestión decidida, que ha puesto en primer plano la calidad de vida de sus ciudadanos, ha sabido aprovechar sus recursos y particulares condiciones.

Pontevedra es una ciudad, capital de la provincia homónima, que cuenta con unos 83.000 habitantes (83.029 según el Padrón Municipal de Habitantes de 2019). Partiendo de un tamaño poblacional limitado ha mostrado durante los últimos 20 años un dinamismo demográfico superior a la media de Galicia y de las cuatro provincias gallegas. Entre 1999 y 2019 la población de la ciudad de Pontevedra creció, en promedio, un 0,6% anual frente al estancamiento registrado por el conjunto de Galicia (0,0%).

Con una superficie de unos 120 km2, la densidad poblacional del municipio de Pontevedra asciende a 701 habitantes/km2 en 2019, de modo que se ha incrementado respecto a 1999 (626 hab./km2).

Durante las últimas dos décadas, Pontevedra ha puesto en práctica un modelo de movilidad sostenible que prioriza la movilidad peatonal sobre el tráfico motorizado. Para ello, desde el Concello de Pontevedra se llevaron a cabo diversos tipos de obras. Según el tipo de calle, se efectuaron peatonalizaciones (con coexistencia de tráfico de servicios) en el centro histórico y calles de menos de 10 metros de ancho, estrechamiento de los carriles y ampliación de aceras en calles de más de 10 metros, plataformas únicas y badenes, limitación de la velocidad máxima a 30 km/h, coexistencia con la bicicleta, aparcamientos gratuitos de borde urbano, estacionamientos gratuitos para servicios, aparcamientos rotatorios de pago, etc. Ello ha ido acompañado de otras actuaciones en la ciudad como la recuperación del centro histórico y otras áreas degradadas, la ampliación de la red de sendas ciclistas y peatonales por los alrededores naturales de Pontevedra y la mejora de la gestión de residuos y del sistema de depuración de aguas residuales.

Pontevedra ha experimentado una transformación integral de recuperación para los ciudadanos del espacio público que hasta entonces ocupaban los coches, que se ha traducido en resultados tangibles para la calidad de vida de sus habitantes. Entre los importantes beneficios que ha recibido el conjunto de la población, destacan los siguientes:

  • Reducción del tráfico de vehículos a motor. Según el Consistorio, entre 1996 y 2014 los vehículos motorizados se han reducido un 30,1% en la ciudad y un 70% en el centro urbano.
  • Aumento de la movilidad sostenible. Los viajes a pie se han incrementado un 67% y en bicicleta, un 5%.
  • Reducción del consumo de combustible, que se estima en un 66% en la ciudad y un 88% en el centro, entre 1996 y 2014, como consecuencia del menor tráfico motorizado.
  • Reducción de las emisiones de CO2 a la atmósfera, que se estima en unos 500 kg de CO2 por persona y año.
  • Mejora de la calidad del aire.
  • Mayor biodiversidad de especies de árboles y animales.
  • Disminución de la contaminación acústica.
  • Mayor seguridad vial.
  • Aumento de la accesibilidad de los espacios públicos, propiciando una ciudad inclusiva e integradora.
  • Mayor pluralidad de servicios y usos del espacio público para los ciudadanos.
  • Desarrollo de los sectores del comercio de proximidad, hostelería y otros servicios en el espacio urbano que antes ocupaban los automóviles.
  • Recuperación de la ciudad como lugar de encuentro, reducción de la conflictividad y mejora de la convivencia ciudadana.

Este modelo de ciudad compacta y movilidad sostenible, que prioriza el uso del espacio público por y para las personas, ha alcanzado el reconocimiento a nivel internacional de diversos premios. Entre ellos, en 2014 ONU-Hábitat (Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos) le otorgó a Pontevedra el Premio Internacional de Dubái a las Buenas Prácticas para Mejorar las Condiciones de Vida.

Para más información:

Instituto Gallego de Estadística.

Concello de Pontevedra.

René Vernau y el viejo pastor

El antropólogo francés René Vernau (1852-1938) fue un gran amante de las Islas Canarias (España), a las que consagró varios años de su vida. Interesado por la cultura de los guanches, los antiguos canarios que habitaban el Archipiélago antes de ser conquistado por los europeos en el siglo XV, conoció de primera mano las siete islas donde vivió cinco años.

Durante su estancia en la isla de Tenerife, en busca de cuevas, yacimientos y todo tipo de legado de los antiguos aborígenes, se acercó en cierta ocasión a las pequeñas aldeas próximas a Icod de los Vinos. Allí coincidió con varios lugareños, entre ellos un viejo pastor con el que entabló una conversación de la que extraería alguna enseñanza o, al menos, le envolvería en la duda científica.

«Un poco más arriba encontré en una cabaña un tipo más curioso que la vieja. Era un viejo pastor, vestido con un simple calzón corto y con unos andrajos que debían haber sido un camisa. Las piernas las tenía cubiertas con unas polainas de piel de cabra; en los pies llevaba sandalias del mismo material, y en la cabeza una especie de gorro que se había hecho él mismo con la lana de sus ovejas. Si no hubiese sido por el calzón y los restos de la camisa, hubiera podido creerme en presencia de un viejo guanche que no había tenido nunca relaciones con los europeos. Me invitó a entrar en su vivienda y me ofreció leche. ¡Cuál sería mi sorpresa al ver el mobiliario! En una esquina una cama de helechos; al lado, un molino guanche y una vasija basta, completamente iguales a los que usaban los viejos insulares. Una flauta de caña, una escudilla de madera y un saco de piel de cabra lleno de gofio, completaban el mobiliario. No podía creer a mis ojos y examinaba atentamente la vasija y el molino. Viendo mi asombro, el anciano me explicó que los había encontrado en una cueva habitada antiguamente por «los guanches» y que los utilizaba desde hacía mucho tiempo. No pude convencerle para que se deshiciera de estos objetos tan interesantes. A mis ofertas de dinero respondía que no tenía necesidad de nada para el poco tiempo que le quedaba de vida.

Volvía a Icod todo soñador, pensando en el viejo guanche contento de su suerte en medio de su miseria, y me preguntaba si realmente la civilización hace la felicidad del hombre».

Para leer más:

René Vernau: Cinco años de estancia en las Islas Canarias. Ed. J. A.D. L., La Orotova, 1992 (4ª edición en español).

La producción de carbón en la Unión Europea (1990-2019)

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La producción de energía en la Unión Europea proviene de distintas fuentes. Entre ellas, las que tienen un origen no renovable, como son el petróleo y el carbón, requieren una atención especial por su agotamiento y por los graves efectos que generan sobre la salud y el calentamiento global del planeta.

Respecto al carbón los datos disponibles de Eurostat sobre la producción total de combustibles fósiles sólidos, que comprende carbón duro, carbón marrón (lignito) y productos derivados del carbón, nos permiten analizar cuál ha sido su evolución, en el conjunto de la UE y por países, desde 1990 hasta hoy.

Como puede observarse en el siguiente gráfico, desde 1990 la producción de estos combustibles fósiles sólidos ha seguido una tendencia de descenso casi continuado, llegando reducirse un 61,9% hasta en 2019. En el año 2019 la producción total de carbón y sus derivados ascendió en la Unión Europea (UE-27) a 414 millones de toneladas frente a las 1.086 millones de 1990.

G_Carbón UE27_1990-2019

Estos resultados están en concordancia con los compromisos asumidos por la política medioambiental europea de ir reduciendo las fuentes energéticas contaminantes y desencadenantes de la crisis climática para transitar hacia una economía baja en carbono. No obstante, aún queda un importante camino por recorrer hasta la total sustitución de esta fuente de energía por otras de naturaleza renovable.

En un análisis por países, según Eurostat, en el año 1990, 21 de los 27 Estados miembros de la Unión Europea actual (sin Reino Unido) producían carbón. Tres décadas después, en 2019, el número de países que producen carbón se había reducido a 17.

En la actualidad, los dos mayores productores de carbón siguen siendo, al igual que en 1990, Alemania, con 144,9 millones de toneladas en 2019 (el 35,0% del total de la UE), y Polonia, con 121,2 millones (el 29,3% del total), seguidos por la República Checa (10,5%), Bulgaria (6,9%), Grecia (6,5%), Rumanía (5,2%) y Hungría (1,9%), principalmente.

G_Carbón_Países_1990 y 2019

Durante el periodo 1990-2019, según la información estadística disponible de Eurostat, Portugal y Croacia han dejado de producir carbón. Asimismo, en dicho periodo, entre los actuales 17 países productores de carbón, las mayores reducciones porcentuales de producción se han registrado en España (-97%), Francia (-85%), Bélgica (-81%), Italia (-73%), Alemania (-71%) y Austria (-68%), que superaron la reducción media de la UE-27 (-62%).

En el caso de Polonia, el segundo mayor productor de carbón, su producción se ha contraído un 47% durante el periodo 1990-2019, en menor medida que el conjunto de la UE, por lo que su participación en el cómputo total de producción de carbón europeo ha aumentado desde el 21,1% al 29,3%.

En el otro extremo, es de destacar los dos únicos países que han seguido la tendencia contraria de reducir o cancelar la producción de combustibles fósiles sólidos en la Unión Europea. En 2019 Finlandia produjo un total de 873.000 toneladas (básicamente de coque de horno), esto es, un incremento del 79,3% respecto a 1990. Por su parte, Suecia produjo 1.105.000 toneladas de dichos combustibles, lo que supone un aumento, en este caso, del 0,9% en el periodo analizado.

Para más información:

Eurostat

Una cita con César Manrique y el porvenir humano

Málaga_2018.01.15

Artista total, naturalista con conciencia crítica, activista comprometido con el porvenir humano, defensor de un progreso en armonía, amante de la vida… César Manrique (1919-1992) fue esto y mucho más.

En los años ochenta del siglo XX, Manrique expresó sus sentidas preocupaciones sobre el devenir de un mundo que transcurría a gran velocidad por las autopistas de los valores sin salida. Más de treinta años después, ya en el siglo XXI, los mismos problemas de entonces continúan rodando sin frenos.

“Creo que, si en este ocaso del siglo XX, el hombre no es capaz de poner en orden las enormes injusticias, si no es capaz de frenar la ambición desmedida de poder y riqueza, pienso que nuestra existencia se reducirá a una autodestrucción paulatina e inexorable”.

Para leer más:

César Manrique: Escrito en el fuego. Edirca, Las Palmas de Gran Canaria, 1988.

Las aves, indicador de sostenibilidad

Pinzón común. Parque Nacional de Garajonay (Isla de La Gomera, España).

Las razones para procurar la conservación de la población de las aves, en particular las especies vulnerables, nativas y no invasoras, son diversas y confluyen en la necesaria defensa de la biodiversidad del planeta.

Además, gracias a la comunidad científica sabemos también que la presencia de aves es un buen indicador de la salud de los ecosistemas, de su diversidad e integridad.

La mayor o menor población de aves, así como su mayor o menor diversidad de especies, en un ecosistema determinado, nos permite conocer más sobre la calidad del propio ecosistema donde se alimentan, viven y respiran. En definitiva, las aves nos adelantan información valiosa sobre la calidad del medio ambiente y la sostenibilidad real de nuestro desarrollo.

Desde un enfoque cuantitativo, a nivel europeo Eurostat, la Oficina Europea de Estadística, elabora el Índice de Aves Comunes, que recoge las observaciones obtenidas en los 27 Estados miembros de la UE para un total de 168 especies de aves que viven en tierras de cultivo (39), en ecosistemas forestales (34) y en otros hábitats como parques y jardines (95).

En un análisis temporal, que comprende el periodo de 1990 a 2018, la evolución seguida por el Índice de Aves Comunes de la UE apunta hacia una continuada disminución de las poblaciones de aves durante las últimas décadas en la Unión Europea. Constatamos que el valor de dicho índice, que es igual a 100 en el año base de 2000, se ha reducido entre 1990 y 2018 desde 102,3 hasta 95,7, lo que supone una caída del 6,4%. Asimismo, la tendencia más reciente de este indicador apunta a un estancamiento de la población de aves comunes observadas durante el último decenio.

De forma complementaria al Índice de todas las Aves Comunes, Eurostat elabora otros dos índices compuestos referidos a 34 aves de bosques y 39 aves de tierras de cultivo. En el primer caso, la evolución del índice de aves comunes de bosques muestra que se ha producido un aumento del 3,8% durante el periodo 1990-2018. Por el contrario, la tendencia del índice de aves comunes de tierras de cultivo ha sido claramente descendente, habiéndose registrado una reducción del 28,3% en el periodo analizado.

En el ámbito de las aves, cabe recordar lo que ya expresaba la Directiva comunitaria relativa a la conservación de las aves silvestres en el año 2009:

«En el territorio europeo de los Estados miembros, una gran cantidad de especies de aves que viven normalmente en estado salvaje padecen de una regresión en su población, muy rápida en algunos casos, y dicha regresión constituye un grave peligro para la conservación del medio natural, en particular debido a la amenaza que supone para el equilibrio biológico».

Para más información:

Eurostat

Directiva 2009/147/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 30 de noviembre de 2009, relativa a la conservación de las aves silvestres.

Una cita con la Selva de Doramas, en palabras de Viera y Clavijo

Hace varios siglos existía en la isla de Gran Canaria (Canarias) un gran bosque de laurisilva que se hizo célebre por albergar a Doramas, el gran guanarteme aborigen que hizo frente a los conquistadores, y por la exuberancia natural que en él se concentraba.

Hoy apenas nos quedan vestigios de aquella emblemática Selva de Doramas, que ha visto cómo los procesos continuados de deforestación la han ido menguando poco a poco.

Gracias al historiador y escritor canario José de Viera y Clavijo (1731-1813), conocemos algo más de lo que fue aquel bello y rico paraje natural, tal y como lo contemplaron hace unos 250 años sus ojos curiosos e ilustrados.

«Está situada esta célebre montaña de Doramas, llamada vulgarmente Oramas, en el término de Teror, distante poco más de cuatro leguas de la ciudad de Las Palmas. Su extensión es de casi seis millas. Muéstrase allí la naturaleza en toda su simplicidad, pero nunca tan rica, tan risueña ni tan agradable. Ésta parece su obra más exquisita por la diversidad y espesura de árboles robustos siempre verdes, descollados, rectos fértiles y frondosos. Jamás ha penetrado el sol el laberinto de sus ramas ni las yedras, hibalveras y zarzas se han desprendido de sus troncos. La gran copia de aguas claras y sumamente frías que en arroyos muy caudalosos cortan y bañan el terreno por diferentes parajes, especialmente en las que dicen madres de Moya, conservan un suelo siempre entapizado de hierbas medicinales y olorosas. El canto de los pájaros y el continuado vuelo de las aves que allí habitan en infinitas tropas dan un aspecto delicioso a toda la selva. Entre ella una imaginación poética y se verán por todas partes náyades, dríades, etc. Los paseos dilatados y planos parecen un esmero del arte y agradan más porque no lo son».

Para leer más:

José de Viera y Clavijo: Historia General de las Islas Canarias. Nivaria Ediciones, La Laguna, 2016. (Libro Segundo, capítulo 22: Descripción de la montaña de Doramas).

La felicidad humana en palabras de Tomás Moro

Entre las grandes aportaciones de Tomás Moro (1478-1535) se encuentran sus reflexiones sobre el complejo concepto de felicidad. El legado del pensador inglés pervive cinco siglos después, del que destaca su célebre obra Utopía.

Los habitantes de la república imaginaria que creó Tomás Moro viven en armonía porque han conseguido saber cuáles son las cosas que contribuyen a la felicidad humana.  En primer término, los utopienses se inclinan a pensar que el deleite del placer es lo que define la felicidad. Opinan que lo razonable es que los seres humanos busquen disfrutar de los placeres de la vida y eviten soportar el dolor “del que no esperas ningún fruto”.

Por placer entienden “todo movimiento y estado del cuerpo o del espíritu cuya vivencia en conformidad con la naturaleza deleita”. Pero, además, los habitantes de la república de Utopía han conseguido identificar qué placeres son los que conducen a la buena vida:

“Ahora bien, no piensan que la felicidad está en todo placer, sino en el bueno y honesto. Hacia él, como hacia el sumo bien, es arrastrada nuestra naturaleza por la virtud, única a la que la opinión contraria atribuye la felicidad.”

Para aprehender la felicidad humana hay que saber diferenciar los placeres verdaderos de los placeres adulterados, entre los que se encuentran la vanidad y la codicia:

“Qué decir de quienes acumulan riquezas para disfrutar no con el empleo de ese caudal sino con su sola contemplación?; ¿catan acaso el verdadero o son más bien burlados por un falso placer?”

En Utopía los placeres verdaderos que definen la felicidad pueden ser diversos, pudiéndose distinguir dos grandes categorías: los placeres del cuerpo y los placeres del espíritu.

En la categoría de los placeres del cuerpo figuran los que bañan los sentidos, como cuando recuperamos, con la comida y la bebida, el calor natural que hemos consumido, y la conservación de una buena salud, entendiendo en este caso el placer como ausencia del dolor de las enfermedades que no sufrimos.

Dentro de la categoría de los placeres del espíritu, Tomás Moro incluye los placeres de la inteligencia, la contemplación de la verdad, los buenos recuerdos y la segura esperanza:

“Al espíritu le adjudican el conocimiento y aquella dulzura que naciere de la contemplación de la verdad, a lo que se añade la grata memoria de una vida bien llevada y la esperanza sin vacilaciones en el bien futuro”.

Entre todos los placeres que comprenden la felicidad humana los utopienses conceden un mayor valor a los placeres del espíritu:

“Acogen, por tanto, en primer término los placeres del espíritu (pues los tienen por los primeros y principales de todos), la mayoría de los cuales creen que dimanan del ejercicio de las virtudes y de la conciencia de una vida buena”.

Para lograr la felicidad, estos placeres verdaderos del espíritu se complementan con la conservación de una salud buena y el cultivo de tres dones especiales que nos regala la naturaleza:

“La belleza, en cambio, la fortaleza, la agilidad, los cultivan gustosamente cual dones propios y agradables de la naturaleza. Hasta aquellos placeres que se perciben por los oídos, los ojos y las narices, que la naturaleza quiso fueran propios y peculiares del hombre (pues ningún otro género de animales admira la belleza y pulcritud del mundo, o se conmueve por la gracia de los olores si no es para la discriminación de alimento, ni distingue las distancias cónsonas y discordes entre sí de los sonidos), incluso éstos, digo, los persiguen como una especie de condimentos de la vida”.

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Crecimiento o desarrollo: no es lo mismo

Cuando nos referimos al progreso de las sociedades no es poco frecuente leer y escuchar cómo se emplean de forma arbitraria los conceptos de desarrollo y crecimiento, a los que, en ocasiones, se les puede añadir el calificativo de sostenible.

Con el término crecimiento impera la lógica que defiende que el objetivo prioritario de toda sociedad es el crecimiento continuo de la producción de bienes y servicios, requisito para la creación de empleo y la satisfacción de las necesidades materiales de la población. En consecuencia, se relega a un segundo plano otros objetivos que pasan a ser subsidiarios: protección medioambiental, distribución de la renta, calidad de vida…. Bajo el paradigma del crecimiento, aún hegemónico, se concluye, por tanto, que sin crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) no puede existir progreso.

Por su parte, con el concepto de desarrollo el foco se fija en la calidad. El crecimiento del PIB no es garantía de progreso social, no nos conduce per se hacia una sociedad sin desempleo, saludable, equitativa, con calidad de vida y en armonía con el medio ambiente, que le da cobijo y sustento. Bien al contrario, la producción continuada de bienes, de todo tipo, se topa con serios límites y costes, tanto medioambientales como sociales.

Consciente o inconscientemente, se confunden dos ideas, dos visiones del progreso social bien diferentes. Porque crecer no es lo mismo que desarrollarse, como bien sintetizaron en el año 1992 los autores de Más allá de los límites del crecimiento:

«Ateniéndonos a la distinción del diccionario… Crecer significa incrementar el tamaño por la asimilación o acumulación de materiales. Desarrollar significa expandir o lograr la realización de potenciales de algo; alcanzar un estado de mayor completud, tamaño o mejoría. Cuando algo crece, se hace cuantitativamente más grande; cuando se desarrolla, se hace cualitativamente mejor o, al menos, diferente. El crecimiento cuantitativo y la mejoría cualitativa siguen leyes distintas. Nuestro planeta se desarrolla a lo largo del tiempo sin crecer. Nuestra economía, un subsistema de la tierra finita y sin crecimiento, debe eventualmente adaptarse a un patrón o modelo de desarrollo similar».

Para leer más:

Donella H. Meadows, Denis L. Meadows, Jorgen Randers: Más allá de los límites del crecimiento. El País Aguilar, Madrid, 1992.

Una cita con la ciudad utopiense de Tomás Moro

Torre de Londres (Inglaterra), donde fue preso y decapitado Tomás Moro en 1535.

En su célebre obra Utopía, el pensador inglés Tomás Moro (1478-1535) describe una república insular ideal en la que sus habitantes eran felices ya que respiraban «un grado de civilización y humanismo que supera ahora casi al resto de los mortales».

En la república de Utopía existen, junto con su capital Amauroto, un total de 54 ciudades, «todas espaciosas y magníficas». En ellas sus habitantes gozan de un estilo de vida que, al no propiciar la codicia y la soberbia, impide que existan la pobreza y la inequidad.

«Toda ciudad está dividida en cuatro partes iguales. En el centro de cada una de las partes hay un mercado para todo. Se depositan allí, en casas especiales, los productos de cada familia, y se reparte cada especie por separado en almacenes. A ellos acude el padre de familia a buscar lo que él y los suyos necesitan, y sin dinero, sin ninguna compensación en absoluto, retira lo que buscare. ¿Por qué se le habrá de negar nada, si sobra de todo y no reina temor alguno de que alguien quiera recabar más de lo que es preciso? Pues, ¿por qué razón pensar que pedirá cosas innecesarias quien tiene por cierto que nunca le ha de faltar nada? Efectivamente, lo que vuelve ávido y rapaz es, en el reino todo de los vivientes, el temor a la privación, o, en el hombre, la sola soberbia, que tiene a gloria el sobrepujar a los demás en la ostentación de lo superfluo, tipo este de vicio que no tiene absolutamente ninguna cabida en las instituciones de los utopienses».

Para leer más:

Tomás Moro: Utopía. Taurus, Barcelona, 2016.

Las emisiones de gases de efecto invernadero en la UE (1990-2018)

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que generan los países de la UE-27 se han cuantificado en 3.764 millones de toneladas de CO2 equivalentes en el año 2018. Ello supone un descenso del -2,3% respecto a 2017, por lo que se retoma la senda descendente que se vio interrumpida en 2015 y 2017 cuando las emisiones registraron incrementos del 1,4% y 0,7%, respectivamente.

En un análisis temporal más amplio, se constata que desde el año 1990, cuando los GEI generadores del cambio climático emitidos a la atmósfera ascendieron 4.958 millones de toneladas, se ha producido una reducción total de las emisiones del 22,5% en el conjunto de la UE.

Las principales causas que explican la reducción de las emisiones de GEI  en la UE son diversas: el aumento de la participación del uso de las energías renovables, el menor uso de los combustibles fósiles, mejoras en la eficiencia energética, cambios económicos estructurales y la recesión económica, como señala el informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente.

En un análisis por sectores, la reducción de emisiones de GEI ha sido casi generalizada, con la significativa excepción del transporte y la refrigeración y aire acondicionado. Los mayores descensos se han observado en la industria manufacturera, la construcción, la producción de electricidad y calor, la producción de hierro y acero y la combustión residencial.

Los gases de efecto invernadero emitidos a la atmósfera son en su mayoría gases de dióxido de carbono (CO2), que representan el 81,2% del total de GEI de la UE-27 en 2018. Las emisiones de estos gases CO2 han disminuido entre 1990 y 2018 un 21,1%%. También se han reducido las emisiones de otros GEI como el metano (CH4), óxido nitroso (N2O), perfluorocarbono (PFC) y hexafluoruro de azufre (SF6). Por el contrario, se han incrementado las emisiones de hidrofluorocarbono (HFC) y de trifluoruro de nitrógeno (NF3).

En un análisis por países, en el año 2018 dos tercios (el 65,8%) del total de emisiones de GEI de la UE-27 procedían de cinco países: Alemania (22,8%), Francia (11,8%), Italia (11,4%), Polonia (11,0%) y España (8,9%).

Durante el periodo 1990-2018 la mayoría de los países de la Unión han reducido sus emisiones de GEI, contabilizándose las disminuciones absolutas más importantes en los dos Estados miembros más emisores, Alemania (391.090 Mt menos) y Francia (103.511), y en Rumanía (131.879).

En términos porcentuales, entre 1990 y 2018 las mayores reducciones se han registrado en Lituania (-57,8%), Letonia (-55,5%), Rumanía (-53,2%) y Estonia (-50,4%).

Por el contrario, son cinco los países de la Unión Europea los que han aumentado sus emisiones de CO2 durante el periodo 1990-2018: Chipre (55,0%), España (15,5%), Portugal (15,0%), Irlanda (9,9%) y, en menor medida, Austria (0,6%).

De cara al futuro, los últimos objetivos asumidos por la UE en el Pacto Verde Europeo apuntan a proseguir por la senda de continuada reducción de las emisiones de GEI, de modo que se alcance una disminución de al menos un 50% en 2030 y se logre la neutralidad climática en 2050.

Para más información:

EEA: Annual European Union greenhouse gas inventory 1990–2018 and inventory report 2020

Eurostat