La naturaleza perdida: una cita con el Dalai Lama

Osos tibetanos. Zoológico en Darjeeling, India.

Tenzin Gyatso, el líder espiritual tibetano más conocido como Dalai Lama, no ha sido insensible al devenir ecológico de nuestro planeta. Sin ir más lejos, las tierras que conoció durante su infancia son, como nos recuerda, un claro y desafortunado ejemplo de cómo las presiones sobre la biodiversidad y los ecosistemas se han intensificado durante las últimas décadas.

Así nos lo testifica el Dalai Lama en el siguiente fragmento de uno de sus libros autobiográficos:

“Desde el punto de vista de la vida salvaje, el Tíbet en el que crecí era un paraíso. Incluso en Lhasa uno no dejaba de sentirse en contacto con la naturaleza. De niño, en mis aposentos en la cima del Potala (el palacio de invierno de los Dalai Lama), dediqué un sinnúmero de horas al estudio del comportamiento de los khyungkars de pico rojo que anidaban en las fisuras de los muros. Detrás del Norbulingka (el palacio de verano), a menudo veía en las marismas parejas de grullas japonesas de cuello negro, pájaros que simbolizan la elegancia y la gracia. Por no hablar de la gloria de la fauna tibetana, compuesta por los osos y los zorros de las montañas, los lobos, el leopardo de las nieves y el lince (terror del campesino nómada), o el panda gigante, originario de la región fronteriza entre el Tíbet y China.

Por desgracia, esa profusión de vida salvaje ha dejado de existir. A todos los tibetanos con los que he hablado y que han regresado al país después de treinta o cuarenta años les ha sorprendido enormemente la ausencia de vida animal. Si antaño las bestias salvajes se acercaban incluso a sus casas, en la actualidad no se las ve casi por ningún lado”.

Para leer más:

Dalai Lama: Mi biografía espiritual. Editorial Planeta, Barcelona, 2010.

La evolución de las aves en la UE (1990-2020)

Como expresa la Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030 “la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se encuentran entre las mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad ante la próxima década”.

Un magnífico indicador que nos alerta de cómo está evolucionando la calidad y cantidad de los ecosistemas son las aves. Gracias a la comunidad científica sabemos que la presencia de aves es un buen semáforo de la salud de los ecosistemas, de su diversidad e integridad.

La mayor o menor población de aves, así como su mayor o menor diversidad de especies, en un ecosistema determinado, nos permite conocer más sobre la calidad del propio ecosistema donde se alimentan, viven y respiran. En definitiva, las aves nos adelantan información valiosa sobre la calidad del medio ambiente y la sostenibilidad real del resultado final que originan las diversas actividades (producción, consumo…) que llevamos a cabo los humanos con nuestras metas de desarrollo.

En el contexto europeo, la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) viene publicando desde hace años el Índice de Aves Comunes, que nos informa desde un punto de vista cuantitativo sobre cómo ha evolucionado la presencia de aves en Europa. Dicho índice recoge las observaciones obtenidas en los 27 Estados miembros de la UE para un total de 167 especies de aves que viven en tierras de cultivo (39), en ecosistemas forestales (34) y en otros hábitats como parques y jardines (94).

Se cuenta con un amplio horizonte temporal (1990-2020) para dicho Índice de Aves Comunes de la UE, que toma como base de referencia el año 2000 (índice 2000=100). Y los resultados obtenidos hasta hoy no son satisfactorios, bien al contrario. Todo apunta que durante las tres últimas décadas hemos asistido a una continuada disminución de las poblaciones de aves en la Unión Europea y, por tanto, también al progresivo deterioro de nuestros espacios naturales. Como se observa en el siguiente gráfico, dicho índice de aves ha descendido desde un valor de 104,2 en el año 1990 a 90,4 en 2020, lo que supone una caída del 13,3%.

De forma complementaria al Índice de todas las Aves Comunes, Eurostat elabora otros dos índices compuestos. El primero, el índice de aves comunes de bosques, circunscrito a 34 especies, nos revela que se ha producido un descenso del 3,3% durante el periodo 1990-2020, al pasar de 106,7 a 103,3. Con este indicador se aprecia que solo durante la última década se ha logrado una mejoría, si bien paulatina, tras los sucesivos descensos registrados en los veinte años previos.

Por su parte, el segundo índice, el índice de aves comunes de tierras de cultivo, que comprende 39 especies, presenta una tendencia claramente descendente entre 1990 (119,8) y 2020 (75,6), habiéndose registrado, por tanto, una reducción del 36,9% en el periodo analizado. Como afirma la propia Estrategia para la biodiversidad 2030 las aves de hábitats agrícolas son indicadores clave de la salud de los agroecosistemas y vitales para la producción agrícola y la seguridad alimentaria, concluyendo que “su alarmante disminución tiene que invertirse”.

En el ámbito de las aves, cabe recordar asimismo lo que ya expresaba la Directiva comunitaria relativa a la conservación de las aves silvestres en el año 2009:

«En el territorio europeo de los Estados miembros, una gran cantidad de especies de aves que viven normalmente en estado salvaje padecen de una regresión en su población, muy rápida en algunos casos, y dicha regresión constituye un grave peligro para la conservación del medio natural, en particular debido a la amenaza que supone para el equilibrio biológico».

Para más información:

Eurostat

Directiva 2009/147/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 30 de noviembre de 2009, relativa a la conservación de las aves silvestres

Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030

Cuando Humboldt se despide del volcán del Teide

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El naturalista prusiano Alexander von Humboldt (1769-1859), en su viaje rumbo a las Indias Occidentales en el año 1799, reparó durante una semana en las Islas Canarias, en particular en Tenerife. En esta isla se propuso como objetivo subir al pico del Teide, de más de 3.700 metros de altitud.

Dejó la isla el 25 de junio de 1799. Mientras la corbeta Pizarro se alejaba de Santa Cruz de Tenerife rumbo a América del Sur, Humboldt contempló por última vez el volcán del Teide, cuya cima coronó días atrás:

«Perdimos pronto de vista las islas Canarias, cuyas elevadas montañas estaban cubiertas de un vapor coloraduzco. Sólo el Pico aparecía una que otra vez cuando aclaraba, sin duda porque el viento que había en las altas regiones del aire dispersaba a intervalos las nubes que envolvían el Pilón. Por vez primera experimentamos cuán vivas son las impresiones que produce el aspecto de estas tierras colocadas en los límites de la zona tórrida, en las que la naturaleza se muestra a la vez tan rica, imponente y maravillosa».

Para leer más:

Alfred Gebauer (2014): Alexander von Humboldt. Su semana en Tenerife 1799.

Un día de mayo en la vida de Robin Hood

En Las alegres aventuras de Robin Hood, la célebre obra de Howard Pyle (1853-1911), las hazañas justicieras de los forajidos del bosque de Sherwood también encuentran momentos de disfrute de la naturaleza.

La primavera de las tierras de la vieja Inglaterra de Nottinghamshire invita a gozar de la paz que transmite la naturaleza, a través del aroma de las plantas, la sombra de los árboles o el sonido melodioso del agua.

Era un día del florido mes de mayo cuando, tras una larga marcha, Robin Hood y sus compañeros, el Pequeño John y Arthur de Bland, hicieron un alto en el camino para saciar la sed. Así nos describe Howard Pyle cómo era aquel apacible lugar:

«Tras haber recorrido cierta distancia bajo el sol implacable y tragando polvo, Robin empezó a sentir sed; sabiendo que detrás del seto había una fuente de agua fresca como el hielo, saltaron la empalizada y llegaron al manantial, cuyas aguas burbujeantes brotaban bajo una piedra. Arrodillándose y formando copas con las manos bebieron hasta saciarse y después, pareciéndoles que el lugar invitaba al descanso, se tumbaron a la sombra para reposar un rato.

Frente a ellos, al otro lado del seto, el polvoriento camino se extendía a través de la llanura; tras ellos se extendían praderas y campos de trigo verde que maduraba al sol; y sobre sus cabezas se extendía la fresca sombra de las ramas de un haya. A sus narices llegaba la agradable fragancia de las violetas y el tomillo, que crecían aprovechando la humedad de la fuente; y a sus oídos, el melodioso borboteo del agua; todo lo demás era sol y silencio, roto tan solo de vez en cuando por el lejano canto de un gallo que llegaba en alas de la brisa, o por el hipnótico zumbido de los abejorros que revoloteaban entre las flores de trébol, o por la voz de una mujer, procedente de una granja cercana. Todo era tan apacible, tan repleto de los encantos del florido mes de mayo, que durante un largo rato ninguno de los tres pronunció palabra, quedándose tendidos de espaldas, mirando el cielo a través de las hojas de los árboles, agitadas por la brisa”.

Para leer más:

Howard Pyle: Las alegres aventuras de Robin Hood. Editorial Salvat, Barcelona, 2021.

La naturaleza y la vida: una cita con Robin Hood

En Las alegres aventuras de Robin Hood, la célebre obra de Howard Pyle (1853-1911), el bosque de Sherward es el hábitat natural del célebre protagonista y su banda de forajidos. Allí se encontraban a salvo de las manos del sheriff, que trataba de capturarlos en respuesta a sus hazañas justicieras contra los ricos explotadores de Nottinghamshire. Al mismo tiempo, viviendo en medio de la foresta, Robin Hood y sus compañeros conseguían hacer de Sherward un lugar apacible donde disfrutar de las bondades de la naturaleza.

Pero, atravesando los límites del bosque, la mirada de Robin también era capaz de percibir la belleza de las tierras circundantes.

“Tuvieron que caminar largo rato hasta salir de Sherwood y llegar al valle del río Rother. El panorama allí era diferente del que se veía en el bosque; setos, extensos campos de cebada, tierras de pastos que ascendían hasta unirse con el cielo, y todo salpicado de rebaños de ovejas blancas, henares que despedían el olor penetrante del heno recién segado, amontonado en ringleras sobre las que volaban los vencejos en rápidas pasadas; visiones muy diferentes de la frondosa espesura de los bosques, pero igualmente bellas. Robin guiaba a su banda, caminando alegremente con el pecho hinchado y la cabeza erguida, aspirando el aroma de la brisa que llegaba desde los henares.

-Verdaderamente -dijo-, el mundo es muy hermoso, tanto aquí como en el bosque. ¿Quién dijo que era un valle de lágrimas? A mi entender, son las tinieblas de nuestra mente las que hacen sombrío el mundo”.

Para leer más:

Howard Pyle: Las alegres aventuras de Robin Hood. Editorial Salvat, Barcelona, 2021.

Una cita con Cairasco de Figueroa: la vida de Doramas en el bosque

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En la isla de Gran Canaria (Canarias) existió un gran bosque de laurisilva, cuya frondosa vegetación reunía gran diversidad de plantas (til, laurel, sabina, palo blanco, mocán, brezal, cerraja, poleo, salvia…)

Con la conquista de la isla en el siglo XV esta selva primigenia sufrió la continuada intervención del hombre a través de repartimientos de tierras entre propietarios privados que transformaron este valioso bien público en suelo para la explotación agraria y forestal.

Hoy, cinco siglos después, nos quedan solo pequeños vestigios de aquel emblemático bosque, y también admirables textos de escritores como los de Bartolomé Cairasco de Figueroa (1538-1610) que permiten rememorar un pasado natural malogrado.

Cairasco de Figueroa, considerado uno de los fundadores de la literatura de Canarias, escribió Comedia del recibimiento, obra de teatro en la que el autor escoge como protagonista al célebre Doramas, el gran guanarteme aborigen que hizo frente a los conquistadores y habitó en aquel exuberante bosque que recibiría su nombre.

Traemos hasta aquí el siguiente fragmento de la clásica obra de Bartolomé Cairasco de Figueroa perteneciente a la escena tercera:

"Yo soy aquel Doramas tan famoso
que en cuanto el sol rodea y el mar baña
he dilatado el nombre generoso
que aún vive entre umbrífera montaña.
En ella tuve ya dulce reposo,
albergue ameno, próspera cabaña,
gozando de sus frutas y arboleda
sin temor de Fortuna y de su rueda.
Aquí la excelsa palma a pocos dada,
el recio barbusano, el til derecho,
verde laurel, sabina colorada,
el palo blanco a tantos de provecho,
la madreselva yedra enamorada,
la gilbarbera, el húmedo helecho
sirvieron a mi frente de corona
por el honor debido a mi persona.
Aquí, cansado de correr la tierra,
ganando mil victorias cada día,
templaba el duro estilo de la guerra
con una natural filosofía;
y en un profundo valle y alta sierra
gozaba del murmurio y armonía
de claras fuentes y parleras aves,
unas en tono agudo y otras graves".

Para leer más:

Bartolomé Cairasco de Figueroa: Comedia del recibimiento. Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2017.

Pino Betancor: la tierra es nuestro hogar

La escritora española Pino Betancor (1928-2003), con su poemario Dejad crecer la hierba (2002), nos legó una sentida llamada para que el ser humano procure un mundo justo y en paz, donde no existan las guerras que amenazan la vida en la tierra que nos acoge.

A la par sus versos, dirigidos en particular a los niños, los futuros guardianes del mundo de mañana, se convierten en una abierta invitación para que no nos distanciemos del medio natural y seamos capaces de convivir armoniosamente con él. Como expresan los siguientes versos seleccionados, su poesía es un auténtico canto de amor a la Tierra:

Dejad que crezca el árbol,
que siga siendo
la casa de las aves
susurrante verdor
de los caminos.

Dejad crecer la hierba,
que los campos no dejen
de ser mares de espigas,
alfombras de olivos verde-gris,
tapices de rosados almendros.

Dejad crecer la hierba…!

Que el agua saltarina de los ríos
vuelva a ser lecho puro
donde vivan los peces,
líquida agua marina
entre los labios.

Dejad crecer la hierba…!

En este mundo nuestro,
planeta azul y verde,
pudiera de repente apagarse la vida.

Pudiera ser tan solo
un cascarón vacío,
convertido en ceniza,
polvo y muerte.

La tierra es nuestro hogar,
y es para todos.

Los pueblos son estancias
de un único edificio
que debéis preservar de la ruina.

 

Para leer más:

Betancor, Pino: Nada más que esa luz. Ediciones La Palma, Madrid, 2016.

El cocodrilo, en el verso de Pino Betancor

Con el poema El viejo cocodrilo (2001), la escritora española Pino Betancor (1928-2003) dedicó su pluma en verso a un animal salvaje que vive en los grandes ríos verdes de nuestro planeta. Hasta que un día la mano utilitaria del hombre lo caza y le cambia su destino…

Hace cien años fue
un animal salvaje.
Los grandes ríos verdes
le lamieron la piel
y la selva encendida

puso su luz en ella.
Un día le cazaron,
y con su piel hicieron
un gran bolso de viaje.
Subió a los grandes barcos,

recorrió los andenes,
conoció mil países
aquel lujoso bolso.
Su oscura piel brillante
ocultaba el pasado

del animal salvaje
a quien todos temían.
El animal que supo
de lluvias torrenciales
y amaneceres rojos.

Cuando me lo entregaron
ya era un pequeño bolso
para ir al teatro,
o llevar a una cena.
Su destino ya no era

los lejanos viajes fabulosos
Ahora que el mundo es otro,
que mi alma viajera se ha perdido
y oscurece en mi vida
lentamente.

Ahora casi nunca lo saco del armario,
al viejo cocodrilo.

Para leer más:

Betancor, Pino: Nada más que esa luz. Ediciones La Palma, Madrid, 2016.

Los ríos en la memoria del economista Amartya Sen

Bengala, la India.

El economista indio Amartya Sen nos cuenta en su libro de memorias Un hogar en el mundo cómo, tras el transcurrir de las décadas, le ha marcado para siempre el viaje que hiciera con su familia, siendo un niño, por el Padma y otros ríos de la India. 

Los días en barco que pasó por aquella red fluvial de Bengala atraparon su curiosidad infantil a la vez que le despertaron la emoción por un mundo natural que hasta entonces desconocía.

“Cuando estaba a punto de cumplir nueve años, mi padre me contó que estaba haciendo los arreglos para que pasáramos un mes de las vacaciones de verano en una casa flotante (con un pequeño motor) y recorriéramos una red fluvial. Pensé que se acercaba uno de los grandes acontecimientos de mi vida, y efectivamente así fue. Los días que pasamos en aquel barco que se movía lentamente fueron tan emocionantes como había esperado. Primero recorrimos el Padma, y después otros ríos, como el cautivadoramente manso Dhaleshwari y el magnífico Meghna. Todo era impresionante. Las plantas no solo se encontraban en los márgenes del río, sino también bajo la superficie del agua, eran lo más extraño que había visto en mi vida. Los pájaros que volaban en círculos sobre nuestra cabeza o se posaban en el barco me llamaban poderosamente la atención y podía alardear delante de Manju, que entonces tenía cinco años, de identificar a algunos por sus nombres. El sonido constante del agua se extendía a nuestro alrededor, completamente distinto al de nuestro tranquilo jardín de Daca. En los días ventosos, las olas rompían ruidosamente en los flancos del barco.

Entre los peces había especies que nunca había visto, y mi padre, que al parecer sabía todo sobre el tema, trataba de ayudarme a distinguir sus rasgos. También había pequeños delfines de río que se alimentaban de otros peces -en bengalí, el nombre es shushuk (el nombre científico: Platanista gangetica)-, eran negros y brillantes, subían a la superficie para respirar y después hacían largas inmersiones. Disfrutajba de su dinamismo y elegancia de lejos, no me animaba a acercarme por miedo a que confundieran los dedos de mis pies con algún pez desconocido”.

Para leer más:

Sen, A.: Un hogar en el mundo. Memorias. Ed. Taurus, Barcelona, 2021.

Una cita con Sabino Berthelot y los montes canarios

El ilustre naturalista francés Sabino Berthelot (1794-1880) fue un apasionado estudioso de la naturaleza de las Islas Canarias, a la que dedicó buena parte de su vida. Como botánico y buen observador nos dejó escritas no solo unas rigurosas descripciones de la riqueza vegetal de este archipiélago atlántico sino también unos textos llenos de sensibilidad literaria con los que llegamos a percibir de forma vívida el amor a unos bosques para los que reclamaba su imprescindible protección.

El siguiente pasaje, extraído de su obra Árboles y bosques, nos invita a adentrarnos en esa foresta única que atesoran los montes canarios:

“Por sus caracteres propios, los montes canarios, compuestos de árboles siempre verdes, no tienen casi nada de común con los de nuestros climas de Europa; ellos revisten los declives de las montañas y los precipicios de los grandes barrancos que los atraviesan hasta una elevación media. Cuando se llega a esta región nemoral se experimenta un sentimiento de bienestar y de admiración indecible; la espesura del ramaje en algunos sitios no serviría de obstáculo al deseo de verlo todo y de procurarse nuevos goces. Se vaga largo tiempo bajo estos macizos de follaje y entre esas tribus de árboles y de plantas que se oprimen y se confunden. Los musgos revisten los troncos y las ramas a la manera de un forro de terciopelo; el aspecto de los helechos que cubren el suelo, sus variadas formas, el precioso desarrollo de sus frondas, todo os sorprende y os encanta; pero cuando al llegar a la orilla del monte se sale de debajo de estas grandes arboledas y se descubre súbitamente al resplandor del sol los valles de la costa, el mar y su bello horizonte, no hay cuadro que pueda representar un golpe de vista semejante”.

Para leer más:

Berthelot, S.: Árboles y bosques. Ed. José A. Delgado Luis, La Orotava, 1995.