Tenzin Gyatso, el líder espiritual tibetano más conocido como Dalai Lama, nos recuerda, en uno de sus libros autobiográficos, que no debemos olvidar que nuestro hogar es “nuestra Madre Tierra”.
Tenemos la responsabilidad de cuidar este planeta para garantizar el porvenir del ser humano y de los demás seres vivimos, no sobrepasando con nuestra acción sus límites ecológicos.
“Del mismo modo, nuestro planeta es nuestra casa y debemos tratarlo con cuidado para asegurar nuestra felicidad, la de nuestros hijos, la de nuestros amigos y la de los demás seres sensibles que comparten con nosotros este gran habitáculo. Si pensamos que nuestro planeta es nuestra casa o nuestra madre, nuestra Madre Tierra, seguro que cuidaremos de él.
En la actualidad, comprendemos que el porvenir de la humanidad depende de nuestro planeta, cuyo futuro, a su vez, depende de la humanidad. Pero esto no siempre ha estado tan claro. Hasta ahora, nuestra Madre Tierra había podido tolerar nuestras negligencias, pero, en la actualidad, los comportamientos humanos, la población y la tecnología han alcanzado tal nivel de descuido que nuestra Madre Tierra ya no puede tolerar en silencio. ‘Mis hijos se portan mal’, previene ella para que tomemos conciencia de que hay límites que no debemos transgredir”.
Para leer más:
Dalai Lama: Mi biografía espiritual. Editorial Planeta, Barcelona, 2010.
Desde hace varias décadas el crecimiento económico viene rigiendo en la sociedad como la máxima prioridad para lograr la prosperidad de los países. Se ha llegado a instaurar como verdad indiscutible que lo prioritario para el bienestar de la población es aumentar cada año la producción de bienes y servicios, es decir, el Producto Interior Bruto (PIB).
Sin embargo, economistas como Herman E. Daly (1938-2022), reconocido, entre otros, con el Premio Right Livelihood, han aportado una visión más completa de la realidad económica, realidad que según este economista ecológico no puede entenderse sino como un subsistema del ecosistema que lo sostiene.
Para Daly todo economista que pretenda defender el objetivo del crecimiento del PIB como indicador supremo debe hacerse al menos dos preguntas previas.
En primer lugar, parece evidente que si se conviene en perseguir el objetivo el crecimiento económico, el economista debería conocer a priori cuál ha de ser la magnitud óptima de ese crecimiento, es decir, cuán grande ha de ser la economía. Lo cierto es que, en la práctica, esta pregunta nunca se plantea.
Y, en segundo lugar, el verdadero economista no solo debe estudiar de una economía los flujos de bienes y servicios que se producen sino también todos los flujos de materiales y energía procedentes del medio ambiente que se emplean en el proceso económico, así como todos los residuos y emisiones que genera. Si llevásemos a cabo una contabilización completa, evaluando los beneficios de la producción frente a los costes ambientales y sociales que la misma provoca, el objetivo del crecimiento económico dejaría de ostentar ese papel hegemónico que aún posee como indicador de prosperidad.
“¿Cuán grande debería ser la economía, cuál es su magnitud óptima en relación al ecosistema? Si fuésemos verdaderos economistas, detendríamos el crecimiento del flujo de materiales antes de que los costes ambientales y sociales extra que genera sean mayores que los beneficios extra de la producción que obtienen. El PIB no nos ayuda a encontrar este punto, pues está basado en conjuntar tanto los costes como los beneficios dentro de la ‘actividad económica’, en lugar de compararlos al margen. Hay abundante evidencia de que algunos países han soprepasado esta magnitud óptima, y han entrado en una era de crecimiento no económico o antieconómico que acumula despilfarro a un ritmo mayor del que genera riqueza. Una vez que el crecimiento se torna no económico en el margen, comienza a volvernos más pobres, no más ricos. De ahí que no se pueda seguir apelando a él como algo necesario para combatir la pobreza. En realidad, hace más difícil combatir la pobreza”.
Para leer más:
Herman E. Daly: «Prólogo» a Prosperidad sin crecimiento, de T. Jackson (2011).
Herman E. Daly: Beyond Growth. The economics of sustainable development. Bacon Press, Boston, 1996.
Como expresa la Estrategia de la UE para la biodiversidad de aquí a 2030 “la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se encuentran entre las mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad ante la próxima década”.
Un magnífico indicador que nos alerta de cómo está evolucionando la calidad y cantidad de los ecosistemas son las aves. Gracias a la comunidad científica sabemos que la presencia de aves es un buen semáforo de la salud de los ecosistemas, de su diversidad e integridad.
La mayor o menor población de aves, así como su mayor o menor diversidad de especies, en un ecosistema determinado, nos permite conocer más sobre la calidad del propio ecosistema donde se alimentan, viven y respiran. En definitiva, las aves nos adelantan información valiosa sobre la calidad del medio ambiente y la sostenibilidad real del resultado final que originan las diversas actividades (producción, consumo…) que llevamos a cabo los humanos con nuestras metas de desarrollo.
En el contexto europeo, la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) viene publicando desde hace años el Índice de Aves Comunes, que nos informa desde un punto de vista cuantitativo sobre cómo ha evolucionado la presencia de aves en Europa. Dicho índice recoge las observaciones obtenidas en los 27 Estados miembros de la UE para un total de 167 especies de aves que viven en tierras de cultivo (39), en ecosistemas forestales (34) y en otros hábitats como parques y jardines (94).
Se cuenta con un amplio horizonte temporal (1990-2020) para dicho Índice de Aves Comunes de la UE, que toma como base de referencia el año 2000 (índice 2000=100). Y los resultados obtenidos hasta hoy no son satisfactorios, bien al contrario. Todo apunta que durante las tres últimas décadas hemos asistido a una continuada disminución de las poblaciones de aves en la Unión Europea y, por tanto, también al progresivo deterioro de nuestros espacios naturales. Como se observa en el siguiente gráfico, dicho índice de aves ha descendido desde un valor de 104,2 en el año 1990 a 90,4 en 2020, lo que supone una caída del 13,3%.
De forma complementaria al Índice de todas las Aves Comunes, Eurostat elabora otros dos índices compuestos. El primero, el índice de aves comunes de bosques, circunscrito a 34 especies, nos revela que se ha producido un descenso del 3,3% durante el periodo 1990-2020, al pasar de 106,7 a 103,3. Con este indicador se aprecia que solo durante la última década se ha logrado una mejoría, si bien paulatina, tras los sucesivos descensos registrados en los veinte años previos.
Por su parte, el segundo índice, el índice de aves comunes de tierras de cultivo, que comprende 39 especies, presenta una tendencia claramente descendente entre 1990 (119,8) y 2020 (75,6), habiéndose registrado, por tanto, una reducción del 36,9% en el periodo analizado. Como afirma la propia Estrategia para la biodiversidad 2030 las aves de hábitats agrícolas son indicadores clave de la salud de los agroecosistemas y vitales para la producción agrícola y la seguridad alimentaria, concluyendo que “su alarmante disminución tiene que invertirse”.
En el ámbito de las aves, cabe recordar asimismo lo que ya expresaba la Directiva comunitaria relativa a la conservación de las aves silvestres en el año 2009:
«En el territorio europeo de los Estados miembros, una gran cantidad de especies de aves que viven normalmente en estado salvaje padecen de una regresión en su población, muy rápida en algunos casos, y dicha regresión constituye un grave peligro para la conservación del medio natural, en particular debido a la amenaza que supone para el equilibrio biológico».
En 2015 las Naciones Unidas puso en marcha un ambicioso proyecto de carácter mundial: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Este documento establece compromisos que se concretan en un conjunto de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que abordan las tres dimensiones del desarrollo: social, económica y medioambiental. Uno de esos objetivos es el ODS11 dedicado a Ciudades y comunidades sostenibles.
En la Agenda 2030 el ODS11 queda definido en los siguientes términos:
«Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles»
La consecución del ODS11 compromete a los países del planeta a adoptar medidas como las siguientes:
Asegurar el acceso de todas las personas a viviendas y servicios básicos adecuados, seguros y asequibles y mejorar los barrios marginales.
Proporcionar acceso a sistemas de transporte seguros, accesibles y sostenibles para todos y mejorar la seguridad vial, en particular mediante la ampliación del transporte público.
Aumentar la urbanización inclusiva y sostenible.
Redoblar los esfuerzos para proteger y salvaguardar el patrimonio cultural y natural.
Reducir significativamente el número de muertes causadas por los desastres.
Reducir el impacto ambiental negativo per cápita de las ciudades, con especial atención a la calidad del aire y la gestión de los residuos.
Proporcionar acceso universal a zonas verdes y espacios públicos seguros, inclusivos y accesibles.
Para conocer los progresos que van alcanzando los países respecto a los 17 ODS, SDSN y Bertelsmann Stiftung han venido elaborando periódicamente Informes de evaluación desde 2015. Su metodología utiliza índices sintéticos, cuyos valores pueden oscilar entre 0, cuando el país se encuentra en la peor situación, y 100, cuando, por el contrario, el país se encuentra en la mejor posición respecto al cumplimiento de los ODS.
La última edición del Informe, Sustainable Development Report 2022,nos permite conocer de forma aproximada la situación más actual de las ciudades y comunidades del planeta, país por país, y en qué grado se va cumpliendo el ODS11 ante el horizonte temporal fijado para 2030.
En el caso del ODS11 se ha construido un índice sintético a partir de cuatro indicadores disponibles para un total de 162 países. Son los siguientes:
Porcentaje de población urbana que vive en barrios marginales.
Concentración anual media de partículas de menos de 2,5 micrones de diámetro en zonas urbanas (mg/m3).
Porcentaje urbana de población con acceso a agua potable.
Grado de satisfacción de la población con el transporte público.
En el Informe de 2022 se hace particular mención a los impactos que ha traído la pandemia del COVID-19. La crisis sanitaria ha afectado a las tres dimensiones del desarrollo sostenible (económica, social y medioambiental) y, por tanto, a varios de los 17 ODS. Por lo que se refiere al ODS11 se concluye que, de acuerdo con los datos disponibles, los impactos socioeconómicos y sanitarios de la pandemia han sido más intensos para las personas que viven en barrios marginales o zonas desfavorecidas de las ciudades.
En un análisis por países, los resultados obtenidos correspondientes al ODS11 (Ciudades y comunidades sostenibles) concluyen que de los 162 países evaluados el mejor situado es Brunéi (99,8). No obstante, es necesario destacar que este resultado debe de interpretarse con cautela ya que para el caso de Brunéi en dos de los cuatro indicadores que miden el ODS11, en concreto “población en barrios marginales” y “satisfacción del transporte público”, el Informe de 2022 no ha dispuesto de datos.
A continuación, se encuentra con el mayor valor del índice del ODS11, con una puntuación próxima a 100, es decir, el máximo cumplimiento del ODS11 de la Agenda 2030, Suiza (99,1). Le siguen también con altas puntuaciones Luxemburgo (97,1), Países Bajos (96,5), Dinamarca (95,1), República Checa (94,9), Singapur (94,7), Noruega (94,0), Fiyi (93,5) y España (93,1).
De este grupo de países tres presentan sus cuatro indicadores del ODS11 en color «verde», es decir, progresan satisfactoriamente en el cumplimiento de este objetivo: Suiza, Luxemburgo y Dinamarca.
Por el contrario, los países con la situación relativa más desfavorable respecto al grado de sostenibilidad de sus ciudades y comunidades son Sudán del Sur (13,8) y República Centroafricana (16,2). Para ambos los cuatro indicadores del ODS11 permanecen «en rojo» (persisten grandes retos). Les siguen con bajas puntuaciones otros países también principalmente africanos: Nigeria (26,2), Chad (26,7), Liberia (28,2), Afganistán (29,3) y Sudán (30,3). Asimismo, con puntuaciones inferiores a 40 se encuentran Haití (31,7), Catar (35,7), Sierra Leona (35,9), Togo (37,2) y Mauritania (38,6).
Por su especial importancia económica y/o demográfica, cabe mencionar, en particular, a cuatro países: Estados Unidos, que ocupa la posición 19 en el ranking mundial del índice del ODS11, Federación Rusa (41), China (65) y la India (133).
Finalmente, hay que destacar que las diferencias entre países son particularmente grandes en el ODS11, cifrándose una distancia de 86 puntos entre los países mejor y peor situados. Dicha brecha es muy superior a la que existe si utilizamos el índice general de los 17 ODS, que se cuantifica en 47,5 puntos.
En 2015 la ONU puso en marcha el ambicioso proyecto de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Se trata de una estrategia de alcance mundial, cuyo compromiso se concreta en lograr, durante la presente década, diecisiete objetivos de desarrollo sostenible (17 ODS), que cubren las tres dimensiones del desarrollo: económica, social y medioambiental.
Para evaluar los progresos en la consecución de los 17 ODS, la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN, por sus siglas en inglés) y la fundación Bertelsmann Stiftung vienen publicando desde hace varios años diferentes informes periódicos que tratan de evaluar cómo están avanzando los países en el cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible.
Con carácter genérico, la metodología utilizada permite disponer de un índice ODS que resume en un único valor los resultados mostrados por la amplia batería de indicadores recabados (94 en la edición de 2022) para medir la totalidad de los 17 ODS (a los cuales se les otorga igual importancia).
El índice ODS es, por tanto, un indicador sintético de desarrollo sostenible, cuyo valor puede oscilar entre 0, cuando el país se encuentra en la peor situación respecto al cumplimiento de los objetivos de la Agenda 2030, y 100, cuando el país se sitúa en la mejor posición respecto a su cumplimiento.
Con la edición de 2022 del Informe de Desarrollo Sostenible, la octava desde 2015, se han podido evaluar, a través del índice ODS, los progresos en materia de desarrollo sostenible de un total de 163 países. Entre las conclusiones generales del Informe podemos destacar las siguientes:
El índice ODS de 2022 no recoge aún el impacto total de la pandemia de COVID-19 ni los posibles efectos de la guerra de Ucrania, debido a los retrasos en la disponibilidad de los datos.
Así todo, por segundo año consecutivo el mundo no realiza progresos en el cumplimiento de los ODS. La actual crisis sanitaria y de seguridad, intensificada por las crisis climática y de biodiversidad, está poniendo en tela de juicio la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030. El descenso del valor del índice ODS registrado desde 2019 se debe principalmente a un retroceso en dos objetivos socioeconómicos: ODS 1 (Fin de la pobreza) y ODS 8 (Trabajo decente y crecimiento económico). La crisis múltiple ha hecho que la proporción de personas en situación de pobreza extrema haya aumentado significativamente durante los dos últimos años. También se han visto afectados el ODS 2 (Fin del hambre), el ODS 3 (Salud y bienestar) y el ODS 4 (Educación de calidad).
El éxito de los ODS se está viendo condicionado por las graves restricciones financieras a las que se enfrentan los países en desarrollo. Se hace necesario contar con un plan de financiación de la Agenda 2030 para todos los países.
Los países ricos generan efectos indirectos socioeconómicos y ambientales negativos sobre los demás, principalmente a través de cadenas de suministro y comercio insostenibles. Aproximadamente el 40% de la huella de carbono de la Unión Europea relacionada con su consumo de bienes y servicios tiene lugar en otros países.
En un análisis más detallado por países, el informe de 2022 nos revela que siguen existiendo diferencias muy importantes respecto al grado de consecución de los objetivos de la Agenda 2030.
Así, los tres países que presentan un mayor valor del índice ODS son Finlandia (86,5), Dinamarca (85,6) y Suecia (85,2), al igual que ha venido ocurriendo en años anteriores. Les siguen otros países también de alta renta per cápita y del continente europeo: Noruega (82,3), Austria (82,3,), Alemania (82,2), Francia (81,2) y Suiza (80,8).
En el otro extremo, los menores índices de desarrollo sostenible los presentan, al igual que en la edición de 2021, tres países africanos de baja renta: Sudán del Sur (39,0), República Centroafricana (39,3) y Chad (41,3). Les siguen, a continuación, varios países también del continente africano, que anotan índices ODS no superiores a 50: Somalia (45,6), Sudán (49,6), Liberia (49,9) y República Democrática del Congo (50,0).
Finalmente, dentro del amplio grupo intermedio de 113 países, cabe destacar, dado su peso económico y/o demográfico, a Estados Unidos, que ocupa la posición 41, de modo que desciende nueve puestos respecto a 2021 en el ranking mundial del índice de desarrollo sostenible. Asimismo, en 2022 la Federación Rusa ocupa la posición 45 , China se sitúa en la 57 y la India en la 121.
La ciudad de Copenhague se ha convertido en un referente para otras urbes en el camino de la sostenibilidad. Tras recibir diversos premios, en 2014 ostentó el título de Capital Verde Europea, un reconocimiento que otorga anualmente la Comisión Europea para distinguir los esfuerzos de las ciudades en materia de medio ambiente y desarrollo sostenible.
Capital danesa es una ciudad de tamaño mediano, cuyos límites municipales abarcan una superficie de 74,4 km2 donde residen unos 644.000 habitantes (a 1 de enero de 2022), esto es, el 11% de la población de Dinamarca. Considerando la región del Gran Copenhague la población urbana se eleva a los 1,3 millones de habitantes (el 23% del país).
Diversas son las razones que llevaron al jurado a otorgar la distinción de Capital Verde Europea 2014 a Copenhague. Entre ellas destacamos las siguientes:
Cambio climático ciudad de Copenhague desea contribuir al gran desafío global del calentamiento climático. Por ello aspira a ser en 2025 la primera capital del mundo neutra en carbono, reduciendo al mínimo las emisiones de CO2 y compensar ese mínimo diversas iniciativas sostenibles.
En concreto, el municipio se ha fijado el objetivo de disminuir las emisiones desde las 1,8 millones de toneladas al año de 2013 hasta las 1,2 millones en 2025.
Energía
Existe frente a la costa de Copenhague un gran parque eólico marino que suministra parte de la energía que consume la ciudad. Se trata de una cooperativa que pertenece a partes iguales al municipio y a pequeños inversores, lo que permitió el apoyo público tras la resistencia inicial.
Para 2025 se establecen entre otros objetivos los siguientes: reducir un 20% el consumo de calefacción, un 20% el consumo de energía en las empresas, un 20% el consumo energético de los hogares, un 40% el consumo de energía en los edificios públicos y un 50% el consumo de energía en el alumbrado urbano.
Movilidad
La ciudad cuenta con una red de transporte público integral y numerosas ciclovías.
Para 2025 la ciudad danesa se ha fijado los siguientes objetivos: el 75% de los desplazamientos sea a pie, en bicicleta o transporte público; el 50% de los viajes al trabajo o estudio sea en bicicleta; aumentar un 20% los pasajeros en transporte público (en comparación con 2009); un transporte público neutro en carbono, y que el 20-30% de los turismos y el 30-40% de los vehículos pesados utilicen combustibles renovables.
Residuos
Copenhague ha realizado un gran esfuerzo en materia de gestión de residuos fomentando el reciclaje y la reutilización. A través de campañas de información y sensibilización la percepción pública de los residuos ha cambiado, considerándolos ahora como un recurso.
En 2013 enviaba menos del 2% de sus residuos al vertedero, frente al 44% de 1988, y casi el 58% de los residuos se reciclaba. De cara al futuro la ciudad tiene previsto que en 2024 el 70% de los residuos domésticos y los residuos industriales y comerciales ligeros se recojan para su reciclaje.
Agua
La calidad del agua ha mejorado constantemente en la ciudad. Se persigue que el puerto de Copenhague cumpla con todos los estándares de calidad de agua de baño.
Respecto al agua potable se emplean nuevas tecnologías para su control y prevenir fugas, de modo que en 2025 se hayan reducido hasta el 6%. Además, se estableció como objetivo reducir el consumo diario de agua a 100 litros por persona y día a partir de 2017.
En mayo de 1994 se celebró en Dinamarca, bajo el patrocinio de la Comisión Europea y la ciudad de Aalborg, la Conferencia Europea sobre Ciudades Sostenibles. Los participantes allí reunidos (autoridades locales, organizaciones internacionales, gobiernos nacionales…) firmaron la Carta de Aalborg que les compromete a trabajar en favor del desarrollo sostenible de las ciudades.
A pesar del tiempo transcurrido hasta hoy conviene recordar algunas de las ideas centrales y compromisos que quedaron fijados, negro sobre blanco, en la Carta de Aalborg, y que aún siguen de plena actualidad. Destacamos, a continuación, diez puntos extraídos de la Carta que continúan siendo cruciales para el desarrollo urbano sostenible.
1. Las ciudades: responsables de muchos problemas ambientales
«Comprendemos que nuestro actual modo de vida urbano, en particular nuestras estructuras de división del trabajo y de las funciones, la ocupación del suelo, el transporte, la producción industrial, la agricultura, el consumo y las actividades de ocio, y por tanto nuestro nivel de vida, nos hace especialmente responsables de muchos problemas ambientales a los que se enfrenta la humanidad. Este hecho es especialmente significativo si se tiene en cuenta que el 80% de la población europea vive en zonas urbanas».
2. Integración de los principios de sostenibilidad en las políticas
«Puesto que todas las ciudades son diferentes, debemos hallar nuestras propias vías hacia la sostenibilidad. Integraremos los principios de sostenibilidad en todas nuestras políticas y haremos de nuestras fuerzas respectivas la base de estrategias adecuadas a nivel local».
3. Responsabilidad ante las generaciones futuras
«Nosotras, ciudades, reconocemos que no podemos permitirnos trasladar nuestros problemas ni a comunidades más grandes ni a las generaciones futuras».
4. Medidas para la sostenibilidad medioambiental
«Nosotras, ciudades, comprendemos que el factor restrictivo de nuestro desarrollo económico se ha convertido en nuestro capital natural, como el aire, el suelo, el agua y los bosques. Debemos invertir, por tanto, en este capital, respetando el siguiente orden prioritario:
1. invertir en la conservación del capital natural existente (reservas de aguas subterráneas, suelo, hábitats de especies raras);
2. fomentar el crecimiento del capital natural, reduciendo el nivel de explotación actual (por ejemplo, de las energías no renovables);
3. aliviar la presión sobre las reservas de capital natural creando otras nuevas, como parques de esparcimiento urbano para mitigar la presión ejercida sobre los bosques naturales;
4. incrementar el rendimiento final de los productos, como edificios de alto rendimiento energético o transportes urbanos respetuosos del medio ambiente».
5. Justicia social
«Nosotras, ciudades, somos conscientes de que son los pobres los más afectados por los problemas ambientales (ruido, contaminación del tráfico, ausencia de instalaciones de esparcimiento, viviendas insalubres, inexistencia de espacios verdes) y los menos capacitados para resolverlos. El desigual reparto de la riqueza es la causa de un comportamiento insostenible y hace más difícil el cambio. Tenemos la intención de integrar las necesidades sociales básicas de la población, así como los programas de sanidad, empleo y vivienda, en la protección del medio ambiente. Queremos aprender de las primeras experiencias modos de vida sostenibles, de forma que podamos mejorar la calidad de vida de los ciudadanos en lugar de maximizar simplemente el consumo».
6. Movilidad sostenible
«Nosotras, ciudades, debemos esforzarnos por mejorar la accesibilidad y por mantener el bienestar y los modos de vida urbanos a la vez que reducimos el transporte. Sabemos que es indispensable para una ciudad viable reducir la movilidad forzada y dejar de fomentar el uso innecesario de los vehículos motorizados. Daremos prioridad a los medios de transporte respetuosos del medio ambiente (en particular, los desplazamientos a pie, en bicicleta o mediante los transportes públicos) y situaremos en el centro de nuestros esfuerzos de planificación una combinación de estos medios. Los diversos medios de transporte urbanos motorizados deben tener la función subsidiaria de facilitar el acceso a los servicios locales y de mantener la actividad económica de las ciudades».
7. Energías renovables frente al cambio climático
«La reducción de las emisiones de combustibles fósiles precisará de políticas e iniciativas basadas en un conocimiento exhaustivo de las alternativas y del medio urbano como sistema energético. Las únicas alternativas sostenibles son las fuentes de energía renovables».
8. Prevención de la contaminación y sustancias tóxicas
«Nosotras, ciudades, somos conscientes de la creciente cantidad de sustancias tóxicas y peligrosas presentes en la atmósfera, el agua, el suelo y los alimentos y de que éstas constituyen una amenaza cada vez mayor para la salud pública y los ecosistemas. Trataremos por todos los medios de frenar la contaminación y prevenirla en la fuente».
9. Protagonismo y participación de los ciudadanos
«Nosotras, ciudades, nos comprometemos, de acuerdo con el mandato del Programa 21, documento clave aprobado en la cumbre de Río de Janeiro, a colaborar con todos los sectores de nuestras comunidades —ciudadanos, empresas, grupos de interés— en la concepción de nuestros planes locales de apoyo a dicho Programa (…) Garantizaremos el acceso a la información a todos los ciudadanos y grupos interesados y velaremos por que puedan participar en los procesos locales de toma de decisiones».
10. Sistemas de contabilidad ambiental e indicadores
«Trataremos de crear nuevos sistemas de contabilidad ambiental que permitan una gestión de nuestros recursos naturales tan eficaz como la de nuestro recurso artificial, ‘el dinero’. Sabemos que debemos basar nuestras decisiones y nuestros controles, en particular la vigilancia ambiental, las auditorías, la evaluación del impacto ambiental, la contabilidad, los balances e informes, en diferentes indicadores, entre los que cabe citar la calidad del medio ambiente urbano, los flujos y modelos urbanos y, sobre todo, los indicadores de sostenibilidad de los sistemas urbanos».
El agua, un recurso imprescindible para la vida del ser humano, nos demanda un uso cada vez más eficiente. Sabemos, desde hace ya mucho tiempo, que los científicos nos vienen advirtiendo que el contrastado calentamiento global de la Tierra trae, entre otras consecuencias, mayores problemas de disponibilidad hídrica en muchos países del planeta.
En el contexto europeo, para el caso de España, país que no es ajeno al estrés hídrico, es de especial interés centrar la atención en cómo está siendo consumida el agua por los distintos actores económicos. Previamente hay que subrayar que en 2018 solo un 4,8% del agua captada procedió de desalación, siendo el origen principal el de las aguas superficiales (64,3%), seguido de las aguas subterráneas (30,9%).
Las estadísticas que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE) nos permiten analizar cómo ha sido el consumo del agua suministrada a la red de abastecimiento público desde el año 2000.
Así, durante el periodo de 2000-2018 en España el volumen de agua suministrada a la red de abastecimiento público ha seguido, en general, una tendencia descendente, desde los 4.782 hectómetros cúbicos consumidos en 2000 hasta los 4.236 en 2018, esto es, una reducción del 11,4%. No obstante, como se observa en la siguiente gráfica, el consumo hídrico ha pasado por dos etapas bien diferenciadas según el ciclo económico. En un primer periodo (2000-2007), de expansión económica, se ha tendido a un mayor consumo de agua, llegando a casi alcanzar los 5.000 hm³. Posteriormente, en una segunda fase (2008-2018), cuando la economía atraviesa años marcados por las consecuencias de la llamada Gran Recesión, el consumo de agua se modera en España de forma continuada hasta registrar su mínimo en 2018.
A la hora de aproximarnos a evaluar la eficiencia en el uso del agua no hay que desdeñar que una parte importante del agua suministrada a la red de abastecimiento son pérdidas. En España, según el INE, en 2018 se perdió un total de 653 hm³ de agua a causa de fugas, roturas y averías, es decir, un significativo 15,4% del total de agua suministrada a la red. Dicho porcentaje no es muy diferente al cuantificado en 2007, que se cifró en 15,9%.
Si descontamos al volumen total de agua suministrada a la red dichas pérdidas reales por fugas más otras pérdidas de agua que no han sido registradas (volúmenes no medidos), se obtiene el total de agua registrada y distribuida, que en 2018 ascendió a 3.188 hm³, un 15,7% menos que en el año 2000.
Es de especial importancia evaluar cuáles son los consumidores finales del agua registrada y cómo han evolucionado sus consumos. Así, según el INE, el agua registrada en España toma como principal usuario a los hogares, que en 2018 consumieron el 71,2% del total. Le siguen, a continuación, la industria, con el 10,3% del total de agua registrada; los consumos municipales (9,0%); usos turísticos y recreativos (4,3%); servicios (comercio, transporte, oficinas…), con el 3,8%; agricultura y ganadería (0,7%) y construcción (0,6%).
Asimismo, desde un punto de vista temporal, los datos disponibles, correspondientes al periodo 2006-2018, indican que el volumen de agua consumida por los hogares se ha reducido un 13,2%. También han visto descender su consumo de agua durante dichos años los siguientes sectores: construcción (-60,0%), agricultura y ganadería (-57,1%), servicios (-39,2%), industria (-32,3%) y consumos municipales (-25,5%).
Finalmente, es significativo que el sector económico de usos turísticos y recreativos ha sido el único que ha incrementado el consumo de agua durante los años 2006-2018, en concreto un 8,4%.
El Índice del Planeta Feliz (IPF), publicado en octubre de 2021 porWellbeing Economy Alliance(WEALL), es un índice que persigue evaluar el nivel de bienestar sostenible global de los países del mundo.
Se postula como una medida alternativa al crecimiento del Producto Interior Bruto, ya que este objetivo, tan presente en la agenda de la mayoría de los gobiernos, adolece de serias carencias: no garantiza una vida mejor para todos; no refleja las desigualdades materiales; no valora correctamente aspectos importantes para las personas como son las relaciones sociales, la salud o el tiempo de ocio y, en absoluto, tiene en cuenta los límites físicos del planeta Tierra.
En suma, el IPF, como indicador del bienestar sostenible, trata de apoyar un cambio de paradigma en la forma de entender el “progreso”. Con el IPF los países han de ser capaces de responder mejor a la pregunta de si es posible vivir una buena vida sin necesidad de deteriorar el planeta.
El Índice de Planeta Feliz de la edición de 2021 se construye a partir de la combinación de tres componentes básicos que permiten conocer en qué medida los ciudadanos de los países del mundo están llevando una vida feliz, larga y sostenible. Son los siguientes:
Bienestar. El grado de satisfacción que sienten los ciudadanos con su vida. Toma un valor entre 0 y 10 de acuerdo con la Encuesta Mundial Gallup.
Esperanza de vida. El número de años que en promedio se espera que vivan las personas de cada país. Se basa en PNUD.
Huella ecológica. El impacto medio que cada ciudadano produce sobre el medio ambiente. Se expresa en hectáreas globales por persona, de acuerdo con Global Footprint Network.
Por lo tanto, tenderán a tener los IPF más altos aquellos países en los que sus ciudadanos declaran tener un mayor grado de bienestar, en los que la esperanza de vida es mayor y donde la huella ecológica por habitante es inferior.
Los resultados correspondientes al informe del año 2021, con datos de 2019 relativos a un total de 152 países del mundo evaluados, reflejan una significativa diferencia entre el IPF más alto (62,1) y el más bajo (24,3).
En la primera posición se sitúa Costa Rica (con un valor del IPF de 62,1). Con un nivel de bienestar y una esperanza de vida relativamente altos, que superan incluso a los de algunas naciones «ricas», y una huella ecológica inferior a la media, Costa Rica ha conseguido mantener su destacada posición a lo largo del tiempo.
A continuación, se encuentran como países con mayor Índice del Planeta Feliz los siguientes: Vanuatu, Colombia, Suiza, Ecuador, Panamá, Jamaica, Guatemala, Honduras, Uruguay, Nueva Zelanda y Filipinas.
En el otro extremoCatar es el país con menor valor del IPF (24,3). Se trata de un país que teniendo un PIB per capita muy superior al de Costa Rica, presenta una esperanza de vida similar y un nivel de bienestar algo inferior, además de ostentar la mayor huella ecológica de los 152 países del planeta evaluados.
Les siguen a Catar, como países con menores valores del índice, los siguientes: Mongolia, República Centroafricana, Lesoto, Zimbabue, Sierra Leona, Afganistán, Chad, Luxemburgo, Botsuana, Turkmenistán, Kuwait y Baréin.
Es de destacar, asimismo, que países llamados desarrollados como Islandia (puesto 52), Japón (58), Dinamarca (70), Australia (88), Canadá (105), Estados Unidos (122) o Luxemburgo (143) se encuentren alejados de las primeras posiciones del Índice del Planeta Feliz. En todos ellos los valores relativos al componente de huella ecológica resultaron ser significativamente altos (entre 4,7 y 12,6).
Uno de los mayores problemas a los que se enfrenta el ser humano y el planeta es el calentamiento global. Ante este urgente desafío la Unión Europea aprobó en 2019 el Pacto Verde Europeo (PVE), un gran pacto que persigue poner las bases para transformar la economía y la sociedad en la senda de la sostenibilidad.
Para ello, como objetivo prioritario, los 27 Estados miembros de la UE se han comprometido a que la Unión Europea sea la primera zona climáticamente neutra de aquí a 2050. Asimismo, antes de 2030 las emisiones de netas de gases de efecto invernadero (GEI) se han de reducir en al menos un 55 % respecto de los niveles de 1990.
La consecución de estos objetivos se concreta, según el PVE, atendiendo a una hoja de ruta inicial que comprende medidas clave a aplicar en ocho ámbitos de actuación, entre ellos el de la movilidad. Transformar el actual modelo de movilidad para hacerlo sostenible constituye, sin duda, uno de los mayores desafíos de nuestras ciudades, que son los territorios que concentran más población y actividad económica.
Como expresa el PVE, en la UE el transporte representa el 25% de las emisiones de GEI, porcentaje que continúa creciendo. Para alcanzar el objetivo de neutralidad climática es necesario que dichas emisiones se reduzcan un 90% de aquí a 2050. Además, el actual modelo de movilidad urbana, que descansa en gran medida en el transporte por carretera, conlleva no solo una contribución negativa al cambio climático, sino también serios problemas de congestión, accidentes de tráfico, mala calidad de aire, contaminación acústica y pérdida de biodiversidad que afectan a la salud y el bienestar de las personas.
De acuerdo con su Estrategia de movilidad sostenible e inteligente, la Comisión Europea ha marcado respecto al transporte de carretera los siguientes hitos:
-De aquí a 2030 las emisiones de los turismos se reducirán un 55%.
-De aquí a 2050 prácticamente todos los automóviles, furgonetas, autobuses y los nuevos vehículos pesados serán de emisión cero.
Además, se propone expresamente que ha de priorizarse el transporte por ferrocarril y acuático frente al transporte por carretera, y aumentar la cuota modal del transporte colectivo y los traslados a pie y en bicicleta, en consonancia con lo establecido en el Plan del Objetivo Climático para 2030.
En consecuencia, una propuesta sostenible para la movilidad urbana de viajeros vendría a quedar representada como una pirámide invertida en la que la cima la ocuparían los peatones que son, con diferencia, el modo de desplazamiento de menor impacto medioambiental tanto en términos de contaminación como de utilización de recursos. Además, juega a favor del peatón los beneficios que sobre la salud y la calidad de vida aporta el ejercicio físico.
Tras los peatones la movilidad en bicicleta se encontraría en la segunda posición de la pirámide. A diferencia también de otros modos de desplazamiento, es patente que este medio de transporte genera menores impactos ambientales, principalmente por el ahorro energético, además de su contribución a una vida más saludable.
En tercer lugar se sitúa el transporte público, que permite una movilidad más eficiente energéticamente, menos contaminante y que provoca menos problemas de congestión en comparación con el vehículo privado. Asimismo, su impacto se puede ver aminorado con el fomento del empleo de combustibles basados en energías renovables.
A continuación, en cuarto lugar, una propuesta de movilidad sostenible contemplaría el uso compartido de los vehículos privados. En la medida en que se incrementa la ocupación de personas en los vehículos, se consigue optimizar el consumo de energía y reducir los impactos medioambientales, además de aminorar la ocupación del espacio público por viajero y kilómetro recorrido.
Finalmente, en la última posición, en la base de la pirámide, se situaría el cochede uso individual, al tratarse del modo de transporte más insostenible, ineficiente y demandador de suelo público. Sus impactos podrían atenuarse en el caso de utilizarse la electrificación basada en energías renovables o carburantes renovables.
MITMA: Estrategia de Movilidad Segura, Sostenible y Conectada 2030.